La guerra medieval en la Península Ibérica

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Datos principales

Inicio 
711DC
Fin 
1492DC
Rango 
711DC to 1492DC
Periodo 
Reconquista
Lugar 
Derechos 

Desarrollo

La extrema escasez de datos, tanto arqueológicos como textuales o iconográficos, es el rasgo -negativo- más característico para el estudio del armamento y tácticas en el reino visigodo y, posteriormente, en los reinos cristianos de los primeros siglos de la Edad Media y poco más sabemos sobre los omeyas. En conjunto, y hasta el s. XI, el cuadro que aquí se traza se ha de limitar a líneas generales. En el s. VII al núcleo godo se añadieron contingentes hispano-romanos, en pie de igualdad, y debieron existir contingentes permanentes. La caballería- y en particular el empleo de arqueros a caballo- era arma importante, aunque la infantería nunca desapareció. La organización pudo tener base decimal, con unidades de diez, cien, quinientos y mil hombres. Entre las armas contamos con las habituales espadas y lanzas, pero también hachas de combate o franciscas. Muchas de las armas, corazas y cascos serían evolución de los romanos tardíos. La irrupción de un pequeño ejército musulmán en la Península en 711, y el desplome definitivo del reino visigodo, no debieron alterar de golpe las viejas tradiciones militares, y parece que algunos elementos, como los cascos de hierro de vieja tradición tardorromana perduraron largo tiempo. Los escasos datos disponibles indican que, en adelante, musulmanes de Sur y cristianos del Norte se influyeron mutuamente en cuanto a equipamiento militar y tácticas, aunque en ambos casos fueron los reinos musulmanes los que hasta el s. XI llevaron la iniciativa tecnológica. El Emirato de Córdoba, y más adelante el Estado omeya, mantuvieron un núcleo profesional de tropas bien armadas y entrenadas que, incluso en el s. X, incluía fuertes contingentes de mercenarios extranjeros y de cautivos cristianos, algunos convertidos al Islam y otros no. Este núcleo incluía caballería- en número y peso específico crecientes según pasó el tiempo- e infantería, y era complementado por fuertes contingentes de infantes, tanto permanentes en las fronteras como temporales en levas ocasionales. Los contingentes norteafricanos variaron en importancia según el periodo: poco sabemos, militarmente hablando, de los primeros contingentes bereberes que cruzaron el Estrecho en el s. VIII, salvo que constituían el conjunto más numeroso del ejército y que en su gran mayoría eran infantes. A fines del s. XI los almorávides parecen haber confiado sobre todo en infantería estática, formada tras grandes escudos de piel. Entre las tropas profesionales, el casco de hierro sencillo y la cota de malla, importados a menudo de Europa desde el s. X al menos, se fueron haciendo populares, y la segunda sustituyó a las corazas de escamas, que nunca debieron llegar en gran número a la Península. Sin embargo, entre la mayoría de las tropas de leva que complementaban el núcleo profesional del ejército musulmán las protecciones de cuero, acolchadas o de fieltro más o menos elaboradas, debieron ser mucho más comunes que la protección metálica. Aunque al principio los musulmanes estuvieron escasos de caballería, esta carencia se remedió pronto. Con todo, la caballería en la Península Ibérica -tanto la cristiana como la islámica- tendió a ser más ligera que su contemporánea en Europa Central y Próximo Oriente; los arqueros a caballo perduraron bastante tiempo, mientras que la caballería de choque con lanza larga tardó más en imponerse. Parece que algunas innovaciones técnicas, como el estribo o la silla de arzón alto, se introdujeron en España más lentamente que en otras regiones. Entre los cristianos, como entre los musulmanes, la infantería siguió siendo una fuerza significativa, aunque bastante estática en combate: las formaciones cerradas, con grandes escudos apoyados en tierra y lanzas asentadas al modo de picas parecen haber sido normales; también es probable el apoyo de arqueros a pie. Respecto a los reinos cristianos, todo indica que hasta el s. XI debió ser importante la influencia musulmana, junto con la perduración de viejas tradiciones visigodas. A partir del s. XI se produjo en los reinos cristianos una fuerte irrupción de elementos europeos: la cota de malla, con capucha para la cabeza, se hizo más frecuente; en Cataluña, y luego en la Meseta, se introduce el escudo en forma de cometa, apto para la caballería -pequeño al principio, con el paso del tiempo fue creciendo en tamaño y desplazando al pequeño escudo circular-. Los jinetes adoptaron una posición distinta en la nueva silla arzonada, con las piernas estiradas, más apta para el combate de choque a caballo, según nos muestra una rara imagen del salterio de San Millán de la Cogolla. Poco a poco, estas innovaciones se extendieron también a los reinos musulmanes del Sur, que también adoptaron la costumbre de llevar la cota de malla visible por encima de la túnica. La vieja y buena costumbre dé fortificar los campamentos parece haberse mantenido entre los siglos VIII - XI al menos entre los musulmanes. Aunque no faltaron las batallas campales, como Zalaca en 1086, la mayoría de las campañas se desarrolló, por ambos bandos, en forma de incursiones de destrucción y saqueo en territorio enemigo, donde la primacía de la caballería ligera y el empleo abundante de jabalinas, arcos y sobre todo ballestas, suponen un rasgo distintivo frente a las formas de guerra en el resto de Europa.


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