La nueva frontera

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Datos principales

Inicio 
1870DC
Fin 
1914DC
Rango 
1870DC to 1914DC
Periodo 
América: problemas

Desarrollo

La política norteamericana había cambiado también en otro sentido: Estados Unidos era ya un poder mundial. En 1898, había derrotado de forma fulminante a un país europeo, España. En 1917, sus soldados luchaban -por primera vez en su historia- en el viejo continente. En 1919, su Presidente, Wilson, decidía el nuevo orden internacional. El interés y la preocupación por las que se consideraban potenciales áreas de influencia del país -América Central, el Caribe, el Pacífico- eran antiguos. Se remontaban sin duda a la primera mitad del siglo XIX y se habían reforzado a medida que había avanzado la expansión hacia el Oeste (que en parte se hizo a costa de México). El término "destino manifiesto", que significaba que el destino de Estados Unidos era la expansión por el continente americano, se acuñó en 1845. La presencia europea en América -España en Puerto Rico y Cuba, Francia en Guayana y en las Antillas, Gran Bretaña en Canadá, Bahamas, Bermudas y Jamaica- era un desafío permanente a la Doctrina Monroe (1823), que había proclamado el derecho de todo el continente americano a verse libre de la colonización de los países europeos. Las ambiciones europeas sobre China, Japón y el Pacífico suponían igualmente una fuente potencial de amenaza para el país, sobre todo tras la adquisición de Alaska en 1867 (comprada a Rusia por iniciativa del Zar, luego de que la adquisición provocara fortísima oposición). La política exterior norteamericana estuvo, pues, condicionada ante todo por la propia geografía nacional y por el juego internacional de las potencias. Su formidable crecimiento industrial, económico y financiero hizo, luego, que Estados Unidos no pudiera permanecer aislado de la política mundial. Eso no lo convirtió en una potencia territorialmente imperialista. En comparación con el expansionismo europeo de los años 1880-1914 (incluidos países atrasados como Portugal e Italia), el anexionismo norteamericano fue, como veremos, insignificante. Pero su papel cada vez más hegemónico en la economía mundial hizo inevitable su creciente intervencionismo en la esfera internacional. Asia fue un ejemplo característico. La apertura de Japón y China al comercio occidental, a lo que Estados Unidos no había sido ajeno, revalorizó el papel estratégico que para Norteamérica tenía el Pacífico. En 1875, Estados Unidos ofreció un tratado comercial a las islas Hawaii que hizo de ellas en la práctica un protectorado norteamericano. En 1887, lograron de su protegido la concesión de Pearl Harbour como estación carbonífera y base naval. En 1893, un golpe de Estado contra la reina Liliuokalami, promovida por hombres de negocios y plantadores de azúcar de la capital, Honolulu, que contaron con el apoyo del embajador norteamericano, estableció una República, que solicitó la anexión a Estados Unidos. El presidente Cleveland, que era un convencido antiimperialista, la rechazó y restauró la Monarquía nativa; pero su sucesor, McKinley, la aceptó en 1898 como parte de la dimensión asiática de la guerra contra España de aquel año, que incluyó la adquisición de Filipinas y las islas Guam y luego, en 1899, de las islas Wake y concesiones menores en Samoa, negociadas con Alemania y Gran Bretaña. Pero el objetivo último de la política asiática de Estados Unidos, del que esas anexiones eran un simple instrumento, era mucho más complejo: garantizar la estabilidad de la zona y para ello, impedir ante todo la posible desmembración de China, foco de la rivalidad imperialista de las grandes potencias y objetivo potencial del expansionismo japonés. Esa política quedó fijada por el secretario de Estado John Hay (durante la Presidencia McKinley) en la llamada nota de puertas abiertas de 6 de septiembre de 1899, por la que Estados Unidos proponía a las potencias la no alteración del estatus chino (concesiones de puertos francos y tarifas portuarias y ferroviarias dentro de éstos). O lo que era lo mismo: rechazaban las concesiones territoriales por parte de los países