Estructuras campesinas

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Datos principales

Inicio 
400DC
Fin 
600DC
Rango 
400DC to 600DC
Periodo 
Economia-Sociedad

Desarrollo

Resulta ya tópico señalar la primacía de la agricultura en todas las economías preindustriales. La tesis clásica sobre la crisis o transformación de Occidente durante estos siglos propugna como elemento característico la ruralización. No obstante, el análisis de la vida rural en esos siglos debe realizarse a un doble nivel. En primer lugar examinaremos lo que podríamos considerar elementos portantes del mundo rural de la época: la tierra, los instrumentos tecnológicos de su explotación, los objetivos de esta última y la incidencia, sobre ella, de las catástrofes naturales. En segundo lugar habremos de analizar la cuestión esencial de la estructura de la propiedad, problemática que encierra también la del análisis de la fuerza de trabajo humana y la de los grupos humanos beneficiarios de dicha estructura de la propiedad. Es indudable que un estudio del paisaje rural del Occidente de la época presenta serias dificultades. A la gran diversidad geográfica y de tradiciones históricas de sus distintas áreas, se une una documentación pobre y la desigual distribución geográfica de las escasas monografías sobre el particular. Sin embargo, y aun con el riesgo de omitir matizaciones locales de interés indudable, se podría afirmar la necesidad de distinguir en el estudio del paisaje de estos siglos dos grandes áreas geográficas. Mientras que una de ellas estaría formada por las tierras ribereñas o cercanas al Mediterráneo -norte de Africa; prácticamente la totalidad de las penínsulas Ibérica e Itálica, con sus islas adyacentes; mediodía y centro de la Galia-, la segunda la constituirían las tierras continentales de la Europa central o septentrional: las Islas Británicas, norte de la Galia, Alemania y países danubianos. Las diferencias, a veces muy notables, que se atisban en esa época entre ambas zonas no han de circunscribirse únicamente a la oposición, tradicional en la historiografía de la primera mitad del siglo XX, entre paisaje romano y paisaje germano. Según esta oposición, el primero se caracterizaba por un hábitat concentrado, el latifundio individualista, el predominio de la cerealicultura de rotación bienal y los cultivos de plantación -viñedos y olivares, principalmente-, una ganadería subsidiaria o, en todo caso, integrada en la explotación agrícola, y una importancia secundaria del bosque, degradado y reducido a las zonas marginales. El paisaje de tipo germano se caracterizaba a su vez por un hábitat disperso (Einzelhof) o agrupado en aglomeraciones aldeanas muy irregulares (Haufendorf), la existencia de imperiosas tradiciones colectivistas, tanto en el cultivo de los campos con rotación trienal (Flurzwang) como en la explotación comunitaria de los bosques y prados (Allmende), y una gran importancia de la ganadería, cuando menos equilibrada con la de los cultivos, entre los que no faltaban los de plantación. Pero no es sólo que este cuadro tradicional del paisaje germano haya sido sometido a profundas revisiones. Al respecto piénsese en la acertada modernidad de la debatida "Markgenossenschaft", y a matizaciones de tipo local, con la fundamental diferencia entre la Germania occidental y la oriental, o cómo actualmente se presta mucha atención a las imposiciones derivadas, para una agricultura muy poco tecnificada, de los diferentes tipos de suelos, del clima, del relieve, de la hidrogafía, de las tradiciones campesinas, etc. Si nos fijamos en el área mediterránea antes señalada, la característica esencial de su paisaje rural en esos siglos (V-VII) era sin duda el conservadurismo; es decir, la perduración de los elementos típicos del paisaje de época romana. Si comparamos mapas del área mediterránea en ambas épocas veremos que casi siempre se mantuvo la vieja red de núcleos urbanos heredada de los tiempos romanos. Conservadurismo que se veía favorecido por los usos administrativos, por las conexiones fluviales y por la red de calzadas romanas. Esta última se mantuvo plenamente en uso durante estos siglos, sobre todo en el caso de las dos