El templo de Amón en Karnak

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Datos principales

Inicio 
1AC
Fin 
1AC
Rango 
1AC to 1AC
Periodo 
ImperioNuevo

Desarrollo

La importancia adquirida por Tebas durante el Imperio Nuevo, como capital de Egipto y de sus vastos dominios asiáticos y africanos, hizo del santuario de Amón, el dios del cantón tebano, el principal centro religioso y cultural del país. El núcleo del mismo lo constituía el templo de Karnak -aldea amurallada, en el dialecto árabe actual- en cuyas cercanías se hallaban otros supeditados a él. Entre éstos destacaban en primer lugar el de su esposa Mut y el de su hijo Khons, que formaban con Amón la trinidad tebana; y en segundo lugar, el de Montu, el también dios local a quien Amón había ido relegando a un término secundario conforme crecía su importancia como padre de los monarcas de la Dinastía XVIII y, en consecuencia, como rey de los demás dioses del Imperio. Exponente del poder y la riqueza adquiridos por el templo de Amón es el dato de que, en tiempos de Ramsés III, sus propiedades ascendiesen a más de dos tercios de las de todos los demás dioses. Hacia Karnak convergían no sólo los templos más próximos antes citados, sino otros más distantes como el de Luxor y el funerario de la reina Hatshepsut, en Deir el-Bahari... Fruto de una labor continua de construcción, realizada durante más de 1500 años, Karnak es un conglomerado de pílonos, puertas, patios, explanadas, pórticos, salas hipóstilas, templos auxiliares, capillas, obeliscos, escaleras, corredores, celdas, pasadizos y recovecos sin fin, a los que sólo el faraón, los sacerdotes y el personal auxiliar del templo tenían acceso. Este laberíntico complejo responde a la idiosincrasia del egipcio antiguo, maestro en el arte de enfrascarse en los misterios del Más Allá, del origen del mundo y de la naturaleza de los dioses. Su "Libro de los Muertos" es uno de los intentos, quizá el más logrado, de suministrar al hombre un mapa del otro mundo. Sólo como paradoja es lícito afirmar que en Egipto no se planificó un edificio con regularidad geométrica hasta que llegaron los griegos. Pero lo cierto es que un examen atento de unos buenos planos de conjuntos como los de Karnak y Luxor pone de manifiesto continuas desviaciones y distorsiones de ejes, series de pílonos deliberadamente desequilibradas, etc. La planta misma del muro de adobe que circunvala Karnak es un trapezoide de lados de longitud desigual -530 m. por el norte, 510 por el sur, otros 510 por el este, y 710 por el oeste-, sin que se comprenda la razón de tales diferencias. Pese a la vastedad de sus dimensiones, el núcleo del templo de Amón es como un templo de pílono normal. Ocurrió, sí, que al núcleo se fueron añadiendo más patios, pílonos, salas columnadas y templos auxiliares, por delante y por detrás, amén de una serie transversal de explanadas y pílonos que por el lado sur de su parte media lo enlazaban con el vecino santuario de Mut. Se formaba así una vía procesional, en la que se alzaban los Pílonos VII, VIII, IX y X, este último como puerta de comunicación con el exterior del recinto, dando paso a una avenida de esfinges. El eje principal del conjunto, sobre el que se alinean las puertas de los Pílonos I a VI, orientado de noroeste a sudeste, no parece obedecer a otro imperativo que el de hacerlo estrictamente perpendicular al cauce del Nilo, que discurre a unos 600 metros del primero de los pílonos. El canal de comunicación del templo con el río terminaba en el desembarcadero que hoy aparece como plataforma al comienzo de la avenida de esfinges criocéfalas. En esta plataforma subsiste uno de los dos obeliscos pequeños erigidos en ella por Seti II, interesante por darnos completa su titulatura real. Las esfinges criocéfalas, con sus cuerpos de león y sus cabezas de carnero, el carnero de Amón, protegen a diminutas figuras osíricas de Ramsés II, el donante de estas cincuenta piezas y de otras muchas, que desde la época