El progresismo: de Roosevelt a Wilson

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Datos principales

Inicio 
1870DC
Fin 
1914DC
Rango 
1870DC to 1914DC
Periodo 
América: problemas

Desarrollo

El giro del sindicalismo norteamericano, la misma trayectoria del líder negro Booker T. Washington, eran reveladores: expresaban la confianza última que la mayoría del país tenía, pese a lo dicho, en el sistema político norteamericano. Los Presidentes del país entre 1877 y 1900 -los republicanos Rutherford B. Hayes, James A. Garfield, asesinado en 1881, Chester A. Arthur, Benjamin Harrison y William McKinley, y el demócrata Grover Cleveland que gobernó en dos mandatos, 1885-89 y 1893-97, fueron, como se indicó, presidentes anodinos y débiles que apenas si dejaron obra legislativa alguna. Arthur pasó en 1883 una ley que inició el proceso hacia la creación de un servicio profesional e independiente de funcionarios de la Administración, para acabar con los criterios arbitrarios de clientelismo y patronazgo que habían prevalecido hasta entonces. Bajo la presidencia de Cleveland se aprobó en 1887 una ley del Comercio Interestatal que trataba de someter a las compañías ferroviarias al control del gobierno. En 1890, durante el mandato de Harrison, el Congreso aprobó una ley Anti-trust, contra los grandes monopolios que fue, sin embargo, letra muerta. Y poco más se hizo. La corrupción política era endémica. Poderosos jefes políticos, "bosses", que disponían de miles de votos merced al enchufismo y al patronazgo, controlaban las maquinarias de los partidos, designaban los candidatos locales e influían en la nominación de los aspirantes a la Presidencia: garantizaban la elección a cambio de concesiones de contratos (por lo general, obras públicas y servicios municipales). Richard Croker controló así el Partido Demócrata en Nueva York entre 1886 y 1902, y Charles E. Murphy, entre ese año y 1924. Thomas Collier Platt era a fin de siglo el gran "boss" del partido republicano del mismo Estado. El recuento de votos en las elecciones de 1876 en los estados del Sur fue tan irregular que al Presidente electo, Hayes, se le conoció como "Su Fraudulencia". Las posibilidades presidenciales de James G. Blaine, candidato republicano en 1884 y hombre de extraordinaria popularidad política, quedaron muy deterioradas al verse envuelto en varios escándalos financieros. Las diferencias entre los dos grandes partidos nacionales, Demócrata y Republicano, eran ante todo o de carácter étnico y religioso o derivadas de la guerra civil. El Partido Republicano era tradicionalmente el partido de los protestantes y del Norte; el Demócrata, el partido del Sur y de la población inmigrante de las grandes ciudades del Norte. Pero no había entre ellos sustanciales diferencias ideológicas o de clase (aunque podía haberlas sobre temas concretos, como los aranceles). Ninguno de los partidos creía en un poder presidencial fuerte. La población con derecho a voto era porcentualmente baja; la participación electoral, limitada. Cleveland fue elegido en 1892 con 5,5 millones de votos; su rival, Harrison, obtuvo en torno a los 5,1 millones; la población del país en ese año se acercaba a los 63 millones. Hubo, claro está, algún movimiento que amenazó romper el sistema. En 1891, se creó el Partido del Pueblo o Populista, un partido agrarista surgido como reacción tras la fuerte depresión -caída de precios y de la demanda, sequía, aumento del valor de las hipotecas y las rentas, falta de créditos- que desde mediados de la década de 1880 afectó a muchos estados del Sur y del Oeste. El Partido Populista elaboró al hilo de una retórica a menudo xenofóbica y antiliberal un amplio programa de reformas económicas, sociales y políticas que incluía reivindicaciones como la libre acuñación de moneda de plata (pues se atribuía la caída de los precios agrarios a la adopción del patrón-oro en 1873), como la aprobación de un impuesto gradual sobre la renta, la introducción del referéndum y la elección directa del Senado, y como la nacionalización de los ferrocarriles y la creación de bancos de crédito rural. El candidato populista a la presidencia, el general retirado James B. Weaver, obtuvo en 1892 más de 1 millón de votos. Pero en las elecciones de 1896, los populistas decidieron apoyar al candidato demócrata William Jennings Bryan y el agrarismo desapareció en la primera década del nuevo siglo a medida que se recuperaron los precios agrarios. La estabilidad de la democracia norteamericana se debió fundamentalmente al prestigio histórico de la Constitución y de instituciones como el Tribunal Supremo, al pluralismo esencial de la sociedad norteamericana -que era, en efecto, un verdadero crisol de inmigrantes-, a la formidable prosperidad económica del país, a las posibilidades de movilidad social que éste ofrecía y, como enseguida se verá, al dinamismo de la sociedad civil para asumir e impulsar reformas de carácter ético y social. Significativamente, en 1893, el historiador Frederick Jackson Turner expuso su "tesis de la frontera", la primera gran teoría sobre la originalidad de Estados Unidos en