Estados Unidos en proceso de cambio

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Datos principales

Inicio 
1973DC
Fin 
2000DC
Rango 
1973DC to 2000DC
Periodo 
Final Distensión

Desarrollo

En los Estados Unidos, la década de los setenta fue, tras la efervescencia de finales de la anterior, de transición a menudo muy marcada por la confusión, la frustración y una marcada sensación de que América había perdido su orientación y su prometedor rumbo del pasado. Los norteamericanos habían, hasta entonces, creído en que el esfuerzo individual, a su vez nacido de la ética protestante del trabajo, era capaz de lograr la promoción de todos y, al mismo tiempo, hacer prosperar al conjunto de una sociedad con el transcurso del tiempo. Ahora, en cambio, lo que parecía primar era el éxito inmediato y la autorrealización individual, pero dejando en la cuneta a una importante proporción de los miembros de la sociedad. Mientras que una minoría veía cumplirse en su propia vida las promesas de los sesenta, otro sector daba la impresión de haber quedado encerrado en una especie de círculo vicioso de la pobreza del que no parecía posible la salida. A esta situación se llegó debido a la súbita paralización del crecimiento económico. La crisis de los precios de la energía, unida al debate sobre la contracultura surgida en los sesenta, produjo un profundo malestar social y éste se tradujo también en una fuerte inestabilidad política. La mejor prueba de ella se encuentra en que los demócratas consiguieron su mayoría política más amplia en 1974 y en 1980 la lograron los republicanos. Como veremos, esos cambios tan bruscos se explican por una conciencia generalizada de desafección hacia el sistema que se traducían, desde el punto de vista electoral, en fórmulas contrapuestas sucesivas. A comienzos de los años setenta, los Estados Unidos experimentaron una profunda transformación económica, en el mismo momento en que se desencadenaba la crisis que contribuyó a que apareciera esa nueva clase de pobres. Entre 1945 y 1970, la renta real por hogar se había duplicado y en los años sesenta la productividad del trabajador norteamericano era el doble que la del alemán y el cuádruple que la del japonés. Pero el gasto provocado por la Guerra de Vietnam, unido a la voluntad de mantener las conquistas sociales, produjo un cambio fundamental cuyas consecuencias multiplicaron la crisis por la elevación del precio del crudo petrolífero. En efecto, el embargo y luego la elevación del precio del crudo trasladó a los norteamericanos la realidad de que ya no dominaban la economía mundial. En 1973, la inflación alcanzó el 8% y en 1975 llegó al 11% mientras que el desempleo se situaba en el 9%. Durante toda esta década de los setenta, el crecimiento de la productividad no pasó del 1% anual. Ya en este período, Alemania y " class="manita" data-toggle="popover" data-content="El resultado de la economía japonesa siguió siendo muy brillante hasta el comienzo de los años noventa. El PIB del Japón era en 1990 igual al de Alemania, Francia y Gran Bretaña juntas y la renta per cápita resultaba la mayor de los países industriales. Los grandes éxitos económicos de Japón se seguían basando en el ahorro, el doble del existente en Estados Unidos o en Francia, las ventajas de la forma de llevar la empresa, caracterizada por un espíritu de solidaridad peculiar, y el carácter módico de los gastos de seguridad social. Los "cuatro dragones" durante la década de los ochenta habían crecido siempre a un ritmo de más de un 7% anual.">Japón empezaron a convertirse en un peligro para la competitividad de los trabajadores norteamericanos: el número de automóviles extranjeros comprado en los Estados Unidos pasó del 4 al 17%. Las expectativas de la población en relación con el crecimiento económico cambiaron por completo: en 1979, por ejemplo, un 55% de los norteamericanos pensaba que el año siguiente sería incluso peor. Otras encuestas ofrecían un panorama todavía más desalentador: tres de cada cuatro norteamericanos pensaban que la tierra de la abundancia se había convertido ya en la tierra de la necesidad. Como contrapartida de estos problemas económicos, debe tenerse en cuenta, sin embargo, que también se habían producido cambios sociales importantes, muchos de ellos de contenido positivo pero que, al mismo tiempo, tenían una vertiente negativa al menos parcial o que hacía aparecer protestas en una parte de la sociedad por el cambio que suponían. Una de las herencias más importantes de la década de los sesenta fue la evolución del papel de la mujer en la sociedad norteamericana. Ésta se refería, en primer lugar, a su propia visión de la función que le correspondía en la sociedad. En 1962, dos tercios de las mujeres consideraban que no estaban discriminadas, pero ocho años después lo juzgaban así aproximadamente la mitad. No había cambiado tan sólo la conciencia sino también la realidad de los respectivos papeles sociales. En los años cincuenta, la mujer empezaba a trabajar después de los treinta y cinco años, es