bubástida se alinean apretadamente ante los pórticos del primer patio, al que fueron trasladadas. Cada una de las torres del Pílono I, muestra en su tercio inferior las cuatro ranuras verticales en que encajaban los mástiles de madera de cedro, forrada de cobre, cuyas puntas alcanzaban el cielo, para las banderas que ondeaban por encima de las torres. Las cuatro ventanas que se abren sobre dichas ranuras en el primero y segundo piso (daba acceso a éstos una escalera interior) servían para el manejo y la sujeción de los mástiles correspondientes. Lo mismo el pílono que los dos pórticos laterales del patio que se abre a sus espaldas, fueron construidos por Sheshonk I (945-924 a. C.), fundador de la Dinastía XXII, que aprovechando la división de Israel a la muerte de Salomón, recuperó para Egipto una buena parte de Palestina y fue reconocido como soberano por las ciudades fenicias. El intendente de sus obras dejó memoria, en una estela de Silsileh, de las llevadas a cabo por él en Karnak: "Su Majestad ordenó construir un pílono muy grande... para embellecer Tebas... y hacer un patio de Hebsed para la casa de su padre, Amón-Re, rey de los dioses y rodearlo de una columnata". Pero ni ésta ni el pílono estuvieron nunca acabados del todo: la torre norte del pílono no pasó de las 32 hiladas de sillares, mientras que la sur recibió las 45 previstas, alcanzando así los 31,65 m. de altura. La cantería de los paramentos quedó falta de la última mano -salvo en las puertas- y desprovista de los acostumbrados bajorrelieves, inscripciones y colosos. En el Patio I así formado, de 100 m. de ancho por 82 de fondo, se alzan hoy varios edificios construidos entre fines de la Dinastía XVIII y la época ptolemaica. Los más antiguos son el Pílono II y el vestíbulo que lo precede, iniciados ambos por Horemheb en el tránsito de la Dinastía XVIII a la XIX, y terminados por Ramsés I y Ramsés II, que no tuvieron reparo en usurpar las cartelas de su antecesor. En lo que de los relieves queda se advierte el buen hacer del escultor de la época. Pese a lo tardío de las fechas, este Patio I, llamado por Champollion "La Grande Cour du Palais" ha sido más afortunado en la conservación de su capacidad evocadora que ningún otro de los patios de Karnak. Los austeros pórticos laterales, desprovistos de toda ornamentación salvo allí donde los Bubástidas dejaron memoria de sí (ángulo suroeste); la apretada formación a que fueron sometidas las esfinges criocéfalas de Ramsés II (hermanas de las que preceden al Pílono I), y que aquí parecen apacentadas por los colosos pastores diseminados por el patio: Ramsés II, Pinedjem (con su diminuta esposa ante sus rodillas), Ramsés III a las puertas de su templo-descansadero. Pero todas estas figuras verticales quedan empequeñecidas ante el más delicioso de los monumentos de Taharca, la columna umbelífera que le usurpó el primer Psamético. Champollión no dejó de observar oportunamente en su cuaderno: "En el centro del Gran Patio del Palacio existían doce columnas, o mejor, doce imitaciones a gran tamaño del amuleto (uadi), para servir de soporte a las sagradas enseñas de Amón y del Rey que habitaban en el edificio. Se debe observar, en efecto, que estas construcciones no tienen en modo alguno el galbo de una columna, sino que son más alargadas, más estrechas por debajo de la campana". Al noroeste del patio, muy cerca del Pílono I, se halla un edificio aislado: el templo-descansadero de Seti II, destinado a cobijar las barcas procesionales de la triada tebana en una de sus muchas estaciones. El templo tiene la forma de una casa de planta rectangular y paredes ataludadas, con tres puertas y tres estancias incomunicadas entre sí y sólo iluminadas por las puertas. Sus respectivos destinos se hallan acreditados por los relieves de los muros, poco más que tenues grabados: la estancia del oeste correspondía a la barca de Mut, la del centro a la de Amón, y la del este a la de Khons. Los nichos de la pared del fondo