La tumba de Filipo en Vergina

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Datos principales

Inicio 
340AC
Fin 
336AC
Rango 
340AC to 336AC
Periodo 
Era de Alejandro
Derechos 

Desarrollo

Por ello, cuando, poco antes de su muerte (336 a. C.), Filipo encargó la realización de su tumba, pudieron plasmarse frutos de esta iconografía. Entre los fabulosos tesoros de vasijas y armas ceremoniales que este monumento nos ha proporcionado, y que hace unos años llenaron los espacios de todos los medios de comunicación, son dos las obras que cabe destacar en este sentido. La primera es el conjunto de cabecitas de marfil que adornaban el lecho fúnebre: como se ha sugerido, es posible que procedan del taller del propio Leócares, y sin duda representan la serie dinástica de la familia de Filipo: una, por lo menos, es el propio rey, y otra, muy parecida al Heracles de Escopas, acaso represente de hecho al héroe. La otra obra, aunque mal conservada, tiene un interés aún mayor. Se trata de la pintura que corona la fachada de la tumba: un largo friso que figura una cacería regia. Filipo, coronado al parecer por la piel de león de su mítico antepasado, pero vestido con túnica, domina el grupo principal, el de la caza del león. Algunos cazadores, absolutamente desnudos, dan al cuadro un carácter heroico, y todo se desarrolla en un paisaje con árboles y montañas. Se trata de una pintura muy importante por su iconografía -el tema cinegético se difundirá mucho en las representaciones de Alejandro-, pero aún más por el testimonio que aporta en problemas dé forma: es el mejor original pictórico del siglo IV que haya llegado hasta nosotros, y en él podemos seguir tanto los lentos avances de la perspectiva del suelo -prescindiendo poco a poco de las rocas que aún usaba Nicias- como la sistematización del sombreado -pese al mantenimiento de la línea de contorno en las figuras-; avances que se dan, por otra parte, sin romper aún con la llamada tetracromía clásica, dominio armónico de la gama cálida a base de los cuatro colores (blanco, negro, amarillo y rojo). Dados los escasos conocimientos que sobre la pintura griega tenemos -en virtud, precisamente, de la práctica ausencia de originales-, nos resulta imposible siquiera sugerir a qué escuela perteneció el anónimo autor de esta magistral Cacería de Filipo. Acaso fuese un ateniense, ya que su sentido de la relación entre figuras y entorno no resulta, pese a todo, tan distante del de Nicias. Pero también es posible que se tratase de un miembro de la escuela por la que Alejandro, desde su acceso al trono, se decantará de forma decidida: la escuela de Sición.


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