La designación de un sucesor

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Datos principales

Inicio 
1957DC
Fin 
1969DC
Rango 
1957DC to 1969DC
Periodo 
Final franquismo
Lugar 

Desarrollo

Durante los años sesenta la causa de la monarquía sufrió unos avatares decisivos. En 1960 se produjo un nuevo encuentro entre Franco y don Juan de Borbón en la finca de Las Cabezas (Cáceres). Para ese momento las expectativas en un inmediato cambio de régimen habían prácticamente desaparecido. En la primavera de 1962, don Juan Carlos de Borbón se casó con la princesa Sofía de Grecia en Atenas, estableciéndose a partir de entonces en el palacio de La Zarzuela en Madrid. Tras el Coloquio de Munich, Gil Robles se vio obligado a abandonar el consejo privado de don Juan de Borbón. Unos años después, en 1966, el dimisionario embajador en París, José María de Areilza, sustituía al historiador Pabón al frente de la causa del pretendiente. El conde de Motrico constituyó un secretariado político que permitió un gran activismo y una definitiva orientación liberal a la causa monárquica. La verdad era que a esas alturas el giro hacia la oposición democrática de don Juan Borbón venía a configurar una especie de alternativa liberal de reserva para la monarquía debido a las ya escasas posibilidades de suceder a Franco. En efecto, por ejemplo, en noviembre de 1965 Manuel Fraga había hecho unas declaraciones que adelantaba la posibilidad de que don Juan Carlos fuera nombrado sucesor de Franco, saltándose la natural línea dinástica. Para entonces el almirante Carrero y el ministro López Rodó preparaban la llamada Operación Salmón, debido a la lentitud con que se gestaba la iniciativa sucesoria del mismo modo que la pesca del pez citado. Debido al envejecimiento de Franco, se trataba de dar un paso más para atar la salida monárquica del régimen. No bastaba con que las leyes de Principios del Movimiento (1958) y Orgánica del Estado (1966) hubiesen confirmado la condición de España como reino, o que hubiese previsto un Consejo de Regencia, sino que era preferible la designación de un sucesor de la Jefatura del Estado en vida de Franco. La indecisión del Generalísimo tuvo su fin a principios de 1968. Acontecimientos como que don Juan Carlos cumpliera treinta años o que se produjera el nacimiento de don Felipe de Borbón, ocasión que reunió a la viuda de Alfonso XIII y a don Juan en Madrid, tuvieron su importancia en el ánimo de Franco. No obstante, todavía durante la primavera de 1969 el vicepresidente Carrero y el ministro de Gobernación, Camilo Alonso Vega, presionaron sobre Franco para que resolviera la cuestión. Hasta fecha muy tardía no se comunicó la decisión de Franco a don Juan Carlos, mientras que don Juan únicamente recibió una notificación por escrito. Don Juan decidió disolver su secretariado político, aunque se mantuvo en una posición de reserva, sin renunciar a sus legítimos derechos dinásticos. El 22 de julio de 1969, Franco pronunció un discurso ante el Pleno de las Cortes, preparado por el ministro Silva Muñoz, que insistía en que la decisión sucesoria suponía la instauración de una nueva monarquía del Movimiento y no la restauración de la monarquía liberal. Don Juan Carlos era nombrado sucesor bajo el título, sugerido por López Rodó, de Príncipe de España. Al día siguiente, don Juan Carlos aceptaba oficialmente el ofrecimiento, jurando ante las Cortes fidelidad a Franco y a los principios del Movimiento. El discurso posterior del Príncipe de España no aludió expresamente a su padre y a la legitimidad dinástica sino que aceptaba la legitimidad procedente del régimen franquista. Pese a las veleidades de Solís hacia otros candidatos como don Alfonso de Borbón, la disciplina del Régimen y la lealtad a Franco se impusieron entre los mayoritarios 150 procuradores sindicales. La propuesta sucesoria sólo recibió 19 votos negativos y 9 abstenciones en el pleno de las Cortes. La resolución de la cuestión sucesoria fue, sin duda, una victoria del almirante Carrero, dado su personal empeño, para quien, de este modo, se llegaba a la culminación de la obra iniciada con el referéndum de 1947. A juicio del almirante, España se convertía así en un Estado de Derecho con un régimen que había añadido a la legitimidad de la victoria, la de la paz y la prosperidad.


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