Oposición de las elites tradicionales

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Datos principales

Inicio 
1870DC
Fin 
1873DC
Rango 
1870DC to 1873DC
Periodo 
Sexenio democrático
Lugar 
Derechos 

Desarrollo

Las elites tradicionales, las que se sintieron apartadas del poder a raíz de la revolución de 1868, comenzaron a resurgir durante la monarquía amadeísta, redefiniendo posiciones e intereses. Dos de los más significativos oponentes del sistema democrático procedían, en efecto, de estas elites: la nobleza de cuna y la jerarquía eclesiástica. La nobleza tuvo una percepción exagerada de la revolución y de los ideales democráticos, asociándolos irremediablemente con la llegada del socialismo, sobre todo por la intensidad con que en el período 1869-1871 se producían los conflictos en Andalucía. En realidad nunca se había cuestionado el derecho a la propiedad, e incluso se defendió vigorosamente en el articulado constitucional, pero no por ello disminuyó el temor de los viejos nobles a verse despojados de sus tierras, que creció con el avance de la Internacional o de ciertos presupuestos de líderes locales del republicanismo. Este temor les condujo a la no aceptación del sistema en su conjunto, denotando, además, una actitud antiamadeísta. De ahí se derivaba una oposición de gran dimensión sociológica. Con su tradicional sentido de cuerpo, cargado de matices casticistas -en el sentido de arrogarse como clase defensora de unos valores supuestamente nacionales y de considerarse poseedora de las claves de la legitimidad histórica- protagonizó continuos desaires a la persona de Amadeo, al que recordaba su origen extranjero. Su alejamiento de la Corte fue algo más que simbólico, y las casas aristocráticas de mayor peso, como los Alba, Alcañices, Torrecilla o Montijo, negaron su concurso al nuevo rey, cuando no hicieron gala de su hostilidad. Como conclusión, la nobleza de sangre optó de forma resuelta por la causa alfonsina. La figura de Amadeo levantó muchas susceptibilidades en la jerarquía eclesiástica, que veía en él al hijo del rey Víctor Manuel II, enfrentado con Pío IX. Pero no era éste el único motivo de recelo hacia el sistema democrático: la libertad de cultos y un conjunto de medidas que empezaban a allanar el camino para una futura separación Iglesia-Estado nunca fueron toleradas institucionalmente; de ahí el aprovechamiento al máximo de su influencia desde el púlpito, para incidir en la mentalidad y en la opinión popular, criticando la nueva situación. Más pragmático, el mundo industrial y financiero apoyó la monarquía democrática. Incluso caracterizados hombres de negocios lograron un título de nobleza en un proceso emprendido desde la Corte, para llenar el vacío dejado por la oposición de la vieja nobleza. Sin embargo la radicalización de la cuestión social, la inestabilidad política y el sempiterno tema cubano produjeron significativas deserciones, sobre todo por parte de la burguesía de negocios ligada al mundo colonial. En estos círculos fue gestándose el partido alfonsino. Los salones nobiliarios actuaron de foro de organización de la alternativa, creando y difundiendo estados de opinión afines. Se trataba de una secuencia todavía escasamente consistente, pero con grandes visos de opciones de futuro.


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