Fundaciones conventuales

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Datos principales

Inicio 
1AC
Fin 
1AC
Rango 
1AC to 1AC
Periodo 
Edad Moderna
Derechos 

Desarrollo

Las mujeres pertenecientes a familias acaudaladas o de la alta aristocracia no fueron las únicas con capacidad para promocionar obras de arte. Muchas de las fundaciones conventuales de los primeros siglos de la época moderna con todas sus construcciones no estaban hechas por mujeres de notoria nobleza y ello no fue inconveniente para que se buscasen los recursos necesarios para llevar a cabo la obra. En ocasiones se utilizaron fortunas provenientes de las Indias, como es el caso del monasterio de Santa María de Gracia, en Sevilla, fundado en 1525 por la viuda Juana Fernández a su vuelta de las Américas. También era una práctica común el llevar a cabo una reunión del patrimonio de varias mujeres, como en el monasterio también hispalense de la Asunción de Nuestra Señora de Sevilla, que era iniciativa de doña María Zapata tras enviudar, pero fue ayudada también por una hija, una sobrina y otras seis doncellas que han quedado en el anonimato. Por último, también se dio el caso de mujeres piadosísimas que fundaron las instituciones con pocos medios económicos y buscaron luego la manera de ir costeando las construcciones, uniendo la finalidad puramente religiosa con la artística. Lo habitual es que estas mujeres dejaran todo su patrimonio al servicio de esta iniciativa, por lo que se puede explicar que la mayoría sean solteras o viudas carentes de hijos, puesto que los herederos podían reclamar sus derechos sobre el patrimonio familiar. Normalmente las órdenes religiosas dedicaban mucho esfuerzo a encontrar a personas dispuestas a sufragar sus obras. Destaca aquí como ejemplo la figura de Beatriz Ramírez de Mendoza, condesa de Castellar, que funda en 1603 un convento en Castellar de la Frontera y al año siguiente otro en el Viso de Alcor para la misma congregación. Normalmente la donación alcanzaba para un solar y casas adecuadas para la vida de las religiosas. Paulatinamente y en sucesivas donaciones de otras personas y a lo largo del tiempo, irán llegando la construcción de la iglesia, las dependencias conventuales y la ornamentación artística. Paralelamente a la actuación de las mujeres promotoras para la iglesia, hay que destacar la actividad de las religiosas propiamente dichas, cuya profesión era sinónimo de autosuficiencia e independencia frente al varón. Sobretodo resalta la figura de las prioras, encargadas de gestionar los bienes de la comunidad, buscarlos a través de limosnas o presionando a los patronos de las capillas mayores para que cumpliesen con las condiciones iniciales de donativos establecidas en la fundación. Era frecuente, además, que regateasen con los artistas el precio final de la obra, consiguiendo en la mayoría de las veces un precio mucho menor al acordado. Hay casos como el del retablo mayor del convento de Santa Inés de Sevilla en el que los artistas cobraron muchísimo menos de lo acordado por la falta de liquidez de las hermanas, las cuales ya eran conocedoras de su poco capital incluso antes de encargar la obra. Los principales ingresos de los conventos eran las dotes. La limosna solía ser para dedicarla a los gastos diarios y a la ayuda social, pero el capital que legaba la gente al morir al convento era única y exclusivamente para su crecimiento físico y ornamental. Muchas religiosas financiaron de forma individual con su patrimonio obras concretas. Tras la conclusión de la iglesia de Santa Isabel la Real de Granada (fundada por los RRCC en 1501) María de Boadilla costeó el primer lienzo del claustro en 1574, la abadesa Leonor Manrique costeó un corredor de pilares y arcos y con el dinero donado por Catalina Luzón se pagó el segundo lienzo del claustro. La enfermería baja, los adornos de la fontana y una escultura de San Francisco del altar mayor también se costearon con lo que donó esta dama. La última gran obra de esta iglesia, el retablo mayor, fue costeada por la abadesa María de Mendoza en el siglo XVI. Gráfico También las abadesas de los conventos supieron aprovechar el ingreso de hijas de artistas en la orden para obtener valiosas obras, que los artistas llevaban a cabo descontando dinero por la dote de su hija. Las religiosas eran unas buenas clientas de los artistas, implicándose en la mayoría de los casos en los detalles del encargo hasta su finalización.


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