cobijaban estatuas del faraón. El grueso muro de la fachada está flanqueado por resaltes ribeteados de molduras de toro y coronado por un toro y un caveto como si fuese un pílono. En el extremo opuesto del patio, y transversal al eje del mismo, Ramsés III edificó otro reposadero mucho más grande y suntuoso que el de su predecesor, tanto que podría calificarse de monumental -pues mide 60 m. de largo- si se encontrase en un lugar distinto de Karnak, donde todo alcanza dimensiones gigantescas. El edificio responde al prototipo del templo más simple del Imperio Nuevo: pílono, patio, vestíbulo, sala hipóstila y santuario, en este caso tripartito, para alojar las tres barcas sagradas. El pílono, precedido de dos colosos, mediocres artísticamente, de Ramsés III, carece hoy de coronamiento, pero muestra los bajorrelieves de rigor, en los cuales y como de costumbre, el faraón sacrifica a numerosos cautivos, tanto de invasores del norte como del sur. En las jambas de la puerta, la titulatura regia alterna en franjas horizontales con cestillas portadoras de tres signos jeroglíficos: el "uas" (prosperidad), el "ankh" (vida) y el "died" (estabilidad). Pilares osíricos con las coronas del Alto y del Bajo Egipto representan en efigie a Ramsés soportando el arquitrabe en que se lee: "El ha hecho la Casa de Ramsés, soberano de Heliópolis, en la Casa de Amón, toda nueva en piedra blanca, perfecta, sólida". La Sala Hipóstila de Karnak, una de las más grandes creaciones de la arquitectura egipcia, ocupa el amplio espacio existente entre el Pílono II (Horemheb-Ramesidas) y su probable predecesor, el Pílono III (Amenofis III). El pétreo bosque encantado, de 134 columnas, sobrecoge al espectador, primero por su belleza, después por su descomunal y soberbia grandiosidad. Las columnas mayores, de capiteles abiertos o campaniformes, y las menores, de capiteles cerrados, se aprietan mucho unas a otras, no tanto en la nave mayor, longitudinal, y en la también mayor transversal, como en las paralelas a estos ejes. El volumen de las masas pétreas, la angostura de los intercolumnios, la altura y el enorme resalte de las basas columnarias, producen en el espectador una sensación de agobio y estrechez que llega a hacerse angustiosa cuando un grupo de personas se pone en movimiento. Una vez más se manifiesta aquí la tendencia egipcia a evitar los espacios interiores amplios. Sólo en las citadas naves central y transversal se experimenta cierto desahogo, lo que confirma la sensación de que a ellas se limitaba el paso de los cortejos y de las andas procesionales. La proximidad de las paredes y el hecho de que éstas se encuentren materialmente cubiertas de figuras, ornamentos y jeroglíficos, tanto si se trata de muros como de columnas, hace que el espectador se encuentre preso en la tela de araña de un mundo de fantasía que debía resultar alucinante cuando el color que animaba a aquellos elementos conservase su fuerza original. De este modo el espectador quedaba incorporado a ese mundo, fascinado o desconcertado por él, si no lograba entenderlo. Cuenta Tácito en sus "Anales" (1I, 60) un curioso episodio de la vida de Germánico: su visita a Egipto, una visita arqueológica -cognoscendae antiquitatis-, hecha so pretexto de administrar la provincia. La visita a las grandes minas de Tebas le hizo sentir la necesidad de entender los jeroglíficos -litterae Aegyptiae-, patentes en sus edificios colosales, por lo que requirió el auxilio de un anciano sacerdote que le tradujo lo escrito. El resumen que de ello hace Tácito, podría estar tomado de las inscripciones de Seti I y de Ramsés II conservadas hoy en los muros norte y sur de esta sala: "Se leía también el detalle de los tributos impuestos a estos pueblos, los pesos del oro y de la plata, la cantidad de armas y de caballos, las ofrendas para los templos, en marfil y en perfumes, las cantidades de grano y las otras provisiones que cada nación debía proporcionar...". En suma, que quienes a lo