grandes penínsulas mediterráneas. En el Reino visigodo hispano el mismísimo cursus publicus (transporte estatal) se mantendría, como mínimo, hasta mediados del siglo VII. Tan sólo de forma local -y, por lo tanto, con una tipología muy varia e irreductible a cualquier esquema- se podrían señalar ciertas modificaciones, tales como desmembramiento de los territorios cívicos, con el consiguiente surgimiento de nuevas cabezas de distrito, transferencia de los puntos de gravedad de una localidad a otra, etc. Cambios que, además de ser minoritarios, se nos aparecen en la mayoría de los casos como el resultado de tendencias evolutivas surgidas mucho antes. De este modo, si como consecuencia, al parecer, de las inseguridades políticas de la época en ciertos territorios -en Italia, y en la Narbonense y Provenza, en la Galia- se observa una renovada vitalidad de los pequeños núcleos fortificados (castra, o castella), que se convirtieron en foco de atracción de población y económicos, con frecuencia se trataba en realidad de la reocupación de antiguos oppida prerromanos, cuyo abandono nunca había sido total. Y aún más; en los territorios antes citados, la típica proliferación altomedieval de poblamientos concentrados y situados en zonas altas se vio impulsada en un momento posterior por la piratería y las invasiones sarracenas y húngaras. En la época que nos ocupa tampoco parece que pueda considerarse como un elemento claro de ruptura la proliferación de agrupamientos aldeanos, es decir, de un hábitat interurbano esencialmente concentrado, al que las fuentes de la época aluden con términos ambiguos y diversos: locus, vicus, casal, etc. En la Galia o en la Península Ibérica la arqueología nos demuestra con frecuencia la continuidad, en aquellos siglos, de la vieja aldea céltica prerromana. Más característica podría ser la trascendental transformación del centro señorial del antiguo latifundio romano en un agrupamiento aldeano nuevo, que posiblemente estaría relacionada con una alteración, que vendría ya de antes, de los modos de explotación. Esta mutación se reflejaría en la ambigüedad y en el cambio de significado del término villa. Palabra que pasó principalmente a designar a una subdivisión del territorio de una ciudad, en la que podía haber un propietario fundiario dominante y una agrupación de tipo aldeana habitada tanto por campesinos dependientes de ese propietario como otros libres. Pero el elemento que tuvo una importancia fundamental fue la cristianización del hábitat rural. En los antiguos vici surgieron iglesias rurales, dotadas con un clero propio y cada vez con mayor autonomía, que, con el tiempo, se constituyeron en cabezas de una determinada circunscripción eclesiástica, con hondas implicaciones en la vida de sus respectivas comunidades de fieles. Sin embargo, en las penínsulas Ibérica e Itálica todavía no había surgido en el siglo VII una verdadera organización parroquial, a diferencia de lo ocurrido en la Galia. Por su parte, en los antiguos establecimientos señoriales surgieron muy pronto edificios de carácter religioso -con frecuencia simples oratorios o martyria-, construidos y dotados por cuenta de un gran propietario, que ejercía sobre ellos, cuando menos, un derecho de patronato (en la España visigoda) o de verdadera propiedad. Fue así como tales basílicas se constituyeron en centros de referencia y aglutinación de las aldeas que fueron surgiendo en las antiguas villae. El conservadurismo del paisaje también tuvo gran importancia en las zonas dedicadas a la explotación agrícola. En las áreas llanas y fértiles, con una implantación rural fuerte, las huellas de la catastración y centuriación romanas marcaban poderosamente el ager, o tierra de cultivo. La red cuadriculada delimitada por los caminos y las derivaciones para el riego aún se puede observar en los territorios de las antiguas colonias romanas de Italia, España y Francia. Con frecuencia, las legislaciones de los nuevos Estados de Occidente pusieron especial cuidado en la conservación de los antiguos mojones y delimitaciones de los campos. Lo cual era necesario ante el mantenimiento en bastantes Estados -visigodos en la Galia e Hispania, ostrogodos en Italia, y