La denuncia del estalinismo

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Datos principales

Inicio 
1945DC
Fin 
2000DC
Rango 
1945DC to 2000DC
Periodo 
Inestable coexist

Desarrollo

El momento decisivo en la biografía de Kruschev -que fue también un suceso fundamental para comprender la Historia del régimen soviético- tuvo lugar durante el XX Congreso del PCUS, en febrero de 1956, durante el cual por vez primera fueron denunciados los crímenes de Stalin. El origen de la denuncia llevada a cabo por Kruschev resulta un buen testimonio de que en el seno del régimen soviético el factor ideológico tenía muy a menudo un valor instrumental. Si Kruschev suscitó la cuestión fue, en gran medida, para disponer de un arma con la que dominar al resto de los dirigentes del partido. Hasta entonces, lo máximo que había llegado a decirse de Stalin desde que murió es que había olvidado el principio de colegialidad leninista. Kruschev, frente a muchos de los dirigentes del partido como Molotov, Vorochilov, Malenkov y Kaganovich, propuso una especie de confesión que borrara los pecados colectivos e incluso sugirió que antiguos presidiarios podían contar su experiencia ante el pleno del Congreso del PCUS. El origen de la propuesta fue el previo trabajo de una comisión dirigida por Pospelov cuyos resultados llegaron al Politburó, formado por tan sólo once miembros, que era quien debía decidir. Si se optó por presentar la cuestión ante el Congreso del partido fue porque a Kruschev le obsesionaba: logró que le apoyaran los más jóvenes, alguno de los cuales había sido promovido por él mismo para su puesto dirigente. Molotov, en sus memorias, por el contrario, llega a decir que el terror era necesario para estabilizar el país, pero que debió ser utilizado en la época de Stalin "con mayor prudencia". La intervención parece haber sido decidida en el último momento y eso puede explicar que la transcripción de la misma parezca un tanto deslabazada. Kruschev dio algunos datos acerca de la represión y enfocó la figura histórica del georgiano con la ambigüedad que ya se ha apuntado. No hizo alusión alguna a lo acontecido en los años veinte o treinta, como si eso resultara justificable, y quiso presentar lo sucedido en la época posterior con una voluntaria sordina y con prudencia manifiesta, puesto que las revelaciones podían tener -como, en efecto, sucedió- un profundo impacto sobre todo el mundo comunista y no sólo el soviético. "Nosotros debemos examinar de la manera más seria el culto a la personalidad", afirmó. Pero en el Congreso no se tomaron notas y no se discutió sobre las revelaciones que fueron recibidas con un helado asombro por parte de los presentes. "Nada de lo que se refiere -al "culto a la personalidad"- debe aparecer al exterior del partido, en particular en la prensa" porque, aseguró, "no debemos proporcionar municiones al enemigo; no debemos lavar nuestra ropa sucia ante sus ojos". La actitud de Kruschev fue, por tanto, una demostración de su valentía, pero también de que no era capaz de extraer las consecuencias últimas del terror aceptando que afectaran a la esencia misma del sistema soviético. El XX Congreso fue, en gran medida, protagonizado en exclusiva por su secretario general. Como muy bien escribió Solzhenitsin, hubo en la decisión de Kruschev un "movimiento del corazón" de una persona impulsiva y generosa que seguía identificado con una mística revolucionaria, pero que estaba sinceramente preocupada por el destino de millones de personas, mientras que el resto de la clase dirigente no quiso arriesgarse a hacer unas revelaciones que podían tener consecuencias suicidas. De momento, la liberación de millones de personas se hizo sin una reivindicación total y concluyente: cuando regresaron de los campos encontraron que tenían acceso a una vivienda pero no podían ocupar puestos políticos. Sólo una parte de los pueblos enviados hacia el Este fueron rehabilitados y acerca de las disputas que tuvieron lugar entre los bolcheviques de la primera hora se siguió considerando que la ortodoxia le correspondía a la interpretación de que Stalin siempre había tenido razón. La propia idea de que Stalin debía ser condenado por su "culto a la personalidad" testimonia que la crítica quería evitar llegar a lo más decisivo y esencial del régimen. El contenido del informe fue oído por los delegados en sesión cerrada y de él se dio conocimiento a las delegaciones extranjeras. Por más que se recomendara la máxima discreción, la intervención de Kruschev llegó a ser conocida a través de Varsovia en el mundo occidental y fue finalmente publicada por el Departamento de Estado norteamericano. En el mundo comunista, causó una impresión muy perdurable de modo que bien se puede decir que señala un hito en su Historia. Nunca, estando Kruschev en el poder, los soviéticos admitieron que el texto hecho público en Occidente fuera auténtico, aunque tampoco lo desmintieron de forma taxativa. A él y a quienes ejercían el poder a su lado les sirvió para asentarse en el poder, pero quienes le sucedieron procuraron olvidarlo o restarle importancia. La importancia de la desestalinización varió mucho en el interior de la URSS. En Georgia, llegaron a producirse motines populares, señal de que una parte del pueblo ruso puede haber interiorizado la vinculación con el personaje desaparecido. La propia política oficial no avanzó mucho más en el proceso de descubrimiento del terror estalinista. En el caso del propio Kruschev, se dio la contradicción de que hizo desaparecer, por ejemplo, la documentación relativa a la ejecución de 22.000 oficiales polacos en Katyn durante la Segunda Guerra Mundial. Pero, en cambio, el impacto en el mundo intelectual fue perdurable. Un historiador, Burdjalov, llevó hasta sus últimas consecuencias el informe de Kruschev al investigar sobre el período. En 1957, Pasternak publicó en el extranjero