Literatura y arte en Ultramar

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Datos principales

Inicio 
1700DC
Fin 
1800DC
Rango 
1700DC to 1800DC
Periodo 
Ilustración española
Lugar 

Desarrollo

En el terreno de la literatura, el siglo XVIII tampoco se distinguió en América ni por la abundancia de la producción ni por la originalidad creativa. Las figuras cumbres del siglo XVII, como sor Juana Inés de la Cruz o Carlos Sigüenza, no tuvieron herederos, ya que sólo en los años finales del Setecientos o incluso en los iniciales del Ochocientos aparecieron algunas obras de consideración en un panorama poco floreciente. Así, puede considerarse que la obra que abre la literatura propiamente ilustrada es el texto de Concolorcorvo (seudónimo de Alonso Carrió de la Vandera) El lazarillo de ciegos caminantes (estampado en Lima, 1776), un escrito misceláneo que, bajo la forma del relato de viajes (emprendido éste de Buenos Aires a Lima con el fin de establecer el correo real), denota una intención testimonial, al desarrollar ideas propias del momento al hilo de su reportaje sobre las tierras, las gentes, las costumbres, los alimentos o la situación cultural del virreinato de Perú. Y, medio siglo después, pero dentro del mismo campo de la narrativa, es justo destacar también la novela Jicoténcal (aparecida anónimamente en Filadelfia, 1826), una novela histórica que tiene como marco la conquista de México y como horizonte ideológico los tópicos recurrentes de la cultura ilustrada. La poesía, que osciló entre el estilo barroco residual o la introducción de formas clásicas en el tratamiento de temas bucólicos y arcádicos, presenta seguramente como mayor novedad la exaltación del paisaje americano que tiñe de criollismo las mejores creaciones. Es el caso del cubano Manuel de Zequeira y Arango (Oda a la piña), del también cubano Manuel Justo de Rubalcava (silva Las frutas de Cuba) y, sobre todo, del rioplatense José Manuel de Lavardén (Oda al majestuoso río Paraná, 1801) y del venezolano Andrés Bello (con su silva de título geográfico y utilitario La agricultura de la zona tórrida, de sabor ilustrado pese a la tardía fecha de su composición, 1826). En este apartado debe situarse por último al jesuita guatemalteco Rafael Landívar, poeta en lengua latina que recrea los paisajes y las costumbres de Nueva España en su obra, profusamente ilustrada de grabados sobre flora y fauna, titulada Rusticatio Mexicana, una de las mayores rarezas de la publicística ilustrada. Junto a esta corriente, hay que mencionar la poesía heroica y conmemorativa (dentro de un estilo cercano a Quintana), cultivada por el rioplatense Juan Cruz Varela (oda Sobre la invención y la libertad de la imprenta) y por el ecuatoriano José Joaquín Olmedo (La batalla de Junín o Canto a Bolívar), ya dentro del periodo de las guerras de emancipación. Finalmente, tal vez más cerca de este grupo que del anterior, hay que citar a fray José Manuel Martínez de Navarrete, autor de un poema, La inmortalidad, que ha sido considerado como el mejor del siglo. El teatro continuó la tradición clásica española, con algunos cultivadores ilustres como el ecuatoriano Francisco del Castillo Andraca y Tamayo (Entremés del justicia y los litigantes). Otros aires, aun dentro del barroco final, se respiran, por el contrario, en la obra del cubano Santiago de Pita, con algunos títulos muy ilustrativos de su formación cultural (El príncipe jardinero y fingido cloridano, 1773). Quizás, sin embargo, la figura más sobresaliente de la literatura ilustrada americana sea el mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi. Su obra más famosa es sin duda El Periquillo sarniento, escrito deudor de la picaresca tardía (en el surco de Torres Villarroel) y de la publicística polémica que, bajo la forma novelística (aunque oscurecida por su lentitud y sus prolijas disquisiciones), despliega un nítido discurso progresista y anticlerical. Menor fortuna conoció su novela póstuma, posiblemente de mayor valor narrativo, Don Catrín de la Fachenda (1832), que cuenta las vicisitudes de un elegante (un catrín) que acaba sus días como presidiario y mendigo a causa de su vanidad y sus ansias de promoción social. El barroco es el estilo artístico en que se expresó esencialmente el Setecientos americano, aunque los territorios de misiones encontraron soluciones originales (tanto en las sobrias construcciones norteamericanas como en las populares versiones sudamericanas) y aunque las formas clásicas imperaron en la arquitectura civil (casas de la moneda, alhóndigas, cajas reales, fortalezas, instituciones científicas o asistenciales, etc.), mientras el neoclasicismo academicista se difundió sólo muy tardíamente y con escaso espesor (hasta el punto de que su triunfo no llega sino tras la independencia) a partir de las instituciones, como la Academia de San