europeos -y más aún, las anexiones- y abogaban por una política de apertura de China a la inversión extranjera. Estados Unidos fue el único país que canceló -en 1908, con Theodore Roosevelt como Presidente- parte de la indemnización que China debía pagar a las potencias como consecuencia de la guerra de los boxers. Durante la I Guerra Mundial, a la firmeza norteamericana se debió que Japón no hiciese de China un mero protectorado, aunque no pudo impedirse que los japoneses ocuparan Shangdong y ampliaran sus derechos sobre Manchuria y Fujian. Luego, en 1922, Estados Unidos convocaría una conferencia para lograr que la comunidad internacional garantizase la soberanía e integridad territorial de China. La política norteamericana en Asia era, pues, una política de equilibrio. Posiblemente, tampoco la opinión pública habría aceptado otra cosa: la citada anexión de Filipinas, que se completó en 1902 tras una dura guerra contra la guerrilla de Emilio Aguinaldo en la que murieron unos 4.200 soldados norteamericanos, suscitó gran oposición tanto en el Congreso como en la opinión pública. Respecto a América, los sentimientos de la opinión y la política de las distintas administraciones fueron más complejos y contradictorios. Sin duda, Estados Unidos consideraba desde la Doctrina Monroe, que el Caribe y Centroamérica constituían su área de influencia natural, lo que luego se llamaría, más brutalmente, el "patio trasero" del país. Texas, Nuevo México y California, antes mexicanos, fueron anexionados en 1846-48; en 1854, el presidente Pierce había intentado comprar Cuba. Pero la política europea tuvo también parte no desdeñable en el reforzamiento de las ambiciones intervencionistas norteamericanas sobre la zona. Los intentos franceses de crear, primero, un Estado dependiente en México bajo Maximiliano I (1864-67) y de construir luego (1879) un canal en Panamá causaron gran preocupación: en 1866, el presidente Andrew Johnson envió un ejército de unos 50.000 soldados a la frontera mexicana como un gesto de advertencia a Francia. En julio de 1895, el gobierno norteamericano (presidente Cleveland; secretario de Estado, Olney) envió una enérgica nota al gobierno británico afirmando que toda rectificación por parte de Inglaterra de la frontera entre la Guayana británica y Venezuela -objeto de litigio- supondría una violación de la Doctrina Monroe e incluso amenazó con la guerra en caso de que Gran Bretaña recurriese al uso de la fuerza. En cualquier caso, desde 1883, Estados Unidos había comenzado a construir su propia Marina de guerra. En 1884, se creó en Annapolis, una Escuela Naval. El libro del director de la misma, el almirante Alfred T. Mahan, La influencia del poder marítimo en la historia, que se publicó con gran éxito en 1890, enfatizaba la importancia del poderío naval como fundamento de toda política mundial de dominio, y abogaba por la construcción de una fuerte flota y la adquisición de bases navales en los mares de valor estratégico para Estados Unidos. Pese a ello, cuando a partir de febrero de 1895 se generalizó en Cuba la insurrección contra España, Estados Unidos mantuvo considerable prudencia. El presidente Cleveland, por ejemplo, no reconoció la beligerancia de los rebeldes, a pesar de que la opinión pública así parecía exigirlo, sobre todo a raíz de la indignación que produjo la durísima política represiva (campos de concentración, trochas) llevada a cabo por las tropas españolas bajo el mando del general Weyler. Su sucesor, el republicano McKinley, que otorgó la mencionada beligerancia, apoyó en principio la política de autonomía y pacificación que a partir de septiembre de 1897 quiso llevar adelante el nuevo gobierno español presidido por Práxedes M. Sagasta. Y probablemente no quiso la guerra (como tampoco la quisieron los grandes grupos financieros e industriales, temerosos de que una guerra hiciese peligrar la recuperación económica que empezaba a manifestarse por entonces tras la grave depresión de 1893-96). Pero la acción combinada de la opinión humanitaria y progresista que apoyaba la independencia de Cuba y de la opinión nacionalista y populista orquestada por la prensa sensacionalista