Las tres reinas propietarias de la historia de españa

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Datos principales

Inicio 
1AC
Fin 
1AC
Rango 
1AC to 1AC
Periodo 
Edad Moderna

Desarrollo

Sólo en los dos primeros siglos de la modernidad pudieron las mujeres ser reinas en España. A partir del siglo XVIII, con la introducción de la Ley Sálica procedente de Francia e implantada por Felipe V, las mujeres dejaron de tener este derecho hasta su abolición por parte de Fernando VII en el siglo XIX. La figura de la reina propietaria siempre fue vista en la Época Moderna como un mal menor. Los valores de la sociedad patriarcal alcanzaban también al trono. Se prefería siempre al hombre por encima de la mujer, mucho más cuando se trataba de una posición de la más alta autoridad y responsabilidad como era la realeza, encargada de gobernar y dirigir la sociedad. Para ejercer el poder, como para tantas otras cosas, se consideraba mejor al hombre. En las normas de sucesión se preferían lo varones a las mujeres. Sólo cuando no existía un varón en la familia real para heredar el trono, los intereses dinásticos pasaban por encima del problema que suponía para la mentalidad de la época el que una mujer encarnara la Corona. A finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna existió una gran polémica y en los reinos españoles no había unanimidad sobre este asunto. En la Corona de Aragón, las mujeres no podían ocupar el trono, sólo transmitir los derechos. En la Corona de Castilla, podían ocuparlo, pero también se prefería a los varones. ISABEL LA CATÓLICA, EJEMPLO DE REINA PROPIETARIA. Muy significativo fue el caso de Isabel la Católica que reivindicó sus derechos al trono castellano tras la muerte de su hermano Alfonso, más joven que ella. Ni la complicada situación, ni su juventud, ni su condición de mujer le hicieron vacilar ni un momento. (10) En aquella época, hubo dos movimientos, uno a favor y otro en contra de la joven reina. Este último -explica Pérez Samper- dudaba si Isabel podía asumir por sí misma la corona y conjeturaba que lo apropiado era transmitirla a su marido, reconociendo la superioridad del varón, como afirmaba la ley sálica. El otro movimiento se inclinaba por los derechos femeninos al trono, en el que destacó [Hernando del Pulgar#PINTOR#3132]: 'Las mujeres eran capaces de heredar, y les pertenecía la herencia de ellos en defecto de heredero varón descendiente por derecha línea, lo cual siempre había sido guardado y usado en Castilla (....) y alegaron que no se hallaría en ningún tiempo, habiendo hija legítima descendiente por derecha línea, que heredase ningún varón nacido por vía transversal...' Retrato de Isabel la Católica Los argumentos en los que se apoyaba eran la tradición de la política castellana y la doctrina cristiana que no admitía diferencia sustancial entre hombre y mujer. Aunque se admitiera la prelación del hombre sobre la mujer en la misma línea y grado de parentesco, no existía motivo para oponerse a que las infantas, a quienes correspondiese, pudieran reinar y reinaran en plenitud. En Castilla se aceptaba desde antiguo que la sucesión recayera en una mujer, siempre que no hubiera varón que ostentara iguales o mejores derechos. Una mujer podía heredar el trono y gobernar como reina propietaria, pero en la práctica esta situación se dio pocas veces. Los dos ejemplos más significativos fueron Urraca I(1109-1126) hija de Alfonso VI y Berenguela, hija de [Alfonso VIII#PINTOR#5078], que en 1217 heredó la corona, pero la transmitió rápidamente a su hijo Fernando. En Aragón, por el contrario, se admitía sólo la posibilidad de transmisión de las mujeres de los derechos al trono, pero no la posibilidad de ejercerlos. El problema se solucionó el 15 de enero de 1475 cuando se firmó la llamada Concordia de Segovia que ratificó a Isabel como 'legítima sucesora y propietaria' de la Corona de Castilla y [Fernando#PINTOR#5751] como su 'legítimo marido'. Pero otro problema, no menor, surgió desde el primer momento, los derechos al trono de la discutida hija de Enrique IV, Juana la Beltraneja. Aquel asunto despertó grandes pasiones que desembocaron en una guerra civil e internacional. Isabel y Fernando tuvieron que enfrentarse a los partidarios de Juana durante más de cinco