Carlos, fundadas al efecto por la iniciativa oficial. El barroco, en efecto, produjo todavía en el siglo XVIII una numerosa serie de obras maestras en la América española. En el virreinato de Nueva España, los ejemplos prestigiosos se multiplican, con la iglesia de Santa María de Tonantzintla de Puebla (1700-1710), la fachada del Sagrario de la Catedral de México (1751, obra de Lorenzo Rodríguez), el santuario de Tepalcingo (1759-1782), la fachada de la iglesia del Colegio de la Compañía en Tepotzotlán (1760-1762), la capilla del Pocito en el santuario de Guadalupe de México (obra de Francisco Antonio Guerrero y Torres, 1777-1791) o las iglesias levantadas en las bocaminas de Guanajuato (como la famosa de la Valenciana, 1765-1788). Al lado de los monumentos religiosos, también la arquitectura civil se distinguió con obras como el palacio de los condes del Valle de Suchil, en Durango, o la residencia suburbana de los condes del Valle de Orizaba, conocida como Casa de los Mascarones (1766-1771). En el virreinato de Perú, la reconstrucción de Lima tras el terremoto de 1746 permitió el florecimiento de los edificios barrocos profusamente decorados, esencialmente de carácter religioso, como la iglesia de los Huérfanos o la iglesia de las Nazarenas (1766-1771), que no dejaban de tener antecedentes ilustres, como la portada de la iglesia de San Agustín, terminada por Diego de Aguirre en 1721. Más sobrios son los ejemplos de la arquitectura civil, como el conocido palacio de Torre-Tagle (1735), con sus balcones de madera calada y su patio de arcos mixtilíneos y zócalos de azulejos, o como la quinta suburbana de Presa (1771-1776), con su soberbia sucesión de galerías, torres y miradores. Tampoco en otras provincias faltaron los ejemplos sobresalientes, como la fachada de la iglesia de la Compañía en Arequipa (1698, pero sirviendo de modelo a otras en el siglo XVIII), la portada de la iglesia de San Lorenzo de Potosí (1728-1744) o la fachada de la iglesia de la Compañía en Quito (obra de Leonardo Deubler y Venancio Gandolfi, 1722-1765). El barroco siguió siendo también el estilo predominante en las artes figurativas, tanto en la pintura y escultura religiosas, como en el retrato o en otros géneros. Las figuras más importantes de la imaginería barroca en el siglo XVIII se dieron cita en la ciudad de Quito, donde trabajaron Bernardo de Legarda (creador de una típica representación conocida como Virgen Danzante, como puede verse en la iglesia del convento de la Concepción) y Manuel Chilli Caspicara (autor del monumental Descendimiento del altar mayor de la Catedral). Si el siglo XVII fue el gran siglo de la pintura barroca mexicana, el Setecientos conoció el trabajo de artistas tan notables como Miguel Cabrera (1695-1768), autor de las pinturas de la iglesia de Santa Prisca y San Sebastián de Taxco y de un soberbio y famoso retrato de Sor Juana Inés de la Cruz. Ahora bien, el mejor pintor de la América setecentista fue quizás Melchor Pérez de Holguín (ca. 1665-1724) que desarrolló la mayor parte de su actividad en Potosí, con obras como su Descanso en la huida a Egipto. Discípulo suyo, también instalado en Potosí, fue Gaspar Miguel de Berrio, que se movió entre la pintura estrictamente académica o la de inspiración más popular de la escuela cuzqueña. La escuela cuzqueña se distinguió por su abandono de la pintura de linaje culto para inclinarse decididamente por unas formas de raigambre popular, que se desentendían de la perspectiva, colocaban las figuras en un escenario plano y utilizaban profusamente el sobredorado. Entre sus cultivadores, pueden entresacarse algunos nombres, como Antonio Vilca, autor de una Virgen de la Candelaria que se puede poner al lado de otras muchas imágenes del mismo tipo de manos anónimas. En esta misma línea de la inspiración popular, hay que destacar algunos géneros menores específicamente americanos, que destacan por su frescura y su originalidad. Es el caso de la versión de las vedute europeas representando entradas de virreyes y obispos con su vocación narrativa y detallista, como la Entrada en Potosí del arzobispo Rubio Morcillo de Auñón (1716) de Pérez de Holguín. También de las difundidas imágenes de los ángeles y arcángeles arcabuceros, ya popularizadas en el siglo XVII. O de las conocidas series de castas del continente, que exponen todas las posibilidades del mestizaje hasta límites desaforados, como puede verse en las firmadas por Miguel Cabrera o por Vicente Albán (Quito, 1783). O de las no menos conocidas series que exponen a individuos con sus trajes típicos junto a aparadores donde se exhiben los productos agrícolas más característicos de la región, una representación en la línea de la poesía paisajística ya reseñada. Una de las vertientes más significativas de la producción artística hispanoamericana fue la del urbanismo. Así, por un lado