Doctor Zhivago, que sometía a la propia revolución de 1917 a una profunda crítica. Con él obtuvo el Premio Nobel en 1958, que, sin embargo, no pudo recibir personalmente por la oposición de las autoridades. El propio carácter de Kruschev, si por un lado era capaz de actos como dar comienzo a la desestalinización, alimentó también, por la provocación a las actitudes más conservadoras, el surgimiento de una oposición contra su persona que estuvo a punto de hacerle perder el poder en el plazo de tan sólo unos cuantos meses. Sus frecuentes ausencias de Moscú dieron a sus opositores la posibilidad de confabularse en su contra. En junio de 1957, sus adversarios le acusaron de ignorancia económica, autoritarismo y exceso de impulsividad. Su "aventurerismo sin principios", por decirlo con la jerga del régimen, puede haber estado justificado por su propósito de alcanzar a los Estados Unidos en el imposible plazo de tan sólo cuatro años. En el Politburó fue derrotado por siete votos a cuatro pero consiguió que la cuestión pasara al Comité Central del PCUS. En este momento el Ejército, que trasladó a sus miembros a Moscú para hacer posible la reunión, puede haber jugado un papel a su favor. En el Comité, la mayor parte de los que intervinieron adoptaron una posición partidaria del secretario general porque interpretaron que la victoria de sus enemigos suponía la vuelta al estalinismo. Tras ocho horas de reunión, logró imponerse con dos tercios de los votos. Inmediatamente a continuación los derrotados pasaron a ser denominados como "el grupo antipartido" y fueron marginados de la dirección. De esta manera, fueron expulsados Malenkov, Molotov -que pidió hasta cuatro veces la readmisión hasta conseguirla definitivamente en la época de Chernienko- y Kaganovich. No obstante, a diferencia de lo que había sucedido con Beria, quizá por el carácter de Kruschev pero también porque la clase dirigente soviética estuviera ya harta de purgas, la derrota de los enemigos del secretario general no supuso derramamiento de sangre, sino pura y simple marginación. En ese año 1957, Kruschev completó, por tanto, su poder por el procedimiento de marginar de él a quienes le habían ayudado en su ascenso: como en ocasiones anteriores y posteriores en la Historia soviética, el secretario general empleó su tiempo inicial en desembarazarse a derecha e izquierda de sus posibles rivales. Ya en 1955 se había producido el desplazamiento en puesto de primer ministro de Malenkov por Bulganin. En 1957, marginó al mariscal Zhukov que, convertido en el primer militar que llegaba al Politburó, había desempeñado un papel crucial a la hora de librarse de Beria y quizá también en la conspiración posterior. Fue acusado de "culto a la personalidad", pecado tanto más grave cuanto que le era achacado al propio Stalin. Lo cierto es que esta expresión parece plenamente justificada en relación con el propio Kruschev, de quien en los Congresos del partido se alababa "su firmeza leninista", su "profundo conocimiento práctico", su "paternal solicitud" y su "energía sin límites". Aparte de la Secretaría general del partido, asumió también, desplazando finalmente a Bulganin, el cargo de primer ministro y el de presidente del Consejo de Defensa, suprema autoridad militar de la URSS. En definitiva, había concentrado la totalidad del poder en sus manos. Los años entre 1958 y 1960 pueden ser considerados como aquellos en los que Kruschev alcanzó el ápice su poder. Durante estos años parece haber sido genuinamente popular y no sólo porque libró a la sociedad soviética del auténtico ascetismo de consumo al que le había sometido la dictadura de Stalin. En efecto, por más que en buena medida actuara de una forma reactiva respecto a sus adversarios políticos lo cierto es que Kruschev tuvo un claro designio y programa reformistas. En realidad, fue Malenkov quien defendió dar mayor importancia a las industrias de consumo a partir de 1953 y, entonces, Kruschev se opuso porque necesitaba tener el apoyo de los militares para consolidar su poder, aunque luego adoptara buena parte de las posiciones. Pero fue luego quien llevó a cabo estos planes. Resulta, pues, necesario profundizar en su actitud política para explicar su reformismo. Para él, la mística revolucionaria seguía desempeñando un papel muy importante. No era un producto completo del sistema estaliniano, como luego lo fue Breznev, pero tampoco era un compañero de Stalin que hubiera compartido con él una tarea política en los años veinte o treinta. Quizá estos factores contribuyen a explicar que se convirtiera en el primer desestalinizador. Era un hombre simple, con unas ideas muy elementales acerca de cómo sustituir una Rusia tradicional a la que todavía recordaba -parecía un campesino o un obrero industrial recién emigrado a la ciudad- por otra nueva. Nunca se liberó de una visión estrictamente maniquea acerca del mundo capitalista al que creía con sinceridad que la URSS superaría. No obstante el liderazgo de Kruschev tuvo también graves inconvenientes. En muchos sentidos y como muchos otros líderes soviéticos parece haber tenido una especie de complejo de inferioridad con respecto a Occidente mientras que su planteamiento ideológico le llevaba al mismo tiempo a considerar que el enfrentamiento con el capitalismo era inevitable y que en él la victoria le correspondería finalmente al comunismo. De ahí que prometiera, en un plazo muy breve de tiempo, superar a los países capitalistas, algo que sorprendió a muchos de los propios dirigentes soviéticos porque era irrealizable, aunque se explicara en el contexto de los primeros éxitos en la carrera espacial. Parece indudable que sus opiniones eran sinceras y espontáneas pero muchos de sus proyectos fueron producto de la improvisación a la que le llevaba su falta de formación o el exceso de entusiasmo.


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