vándalos en África- del típico sistema impositivo de la capitatio-iugatio del Bajo Imperio. Aunque las particularidades geográficas podían imponer matizaciones locales, también parece posible suponer, a partir fundamentalmente de textos de carácter legal, que en todos estos países de la zona mediterránea existía un determinado tipo de articulación del espacio agrícola cultivado dentro del paisaje rural; el cual había sido heredado también, en gran medida, del periodo romano. Como una especie de primer círculo en torno a los núcleos de habitación campesinos estaban los huertos. Éstos tenían un carácter familiar, formaban una especie de unidad indisoluble con la vivienda campesina, que era una simple choza de madera o adobe y techo de paja, servían tan sólo para subvenir a las necesidades domésticas en hortalizas y solían encontrarse rodeados de setos o empalizadas, como defensa frente a los animales domésticos, cuya salvaguardia los códigos legales de la época procuraban cuidadosamente. Más allá de este estrecho círculo de huertos y también de jardines, en el que la extrema parcelación era la regla, se extendían en las áreas de ocupación agrícola antigua y extensa los espacios más amplios de los viñedos, los olivares y las tierras de labor. Si estas últimas eran más numerosas y amplias, también se daban grandes extensiones compactas dedicadas a la vid, que con frecuencia en Hispania o en la Galia recibían la denominación de colonia, o al olivar. Parece que en el área mediterránea era frecuente -la legislación visigoda permite afirmarlo para España y el sur de la Galia, y la lombarda, para la Italia septentrional- que en este segundo y amplísimo círculo del área cultivada dominase un claro régimen de "open fields" (campos abiertos); lo cual no se puede considerar en absoluto una novedad atribuible a los invasores germánicos. Tan sólo se levantaban débiles defensas -fosas o empalizadas a lo sumo- para impedir el libre deambular de los ganados, y ello de forma estacional. A continuación de las tierras de cultivo se extendía la tercera franja de extensión muy variable según la naturaleza del terreno y la antigüedad de la ocupación campesina, formada por los baldíos y yermos, por los prados artificiales o naturales y por los bosques. Si los prados artificiales, privados y rodeados de defensas, constituían una zona de transición, junto con toda una serie de roturaciones campesinas pioneras (clausurae), los bosques y los pastos naturales con frecuencia solían ser el objeto de una explotación comunitaria y proporcional por parte de los miembros de la comunidad aldeana de la que dependían, siguiendo las modalidades seculares del compascuus romano. Con la excepción de ciertos sectores de geografía particularmente agreste o húmeda, los bosques y los pastos naturales constituían así una amplia reserva subexplotada a consecuencia de las insuficiencias demográficas y de la tecnología agrícola. El bosque, además de ser el lugar de una actividad marginal como la caza, constituía también una fuente de aprovisionamiento de algunas materias esenciales para el desarrollo de la sociedad campesina de la época: la miel, único edulcorante conocido, la leña y la madera para la construcción. También era utilizado para la cría del ganado porcino en régimen de montaranza, de gran importancia y objeto de especial atención en todas las leyes de la época, ya que constituía la principal, y muchas veces única, fuente de aprovisionamiento de proteínas y grasas animales para la población campesina. Ello era debido a que en toda la zona mediterránea, salvo en las áreas de montaña, la ganadería equina y bovina continuó siendo escasa y utilizada fundamentalmente como fuerza de arrastre, a pesar de la altísima valoración del caballo como instrumento de guerra o de los intentos de aumentar la cabaña bovina en ciertos dominios. Si en la estructuración de las áreas cultivadas y los baldíos el conservadurismo con respecto al periodo romano fue notable en toda la zona mediterránea, otro tanto podría afirmarse en lo tocante a las especies cultivadas. Las diversas reglas monásticas permiten conocer el tipo de alimentación generalizado en la época. Ésta seguía basándose