decir, una vez educados los hijos, pero ya en 1980 la mitad de las mujeres con hijos menores de cinco años trabajaba por cuenta ajena, compatibilizándolo con las tareas domésticas. La institución familiar sufrió los embates de este cambio de actitudes en la mujer. El divorcio creció un 100% en los sesenta y, en torno a 1980, volvió a hacerlo en una proporción semejante. Las consecuencias del cambio, pese a la igualdad creciente de la condición femenina con respecto a la masculina, no siempre resultaron gratas para la primera. Al mismo tiempo en que, gracias al trabajo, la mujer desempeñaba un papel cada vez más relevante en la sociedad, en 1964 el número de hogares de una sola persona era del 10% y en 1980 era del 23%, lo que en la práctica revelaba un deterioro del nivel de vida de la mujer divorciada. El cambio en la condición de la mujer tuvo, por tanto, un valor ambivalente. En los setenta, la mujer universitaria era sexualmente más activa que el varón y en un 50% era partidaria de la vida en común antes del matrimonio. Pero también debe tenerse en cuenta la otra cara de la moneda como fue, por ejemplo, la "feminización de la pobreza", debida al incremento de los hogares con sólo una mujer divorciada o bien una soltera con hijos, fenómeno bastante habitual entre la población de raza negra. De acuerdo con los datos oficiales, dos tercios de los clasificados como pobres y, por tanto, sujetos a ayudas públicas eran, en 1980, mujeres. En general, al igual que las mujeres, también los negros mejoraron considerablemente su situación social en los sesenta y setenta. En 1958 había tan sólo cuatro congresistas de esta raza en el legislativo norteamericano y en 1980 ya eran dieciocho. El Partido Demócrata sabía que podía encontrar un punto de apoyo firme en esta minoría: durante la presidencia de Carter, por vez primera el embajador en la ONU fue un negro. Pero la mejora principal en la condición social de la población de color no tuvo nada que ver con la política sino que derivó de la educación. Entre 1960 y 1977, el número de estudiantes negros se multiplicó por cinco. Por desgracia, también existió una vertiente negativa en este cambio, que debe ponerse en relación con la mencionada evolución de la condición femenina. Uno de cada seis niños negros tenía a comienzos de los ochenta una madre de menos de veinte años y, en los años setenta, los "teenagers" de color tuvieron en el peor momento de la crisis económica una tasa de paro del 50%. La convergencia entre estos dos fenómenos relativos a la mujer y a la raza negra tuvo como resultado la creciente división de la sociedad en dos. En lo que respecta, por ejemplo, a la población de color, mientras el 35-45% de los negros se convirtió a los modos de vida de la clase media, un 30% derivó hacia una pobreza aún más profunda. Para esas personas, como para tantas mujeres divorciadas o con hijos pero sin pareja estable, la ayuda social se había convertido en una necesidad absoluta. Necesidad que llegaría a convertirse en una adicción, porque las hacía dependientes de un modo de vida que, al incentivar su pasividad, les impedía prosperar. Hay que tener en cuenta esta situación para explicar la emergencia de una nueva cultura conservadora. La llamada Nueva Derecha norteamericana tuvo muy poco que ver con el republicanismo aristocrático de la Costa Este de los Estados Unidos y adquirió un tono populista, muy vinculado a la religión. Fue, por tanto, más bien una reacción angustiosa en contra de una civilización permisiva que no gustaba a una parte considerable de la sociedad norteamericana. Recogió del pasado unos planteamientos estrictamente liberales en el terreno económico, pero durante toda la década de los setenta vino acompañada también por el desarrollo del cristianismo evangélico. De esta manera, a su liberalismo económico unió un marcado componente autoritario y conservador en lo que respecta a los comportamientos individuales. Fue, en fin, muy moderna en los procedimientos logrando la difusión de su propaganda y el logro de donaciones mediante agresivas campañas de correo y televisión. Llegó, así, a influir de forma muy decisiva en la política de los dos partidos, pero especialmente en la del republicanismo. Tuvo, en fin, una importante faceta intelectual. Para sorpresa de los medios culturales, su eclosión como fenómeno social se vio acompañada por la aparición de "think tanks" -fundaciones de pensamiento- de significación muy conservadora, cuando hasta entonces habían sido liberales, en el sentido norteamericano del término. Heritage, fundada por la empresa cervecera Coors, y American Enterprise Institute, de financiación plural, pueden ser consideradas como las más importantes. Los cambios en la mentalidad de los norteamericanos no se limitaron tan sólo a la aparición de esta derecha religiosa, sino que afectaron a muchos otros terrenos. A fines de los sesenta, Kevin Phillips había previsto un terremoto en el terreno político electoral que llevaría a la aparición irremisible de una mayoría republicana. No fue