Las máquinas de asedio

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Datos principales

Inicio 
1000DC
Fin 
1500DC
Rango 
1000DC to 1500DC
Derechos 

Desarrollo

"Bohemundo, más hábil que nadie a la hora de dirigir un asedio, tanto que superaba al famoso Demetrio Poliorcetes, concentró sus esfuerzos contra Durrës (antigua Dirraquium, en la actual Albania), utilizando contra ella todo lo que sus ingenieros fueron capaces de inventar". El príncipe normando -como cuenta Anna Comneno en su Alexiada- asedió la ciudad el 3 de octubre de 1107 y, durante meses, se entretuvo en la construcción de "maquinas, tortugas, torres, arietes y refugios móviles, adecuados para la protección de trabajadores y zapadores". Finalmente, avanzó sobre Durrës una enorme tortuga, "monstruo indescriptible" que ofrecía "un espectáculo terrorífico": era una gran máquina, construida sobre un armazón cuadrangular dotado de ruedas, que tenía el techo y las paredes cubiertas de pieles de buey. Se movía empujada por millares de hombres que desde su interior la manejaban con cabrestantes y levas. Cuando estuvo al abrigo de la muralla, se desmontaron sus ruedas y la tortuga fue sólidamente fijada al suelo, para que las sacudidas no desunieran sus protecciones; los hombres más robustos se colocaron a derecha e izquierda del enorme ariete que había en su interior, y lo hicieron golpear violentamente, con un movimiento cadencioso, contra la muralla, que a pesar de ello resistía. Entonces, los asaltantes comenzaron a excavar una galería subterránea que les condujera a la ciudad; frente a esta nueva amenaza, los defensores excavaron con rapidez una gran trinchera y calcularon ansiosamente el lugar por donde podría avanzar el enemigo. Apenas descubierto, abrieron, a su vez, una contra-galería y, cuando pudieron ver a los zapadores de Bohemundo a través del agujero abierto, emplearon su principal recurso defensivo: el fuego líquido, compuesto -dice Anna- "por resina de pino mezclada con azufre" (pero calla los otros componentes, que eran secretos). El mortífero fuego, lanzado mediante sifones y tubos de caña, "cae como un rayo, carbonizando el rostro de los enemigos", y los pocos que lograron salvarse salieron "huyendo como enjambres de abejas asustadas por el humo". Bohemundo da la orden de utilizar la más importante de sus máquinas: una torre móvil, también de base cuadrangular, que supera en dos o tres metros la altura de las torres de la ciudad asediada, y está provista de puentes levadizos, que podían bajar sobre la muralla. "La visión de la torre -continua narrando la Alexiada- era terrorífica, más aún por el hecho de que avanzaba sin que se conociera la causa de su movimiento, como un gigante que emerge de las nubes". Efectivamente, se deslizaba sobre muchas ruedas y la impulsaban los soldados que estaban encerrados en su interior o que se escudaban tras ella. Subdividida en varios pisos, tenía en sus costados numerosas troneras, desde las que los atacantes lanzaban contra los defensores proyectiles de todo tipo, en tanto que, en el piso superior, un grupo de guerreros bien armados estaba listo para asaltar la muralla. La guarnición no se desanima ante la presencia de tan amenazador ingenio, cuya aproximación era lenta, pues debía salvar los desniveles del terreno, la empalizada y una pequeña zanja que rodeaba la fortaleza. Sus carpinteros erigieron sobre la muralla una especie de cobertizo de madera, que sobrepasaba la altura de la máquina enemiga, de modo que pudiesen impedir la entrada de los soldados de Bohemundo y, desde allí, tratar de destruirla con fuego líquido. El espacio que existía entre la torre que avanzaba y los muros de la ciudad fue rellenado con todo tipo de materiales inflamables; se lanzó aceite sobre ellos y se prendió todo ello arrojando antorchas. Pronto todo estuvo en llamas y cuando a ellas se añadieron chorros de fuego líquido, la terrible máquina comenzó a arder, ofreciendo un grandioso espectáculo que se podía contemplar desde mucha distancia. La mayoría de los hombres que se encontraban en su interior perecieron abrasados y sólo unos pocos lograron escapar arrojándose desesperadamente desde las alturas, con el riesgo de matarse del golpe. Poco después, el ejército imperial obliga a levantar el asedio de la ciudad y, de este modo, a pesar del impresionante despliegue de medios realizado por Bohemundo, el asedio de Durrës fracasa. La descripción de Anna Comneno, hija del victorioso emperador, describe alguno de los procedimientos de ataque y defensa de una fortaleza asediada. Los atacantes empleaban medios que les permitían alcanzar las murallas para abatirlas o superarlas, bien en superficie, bien bajo tierra; tentativas a las que los asediados, como se ha visto, contraponían las apropiadas medidas defensivas. A las ya vistas deben añadirse una tercera e importante categoría de máquinas, que la autora no menciona; se trata de catapultas y trabucos, equivalentes a la moderna artillería, empleados por ambas partes para golpear de lejos a los enemigos mediante el lanzamiento de grandes proyectiles. El arte de atacar ciudades fortificadas fue puesto a punto por los griegos en la época helenística y una etapa fundamental de su desarrollo fue el asedio de Rodas en el año 304 a.C., durante el cual se reveló el talento del célebre Demetrio, que por ello recibió el sobrenombre de Poliorcetes (es decir, expugnador de ciudades). En los siglos sucesivos, los romanos adoptaron y perfeccionaron los métodos griegos, llevándolos a un nivel considerado insuperable. Julio Frontino -compilador en el siglo II de una colección de Estratagemas- dice, explícitamente, que las máquinas de asedio han alcanzado su máxima perfección y no será posible mejorarlas. A partir de entonces, se produjo una progresiva decadencia, que tuvo su punto más bajo en los primer siglos de la Edad Media. Incluso se dijo que en la Europa Occidental, hasta la época de la Primera Cruzada, se perdieron las técnicas y las informaciones sobre los materiales de asedio.


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