Enseñanza elemental

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Datos principales

Inicio 
1AC
Fin 
1AC
Rango 
1AC to 1AC

Desarrollo

Los conocimientos en la enseñanza elemental se basaban en tres pilares: la religión, los valores de la patria y el hogar. La Enciclopedia de la Enseñanza Primaria tiene un contenido estructurado en cuatro bloques: enseñanzas del hogar (alimentación, cocina, corte y confección, economía doméstica); lecciones de nacionalsindicalismo, religión e historia sagrada, y finalmente la denominada cultura general, que englobaba materias como Lengua Española, Historia de España, Geografía, Aritmética, Ciencia Naturales y Física y Química. La distribución de los bloques otorgaba menor importancia a los conocimientos de cultura que al resto. Conviene tener presente que entonces la ropa se hacía, no se compraba, no existía el prêt-à-porter asequible a todos los bolsillos; y que apenas había variedad ni cantidad de alimentos, con lo cual, dar de comer lo mismo sin que pareciera siempre igual, estirando las cantidades en recetas de alto rendimiento para su bajo precio, requería todo un aprendizaje. Asimismo, no había gas, y alguien tenía que quedarse revolviendo la elaboración de los platos al fuego lento de las cocinas económicas. No vayamos a pensar en los tiempos que requerían las labores domésticas esenciales durante la posguerra, con mentalidad de Thermomix, microondas, o incluso a golpe de clic en el ordenador. Todo requería una auténtica sabiduría que permanece tan sólo en relatos de época. El nuevo Estado dejó en manos de dos instituciones, la Iglesia y la Sección Femenina, la enseñanza de los dos bloques temáticos más importantes para su proyecto educativo: religión y valores patrios. Gráfico La Iglesia buscó transmitir sus valores a través de asignaturas y prácticas religiosas. La religión católica se estudiaba en Historia Sagrada, y las prácticas, como el rezo del Rosario la mañana de los sábados y la misa corporativa del domingo, eran consideradas actividades escolares de formación. Esto sucedió en el primer Franquismo, pero para los años sesenta, como recogió el Concilio Vaticano II, la Iglesia había presentado otro planteamiento de su lugar ante la sociedad y el Estado, centrado en el hombre, único que puede presentar derechos a la educación verdaderamente sólidos. La escuela, considerada como signo de los procesos humanos que en ella se realizan, tiene como protagonista al hombre, es decir, pertenece al patrimonio humano. Por ello, tanto para la Iglesia como para el Estado, su presencia debe regirse por la asistencia, no por la propiedad, dando lugar a un ambiente de libertad donde caben estas dos posibilidades: este es el argumento esgrimido para legitimizar su posición en el mundo educativo. La escuela es un ámbito de libertad responsable, que busca la realización de la persona en un ambiente de libertad, tanto interior, como exterior, social y políticamente. Desde finales del siglo XIX la Iglesia había comenzado un significativo crecimiento en dicho sentido, impulsando la enseñanza y la beneficencia, estimulando un catolicismo más participativo de seglares con fines piadosos, benéficos y sociales. Había creado hospitales, asilos y orfanatos para las clases más necesitadas, las órdenes religiosas, sobre todo las femeninas, habían dado un gran impulso a la enseñanza; había potenciado el asociacionismo sindical y político, la prensa propia y otorgado a las mujeres un espacio de sociabilidad y actuación. Su acción educativa se había enmarcado en "el marco del regeneracionismo por la educación, denominador común de toda la época" (Martín Fraile 2008: Foro de Educación 10, 111-113). La formación de los valores de la Patria se encomendó a la Sección Femenina, cuyos miembros impartían en los colegios e institutos lecciones de nacional-sindicalismo, en las que se explicaba la Historia desde una postura nacionalista, idealizando las etapas de la Reconquista, de los Reyes Católicos y de los Austrias Mayores, y la era del Imperio, épocas entendidas como gloriosas por el Franquismo. También existían las llamadas "Escuelas de Mandos" de la Sección Femenina, donde se impartían y recibían clases sobre diferentes materias concernientes a la tradicional situación de la mujer: clases de educación religiosa, educación física, política y hogar. La asistencia era claramente voluntaria, y por la necesidad de llegar a amplios sectores se crearon las "Escuelas de Formación", dirigidas a maestras nacionales destinadas a impartir las mismas materias antes señaladas a las no afiliadas, así como las "Cátedras Ambulantes", dirigidas a mujeres del ámbito rural. El tercer bloque temático, recordamos, en el que se basaba la educación de las mujeres era la formación para el hogar. Se enseñaba a las niñas las tareas propias del cuidado de la casa, como una continuación del aprendizaje recibido de sus madres en el domicilio familiar, en el que ayudaban a sus madres en la realización de las tareas domésticas. En el Bachillerato se ampliaban los conocimientos sobre Hogar. Se impartía de forma obligatoria esta disciplina, que comprendía las materias de cocina (donde se explicaban nociones de alimentación, recetas de cocina..., etc. de manera semejante a como hoy se hace en las "escuelas de cocina", hobby de tantas mujeres y varones de clase media en las ciudades importantes), costura (pespuntes, dobladillos, ojales, vainicas, zurcidos, incrustes), corte y confección (se enseñaba cómo tomar medidas y realizar patrones), puericultura y economía doméstica. Sobre el interés de estos conocimientos básicos, ya nos hemos pronunciado con anterioridad, en una época en la que no existían electrodomésticos, cosetodos y ropa confeccionada a precio barata. El tiempo asignado a esta asignatura en su conjunto era de dos horas semanales como mínimo en los dos cinco primeros cursos y hora y media semanal en los dos últimos. Para la Educación Física y la Formación del Espíritu Nacional, asignaturas compartidas por los dos sexos, su contenido se ajustaba a cada uno: en Educación Física, el ejercicio deportivo asumía la función de fortalecer la resistencia física y anímica para soportar las privaciones de la batalla en los niños, mientras que en las niñas, la finalidad no era la preparación deportiva en sí misma, sino disponer a las mujeres para la maternidad y lograr mujeres sanas, con ejercicios repetitivos que preparaban su musculatura con vistas a la maternidad y su espíritu hacia la armonía y el equilibrio. En la Formación del Espíritu Nacional, materia también común para ambos sexos, también se marcaban objetivos diferentes: el patriotismo de las mujeres se debía desarrollar en el espacio de la familia y de la parroquia, y el de los varones se traducía en el servicio a la Patria como "unidad de destino en lo universal". Esto se resumía en una vocación de servicio de las mujeres y en la prioridad del conocimiento de la teoría política para los varones.


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