que exigía una acción de castigo contra España tras la voladura del barco norteamericano Maine en el puerto de La Habana (15 de febrero de 1898), preparó el clima emocional favorable a la guerra. Ésta, que se declaró oficialmente el 25 de abril de 1898, fue para Estados Unidos una "espléndida guerra pequeña". El 1 de mayo, la flota del almirante Dewey destruyó en Cavite la flota española del Pacífico: tras el bloqueo de Manila, los españoles capitularon el 14 de agosto. El 20 de junio, desembarcó en Cuba un contingente de 17.000 soldados, mal equipados y mal entrenados que lucharon con poca fortuna contra las tropas españolas. Pero el 3 de julio, la escuadra del vicealmirante Sampson hundió la flota española -mandada por el almirante Cervera- cuando intentó salir de Santiago donde había quedado bloqueada. Santiago se rindió el 17 de julio. Las hostilidades cesaron en agosto. La guerra había durado apenas cuatro meses y Estados Unidos había perdido tan sólo 460 hombres en combate y otros 5.000 por fiebres tropicales. Por el Tratado de París (10 de diciembre de 1898), España cedió a Estados Unidos Puerto Rico, las Filipinas y Guam, y abandonó Cuba, que en 1901 se convirtió en una República independiente bajo protección norteamericana. La guerra había hecho de Estados Unidos la potencia hegemónica del continente americano, como quedaría de relieve bajo la Presidencia Roosevelt (1901-08). Gran Bretaña así lo reconoció y por el tratado Hay-Pauncefote de 18 de noviembre de 1901 concedió a Estados Unidos el derecho exclusivo de construcción y control de un canal en Centroamérica, renunciando a acuerdos anteriores que le daban derecho de participación en hipotéticos proyectos de esa naturaleza. Cuando en 1903 se produjo en Colombia la secesión que llevaría a la independencia de Panamá -que tuvo causas internas-, Roosevelt aprovechó aquella gran oportunidad, envió un crucero para proteger al nuevo Estado, reconoció precipitadamente a éste y negoció de inmediato la concesión de una zona para la construcción de un canal (que se empezó en 1904 y se concluyó en 1914). Tras el bombardeo de puertos venezolanos por barcos ingleses y alemanes como castigo por la negativa del gobierno venezolano a pagar sus deudas (diciembre de 1902), y ante el temor de que la situación se repitiera en Santo Domingo, el Presidente anunció en diciembre de 1904 el corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, afirmando que Estados Unidos intervendría en el continente como fuerza internacional de paz para impedir que la "infracción crónica" de la ley por algunas naciones americanas propiciase la intervención europea en la región. El corolario se aplicó pronto. Estados Unidos no sólo se había anexionado Puerto Rico (1898) y adquirido el Canal de Panamá (1904-14) y luego las islas Vírgenes (1917), sino que intervendría militarmente por razones muy distintas -por lo general, o problemas económicos o insurrecciones revolucionarias- en Cuba (1906-09, 1912, 1917-22), Santo Domingo (1905-07, 1916-24), Haití (1915-34), Honduras (1912) y Nicaragua (1909, 1912, 1926-33). Más aún, la guerra del 98 hizo de Estados Unidos un poder mundial, posición que Roosevelt -ardiente nacionalista, si bien contrario a la adquisición de colonias y muy realista en cuestiones internacionales- consolidó y reforzó durante su mandato. Medió, como vimos, en el conflicto ruso-japonés de 1904-05 y fue el artífice de la paz de Portsmouth que le puso fin. Por iniciativa suya también, se reunió la conferencia de Algeciras (enero-abril de 1906), encuentro internacional de las grandes potencias para resolver la crisis marroquí provocada por Alemania en 1905 -cuando el kaiser Guillermo II desembarcó en Tánger en un acto inamistoso hacia Gran Bretaña, Francia y España-, conferencia que acordó autorizar el protectorado franco-español sobre Marruecos. En noviembre de 1908, finalmente, Roosevelt firmó un acuerdo con Japón, el acuerdo Root-Takahira, que garantizaba el statu quo en el Pacífico y la integridad de China. El sucesor de Roosevelt, William H. Taft (1909-13) y su secretario de Estado, Philander C. Knox, quisieron seguir una vía diferente, una política