Las nuevas fronteras

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Datos principales

Inicio 
1945DC
Fin 
1945DC
Rango 
1945DC to 1945DC
Periodo 
Hiroshima L2

Desarrollo

La Unión Soviética aprovechó la guerra para ampliar considerablemente su territorio. En primer lugar, consolidó las conquistas territoriales del protocolo secreto anexo al Pacto germano-soviético de agosto de 1939: Estonia, Letonia, Lituania y el territorio polaco situado al este del río Bug. En segundo lugar, las zonas ocupadas al amparo de dicho Pacto y de los primeros años de la guerra, antes de que la URSS se viese implicada. En este capítulo entran distintas porciones de Finlandia, como la salida de este país al océano Glacial Artico -el puerto de Petsamo-, Carelia y Salla; también entra una anexión poco conocida, la región de Tannu Tuva, en Mongolia. Por último hay que citar las anexiones del final de la guerra, que comprenden una parte de la Prusia Oriental alemana, incluida su capital, Königsberg, la Rutenia checoslovaca y una zona de Rumania que los soviéticos denominan Besarabia, pero que los rumanos consideran parte de Moldavia. En Asia, donde los soviéticos estuvieron en guerra con los japoneses tres días -dos semanas después del lanzamiento de las bombas atómicas-, se apoderaron de las islas Kuriles y la parte sur de la isla Sajalin. Originalmente ocuparon también Port Arthur, pero algunos años más tarde devolvieron esta antigua colonia japonesa -conquistada a los rusos en 1904- a China. Junto al dominio soberano de nuevos territorios, es preciso citar la ocupación militar por los soviéticos de una amplia porción de la Europa central y oriental. Entre 1945 y la caída del Muro de Berlín, los soviéticos tuvieron grandes efectivos militares desplegados en las extintas Alemania Oriental y Checoslovaquia, Polonia y Hungría. Aunque también se mantuvo la presencia en la llamada Alemania Federal de fuerzas de seis países occidentales -Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Holanda, Bélgica y Francia- y de unidades norteamericanas en otros países -Gran Bretaña, Holanda, España, Italia, Islandia, Grecia y Turquía-, la naturaleza de ambos despliegues fue desde 1945 distinta. En primer lugar, por su número -las fuerzas soviéticas en países europeos fueron más del doble que las norteamericanas-; en segundo lugar, por su dimensión política: los aliados occidentales garantizaron la recuperación de la democracia, en tanto que los soviéticos presionaron para derribar las democracias instaladas en su zona de ocupación en los años 1945-46, fruto de las elecciones libres convocadas en virtud de los acuerdos de Yalta. La diplomacia y el ejército rojos, en cooperación con los comunistas representativos de Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y Rumania, llegaron, si era preciso, al asesinato de sus opositores políticos. Europa se dividió en dos partes: la Europa capitalista y la Europa comunista, lo cual fue patente desde los mismos días en que terminó la Segunda Guerra Mundial. La expresión telón de acero -iron curtain- fue utilizada por Winston Churchill en una carta reservada dirigida a Truman en el mismo mes de mayo de 1945. Hubo, asimismo, otras anexiones territoriales. En compensación por la pérdida de territorios al este, Polonia recibió parte de la Prusia Oriental y otras tres provincias alemanas: Pomerania, Brandeburgo y Silesia. Rumania entregó a Bulgaria Dobrudja, pero recuperó Transilvania, en perjuicio de Hungría; Italia perdió, por supuesto, sus colonias africanas -Libia, Etiopía y Somalia-, pero también las islas del Dodecaneso -que pasaron a Grecia- y el Fiume, entregado a Yugoslavia. En Asia, Japón perdió, junto a Sajalin y las Kuriles, la península de Corea -dividida en dos zonas de ocupación, una soviética y otra norteamericana-, Formosa -devuelta a China- y los antiguos archipiélagos españoles de Marianas y Carolinas, que habían sido vendidos por Madrid a Alemania después de la pérdida de Filipinas y que a su vez pasaron a administración japonesa al concluir la Primera Guerra Mundial. Es preciso referirse, en fin, a los cambios potenciales engendrados por la propia guerra: tanto la abundancia de material militar disponible como de soldados entrenados facilitó, en los años siguientes, la existencia de guerrillas en las zonas coloniales, que forzó a las potencias europeas a la concesión sucesiva de la independencia, objetivo que se hallaba además en la Carta de las Naciones Unidas, suscrita en San Francisco el 26 de junio de 1945. El cambio de fronteras y el avance de los ejércitos soviéticos provocó, a su vez, un fenómeno que no había tenido lugar en Europa desde hacía más de un milenio: el desplazamiento, en número de varios millones de personas, de poblaciones enteras. Hubo un caso en que este desplazamiento fue producto directo de la fuerza: la URSS trasladó por completo la población tártara de Crimea, que había colaborado con los alemanes. En el resto hubo casos de presión -principalmente contra los alemanes del este del país- y también de libre elección de residencia, que se mantuvo hasta que, en 1961, se levantó el muro de Berlín. Para entonces, Alemania Oriental corría