largo del Imperio Nuevo orquestaron el conjunto arquitectónico, escultórico y gráfico que son éste y otros parajes de Karnak, alcanzaron su objetivo de incorporar a su trama no sólo a los egipcios antiguos sino a cuantos después de ellos se han internado en el mágico laberinto de sus piedras. Las excavaciones llevadas a cabo en el recinto de la Sala Hipóstila han desvelado su génesis, en verdad sorprendente, porque habiendo alcanzado esta sala como "opus architectonicum" un resultado tan perfecto, nadie diría que no estaba prevista como tal desde sus primeros pasos. Bien, pues, aunque parezca mentira, el primer proyecto se limitaba a una avenida, entre dos pílonos, formada por dos hileras de seis columnas papiriformes, de capiteles acampanados, entre dos muros paralelos, es decir, lo mismo que los arquitectos de Amenofis III acababan de hacer o estaban haciendo en Luxor. Las excavaciones han descubierto los cimientos de los muros laterales y comprobado que fueron aprovechados para levantar las primeras columnas de capiteles cerrados. Sobre los arquitrabes de éstas se alzaron pilares y arquitrabes que enmarcan los anchos ventanales, cerrados por celosías; éstos, a partir de ahora, iluminarían la nave central y salvarían la diferencia de nivel existente entre el techo de ésta y el de la sucesión de naves menores. Así la avenida originaria se convirtió en una sala de cien metros de anchura. Los Pílonos II y III quedaron como muros norte y sur del nuevo ambiente, y sólo en los otros dos lados, norte y sur, se edificaron muros nuevos, no ligados a los pílonos, sino encajonándolos, solución muy satisfactoria para la arquitectura egipcia. Sólo el Pílono III fue alterado por una pared adosada a su cara oeste, con el objeto de eliminar el talud de su paramento y aprovecharlo como asiento de extremos de arquitrabes. Cada columna se compone de una gruesa basa cilíndrica sin molduras, un fuste formado por once o doce tambores de alturas desiguales, partidos verticalmente en dos segmentos, un capitel y un ábaco prismático. Los arquitrabes de la nave central y de las dos contiguas a uno y otro lado de la misma, son paralelos a sus ejes longitudinales, mientras que los de las demás naves son transversales a las primeras. Cada una de las majestuosas columnas de la nave central ofrece en su parte media un ancho anillo, en relieve dividido en tres cuadros. En cada uno de éstos el rey rinde culto a diversos dioses y diosas, en su mayoría los de la trinidad tebana. Pero el faraón no siempre es el mismo: en los dos cuadros que gozan de mejor visibilidad para quienes van o vienen por la nave central, el orante y oferente es Ramsés II; en el tercio menos favorable, por mirar a las naves laterales, el regio personaje es Ramsés IV. También Ramsés II se encuentra siempre favorecido en las cartelas de los nombres insculpidos en las columnas, arquitrabes y cornisas. Los relieves de los muros se reparten equitativamente entre Seti I, a quien corresponden los de la parte norte, y Ramsés II, dueño absoluto del sector sur. Los relieves representan a ambos desempeñando sus funciones de reyes-sacerdotes, tanto en los actos del culto diario, desde la apertura del naos por la mañana al cierre y sello de su puerta al caer la noche, como en las solemnidades rituales propias y exclusivas del rey: coronación, Hebsed, apariciones y conversaciones con los dioses, muestras del favor de éstos, etc., junto a la más importante de las festividades: la fiesta del Apet, la procesión en que la trinidad tebana visitaba el templo de Luxor y los monumentos sepulcrales regios de Tebas Oeste, al otro lado del Nilo. Un problema que siempre ha intrigado a los estudiosos es el de explicar por qué los relieves de Seti I, y lo mismo sus jeroglíficos, sobresalen discretamente de la pared, mientras que los de Ramsés II están rehundidos en ella, o primero estuvieron resaltados y después fueron rehundidos a más profundidad. Si Ramsés hubiera hecho siempre relieves