que sustituyera la presencia militar por la penetración económica, de acuerdo con una idea desarrollista de ayuda financiera a los países atrasados como fundamento de la estabilidad internacional. Pero esa política, que sería denunciada como la "diplomacia del dólar", resultó ilusoria. Los proyectos de inversión en China, mediante la participación de bancos norteamericanos en una gran operación financiera internacional para "rescatar" los ferrocarriles de Manchuria, provocaron gran malestar en Rusia y Japón, y entre los mismos socios potenciales de la operación (bancos ingleses, franceses y alemanes): en 1913, el capital norteamericano se retiró de aquélla. Knox negoció con éxito los problemas financieros pendientes con Guatemala, Haití y Honduras, procediendo a la concesión de créditos norteamericanos contra la designación de administradores estadounidenses para la recaudación de los derechos aduaneros de aquellos países y a cambio de la aceptación por éstos de que esas mismas rentas de aduanas sirviesen como garantía de la operación. Pero en Nicaragua, el estallido de disturbios revolucionarios determinó la intervención de los marines norteamericanos (agosto de 1912), la imposición por Estados Unidos de un recaudador de aduanas y el control del Banco de Nicaragua por los banqueros neoyorkinos (aunque también, la concesión de un gran empréstito para que Nicaragua pudiera hacer frente al pago de su deuda exterior). Además, al producirse la revolución en México (1911), Taft amenazó con intervenir y advirtió al gobierno revolucionario de Madero -al que sin embargo dio su reconocimiento- que se le responsabilizaría de cualquier atentado contra vidas y propiedades norteamericanas. Lo que ocurría ya ha quedado apuntado: su desarrollo económico y la extensión de sus intereses estratégicos y comerciales hacían imposible el tradicional aislamiento internacional de Estados Unidos. Ello quedó particularmente de relieve durante la Presidencia de Woodrow Wilson (1913-20): el Presidente que quiso inspirar su política exterior en los ideales de un internacionalismo democrático y cristiano, que habló de la "diplomacia misionera" como bandera de su país, que condenó tanto el imperialismo de Roosevelt como la diplomacia del dólar de Taft como inmorales, que nombró a un pacifista radical como Bryan como secretario de Estado (1913-15), fue el presidente que se vio envuelto en más intervenciones militares en el exterior en la historia del país hasta aquel momento. El hombre que fue reelegido en 1916 con el lema "nos mantuvo fuera de la guerra", llevó a Estados Unidos, en abril de 1917, a la I Guerra Mundial. En Centroamérica y en el Caribe, Wilson tuvo que volver a la política de intervenciones preventivas que había iniciado Roosevelt y por las mismas razones que éste: asegurar el orden y la estabilidad en la zona (lo que se hizo mucho más urgente una vez que comenzó la guerra mundial, a fin de prevenir posibles ingerencias alemanas en la región, posibilidad nada remota dadas las numerosas posesiones inglesas y francesas en las Antillas). Así, en 1914, la administración norteamericana concluyó con Nicaragua el tratado Bryan-Chamorro, por el que Estados Unidos concedía un préstamo de tres millones de dólares a cambio del derecho a construir un canal a través del país y de arrendar terrenos para establecer una base naval. En julio de 1915, tras una serie de desórdenes, los marines desembarcaron en Haití, impusieron al presidente Philippe Dartiguenave y crearon un protectorado de hecho que duró hasta 1935. En noviembre de 1916, se hizo lo mismo en Santo Domingo. En México, Wilson, guiado por su fe democrática, se negó a reconocer al gobierno dictatorial del general Huerta -al que responsabilizó del asesinato de Madero-, presionó a otros países para que retirasen su reconocimiento y exigió la apertura de un proceso electoral. El 21 de abril de 1914, marines norteamericanos ocuparon el puerto de Veracruz, después de que fuerzas del régimen de Huerta detuvieran a un grupo de marineros estadounidenses en Tampico, hecho que constituyó un revés diplomático (que se resolvió por la mediación de Argentina, Brasil y Chile) y