Hispania en la sucesión imperial

Compartir

Datos principales

Inicio 
248DC
Fin 
476DC
Rango 
248DC to 476DC
Periodo 
Hispania Bajo Imperio
Lugar 
Derechos 

Desarrollo

El ascenso al poder de Diocleciano (emperador entre 284-306, muerto en 316) supuso la restauración del Estado romano y la construcción de un nuevo sistema de gobierno. Poco después de ser aclamado por las tropas -hasta entonces era comandante de la guardia imperial en el ejército de Numeriano-, se encontró con un vasto Imperio lleno de amenazas internas y externas: los cuados y marcomanos amenazaban la frontera danubiana -su victoria sobre los mismos le valió el título de Germanicus Maximus-, invasiones en el Rin de alamanes y francos, los sajones saqueaban las orillas del mar del Norte, los bagaudas asolaban las Galias y saqueaban sus ciudades. Para afrontar tales peligros, Diocleciano asoció al poder a un oficial, oriundo de Panonia, Maximiano, al que primeramente otorgó el título de César y, poco después, el de Augusto. Las relaciones entre ambos Augustos eran concebidas en un plano de igualdad en el terreno político, si bien la superioridad jerárquica de Diocleciano era evidente. No hubo una partición del Imperio, sino una división de funciones en campos de operaciones diferentes: Diocleciano se encargó de Oriente y Maximiano intentó resolver los problemas de Occidente. La autoridad de los emperadores se reforzó asentándose en una base ideológico-religiosa que, en cierto modo, establecía un parentesco religioso de Diocleciano con Júpiter y de Maximiano con Hércules. En el 286, Carausio, un general galo al que Maximiano había encargado organizar la guerra contra los piratas (francos y sajones) que asolaban las costas nórdicas, se había hecho proclamar Augusto por los soldados y, apoyado por los propios enemigos a los que hubiera debido combatir, se estableció como señor de Britania. La complejidad de una campaña de reconquista de Britania sin duda influyó en la decisión de asociar al poder a dos nuevos asistentes que estarían subordinados a los Augustos y a los que se concedería el título de Césares. Su función sería la dirección de los asuntos militares más urgentes. El 1 de marzo del año 293 fueron proclamados Césares Galerio, asociado a Diocleciano, y Constancio Cloro, asociado a Maximiano. Así se estableció la tetrarquía o gobierno de cuatro. El sistema tetrárquico resultó sumamente eficaz en el terreno político. Pero la existencia de cuatro príncipes implicaba la necesidad de una reorganización administrativa. La reforma de las provincias, multiplicadas desde ahora, y la creación de las diócesis, cada una de ellas sometida a un vicario, dotaron de una nueva estructura a la administración general. Por otra parte, si el reparto jurisdiccional entre los cuatro emperadores podía entenderse en apariencia como una descentralización, en la realidad Diocleciano creó un aparato burocrático mucho más complejo y estructurado de lo que había sido antes: los officia u oficinas centrales del emperador eran el último eslabón de una cadena en la que, de más a menos, cada cargo constituía un eslabón hasta conseguir controlar todos los rincones y facetas de la administración de todo el territorio imperial, como veremos más adelante. Así, el Occidente quedó bajo el control de Maximiano. El César Constancio Cloro se ocupó de las Galias y Britania, mientras la acción de Maximiano se extendió a Hispania, Italia y la diócesis de Africa, con capital en Cartago. En Hispania tuvo lugar una de las primeras intervenciones militares de Maximiano para reducir a los francos que habían colaborado con el usurpador Carausio. Después de que Constancio hubiera reconquistado Britania en el 296, estos piratas francos invadieron las costas atlánticas de Hispania. Su derrota a manos de Maximiano es ensalzada en el panegírico del Emperador. En el 297 se dirigió a Mauritania Tingitana, donde los mauri -que como en otras ocasiones probablemente habrían invadido la Betica- fueron reducidos. Maximiano recorrió toda el Africa romana hasta