fundamentalmente en los cereales panificables y en el vino, a los que se unían algunas leguminosas y hortalizas para acompañar a los primeros (companagium ), y el aceite como grasa fundamental. Aunque dificultades climáticas insalvables y la rarificación del comercio alimenticio hicieron que el aceite se viese progresivamente sustituido en las áreas montañosas continentales y septentrionales de los países mediterráneos por grasas animales, el Occidente europeo no renunció nunca al pan y al vino, pues estos alimentos se habían convertido en básicos gracias a la herencia de Roma y al propio Cristianismo. A este respecto es importante señalar que en estos siglos se produjo una progresiva extensión de la viticultura desde las zonas mediterráneas a otras poco aptas, en principio, a causa de su altura o latitud; difusión en la cual no se puede despreciar en absoluto el papel desempeñado por las órdenes monásticas. También es necesario señalar que los cereales panificables más comunes eran, antes que el trigo -y, sobre todo, que el trigo candeal (triticum distinto del far adoreum)-, la cebada o el centeno; cereales de menor calidad, pero más rentables y mas resistentes a los climas húmedos y secos o a los suelos de montaña. Los datos con que contamos para la reconstrucción del paisaje en las áreas no mediterráneas de Occidente son mucho más escasos. En todas ellas -pero fundamentalmente en Inglaterra y en el antiguo país germano- la red de núcleos urbanos o nunca existió o quedó muy debilitada tras las invasiones; además, el nuevo poblamiento germánico hizo surgir una nueva red de asentamientos rurales que, en el caso de Inglaterra, con frecuencia no se apoyaba en la vieja red de calzadas heredada de Roma. De este modo el paisaje rural en esas áreas se ordenó en torno a dos tipos fundamentales de agrupación preurbana: los wik y los castella. Situados en las orillas de los grandes ríos o en la costa, los wik eran centros de almacenamiento de bienes de consumo, mientas que los castella, situados en lugares estratégicos desde el punto de vista militar, albergaban al poder político-administrativo y servían de refugio para la población de su entorno geográfico. Estos castella eran con frecuencia los herederos de los antiguos núcleos urbanos romanos. Alrededor de ellos se asentaba una población rural agrupada en aldeas, por lo general de dimensiones reducidas (Weiler) -a veces no contaban con más de tres hogares campesinos (así en el valle del Lippe)-, aunque en determinadas áreas predominaba el hábitat de tipo disperso, como era el caso de la zona del Bajo Rin y en Westfalia, o del tipo de asentamiento señorial inglés, con residencias fortificadas denominadas burh. No obstante, el paisaje germánico se distingue del mediterráneo sobre todo por la muy diferente proporción existente entre la zona cultivada y los baldíos y el bosque. Este último ocupaba grandes extensiones de terreno que separaban -a veces constituían barreras casi insalvables- unas aldeas de otras. El mismo fenómeno se daba también en las áreas de anterior, aunque débil, implantación rural romana, como Inglaterra, Flandes y la ribera derecha del Rin. En las zonas orientales del Reino franco las leyes de los alamanes o de los bávaros nos permiten discernir para el siglo VII una preponderancia de la ganadería y la explotación marginal del bosque, incluso en el caso de los grandes dominios laicos o eclesiásticos. En cambio las tierras de cultivo eran más reducidas, limitándose a las zonas más cercanas a las aldeas y a las más fértiles, de suelo pesado y profundo. En estas tierras, más allá del área dedicada a los huertos familiares, siempre cultivados, se organizaban cultivos cerealícolas limitados, dispuestos en grandes franjas (Streifen), cada una de las cuales correspondía a una explotación campesina. Dominaba por completo el sistema de campos abiertos, con prácticas muy enraizadas de tipo comunitario para la delimitación de trozos homogéneos de barbecho y de cultivo, y aun de cereal de invierno y de primavera, o para la roturación de nuevos espacios, según un sistema de rozas periódicas. Sin embargo, si en la organización del hábitat rural, en los tipos de cultivo y