exactamente así, pero se pasó de una adscripción partidista firme a otra mucho más laxa, debilitándose la tradicional frontera entre los partidos, y el republicano Sur o la costa del Pacífico, tradicionalmente demócrata, cambiaron su significación política de forma sustancial. Si éste fue un cambio desde la óptica del mundo conservador norteamericano otros no menos importantes tuvieron lugar en otros campos ideológicos. En un libro de gran éxito, aparecido a finales de la década de los setenta, Christopher Lasch aludió a la aparición de una "nueva cultura del narcisismo" en los Estados Unidos. Según él, los radicales de antaño no tenían razón cuando veían a su alrededor el peligro de una familia autoritaria, de la represión sexual o de la censura literaria. Todo ello había desaparecido, en realidad, sustituido por una preocupación exclusiva por lo individual, que suponía también el abandono de las causas políticas, en especial las revolucionarias. Lasch añadía que "la ideología de la preocupación personal, aunque en apariencia profundamente optimista, irradiaba una profunda desesperación y una profunda resignación". Venía a indicar que era algo así como la fe de los que carecen de fe. Su modelo podía ser el escritor y actor cinematográfico Woody Allen quien, en 1973, afirmaba, entre irónico y serio, que el sexo y la muerte eran únicas preocupaciones dignas de interés (y aún añadía que el cerebro era su segundo órgano más importante). Al abordar una cuestión muy cara a la ideología liberal a la que se consideraba vinculado, Lasch también aseguraba que la democratización de la educación no había conducido, desgraciadamente, a una mejor comprensión de la sociedad sino a una degradación de lo enseñado: el 47% de los estudiantes de diecisiete años no sabía siquiera que en su país son elegidos dos senadores por Estado. Su crítica -en realidad, autocrítica- de la contracultura de los sesenta le llevaba también a lamentar que la liberación sexual hubiera concluido en la incapacidad para adquirir unos vínculos emocionales estables. Años después, en 1987, el humanista Allan Bloom, criticando también la ausencia de autoridad y de calidad en la enseñanza, consiguió un espectacular éxito editorial. El panorama de los que cambiaron de mentalidad y concepción de la vida debe completarse con los que lo hicieron desde la izquierda, en materia de política exterior o sobre cuestiones sociales. Algunos de los pensadores más conocidos del mundo conservador norteamericano en los años setenta, como Sidney Hook, procedían de la extrema izquierda. También Norman Podhoretz, editor de Commentary, la revista de los intelectuales del mundo judío, que se autodefinía como un liberal centrista, escribió un libro cuya traducción podría ser Rompiendo filas, explicando su cambio como consecuencia de la no aceptación de lo que denominaba como el "radical chic", es decir una especie de revolucionarismo para ricos que, según él, rompía con los valores esenciales de la vida norteamericana. Otro antiguo izquierdista, Irving Kristol, fundó la revista The Public Interest destinada a renovar la política norteamericana. En el terreno de la política social, se convirtieron en frecuentes las críticas contra el sistema de cuotas impuestas destinadas a favorecer a minorías raciales y, en general, contra la "acción afirmativa" que pretendía compensar a los desfavorecidos y les condenaba a no salir de esta situación. Para Thomas Sowell, sociólogo de raza negra, no sólo no había ayudado a la mayoría sino que su efecto había consistido en hacerla empeorar. La situación social de los negros, según él, mejoró más en la época de la posguerra que en la siguiente; el avance de los negros -arguyó- tenía que ser conseguido por ellos mismos. Y, en fin, según él, cualquier reivindicación colectiva no era susceptible de ser planteada como un derecho, tal como había sido habitual hacerlo hasta el momento. Los cambios descritos que se refieren a lo que, en términos muy genéricos, puede ser descrito como la "alta cultura" pero también la popular, experimentó mutaciones semejantes. Dylan y Cleaver, dos símbolos de la cultura contestataria de los sesenta, se convirtieron al cristianismo (hubo otros cantantes pop que se hicieron musulmanes). Jerry Rubin, una figura contracultural muy conocida, se convirtió en un "broker" de la Bolsa y luego describió su trayectoria personal como una especie de progresivo ensimismamiento, olvidada la voluntad revolucionaria. Como es lógico, un panorama como el descrito de modo necesario debía influir en la vida política. De hecho, los años centrales de los setenta y los primeros ochenta presenciaron unos cambios profundos y muy significativos al margen de las adscripciones partidistas de quienes desempeñaron el protagonismo en la vida pública. En el fondo, no había tanta diferencia en el mundo que representaba Reagan y el de Carter porque los dos supusieron, con características muy personales, una protesta contra la situación heredada.


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