Cartago, orlado de gloria -según informa el panegírico- para dirigirse después a Milán. Cuando a comienzos del 306 Diocleciano decidió retirarse y obligó a Maximiano a hacer lo mismo, Hispania pasó a depender de Constancio Cloro, nuevo Augusto de Occidente, quien eligió como César a Severo (elección impuesta por Galerio, sucesor de Diocleciano en Oriente y hombre fuerte de esta segunda tetrarquía). La muerte de Constancio Cloro pocos meses después complicó la situación. Severo no tenía en Occidente ni el prestigio ni los apoyos suficientes para mantener una situación sólida, al contrario que Constantino, hijo de Constancio Cloro, y que Majencio, hijo de Maximiano. No obstante, Severo pasa a ser Augusto y Constantino se aviene a la orden de Galerio y acepta ser César. Se desconoce el reparto territorial que durante ésta época establecieron. Es probable que Constantino asumiera el control de Britania y las Galias que habían correspondido a su padre siendo César, mientras que el resto de Occidente (incluida Hispania) quedaría bajo la jurisdicción de Severo. En el otoño del 306 Majencio es proclamado Augusto por los pretorianos de Roma, derrotando a Severo. Hispania debió quedar bajo el control de Majencio al igual que Italia y la diócesis de Africa. Sabemos que en el 309 tuvo lugar la sublevación de esta última -sin duda instigada por Constantino- contra Majencio. En cualquier caso, el nuevo Augusto de Occidente, Licinio, proclamado tras la conferencia de Carnuntum del 308, no debía tener un control efectivo en ninguna de las zonas occidentales. Los árbitros eran Constantino y Majencio. Tras la derrota de este último en Saxa Rubra, en el año 312, Constantino se hizo con el control de todo el Occidente. A la muerte de Constantino, se reparte el Imperio entre sus tres hijos. Hispania queda bajo el control de Constantino II. Este se hace cargo del gobierno de Hispania, las Galias y Britania, al tiempo que ejerce una tutela sobre los territorios asignados a su hermano menor, Constante, que eran Italia, Panonia y la diócesis de Africa. En el 340 se desata la guerra entre los dos hermanos y Constantino II muere cerca de Aquileia. Constante asumió entonces el control sobre todo el Imperio Occidental. Las guerras dinásticas alentaron de nuevo las usurpaciones y en el 350 un soldado germano llamado Magnencio se proclama Augusto. Juliano, emperador varios años más tarde, nos dice que la prefectura de las Galias se situó bajo el control de Magencio (Or. 1, 26 ; 11, 55). Esto suponía que la diócesis de Hispania estaba también incluida, puesto que dependía de la prefectura de las Galias. Así parece también indicado por el hallazgo de varios miliarios -en la Gallaecia- tanto de Magnencio como de su hermano Decencio, al que el primero había proclamado emperador. No obstante, parece que la sumisión al usurpador no era muy firme, pues otra vez Juliano nos informa de que el emperador Constante halló refugio en la Tarraconense, donde debía contar con lealtades muy estrechas ya que cuando Magnencio comenzó a perder apoyo entre sus partidarios, éste intentó pasar a Africa, pero no pudo atravesar los Pirineos al estar los pasos defendidos por los partidarios de Constante (Or. I, 33). Schlunk cree que es el emperador Constante el que se encuentra en el mausoleo de Centcelles, muerto en la Tarraconense en el 350. Cuando Constancio II derrotó a Magnencio en el 353, se encontró en situación de restablecer la unidad del Imperio, como había hecho su padre Constantino. No obstante, Constancio nombra César a su sobrino Juliano, sin que este título implicara un reparto territorial preciso, pero sí una función muy concreta: salvaguardar la frontera occidental del Imperio de los ataques bárbaros, mientras el propio Constancio hacía lo propio en Oriente frente a los eternos Sapor del Imperio persa, quienes en tres ocasiones a lo largo de diez años habían invadido la ciudad romana de Nísibe. Sabemos que la desconfianza de Constancio frente a la lealtad de su sobrino le había llevado a reforzar la vigilancia de las costas