rehundidos, podría hablarse de gusto o de moda, pero no siendo así, hay quienes explican el fenómeno de la Sala Hipóstila como un deseo de manifestar que Ramsés actuó como rey desde su infancia a la par de su padre, mientras otros prefieren achacarlo a una falta de escrúpulos que no respetaba ni la más elemental piedad filial hacia el autor de sus días. Por el lado exterior del muro norte, Seti I relata sus campañas militares en magníficos relieves, acompañados de inscripciones jeroglíficas que explican minuciosamente quiénes son los enemigos, cuáles las plazas fieles y cuáles las hostiles al rey, accidentes geográficos relevantes, como ríos, oasis, bosques como los de los cedros del Líbano, todo, en fin, cuanto puede contribuir a una precisión descriptiva que culmina en la caracterización antropológica de los extranjeros con un rigor admirable. Las acciones terminan en dos grandes cuadros, uno a cada lado de la puerta, con una escena, siempre la misma: el holocausto de los prisioneros a los pies de Amón. El tono de la descripción es más o menos éste: "Año I del Rey del Alto y Bajo Egipto, Men-maat-re. Destrucción que la poderosa espada del faraón realizó entre los vencidos de Shasu (beduinos de Palestina), desde la fortaleza de Zolu (en la frontera egipcia del Sinaí) hasta Pa Kanana. Su Majestad marchó contra ellos como un león de penetrante mirada, haciendo de ellos cadáveres en sus valles, revueltos en su propia sangre, aniquilados. Cada uno que escapa de sus dedos dice: Su poder sobre los países lejanos es el poder de su padre Amón, que le ha otorgado una valerosa victoria sobre todos los países". Peor conservados están los relieves de Ramsés II en el exterior del muro sur. Quedan en él jirones de tres franjas, compuestas de modo semejante a las de Seti I en el muro norte, y mostrando, primero, las conquistas del faraón, después su retomo victorioso, y por último, su llegada al templo para hacer entrega del botín y de los vencidos al dios Amón. A los lados de la puerta, los relatos culminarán en sendos cuadros, de altura igual a la de los dos primeros registros, en los que se verá la matanza ritual de los prisioneros. Ramsés II repitió la relación de sus hazañas en tantos monumentos, que hoy las tenemos, mejor conservadas que aquí, en Luxor, en el Rameseum y sobre todo en Abu Simbel. La insistencia en sus triunfos, harto dudosos a veces; la constante presentación de sí mismo como héroe sin par, e incluso como dios, molestaban a los hititas, pero Ramsés los tranquilizaba asegurándoles que aquella propaganda estaba destinada a uso interno y que sus actos demostraban que no guardaba rencor ni malas intenciones hacia ellos. Y, en efecto, después de la batalla de Kadesh, de la que salió malparado, no volvió a guerrear en serio con los hititas. En prueba de su disposición, no tuvo reparo en dejar en este muro de Karnak, junto a la representación de la batalla de Ascalón, la transcripción de un documento histórico de excepcional importancia, el definitivo tratado de paz con los hititas, cuyos términos eran éstos: "No habrá hostilidades entre ellos, nunca más. Si otro enemigo viene contra las tierras de Usermare-Setp-n-Re, gran soberano de Egipto, y éste manda aviso al gran jefe de Kheta diciéndole: Ven a mi lado como refuerzo contra él, el gran jefe de Kheta vendrá y el gran jefe de Kheta reatará a su enemigo. Pero si el gran jefe de Kheta no tiene deseos de venir, enviará a su infantería y a sus carros y reatará a su enemigo". El arquitrabe del lado sur de la nave central lleva una inscripción en dos líneas; la inferior ofrece la dedicatoria de la Sala Hipóstila: "El ha hecho un santuario espléndido, el Ramsés-Merit-Amón, en la Casa de Amón, delante del Ipet-Sut", lo que significa que el recinto era una antesala del Ipet-Sut, el templo de Amón en sentido estricto, y no parte de éste, que tenía su entrada en el Pílono IV. En el Pílono III, aunque desmochado, se ve gran parte de la nave de 60 metros de eslora en