El templo y cenotafio de Seti I

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Datos principales

Inicio 
1AC
Fin 
1AC
Rango 
1AC to 1AC
Periodo 
Ramésidas

Desarrollo

Como todo el mundo, Seti I, en compañía de su hijo Ramsés, hizo su peregrinaje a Abydos y dejó en ella, en lugar de la estela de los devotos normales, un conjunto monumental que él impulsó y Ramsés II llevó a término, y que se puede considerar como la realización más notable del reinado del primero en el campo de la arquitectura. Pese a su carácter fundamentalmente funerario, en el cenotafio de Seti I no asoma por ningún lado la visión sobrecogedora del otro mundo que se apodera del visitante tras pasar el umbral del descenso a los infiernos que es la tumba del mismo rey en el Valle de los Reyes tebano, la más grande en su género, la más pavorosa de todas las existentes: las tinieblas, los siniestros destellos, los malignos y fosforescentes monstruos, las espeluznantes apariciones, todo lo que la fantasía egipcia, especialmente dotada para internarse y urgar por los recovecos del otro mundo era capaz de urdir, se despliega allí sin escatimar espacio ni detalle. Aquí era distinto. La vía dolorosa del descenso al reino de la muerte había quedado atrás y el rey Seti se hallaba en un mundo luminoso, fundido con Osiris, prestándole los rasgos de su semblante, y en compañía de los demás espíritus celestes, seis en primer lugar, y siete con él una vez que el rey muerto se había sumado a ellos: Osiris, Isis, Horus, Amón-Re (en el centro), Harmakhis, Ptah y Seti I divinizado. Conforme a ese mágico número siete, siete eran las puertas del templo, siete las naves y siete las capillas de las respectivas imágenes, alineadas al fondo de la segunda de las salas hipóstilas, dos en vez de una, un caso excepcional en la arquitectura egipcia hasta aquel momento. Adosado al templo y como complemento del mismo, por el suroeste se encuentra un anejo con múltiples dependencias: descansaderos para las barcas procesionales; matadero de víctimas, sobre todo grandes toros, previamente lidiados por el rey en una tauromaquia ritual (representada en los relieves murales); un corredor justamente famoso por la serie de cartelas con los nombres de los faraones distinguidos por su piedad desde Menes a Seti I y que entonces se computaban en 76 (las conocidas como Tabletas de Abydos), etc. Este conjunto de dependencias da lugar a una planta del templo en forma de L invertida, única en su género. Gracias a esta anomalía, la cabecera del cuerpo principal, formada por las siete cellas de los dioses, quedaba muy cerca del cogollo del santo lugar: la tumba de Osiris. Antes de pasar a ésta, observemos que los magníficos relieves de esta zona de cabecera, en particular los de la segunda sala hipóstila -obra de Seti I-, rayan a una altura digna de aquel arte llevado a su perfección por los artistas de Amenofis III y mantenido incólume hasta el final de la dinastía XVIII. Ya era mucho, pero aún Seti I pudo beneficiarse de él. No así su hijo Ramsés II, que pese al celo y la piedad filial de que alardea en las inscripciones de estos muros, no logró en la primera sala hipóstila rayar a la altura de la obra de su progenitor. Rutina, cansancio, falta de inspiración aquejan a las nuevas promociones de escultores. Relieves comparables a los de la Tumba de Ramose nunca más se volverán a realizar. El Osireion de Seti I está casi en contacto físico con el templo de éste, a sólo 3,5 metros de su cabecera y en la prolongación del eje de su cuerpo principal. El edificio tenía mucho de teatral, de escenario de un drama. Se entraba a él por un larguísimo corredor en rampa, inspirado en las calzadas cubiertas de acceso a las pirámides clásicas, con la diferencia de que éste tenía dos recodos en ángulo recto en su recorrido. Las guías imprescindibles al visitante del otro mundo -el "Libro de las Puertas" y el "Libro de lo que hay en el Más Allá"- están enteramente grabadas en los muros. Al final, un vestíbulo o cripta con escenas sacadas del Libro de los Muertos. El núcleo del santo lugar es una isla rectangular rodeada de un canal y éste de una serie de celdas inacabadas. Tanto la isla como las celdas presentan un reborde estrecho como remate de sus áreas respectivas. Diez enormes pilares cuadrados, de granito rojo de Assuán, con sus correspondientes arquitrabes, se elevan a lo largo de los lados mayores de la isla, siete de ellos monolíticos. En los extremos de cada hilera se alza al otro lado del canal una pilastra que prolonga la línea de soportes hasta los muros del recinto. Sobre éstos y los arquitrabes una cubierta de losas de 10 metros de largo techaba el espacio comprendido entre la isla y las celdas. Haciendo juego con la cripta de entrada y cubierta también con un techo a dos vertientes, se encuentra una cámara de caliza y arenisca, cerrada por completo, como un monumental sarcófago, de 20 metros de largo, como lo que realmente pretendía ser. Este fantástico edificio, cuyas formas se inspiraban en el Templo del Valle, de Kefrén, era el trasunto de la isla primeval, alzada sobre las aguas en el momento de la creación. Allí tenía Osiris su tumba. Este templo funerario de Ramsés II, enorme de dimensiones, empequeñecía al mucho más modesto de Seti I, situado a su derecha, aun respetándolo en su integridad. Sus complementos eran un palacete con el cual el templo compartía su primer patio, y unos almacenes tan vastos, que se dirían capaces de albergar la producción agrícola de toda la Tebaida. Ningún ejemplo mejor para percatarse de la importancia de los templos como centros económicos.


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