Hacia el fin del Antiguo Régimen

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Datos principales

Inicio 
1801DC
Fin 
1808DC
Rango 
1801DC to 1808DC
Periodo 
Reinado Carlos IV
Lugar 

Desarrollo

La presencia de tropas francesas en España, y en Madrid desde finales de marzo de 1808, era un hecho extraordinariamente impopular. Los incidentes entre civiles y soldados franceses se multiplicaron, y en la capital hubo algunos muertos. A principios de abril el malestar creció considerablemente al difundirse entre los madrileños el rumor de que los franceses dificultaban el abastecimiento regular de la capital. Noticias de índole política crearon un mayor descontento: el 27 de abril se conoció la liberación de Godoy y su salida hacia Francia tras las gestiones de los franceses en ese sentido, y coincidiendo con esa noticia se supo también la decisión de Fernando de desplazarse a la frontera para entrevistarse con Napoleón. Desde el púlpito y por medio de impresos clandestinos se estimulaba el sentimiento antifrancés, que estalló en motín popular el dos de mayo cuando corrió la noticia, en un ambiente madrileño sumamente crispado, de que se pretendía trasladar a Bayona a los hijos menores y nietos de Carlos IV. Sin duda, los acontecimientos de Madrid fueron el detonante de un proceso revolucionario y no fue "un incidente provocado por un corto número de personas inobedientes a las leyes", como se señaló en la circular de la Junta de Gobierno, ni sus participantes fueron delincuentes, como los calificó Murat. Espadas Burgos considera que la revuelta del dos de mayo estuvo organizada y preparada con antelación. Los oficiales del parque de artillería de Monteleón, y en particular Velarde, tenían un plan previo de actuación, y junto a los madrileños alzados participó un buen número de gentes llegadas a la capital de otros lugares en los días inmediatamente anteriores. Según cálculos efectuados por Espadas sobre la procedencia de los 409 muertos, 159 no eran de Madrid y muchos de ellos procedían de pueblos próximos. Las humillantes abdicaciones de Bayona, a donde había sido conducida la familia real española, fue el resultado de ese designio napoleónico. Sin embargo, el período comprendido entre la abdicación de Fernando VII y de Carlos IV a favor del Emperador, que proclamó rey a su hermano José el 4 de junio, y la llegada a España del nuevo monarca el 20 de julio, permitió un interregno excesivamente dilatado, en el que la autoridad suprema en la Península era el general en jefe del ejército francés, un elemento extraño al país. Como señala Artola, "Cuando llegue José será demasiado tarde. La nación abandonada ha tenido tiempo de decidir por sí propia acerca de su futuro, y su respuesta es la guerra". La revuelta decisiva se produjo cuando la Gaceta de Madrid, correspondiente a los días 13 y 20 de mayo, dio la noticia de las abdicaciones de Fernando en su padre, y de éste en Napoleón. Se produjo un alzamiento general para evitar que esas abdicaciones fueran aceptadas, y la fuerza popular superó y desmanteló a las autoridades tradicionales que cedieron el poder a Juntas formadas por personajes de relieve en la vida política, social y económica, que encauzaron y moderaron el movimiento revolucionario de la primera hora, restableciendo a duras penas el orden público. El Consejo de Castilla y la Sala de Alcaldes de Casa y Corte desaparecieron, sumidas ambas instituciones en el más absoluto descrédito. El 25 de septiembre de 1808 se produjo un paso decisivo en el proceso revolucionario: delegados de las Juntas se reunieron en Aranjuez y decidieron asumir el poder apelando a la soberanía del pueblo con el nombre de Junta Central Suprema y Gubernativa del Reino. Su objetivo era doble: poner punto final a los desórdenes públicos y, sobre todo, iniciar una guerra legitimada por el pueblo que rechazaba el cambio de dinastía, una contienda de gran efecto destructor y que incidirá sobre una economía que ya se encontraba por entonces sumida en una profunda crisis. Como afirmaba Manuel José Quintana en su Ultima carta a Lord Holland, "estas revueltas, esta agitación no son otra cosa que las agonías y convulsiones de un Estado que fenece". Era así cómo, ante los ojos de "la Europa atónita", España entraba en la Contemporaneidad.


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