peligro de despoblarse. La huida alcanzó proporciones gigantescas. Unos diez millones de alemanes procedentes de la zona oriental del país, de Hungría y de Checoslovaquia se refugiaron en las nuevas naciones. En Finlandia hubo un cuarto de millón de desplazados, cifra enorme para un país de tres millones de habitantes. Cientos de miles de polacos, habitantes de los países bálticos, judíos y de otros países del Este sufrían también la pérdida de su hogar, sin contar los prisioneros de guerra. El número total de refugiados a causa de la guerra ascendió a unos 40-50 millones. El coste de la Segunda Guerra Mundial ha sido estimado en un billón y medio de dólares. Este cálculo comprende el esfuerzo de la producción de guerra y las pérdidas materiales causadas por el conflicto. Cuando se produjo el cese de las hostilidades en 1945, la economía de los países europeos se encontraba funcionando, como media, por debajo del 50 por 100 del nivel anterior a la guerra. Se había producido un caos financiero debido al recurso sistemático a la "máquina de hacer billetes" de los bancos centrales, como sistema de financiar los gastos de la guerra. Una de las preocupaciones inmediatas fue hacer frente a la inflación, con unos resultados muy distintos según las políticas elegidas. Estados Unidos, Gran Bretaña y Holanda fueron desde este punto de vista países modelo: en 1946 el coste de vida sólo superaba entre vez y media y dos veces el anterior a la guerra. En Bélgica, los precios se multiplicaron, en cambio, por 4; en Francia, por 19, y en Italia, por más de 50. El caso más dramático fue Alemania, donde el dinero dejó de tener valor y se volvió, de hecho, al sistema de trueque de mercancías. Los medios de producción, a pesar de los bombardeos, no habían sufrido daños irreparables, ni siquiera en Alemania. El esfuerzo de guerra había provocado un gran aumento de la industria y las destrucciones no habían sido tantas como para que las instalaciones industriales fuesen en 1945 inferiores a las de 1938. Por el contrario, eran más. Las causas de que la producción fuese, entre 1945 y 1947, muy inferior a los niveles anteriores al conflicto, se debió fundamentalmente a las dificultades financieras ya reseñadas y al caos de las comunicaciones; puertos muy importantes habían sufrido daños graves; miles de puentes estaban destruidos -sólo en las zonas de ocupación británica y norteamericana en Alemania se encontraban en ruinas 740 de los 958 puentes considerados importantes-; parte de Holanda se encontraba inundada y el sistema de canales del Benelux, norte de Francia y oeste de Alemania no pudo funcionar durante seis meses. El sistema ferroviario había dejado casi de funcionar y durante muchos meses sólo hubo un puente en condiciones para cruzar el Rin -a la altura de Nimega, Holanda- y otro para cruzar el Elba- en Hamburgo. Junto al problema de las comunicaciones, el terrible problema de la vivienda, que obligó durante muchos años a destinar buena parte de los recursos a la reposición de los hogares perdidos. En la mayor parte de las grandes ciudades alemanas, la destrucción superaba el 50 por 100 de las viviendas anteriores a la guerra y en algunas se rebasaba el 90 por 100. Para complicar las cosas, la meteorología resultó adversa en 1947 y se produjo una reducción de las cosechas agrícolas. En determinadas zonas europeas, particularmente en Alemania, sólo la ayuda norteamericana permitió a la población sobrevivir. A pesar de todo ello, la industria había crecido y durante la guerra -en contra de todas las previsiones de los expertos en demografía- se había iniciado un fuerte aumento de la natalidad, que se mantuvo hasta los años sesenta. Estas circunstancias favorables explican el éxito inmediato del Programa de Recuperación Europea -el Plan Marshall- que entre 1947 y 1950 puso a disposición de los países europeos un total de 9.400 millones de dólares. En el último año indicado, el Producto Bruto europeo superaba ya en un 30-35 por 100 los niveles de 1939. Esta fue la primera vez, en la historia de las guerras, en que el vencedor se ocupaba, con un importante derroche de medios y dedicación, de la recuperación de los vencidos. Estados Unidos seguía considerando el conflicto desde el punto de vista ideológico y nunca subordinado a las rencillas nacionalistas europeas. Ello sentó las bases del milagro -que no sólo fue económico, sino también político, en la medida en que se establecieron democracias estables- en los antiguos miembros del Eje. Alemania, Italia y Japón se convirtieron en los países de mayor crecimiento en las décadas siguientes -junto a España, que en cierto modo también se alineaba con los perdedores de la guerra- y el último de ellos redujo al mínimo sus gastos de defensa. Estados Unidos pudo realizar ese esfuerzo gracias a la transformación que experimentó durante la guerra. En 1939, Norteamérica padecía todavía las secuelas de la crisis económica, carecía de voluntad de protagonismo en la política internacional, apenas si disponía de Ejército de Tierra y Fuerzas Aéreas y no tenía un servicio secreto de proyección global. En sólo cinco años todo cambió. La influencia norteamericana en el mundo -que ya