en la importancia respectiva de la explotación agrícola y ganadera se pueden señalar ciertas diferencias significativas entre los países mediterráneos y los germánicos, era común a ambos el bajo nivel tecnológico, con su corolario de rendimientos muy débiles por superficie cultivada. En líneas generales podría afirmarse que tal nivel tecnológico venía impuesto por la especial estructura de las relaciones de propiedad y de distribución de bienes en esos siglos. La preponderancia de las pequeñas unidades autónomas de producción en la agricultura y la rarificación del comercio alimentario impulsaban el policultivo y la autarquía, con sus secuelas de bajos rendimientos. Pero la débil demografía imponía un freno a la ampliación ilimitada de la agricultura de tipo extensivo. Limitación tanto más grave en la medida en que el trabajo humano y el barbecho seguían siendo los principales métodos de bonificación de la tierra en aquella época; de tal forma que no todas las explotaciones agrícolas contaban con el necesaria ganado mayor para labrar las tierras, y esta escasez -sobre todo en las regiones mediterráneas- reducía también notablemente la posible utilización del abono animal. Al tiempo que el mismo ganado, en las zonas de predominio de los "open fields", imponía un límite a otras prácticas conocidas de bonificación, como la escarda o la quema de rastrojeras. Aunque los campesinos de Occidente habían heredado del mundo romano todo un especializado instrumental agrícola, su utilización debía verse limitado en gran medida a consecuencia del valor de los instrumentos de hierro. Las reglas monásticas de la época suelen señalar con insistencia el especial cuidado que se debía tener con tales herramientas, propiedad de la abadía y puestas bajo la vigilancia de un monje de probada confianza. Es de suponer por otra parte que los campesinos más pobres, sobre todo en las áreas germánicas, aún utilizaban rejas de arado de madera endurecida al fuego, las cuales eran muy quebradizas. Tampoco parece que las invasiones aportasen nuevas técnicas agrarias de importancia. Tan sólo cabría señalar la posibilidad de una mayor difusión del viejo tipo de arado germano pesado y provisto de ruedas (carrucra o ploum) -¿pero poseía verdaderamente una vertedera?- en la Galia e Italia del norte. Pero en la Península Ibérica debió de seguir siendo desconocido, y además su utilidad en los ligeros suelos mediterráneos puede ponerse en duda. La difusión de una rotación trienal de una cierta importancia sólo está atestiguada a partir del siglo VIII y, sobre todo, en el norte de Europa, el valle del Loira y la zona alpina; puesto que en las zonas mediterráneas el cereal de primavera siguió siendo escaso y utilizado como expediente de urgencia ante la imposibilidad de la normal siembra otoñal. Por el contrario, en estos mismos países debieron seguir utilizándose las antiguas redes de acequias y canales para el cultivo de regadío. Incluso en la Península Ibérica se ha podido documentar la difusión en aquella época de artificios elevadores de agua, como la noria de arcaduces o canjilones. Esos siglos a que nos referimos habrían visto también la difusión general del molino de agua, a causa sin duda de la escasez de mano de obra en los grandes patrimonios. Pero no todas las explotaciones campesinas tuvieron acceso a él, y en las zonas marginales (Alemania) aún se siguió practicando por mucho tiempo la molienda a mano. En definitiva, una tierra mal trabajada y escasamente bonificada, cuyos rendimientos tenían que ser necesariamente débiles: no mucho más del 3 por 100 para el trigo y cebada en años normales. Estos rendimientos son los típicos de una agricultura de subsistencia, fuertemente sometida a las inclemencias climáticas, a plagas como la de la langosta en los países mediterráneos y a las deficitarias técnicas de almacenamiento y conservación de las cosechas. Las consecuencias demográficas de todo ello serán significativas. Pero una tal consecuencia demográfica catastrófica tenía una incidencia muy distinta socialmente, a causa de las relaciones de propiedad dominantes en todo Occidente en aquellos siglos.


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