que viajaban la custodia y la imagen de Amón, y la aún mayor barcaza, impulsada por pértigas, que remolcaba a la nave sagrada, excelentes relieves de Amenofis III. El amplio espacio cuadrado que hoy no es más que un dédalo de ruinas, contenía en el Imperio Medio un edificio de caliza blanca sobre cuyo eje se sucedían tres capillas consecutivas, todas con sus umbrales de granito rosa. La última de ellas debió de ser el santuario primitivo. En él se hallaba el pedestal de alabastro para el naos, con inscripción de Sesostris I, hoy en fragmentos. Este templo del Imperio Medio debió conservarse hasta tiempo de Hatshepsut, en que según nos informa una inscripción de la reina, lo precedía una sala de festivales, probablemente hipóstila. Delante de la misma, Hatshepsut edificó un templo de planta rectangular con muchas estancias interiores. El centro del nuevo templo fue reformado por Tutmés III, instalando el que había de ser probablemente el naos del santuario durante el resto del Imperio Nuevo y los siglos siguientes hasta la época de Alejandro Magno. Sólo entonces, el ya milenario sancta sanctorum fue reemplazado por el ahora existente, hecho y decorado en relieve en honor de Filipo Arrideo, hermano y sucesor de Alejandro. La obra revela la presteza de los griegos en amoldarse a la tradición religiosa del país conquistado y en presentar al rey de Macedonia como nuevo, legítimo faraón. Los Ptolomeos y después los romanos asumieron la herencia, y así el naos de Arrideo se ha conservado excepcionalmente bien. El resto es un cúmulo de magníficos despojos: restos de los Pílonos IV a VI; dos obeliscos enteros de Tutmés I y Hatshepsut apuntando aún al firmamento, junto a fragmentos de otros, tiempo ha derribados; pilares heráldicos de Tutmés III, con los grandiosos relieves de los papiros del Bajo Egipto y los lirios del Alto, de más bulto y lozanía que los bajorrelieves acompañantes; columnas de pórticos demolidos; estatuas osíricas ramesidas; un bello coloso de Amón y otro de Amonet, con el sensual estilo del retomo de Amarna, residuos del esplendor pasado, demasiado voluminosos o demasiado quebrados para no permanecer allí donde cayeron y eludir la suerte de tantos otros que han emigrado de Egipto y hallado cobijo en lejanos museos. Testimonio de pasadas grandezas y de la eternidad de Tebas a pesar de los pesares; porque las causas de la destrucción de esta Casa de Dios, tal vez la más importante que el hombre haya levantado nunca al Creador, no han sido naturales, sino puramente humanas, demasiado humanas. El fanatismo y la ignorancia se han ensañado con Karnak y Luxor como con pocos monumentos del mismo género. Hasta fechas increíblemente recientes, las autoridades locales no han vacilado siquiera ante la pólvora para hacer más expeditiva su labor demoledora. El gran Pílono II, que antecede a la Sala Hipóstila, fue salvado por los europeos hacia 1840, en pleno trance de demolición. "En 1843 -escribe Legrain- la obra devastadora continuaba aún y Selim Pachá, gobernador del Alto Egipto, reanudaba el expolio de las ruinas de Tebas, donde ya nueve templos o pílonos habían desaparecido para satisfacer necesidades del gobierno". Los Pilares Heráldicos del Tutmés III sostenían un arquitrabe de la llamada Sala de los Anales, relato de las campañas del faraón e inventario de las ofrendas que del botín de las mismas había hecho al templo de Amón. Tras lo mucho edificado por él en el cogollo del Ipet-Sut, Tutmés III levantó a continuación de la cabecera un edificio enteramente suyo, de grandes proporciones, el llamado Men-Khaper-Re-Akh-Menu, donde el nombre específico Akh-Menu significa "Brillante de Monumentos", vulgarmente conocido hoy como "Palacio del Festival". Aunque utilizado como escenario de la fiesta del Sed, el templo era un exvoto dedicado por Tutmés a los dioses de Egipto en reconocimiento de su venturoso reinado. Se accedía a él, ayer como hoy, por los peldaños de un portal precedido de dos colosos osíricos