estaba presente en la cultura, gracias al cine y la música- se extendió a la práctica totalidad de las áreas sociales y no ha decaído desde entonces. El poderío militar llegaba parejo a unos nuevos modos de vida, el plasma o el DDT. La economía experimentó un acelerado crecimiento: su Producto Nacional Bruto pasó de 91.100 millones de dólares en 1939 a 312.600 en 1945; la renta per capita aumentó, en dólares constantes, en un 53 por 100 en el mismo período. Su lejanía de los teatros de operaciones evitó destrucciones en su patrimonio nacional. Tuvo que pagar un fuerte tributo en vidas -250.000 muertos y 650.000 heridos-, pero estas cifras fueron sensiblemente inferiores a las de los países europeos, debido a que, como se ha dicho, la mayoría de las bajas del conflicto no se produjeron en el campo de batalla, sino entre los no combatientes. Dentro de Estados Unidos, la guerra produjo una fuerte migración interna de dos tipos distintos: por un lado, hacia California, donde se asentaron gran número de las industrias de guerra debido a su proximidad al Pacífico y su climatología favorable; por otro, desplazó una gran cantidad de población negra hacia las áreas industriales. En 1940 sólo tres millones vivían fuera de su habitat tradicional de los Estados del Sur, de economía preferentemente agraria; en 1950 eran ya cinco millones los negros que residían fuera de la vieja Dixie. La incorporación de la mujer al trabajo -siempre debido a las exigencias de mano de obra- se realizó asimismo de forma masiva. En 1940 eran 13 millones las mujeres que trabajaban fuera de su hogar, en 1945 la cifra ascendía a 20 millones y constituían un tercio de la población activa. El paro se redujo al 1,2 por 100 en 1944 y aunque en 1948 subió al 3,4 por 100, este porcentaje era muy inferior al de diez años antes (19 por 100). La URSS salió del conflicto transformada, asimismo, en gran potencia mundial, pero pagó por ello un precio más caro. Además de las grandes pérdidas humanas, sufrió enormes destrucciones materiales. Las cifras oficiales soviéticas -con toda probabilidad infladas- indican que la URSS sufrió el 49,2 por 100 de las destrucciones causadas en todo el mundo por la guerra y que fueron equivalentes a cuatro veces y media la renta nacional de 1940. Como en Estados Unidos, la mujer tuvo que incorporarse de forma masiva a la fábrica -en 1945 el 55 por 100 de los obreros industriales eran mujeres- y hubo importantes desplazamientos de la localización de la industria, en este caso hacia el este. Gracias al traslado de fábricas enteras procedentes del oeste del país, la región de los Urales, Siberia y Asia central se convirtieron en zonas industrializadas. Al contrario que en Estados Unidos, la renta nacional disminuyó -en 1946 era el 78 por 100 de la de 1940-; el conjunto de la producción industrial se mantuvo en cifras similares, pero al dedicar la mayor parte de ella al esfuerzo de guerra hubo un brusco descenso en el capítulo de bienes de consumo. En Norteamérica, la desmovilización provocó una gran disponibilidad de mano de obra; las subidas de sueldos durante la guerra, pactadas con los sindicatos, elevaron el nivel de vida y la capacidad de consumo; los excedentes de la guerra permitieron una rápida aplicación a tareas civiles y a bajo precio -por ejemplo, en la aviación y en el trasporte de mercancías por carretera. En la URSS, que no desmovilizó y sufrió grandes daños en su territorio, no se produjeron tales efectos. De forma paralela se realizaron los estudios para poner en práctica, después de la guerra, un sistema integrado de la Seguridad Social. Tales estudios fueron publicados con el nombre de Informe Beveridge, el 1 de diciembre de 1942. Los 70.000 ejemplares de la primera edición se agotaron en Londres a las pocas horas. Este informe tuvo gran influencia en los distintos sistemas nacionales de Seguridad Social -incluido el español- y aunque sus mayores entusiastas fueron los partidos socialdemócratas, los conservadores asumieron también el concepto. Para todas las clases, para todos los fines, de la cuna a la tumba, fue la expresión de Winston Churchill, en 1943, que definió mejor que ninguna otra el proyecto de bienestar social, el Welfare State. El medio a utilizar iba a ser parecido en todas partes: generalización de la medicina gratuita, de las pensiones de jubilación, invalidez o viudedad, vacaciones pagadas y aplicación en la enseñanza del principio de igualdad de oportunidades, mediante una generosa política de becas. El meollo del sistema -la asistencia sanitaria y las pensiones- se pagaría mediante cotizaciones obligatorias de trabajadores y empresas, con mayor aportación de las segundas que de los primeros. El esfuerzo de guerra y esta nueva política condujo, de forma inevitable, a una creciente participación del sector público en el conjunto de la economía y muy pronto -tan pronto como en 1950- se le vieron las orejas a la amenaza del déficit producido por las exigencias sociales. Inmediatamente, los impuestos comenzaron a subir, aunque también lo haría de forma ininterrumpida y hasta la crisis energética de 1973 el nivel de vida.


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