un error político, pues suscitó fuerte oposición en Estados Unidos, numerosas críticas internacionales y el rechazo, en el propio México, hasta de los mismos enemigos de Huerta. Caído éste en julio de 1914, Estados Unidos, tras haber expresado inicialmente su apoyo a Francisco Villa, reconoció a Venustiano Carranza como Presidente legal de México (19 de Octubre de 1915). Ello hizo que Villa se volviera contra Estados Unidos y que sus tropas hostigaran en las regiones fronterizas entre ambos países a las fuerzas norteamericanas y que en alguna ocasión realizaran incluso incursiones contra ciudades del sur de Estados Unidos: el 15 de marzo de 1916, Wilson autorizó que el Ejército realizara operaciones de castigo contra Villa dentro de México a espaldas del gobierno legal de Carranza, lo que generó graves tensiones diplomáticas entre ambos países que hicieron, entre otras cosas, que México se inclinara hacia Alemania durante la I Guerra Mundial. En Europa ocurrió algo parecido. Tan pronto como estalló la Guerra Mundial, Wilson proclamó la neutralidad de su país, sin duda la opción más segura y mejor acogida por la mayoría de la opinión pública (aunque no, por importantes minorías de inmigrantes procedentes de los países beligerantes, favorables a sus respectivos países de origen); y sin duda también, la opción más próxima al rigorismo moral del propio Presidente. Pero el peso internacional que Estados Unidos tenía para entonces hizo la neutralidad insostenible. De una parte, la economía norteamericana estaba fuertemente vinculada a las economías de los países aliados y la situación de guerra no hizo sino reforzar esos vínculos: el comercio entre Estados Unidos y los aliados se multiplicó por cinco entre 1914 y 1916, y los empréstitos concedidos por los bancos norteamericanos a los gobiernos occidentales se elevaban en 1917 a varios billones de dólares. De otra parte, la herencia cultural anglosajona, no obstante ser Estados Unidos un crisol de razas, inclinó cada vez más a la opinión pública hacia Inglaterra. Finalmente, la lógica de la guerra -bloqueo naval de Gran Bretaña, guerra submarina alemana- acabó golpeando a los intereses norteamericanos. El hundimiento en 1915 por submarinos alemanes de los barcos Lusitania, Arabic y Sussex, en los que perdieron la vida numerosos ciudadanos norteamericanos, conmocionó a la opinión pública y predispuso al país contra Alemania. Wilson se resistió a abandonar la neutralidad. De ahí que en 1916 iniciara una verdadera ofensiva diplomática a fin de lograr una paz negociada entre todas las partes. Pero el retorno de Alemania a la guerra submarina indiscriminada (31 de enero de 1917); el descubrimiento del "telegrama Zimmermann" (1 de marzo de 1917), en el que el ministro de Asuntos Exteriores alemán daba instrucciones a su embajador en México para proponer a este país una alianza en caso de que estallara la guerra entre Estados Unidos y Alemania, con la promesa de recuperar Texas, Nuevo México y California; y el torpedeamiento a mediados de marzo de 1917 de tres barcos norteamericanos por submarinos alemanes, no dejaron opción. Wilson convocó al Congreso para el 2 de abril; el día 6, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania. Wilson legitimó la intervención de su país en la guerra mundial como la participación en una "cruzada por la democracia". Probablemente así lo vio también la opinión pública norteamericana. En cualquier caso, Estados Unidos hizo un esfuerzo colosal: se alistaron voluntariamente un total de 4.791.772 soldados, tuvieron unas 120.000 bajas y la guerra, que exigió un extraordinario trabajo de coordinación entre gobierno, industrias y Ejército -dirigido por el financiero Bernard Baruch, director de la junta Industrial de Guerra-, les costó unos 35,5 billones de dólares. La posición norteamericana quedó fijada en los 14 puntos que el Presidente Wilson hizo públicos en enero de 1918: en síntesis, Estados Unidos aspiraba a crear tras la guerra un nuevo orden internacional basado en una organización internacional colectiva y democrática como garantía de la paz, y en el derecho al autogobierno de pueblos y nacionalidades. El Tratado