años. Finalmente la paz de Alcaçovas-Toledo de 1480 puso fin a la contienda y convirtió a Isabel en la reina indiscutida de Castilla. Desde aquellas fechas la nueva reina propietaria se mostró como una excelente gobernadora, estimada por sus súbditos; sin embargo, sus grandes aflicciones, le llegaron en el ámbito doméstico, como esposa, ante las infidelidades de Fernando, y como madre, pues tuvo que sufrir, no sólo la muerte de sus dos primogénitos, entre ellos el heredero, sino también la locura de su hija Juana y la difícil situación de su hija Catalina en Inglaterra. JUANA LA LOCA, EJEMPLO DE REINA QUE NO REINÓ (11) Mientras que Isabel fue una reina que desempeñó el poder real en plenitud y de manera ejemplar, con decisión y energía, su hija Juana, sin embargo, apenas lo ejerció. Lo que hizo imposible su reinado fue, por un lado, la dura competencia que le hicieron los varones de su propia familia y, por otro, sus problemas mentales. Su gobierno fue inédito, lo que hace imposible la comparación con el caso de su madre, modelo de reina por excelencia en la historia de España. Retrato de Juana la Loca La historia de Juana es bien conocida. (12) Quizá la tutela asfixiante de su padre, Fernando el Católico, quien se resistió a dejar el poder que había tenido en la Corona de Castilla durante la vida de su esposa, o quizá también, la usurpación del poder de Juana por parte de su marido Felipe el Hermoso, marcaron su destino. La reina propietaria de Castilla se vio contestada por su padre y su esposo. Muerto prematuramente Felipe el Hermoso, la situación de Juana como viuda, empeoró. Sola, gravemente afectada por la pérdida de su esposo, cayó más que nunca bajo la tutela de su padre, quien en lugar de apoyarla y ayudarla a asumir sus responsabilidades, simplemente se convirtió en regente y la apartó radicalmente del poder y del gobierno. Comenzó entonces su larguísimo encierro en Tordesillas. Finalmente, su hijo Carlos no hizo más que continuar en la misma línea. Dio a su madre por incapacitada y se amparó en la ficción legal de compartir con ella la realeza, asumiendo el gobierno en solitario. Juana fue sacrificada a los intereses de la dinastía y del trono. Pero ella, a pesar de su nublado entendimiento, colaboró con la familia y la dinastía como lo demostró con su actitud ante la rebelión comunera, evitando enfrentarse a su hijo Carlos y contribuir a la división del reino. Más allá del gravísimo problema que representaba para cualquier monarquía la locura del soberano, en el caso de Juana, su condición de mujer influyó negativamente en sus posibilidades de encarnar la realeza y ejercerla. En una sociedad acostumbrada a situar a las mujeres en una posición secundaria, subordinada y dependiente, las reinas no lo tenían fácil y mucho menos una reina que padecía trastornos mentales y carecía de la suficiente fuerza para imponer su autoridad. ISABEL II, REINA QUE PERDIÓ EL TRONO Aunque no se incluya en el periodo de la modernidad, no quedaría completo el cuadro de las reinas españolas propietarias sin citar a Isabel II. En el siglo XIX, esta soberana contribuyó a dividir el reino y perdió el trono. Al comenzar su reinado, cuando todavía era una niña, abrió grandes perspectivas y esperanzas de modernización social y política para la monarquía y para la nación, pues ella encarnaba la causa del liberalismo. Sin embargo, pronto se desvanecieron las esperanzas. Retrato de Isabel II El reinado de Isabel II transcurrió bajo el signo de la división y el enfrentamiento, primero las luchas entre liberales isabelinos y absolutistas carlistas, después entre liberales moderados y liberales progresistas, finalmente entre monárquicos y republicanos. Su conducta no estuvo a la altura de las circunstancias, pues no logró superar las divisiones y discordias, incluso en muchas ocasiones contribuyó a ellas, y acabó perdiendo el trono tras la revolución de 1868. Murió exiliada en París en 1904 después de largos años de destierro. Si no estuvo a la altura como reina propietaria, cumplió su papel asegurando la sucesión. Su hijo Alfonso XII, superando muchas dificultades, recuperó el trono y contribuyó a pacificar la nación y a darle estabilidad y futuro con el sistema de la Restauración.


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