prosiguen la edificación de nuevas ciudades, que repiten el modelo de la cuadrícula hipodámica implantada desde los tiempos de la conquista, especialmente en los territorios que ahora se exploran por primera vez o se colonizan de modo más completo (Texas, Florida, Luisiana, Chile, Paraguay, Uruguay), aunque también en otros lugares, como en el caso de la Nueva Guatemala, proyectada primero por Luis Diez Navarro y luego por Marcos Ibáñez y construida entre 1776 y 1783, tras la destrucción por un terremoto de la vieja capital, la actual Antigua. Por otro lado, las grandes capitales virreinales amplían sus plazas y calles, mejoran sus infraestructuras y embellecen la fisonomía urbana, con paseos, fuentes, jardines, edificios y otros monumentos, hasta el punto de establecer una arrogante competencia con las grandes ciudades de la metrópoli. La arquitectura civil, que puede adoptar igualmente las formas barrocas, se decanta, sin embargo, de modo similar a lo que acontece en la metrópoli, por las formas clásicas, implantadas por los ingenieros militares que diseñaron y dirigieron las obras de la multitud de edificios oficiales, ordenados construir por los sucesivos gobiernos borbónicos. Así ocurre naturalmente con las fortalezas destinadas a defender las costas, pero también con los puentes, los acueductos, los hospitales, los cuarteles, los pósitos, las cajas reales, las casas de moneda, las fábricas de tabaco, etc. Algunas de estas edificaciones alcanzan una suntuosidad extraordinaria, como puede ser el caso de los hospitales de San Hipólito en México (1777) y de Belén en Guadalajara (1791), la Casa de la Moneda de Potosí (diseñada a partir de los años cincuenta) o la Alhóndiga de Zacatecas (1790). A final de siglo, en este horizonte dominado por las formas barrocas, en las versiones decorativas extremadas impuestas por una incontenible exuberancia colonial, o por el clasicismo civil, impuesto por el utilitarismo funcional de los ingenieros militares aparece el neoclasicismo académico promovido desde la corte madrileña y difundido a través de teorizaciones como la del padre Pedro José Márquez y de instituciones como la Academia de Bellas Artes de San Carlos de México, fundada en 1781 y en activo desde 1785. Introducido ya tardíamente, la eclosión de la independencia no permitirá un desarrollo demasiado amplio en el periodo colonial. Sin embargo, hay que señalar al menos la figura del valenciano Manuel Tolsá (1757-1816), primer director de la Academia, autor del Seminario de Minería de México y de la estatua ecuestre de Carlos IV destinada a la plaza de Armas de la capital novohispana. Sin salir del virreinato, también debe destacarse a Juan Antonio Durán y Villaseñor, que proyectó la Alhóndiga de Granaditas (1796), conocida como el palacio del maíz. En el virreinato de Nueva Granada, el nuevo estilo encontró un activo cultivador en fray Domingo de Petrés (1750-1811), autor del Observatorio Astronómico y, sobre todo, de la espléndida catedral de Santa Fé de Bogotá, su obra maestra. Finalmente, en el virreinato de Perú, hay que destacar la construcción de la Casa de la Moneda de Santiago de Chile (hoy sede de la presidencia del gobierno), magnífica obra de Joaquín Toesca (1745-1799), ingeniero italiano discípulo de [Sabatini#PINTOR#6419. La música barroca se desarrolló igualmente en la América española durante el siglo XVIII, a partir sobre todo de las capillas de las catedrales. En la primera mitad de siglo el nombre más prominente es tal vez el de Manuel de Zumaya (ca. 1680-1755), considerado por muchos el mejor compositor de la historia de México, autor de numerosas obras sacras y de la primera ópera hispanoamericana, La Porténope, sobre libreto del italiano Silvio Stampliglia. A su altura hay que situar en Lima, donde el virrey marqués de Castelldosrius había introducido la música italiana a través del compositor Roque Ceruti (1686-1760), a José de Orejón y Aparicio (1706-1765), autor de una admirable cantata, Ya que el sol misterioso, y de un bello dueto escrito en honor de la Virgen de Copacabana, A del día, a de la fiesta. Finalmente, de esta época es preciso retener el nombre del jesuita italiano Domenico Zipoli (1688-1726), que compuso la mayor parte de su obra mientras desempeñaba sus funciones como misionero en la región del Río de la Plata. En la segunda mitad de siglo el núcleo más destacado es el venezolano, agrupado en torno al filipense Pedro Ramón Palacios, dirigido por Juan Manuel Olivares (1760-1797) e integrado además por sus ocho alumnos mulatos, entre los que resulta difícil entresacar los nombres de Juan Antonio Caro (1758-1814), muerto por la causa de la independencia, o de Lino Gallardo (ca. 1773-1837), presumible autor del himno venezolano y al que llegó a aludirse como el Haydn de Caracas.


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