de Versalles que puso fin a la guerra mundial no fue la paz de Wilson. Pero éste consiguió al menos una de sus grandes ambiciones: la creación de ése organismo colectivo que regulase las relaciones internacionales, la Sociedad de Naciones. La ironía fue que Estados Unidos no formó parte de ella. Los elementos conservadores y antiwilsonianos del Senado norteamericano, liderados por el senador republicano Henry Cabot Lodge, desencadenaron a lo largo del verano de 1919 una intensa campaña contra la adhesión (técnicamente, contra la aceptación del Tratado de Versalles, ya que Wilson había vinculado ratificación del Tratado y adhesión a la Sociedad de Naciones), con la tesis de que la entrada en la Sociedad de Naciones comprometería la soberanía exterior norteamericana. La cuestión dividió profundamente al país. Wilson realizó un extraordinario esfuerzo -giras, mítines, discursos- en apoyo de sus tesis: en septiembre de 1919, sufrió un gravísimo derrame cerebral del que no se recuperó. Los republicanos, con el senador Warren G. Harding como candidato a la Presidencia y el gobernador Calvin Coolidge a la vicepresidencia, ganaron las elecciones presidenciales de noviembre de 1920 casi en razón de su oposición a la Sociedad de Naciones. Lograron unos 16 millones de votos; la candidatura demócrata, formada por James M. Cox y Franklin D. Roosevelt, en torno a los 9 millones. Estados Unidos quedó así fuera de la Sociedad de Naciones. Una de las primeras disposiciones aprobadas bajo la Presidencia Harding fue la Ley de Inmigración de 19 de mayo de 1921 que limitaba los inmigrantes de un país al 3 por 100 del número de personas de esa nacionalidad residentes ya en Estados Unidos según el censo de 1920. Parecía, pues, que Estados Unidos volvía a la "normalidad", esto es, a su tradición aislacionista, y desde luego, durante las presidencias Harding (1921-23), Coolidge (1923-29) y Hoover (1929-33), el intervencionismo exterior norteamericano fue menor. Pero la realidad era, como hemos visto reiteradamente, que Estados Unidos era ya un poder mundial y que el aislacionismo resultaba literalmente imposible. La cuestión de China seguiría exigiendo de la diplomacia norteamericana una activa política asiática. El problema de la soberanía del canal de Panamá provocó continuas negociaciones y renegociaciones bilaterales a partir de 1926. Tropas americanas desembarcaron una vez más en Nicaragua en mayo de 1926, a la vista de la situación de guerra civil provocada por la insurrección del general Augusto Sandino. Las relaciones con México siguieron siendo complicadas y difíciles, debido sobre todo a que la política de nacionalizaciones prevista en la Constitución mexicana de 1918 amenazaba los intereses y derechos de las compañías petrolíferas norteamericanas. Estados Unidos siguió intensamente implicado -por unas u otras razones- en Cuba, Haití, Honduras y Santo Domingo. Más todavía, los problemas derivados de la consolidación de las deudas contraídas por las potencias aliadas durante la I Guerra Mundial, el complejo asunto de los pagos de las indemnizaciones impuestas a los países derrotados en aquélla, y la cuestión del control militar interaliado en Alemania y del desarme, obligaron a Estados Unidos a participar de forma activa en la política europea. Los llamados planes Kellogg-Briand sobre la paz internacional (agosto de 1928); Dawes, sobre el pago de la deuda alemana (abril de 1924) y Young (febrero de 1929) sobre el mismo asunto, fueron en gran medida iniciativas norteamericanas. El crash de la Bolsa de Nueva York de octubre de 1929 fue el detonante de la gran depresión mundial de los años 1929-33: ello bastaba para demostrar que Estados Unidos era ya la pieza más fundamental de la economía internacional, y que estaba destinado a mandar en el mundo. Eso es lo que habían comprendido, primero, Theodore Roosevelt y luego, desde su ingenuo y también arrogante pacifismo idealista, Woodrow Wilson. Eso es lo que también entendería más adelante, en los años treinta, en un mundo amenazado por el ascenso del totalitarismo y de las dictaduras, Franklin D. Roosevelt.


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