de Italia y Africa y, probablemente, también de Hispania a fin de impedir cualquier intento por parte de Juliano de hacerse con el control de todo el Occidente (Amm. Marc., 21, 7). Durante el período de estos últimos descendientes de Constantino, la vida en Hispania no parece sufrir ningún tipo de sobresalto. Su alejamiento del eje del Imperio la convierte en una zona poco relevante pero bastante segura. Ni siquiera parecen llegar aquí las disposiciones anticristianas del emperador Juliano. Tampoco la época de Valentiniano, emperador de la parte Occidental del Imperio, tras el efímero mandato de Joviano, parece que afectara a la diócesis hispana. Graciano, hijo de Valentiniano I, es designado emperador en el 361. La situación no representó ningún cambio, al menos inicialmente, puesto que el nuevo emperador actuó bajo la tutela de su padre Valentiniano. Durante el reinado de Valentiniano había destacado como general el hispano Teodosio, llamado el Mayor o el Antiguo para diferenciarlo de su hijo, el futuro emperador Teodosio. Este general había reducido a los pictos y sajones en Britania y había actuado como pacificador en una revuelta africana. En el 375 fue condenado a muerte por oscuros motivos, no bien conocidos. Graciano, emperador poco capacitado militarmente, llamó al servicio, en calidad de magister equitum o jefe de caballería, al hispano Teodosio que, tras la ejecución de su padre, se había retirado a sus posesiones españolas voluntariamente. En el 379 es proclamado Augusto y Graciano le confía la parte Oriental del Imperio, quedándose él con la parte Occidental. En el 383 Graciano (en uno de los frecuentes arrebatos provocados por la presión que el papa Dámaso y Ambrosio de Milán ejercían sobre él y que a menudo provocaban en Graciano el deseo de contradecirles y adoptar sus propias decisiones) participó en las vicisitudes de la secta priscilianista que, en aquellos tiempos, había convulsionado la Iglesia hispana. Graciano ordena les sean restituidas a Prisciliano y sus seguidores las iglesias que les habían sido confiscadas en Hispania y en el sur de las Galias por la Iglesia ortodoxa. En el mismo año 383 tiene lugar la sublevación del español Magno Máximo, pariente lejano y antiguo compañero de armas de Teodosio. Máximo es proclamado Augusto por las tropas de Bretaña y, durante algún tiempo, entre la ejecución de Graciano en el 383 y el 388 en que es derrotado por Teodosio, comparte el poder en Occidente con Valentiniano II, hermanastro de Graciano. Hispania es controlada por Máximo ya que éste se hace con la prefectura de la Galia desde el 384. Una prueba de su reconocimiento en Hispania es la inscripción hallada en Siresa (Huesca) que recuerda la creación de la Nova Provincia Maxima, tal vez creada por el emperador Máximo. Su delimitación geográfica es absolutamente desconocida y probablemente tuvo tan escasa vida como su creador. Otra intervención de Máximo en los asuntos -religiosos en este caso- de Hispania fue la condena a muerte que dictó contra Prisciliano y varios de sus seguidores. Es el primer caso en que una autoridad secular cristiana condena a la pena capital a otro cristiano por divergencias religiosas. Sin duda, el que Máximo, como hispano, conociera y fuera presionado por algunos de los enemigos de Prisciliano, pudo inducirle, entre otras razones, a tomar esta decisión. En el 388, Maximo es derrotado por Teodosio, quien sitúa al frente de la prefectura de la Galia a Valentiniano II. Ni Valentiniano II, ni el emperador Flavio Eugenio parecen haber prestado atención alguna a los asuntos de Hispania. Desde el 393 Occidente dependía del emperador Honorio, aunque quien realmente sostenía al joven Honorio era el general Estilicón. A partir de ese momento, los acontecimientos políticos en Hispania se suceden ininterrumpidamente hasta que en el 473 desaparece el poder político romano en Hispania como en el resto de la parte occidental.


Esquema relacional

Sobre artehistoria.com

Para ponerte en contacto con nosotros, escríbenos en el formulario de contacto