Glíptica y pinturas murales

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Datos principales

Inicio 
1000AC
Fin 
612AC
Rango 
1000AC to 612AC
Periodo 
Imperio Asirio

Desarrollo

Los sellos cilíndricos y los de estampas de época neoasiria presentan, en razón de su propio medio expresivo, temáticas muy diferentes a las de los bajorrelieves de los grandes palacios; disentían de aquéllos, asimismo, en calidad y no aportaban nada novedoso respecto a épocas pasadas. Los sellos del siglo IX están hechos de piedras blandas de tonos oscuros (serpentina, caliza) y adoptan formas alargadas y ligeramente abombadas, de mayor tamaño que los de la etapa mesoasiria. Sus temas, entre los que destacan la caza y los banquetes, están tratados con un estilo lineal, encerrados siempre entre bandas de espigas (algunos ejemplares de Kalkhu, por ejemplo). En contraste con los relieves de los grandes ortostatos de los palacios en los que la guerra, según hemos visto, era el tema casi obligado, los sellos neoasirios apenas harán, uso de tal temática, desplazada a algunos pocos ejemplares de estilo lineal; por el contrario, un buen número ilustra escenas de labranza (ejemplar de la Pierpont Morgan Library de Nueva York, en el que un campesino espolea al bóvido que arrastra el arado, bajo los símbolos de Sin, Shamash y los Sibitti), otros presentan a dioses, sobre todo Ninurta, y algunos más recrean, incluso, ceremonias religiosas (símbolos de Assur, genios alados) y trasuntos míticos (combate de Ninurta -y no Marduk- contra Tiamat), no faltando, en fin, otros con temas de carácter lúdico (animales tocando instrumentos musicales). Hacia finales del siglo IX se volvieron a utilizar las piedras duras (cornelina, lapislázuli) y a inscribir, en algunos ejemplares, los nombres de sus propietarios, lo que ha permitido fecharlos con bastante seguridad (el de Adad-usur, hoy en Berlín; el del eunuco Ishtar-duri, en el Louvre, etc.). Junto al estilo lineal apareció otro más rico, en el que se tallaron escenas de guerra o de caza, en sueltas composiciones simétricas que permitían a los glípticos recrearse en la anatomía de las figuras y en los detalles de las vestimentas, todo ello, tal vez, debido a la influencia de los sellos neobabilónicos. A finales del siglo VIII el sello cilíndrico se vio sustituido por el de estampa; sin embargo, el primero no fue arrinconado del todo, pues se le recubrió con hermosas cápsulas de oro con un dibujo en la base, con lo cual sirvió a un tiempo de cilindro-sello y de sello de estampación. Se ignora cómo se fabricaron los sellos del siglo VII y en qué medida se reutilizaron los existentes (muchos de estos presentan textos y nombres propios en arameo); en el caso de los sellos de estampa apareció el tema del hombre-escorpión y del hombre-toro, junto al típico Árbol de la Vida, de formas estilizadas. A la vista de lo que manifiestan los relieves neoasirios no es de extrañar que la pintura de tal época fuera de gran calidad. De ella, y a pesar de las pocas muestras que nos han llegado, tenemos algunos fragmentos (hoy en los Museos del Louvre, de Aleppo y de Iraq), así como unas magníficas copias (pinturas de Til Barsip) que testimonian la actividad pictórica que se desplegó en las residencias reales. Técnicamente, las pinturas de la época fueron, ante todo, dibujos de armónicas formas, coloreados sobre un fondo monocolor. Sus contornos y sus detalles se individualizaban con líneas negras de fuerte trazo, resaltando poderosamente dentro de los colores básicos y algunos complementarios que se disponían de modo plano, sin gradaciones. Las pinturas más interesantes, en el estado actual de nuestros conocimientos, fueron las del palacio provincial de Til Barsip, pertenecientes a distintos momentos. Las más antiguas, quizás de la época de Adad-nirari III (810-783) nos presentan al monarca asirio -¿o al poderoso turtanu Shamshi-ilu?- en el acto de recibir tributos, mientras dos escribas anotan escrupulosamente los objetos recibidos. Entre las demás escenas llegadas, de difícil datación cronológica, hay que reseñar las de la muerte de un beduino, el gran lamassu con un personaje, y el acto de sumisión a Tiglat-pileser III, magnífica composición de 5,60 m de longitud, sin olvidar la serie de caballos pintados en blanco, marrón, negro y rosa, todos de fina estampa. Algunas de las pinturas pertenecieron a la época de Assurbanipal, con el motivo de la cacería de leones, cuyas secuencias seguían las de los relieves del Palacio norte de Nínive. Del Palacio noroccidental de Kaklhu, construido por Assur-nasirpal II, nos han llegado algunos fragmentos pictóricos con temas de carros y caballos y motivos geométricos, todos de buen dibujo y resueltos con colores primarios. Asimismo, el Ekal Masharti de Salmanasar III fue decorado con grandiosas pinturas murales (han llegado muy pocos restos), siempre subordinadas a los magníficos ladrillos vidriados de sus paredes. El palacio de Dur Sharrukin contó también con pinturas, que decoraron algunas salas y pasillos, entre ellas la del trono, utilizando sólo cuatro colores fundamentales. Se dispusieron en tres largas fajas o cenefas, las dos externas con rosetas flanqueadas por genios alados y la central con cuadrados de lados cóncavos ante los cuales inclinan su testa feroces toros. Por encima de las fajas y en el interior de un grandioso arcosolio se ve a Sargón II, acompañado de su visir, recibiendo de Assur los símbolos de la justicia y del poder.


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