y de dos pilares decaexagonales. A mano derecha del vestíbulo se encuentra una serie de celdas paralelas, y a la izquierda, la entrada a un ambiente único en la arquitectura egipcia, a saber, una sala hipóstila de tres altas naves centrales sustentadas por columnas, rodeadas de una nave continua, de techo mucho más bajo, deslindada por pilares que dan la vuelta a todo el recinto. Estos 32 pilares sostienen arquitrabes a los que se superpone una galería de ventanas bajas, abiertas entre los techos de las naves centrales y los más bajos de las laterales. Aquí se ha querido ver un tipo de sala al que Vitrubio (VI, 8 s.) se refiere como "oecus Aegyptius", contraponiéndolo a otro tipo que él llama "Corinthius". Más interesante aún es el paralelismo que el arquitecto romano establece entre el "oecus Aegyptius" y la basílica clásica. Y en efecto, el ejemplar más antiguo conocido de ésta -la Basílica de Pompeya- está rodeado de una nave continua que recuerda a la de Karnak, si bien en aquélla los pilares están sustituidos por columnas adosadas en los lados mayores. Ya los antiguos vieron, por tanto, aquí una aportación egipcia a la arquitectura, que habría de transcender a sus manifestaciones romanas primero y cristianas más tarde. No es de extrañar, por ello, que en el siglo VI d. C. el Palacio del Festival fuese iglesia. Las columnas de esta sala, todas iguales y lisas, son curiosas por su forma rara, aunque no afortunada. Se las tiene por trasunto de los palos de una tienda de campaña, cuasi cilindros con un levísimo incremento de diámetro en sentido ascendente, y un capitel apenas diferenciado merced a un reborde inferior como exigua ala de sombrero. Mucho más jugosos y de calidad plástica insuperable (como de costumbre en Tutmés III, Hatshepsut y Amenofis III) son las cuatro columnas papiriformes fasciculadas de la Sala Botánica. En esta sala se advierte aún hoy el carácter votivo del Akh-Menu. Sus relieves murales ofrecen el inventario de lo que, con el nombre de Tierra de los Dioses, fue un paraíso egipcio -paradeísos en griego-, algo a lo que más tarde habían de ser muy dados los asirios y en general los magnates antiguos: el jardín de recreo, lleno de plantas y animales exóticos. Tal vez hoy la Isla de las Flores, en Elefantina, con tanto arbolado asiático, africano y antillano, reunido por las aficiones botánicas de Kitchener, alcance a darnos una visión profana de lo que fue el jardín consagrado por Tutmés como Tierra de los Dioses. Vides en sazón, crisantemos, mandrágoras, las mil variedades del dragoncillo y del iris, y multitud de otros arbustos y matas, alternan con mansas terneras, gacelas, garzas, ánades, tórtolas, avutardas, gallinetas y el sinfín de volátiles pobladores de arboledas y junqueras ribereñas, entre los que no falta ni podía faltar la reina de las aves del Alto Egipto, el halcón de Horus, dominador absoluto de los cielos del Nilo y de sus desiertos marginales. Obediente a su propensión a expresarse en jeroglíficos y a su genio para decirlo todo con dibujos cargados de significado, el escultor dispone en ordenados renglones a los pobladores de su jardín botánico. Como un Linneo del cincel, define escuetamente a sus especímenes: Nymphaea Caerulea, Arum Italicum, Mandrágora officinale... con el mismo espíritu con que sus jeroglíficos nos dicen al margen: "Año 25. Bajo la Majestad del Rey del Alto y Bajo Egipto, Men-Kheper-Re, que vive por siempre, plantas que su Majestad ha encontrado en el país de Retenu (Siria)... Todas las plantas extrañas, todas las flores que hay en la Tierra de los Dioses, que fueron encontradas por Su Majestad, cuando Su Majestad fue al Alto Retenu, para subyugar a todos los países, según el mandamiento de su padre Amón, que los puso bajo sus sandalias, desde este día y por millares de años...". Al sur del Ipet-Sut, un estanque rectangular, de 125 por 77 metros, embellece el paisaje reflejando en sus aguas el cielo azul y las doradas ruinas de piedra, con