La industria concentrada

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Datos principales

Inicio 
1660DC
Fin 
1789DC
Rango 
1660DC to 1789DC
Periodo 
eco XVIII

Desarrollo

En ese mundo dominado por las unidades de producción de reducido tamaño había actividades -minería, metalurgia en algunos casos, construcción naval...- cuyas peculiares características requerían la concentración de mano de obra y la inversión de capitales cuantiosos, muy pocas veces aportados por un solo empresario y formados más frecuentemente mediante la creación de compañías participadas y cuyo papel en el desarrollo del capitalismo industrial, desde los mismos albores de los tiempos modernos, no puede minimizarse. El nivel de concentración que llegaron a alcanzar fue, a veces, considerable (aunque en todos los países había también pequeñas empresas en estos mismos sectores para satisfacer demandas comarcales). Entresacamos, como ejemplo, la sociedad minera francesa de Anzin. Constituida como una sociedad anónima -en la que, por cierto, dominaban los socios pertenecientes a la alta nobleza-, fue una de las más importantes del país, con un capital invertido de más de 9 millones de libras en 1781 (se había multiplicado casi por 15 desde 1757); por esas mismas fechas trabajaban cerca de 4.000 hombres en ella y producía casi la mitad del carbón extraído en el país. Por otra parte, el siglo XVIII vio desarrollarse, ya que no siempre nacer, otros tipos de empresas concentradas; las manufacturas y fábricas (a las que hemos aludido ya en el epígrafe anterior). Aunque en la época no se establecían diferencias precisas entre ellas y ambos términos se utilizaban indistintamente para designarlas, hoy los historiadores diferencian dos categorías industriales distintas. La característica de las manufacturas era la concentración en un mismo edificio o en un grupo de edificios de la mano de obra, aunque el proceso de elaboración de los artículos seguía siendo predominantemente manual (en un sentido más restringido, se aplica también el nombre de manufacturas a las concentraciones surgidas para el acabado de productos rurales que veíamos en el epígrafe anterior). Surgidas con anterioridad, pero notablemente desarrolladas en esta centuria, constituyeron el modelo preferido por los poderes públicos para establecer las grandes empresas estatales de corte colbertista, aunque también las hubo, por supuesto, de propiedad privada (y, recordemos, gozando frecuentemente de algún tipo de privilegio). Telas estampadas, porcelanas, loza fina, cristal igualmente fino o tabaco fueron algunos de los productos frecuentemente elaborados en ellas. Algunas alcanzaron un gran tamaño, aproximándose al millar de operarios, pero podía ser mucho más elevado el número de los que trabajaban para ellas; el caso más extraordinario era el de la manufactura de lana creada por la emperatriz María Teresa de Austria en Linz, que en 1775 contaba con 25.000 trabajadores. La explicación estriba en que no era raro que la manufactura no estuviera más que parcialmente centralizada, estableciendo sus propias redes de artesanos dispersos por la ciudad donde radicaban o por su entorno rural para realizar algunas de las operaciones no especializadas la hilatura, por ejemplo-. La superposición de distintos modelos organizativos era pues, patente. Su papel en el proceso de industrialización fue mucho menor del que cabría esperar a priori -y del atribuido por Marx-, pero sus aportaciones no fueron desdeñables. La concentración permitió establecer una mayor vigilancia y disciplina en el trabajo y proceder a la división de tareas; se iniciaba en ellas, pues, la reorganización del proceso productivo, mejorando la productividad y elevando, por lo tanto, la producción. Finalmente, la principal aportación del siglo XVIII fue la fábrica (factory system), empresa concentrada en la que las máquinas desempeñan un papel fundamental y en la que terminaría dominando el capital fijo sobre el circulante (éste lo había hecho durante el largo período preindustrial). Aunque es posible encontrar ejemplos en otros países, será Inglaterra el que ofrezca los casos más destacados y, además, tempranamente, como la factoría sedera de Thomas Lombe, levantada en Derby por cierto, según planos robados en Italia, en uno de los primeros casos conocidos de espionaje industrial- entre 1717 y 1721, que empleaba a más de 300 obreros, o las hilanderías de algodón, entre las que podemos citar las establecidas por Richard Arkwright en Cromford, Derby y Manchester o las de la familia Peel en Manchester y Bury durante las últimas décadas del siglo. El factory system fue una de las manifestaciones centrales de la revolución industrial, de la que nos ocuparemos a continuación, y en dicho contexto veremos sus implicaciones. Hay que subrayar, sin embargo, que por llamativos que sean los ejemplos que se puedan aducir, la fábrica mecanizada era una empresa todavía abiertamente minoritaria durante el siglo XVIII, también ella podía implicarse en cooperaciones con artesanos dispersos (la hilatura podía hacerse en fábricas y el tejido, por artesanos dispersos) y sólo llegará a generalizarse en Inglaterra (en el Continente será más tarde) después de 1830.


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