Mosaicos

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Datos principales

Inicio 
1AC
Fin 
1AC
Rango 
1AC to 1AC
Periodo 
Roma y Pompeya

Desarrollo

Aparte de los cuadros de caballete, que sin duda los hubo, la pintura figurativa, desplazada de los muros del primer estilo encontró refugio temporal en los pavimentos de mosaico. Los diminutos cubos empleados entonces, de alrededor de un centímetro de lado (opus tessellatum), permiten cubrir de alfombras de mármol con fondos neutros y motivos ornamentales polícromos, los pavimentos de salas y corredores. Pero junto a eso, se inventa una novedad: la composición de cuadros originales, y de copias de cuadros, con teselas de hasta un milímetro de lado que llegan a imitar la huella de las pinceladas de una pintura. Es el opus uermiculaturn, que se presta a confeccionar emblemas in situ, pero también sobre placas de mármol o terracota que se pueden transportar e instalar en pavimentos previamente dispuestos a recibirlos. Vistos a cierta distancia, estos mosaicos parecen cuadros al óleo. En el más célebre en su género, el Mosaico de Alejandro del Museo de Nápoles, hay zonas en las que el mosaísta empleó treinta teselas en el espacio de un centímetro cuadrado. La colección de mosaicos de Pompeya que atesora este museo es única en el mundo. Sólo la Casa del Fauno, a cuyos murales del primer estilo acabamos de referirnos, ofrecía un espléndido muestrario de mosaicos. En uno de sus umbrales se admiraba una guirnalda, muy similar a otra del Palacio Real de Pérgamo, que llevaba atadas unas patéticas máscaras de tragedia vistas en escorzo. Los dos triclinios que flanqueaban el tablinum del atrio tuscánico -pavimentado éste y el fondo del impluvium de placas de mármoles de lujo recortadas como puzzles (opus sectile)- tenían espléndidos emblemas enmarcados en guirnaldas. El primero ofrecía, sobre un fondo negro muy típico de cuadros que ya eran antiguos cuando se hicieron estas copias de fines del siglo II, un angelote con una kántharos en la mano, a caballo de un felino atigrado, caminando por un suelo rocoso con muchos entrantes y salientes en primer término, cortado a pico. Otro detalle de sabor antiguo. El emblema siguiente, el de la lucha del calamar y la langosta en un mar rico en peces, debió de estar muy en boga a juzgar por sus muchas versiones, una de ellas por cierto en la Ampurias de Gerona. Otra, excelente, de la misma Pompeya pero no de esta casa, tal vez por más fiel al cuadro original, tenía fondo negro. El conocido mosaico del gato, de la misma Casa del Fauno, llega en sus partes más finas al empleo de teselas milimétricas. La escena parece un bodegón, de dos pisos o estantes de una despensa. En el de arriba, un gato acaba de arrojarse sobre un pollo atado de patas. En el de abajo, lo que parece la fusión de dos cuadros, uno de patos en la ribera del Nilo, con los consabidos lotos, y otro de pájaros, moluscos y peces. Una repetición de este tema se encuentra en el Museo Vaticano, y otra hubo también en Ampurias. Pero el mejor mosaico de la Casa del Fauno, que no sin motivo parece estuvo habitada por un sobrino de Sila, es el de la Batalla de Alejandro y Darío, descubierto en 1831, la joya más preciada del mosaico antiguo, tanto por su finura como por sus dimensiones (5,12 por 2,71 m). Su peculiar coloración obedece a una escala de tonos muy restringida, que oscila de blanco a amarillo y rojo, y de gris, castaño y morado a negro. Esta escala cromática es fiel reflejo de un original de finales del siglo IV, atribuible a un pintor de la escuela de grandes maestros que trabajaban con sólo cuatro colores: Apeles, Eción, Melantio y Nicómaco. Por no tener placa de soporte, se afirma que el mosaico hubo de ser fabricado en Pompeya, copiando la reproducción de un original de Filóxeno de Eretría, discípulo de Nicómaco o de otro artista que tenía un conocimiento cabal tanto del ejército de Alejandro como del ejército y los pertrechos del adversario. Dioscúrides de Samos es el primer mosaísta que nos ha dejado su firma en dos emblemas maravillosos de tema teatral: el de unos músicos callejeros, vistos a la luz del sol, y el de tres mujeres sentadas en tomo a un velador en lo que parece una sesión de hechicería. Esta pudiera ser una escena de la Cistellaría de Plauto, adaptada de un original de Menandro, y la de los músicos, con su estilo impresionista, la de la Theophorumerte de este último comediógrafo.


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