las agujas de los dos obeliscos próximos como trazos dominantes. Ningún testimonio escrito explica el porqué de este lago sagrado, y de ahí las interpretaciones al uso: escenario de navegaciones rituales para las divinas barcas; piscina en que los sacerdotes purificaban sus cuerpos como les estaba prescrito (aunque la prescripción mandaba que el agua había de ser fresca y cristalina, cualidades a las que malamente podía responder la de esta alberca); lugar de natural esparcimiento para las muchas aves, sobre todo gansos, que el templo albergaba, cebaba y sacrificaba al señor Amón... Quizá la tercera de estas hipótesis tenga mayores visos de realidad que las dos anteriores. Las antiquísimas y justamente célebres Ocas de Meidum, del Museo de El Cairo, hablan de la importancia de estas aves en el Egipto antiguo, importancia acrecentada con la hegemonía tebana al ser tenida una de sus variedades, la del bravo y agresivo ganso del Nilo -Chenalopex aegyptiaca-, por encarnación de Amón, lo mismo que el nilgo y el carnero de retorcida cuerna. En los "Anales" de Tutmés, inscritos en lo más sagrado del Ipet-Sut, hay constancia de lo que al respecto hizo el faraón: "Mi Majestad reunió para él bandadas de gansos que poblasen la pajarera del lago, para las ofrendas de cada día. Así mi Majestad le dio dos gansos cebados al día, corno dádiva perpetua para mi padre Amón...". Siendo pues así, pudieran tener razón quienes llaman "Escalera de las Ocas" a los peldaños de bajada al lago desde su borde. En éste se alza hoy un curioso monumento a un animal divinizado por los antiguos egipcios como exponente del proceso de la creación cósmica: el escarabajo, "kheper" en Egipto, sinónimo de Re, el sol naciente y poniente, pero significando también devenir, transformar. Como todos los insectos, experimenta el escarabajo una metamorfosis que lo hace nacer larva en el oscuro seno de la tierra para llegar al fin a ser alado poblador de su luminosa superficie. Ningún otro ser vivo amasa como él una esfera perfecta en que depositar sus huevos, una esfera que él hace rodar de forma comparable al movimiento diurno de la esfera solar entre el orto y el ocaso. La observación de tan singular comportamiento elevó al escarabajo desde el estercolero de su génesis a la radiante órbita, haciéndolo sinónimo del astro rey, y gala de la nomenclatura de su encarnación en la tierra, el faraón, como se advierte en el nombre predilecto de Tutmés III, Men-Kheper-Re. El colosal escarabajo remata un monolito cilíndrico dedicado por Amenofis III a Toum de Heliópolis. El texto explica que el escarabajo representa a khepri, que se eleva de la tierra. En el actual folclore de Karnak el monumento trae buena suerte a quien da una vuelta a su alrededor. Aquí comienza una serie de cuatro patios separados por otros tantos pílonos que enlazaban el templo de Amón con el de Mut, situado al sur de aquél. El Pílono VII, de Tutmés III, delimita un patio que se hizo célebre cuando en el año 1905 se hallaron en él 779 estatuas de piedra y unas 17.000 de bronce que los sacerdotes de los últimos tiempos ptolemaicos enterraron en fosas de catorce metros de profundidad. Junto a los colosos y obeliscos de Tutmés, hechos pedazos en su mayoría, el ala occidental del Pílono VII conserva una buena parte de la habitual representación del faraón sacrificando a una redada de prisioneros, en una grandilocuente relación de su campaña asiática. Los rostros barbados de los prisioneros, algunos de ellos vistos de frente, revelan su origen racial; son "los grandes de Retenu (Siria), de todas las montañas, de todas las tierras inaccesibles (o misteriosas)", como explica la inscripción acompañante. Ni qué decir tiene que Tutmés los arrolló sin contemplaciones. El Pílono VIII fue erigido por Hatshepsut, y el IX y X por Horemheb, siguiendo un eje curvado que va a tener una justa correspondencia en el templo de que hablamos a continuación.


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