la historia, tesis, además, fijada en vibrantes imágenes por los pintores E. Remington y Charles Russell, difundida por una literatura muy popular como las novelas de Zane Grey (y luego por el cine) y encarnada en mitos románticos y duraderos (como Custer, Jesse James, Buffalo Bill, Billy el Niño y otros). La tesis de Turner era que la frontera, la expansión al Oeste, había hecho de Estados Unidos una comunidad democrática, una sociedad abierta, cuyo rasgo distintivo era la oportunidad del individuo para prosperar y cuyos ideales básicos eran la justicia y la libertad. La tesis tuvo un éxito excepcional: la conciencia colectiva de los norteamericanos, la visión que tenían de su historia y de su realidad, era, por tanto, una conciencia profundamente democrática. Y en efecto, pese a todas las contradicciones del país -progreso y pobreza, discriminación racial, "trusts" y monopolios, corrupción política-, iría cristalizando desde fines del siglo XIX un clima socialmente mayoritario en favor de la adopción de todo tipo de reformas progresivas en defensa de los derechos de trabajadores, mujeres y negros y de las libertades civiles y constitucionales, y favorable también a la limitación y control del poder de las grandes empresas y a transformar en profundidad la vida social y política. Ello se reflejó en las elecciones de 1896. Ganó el candidato republicano, William McKinley, que logró 7,2 millones de votos, el 50,9 por 100 de los votos emitidos. Pero lo revelador fue que el candidato demócrata, William J. Bryan, lograra 6,3 millones de votos y el 46,8 por 100 de los votos emitidos. Porque Bryan, hombre de oratoria y carisma personal formidables, de ideas radicales en materias económicas y sociales y de profundo sentido ético ante las cosas (era presbiteriano ortodoxo) había basado su campaña, intensísima y apasionada, en la denuncia de la corrupción política y de los grandes grupos financieros: logró hacer así de la idea de reforma de la sociedad norteamericana una causa nacional (que él mismo se encargó de mantener viva en las elecciones de 1900 y 1908 en que volvió a ser candidato). Estados Unidos vivió entre 1900 y 1920 una verdadera "era progresiva", especialmente bajo las presidencias del republicano Theodore Roosevelt (1901-1909) y del demócrata Woodrow Wilson (1913-20), en la que a impulsos de un amplio movimiento social reformista se iría estableciendo, como iremos viendo, un amplio cuerpo legislativo e institucional que, de una parte, se dirigió contra los abusos del desarrollo económico y contra la corrupción política y de otra, quiso regular de forma ordenada la vida social, tanto las relaciones laborales como sobre todo la vida urbana y sus problemas (higiene colectiva, seguridad ciudadana, viviendas, criminalidad, educación). Dos fueron los motores del progresismo norteamericano: el periodismo y el humanitarismo social. En efecto, el periodismo de investigación de periódicos como Mc Clure´s, Cosmopolitan, Everybody´s, Arena o Hampton's (y de periodistas como Lincoln Steffens, Ida Tarbell, Ray Stannard Baker y otros) llevó a cabo una formidable labor de denuncia de los males de la sociedad americana que despertó la conciencia de la sociedad. Steffens, por ejemplo, reveló en Mc Clure´s las vinculaciones que existían entre la policía y el crimen organizado en Minneapolis, con la complacencia del alcalde. Ida M. Tarbell denunció los procedimientos ilegales, si no criminales, que la Standard Oil había seguido para acabar con todos sus competidores, reportaje que desencadenó investigaciones y libros sobre muchas otras empresas. Las denuncias de algún semanario sobre la falsedad en la publicidad de determinadas medicinas, las investigaciones de técnicos del Departamento de Agricultura sobre el uso de adulterantes y conservantes en alimentos enlatados y la publicación (1906) de la novela La jungla de Sinclair sobre los mataderos y las industrias cárnicas de Chicago, harían que el Presidente Roosevelt y el Congreso aprobasen legislación específica sobre control e inspección de alimentos y medicinas. Las actividades e iniciativas de carácter humanitario fueron igualmente decisivas. Por iniciativa de Jane Addams (1860-1935), se abrió en Chicago en 1889 la Hull House, un centro comunitario para inmigrantes y trabajadores que pronto se convirtió en una institución social que, además de funcionar como círculo recreativo, jardín de infancia y escuela de artes y oficios para los trabajadores y sus familias, se ocupó de todo tipo de cuestiones sociales (regulación del trabajo de mujeres y niños, pensiones, inspección sanitaria, escuelas para obreros y similares). Pronto se crearon instituciones similares en muchas ciudades. Por iniciativa de la de Nueva York, por ejemplo, el Gobierno Federal creó una Secretaría de Menores para promover medidas como el examen médico y la distribución gratuita de leche para los niños en las escuelas públicas, o la creación de jardines de infancia y de clínicas especializadas en enfermedades infantiles, medidas y centros que para 1914 habían sido ya adoptados en muchas ciudades. La aparición del libro del inmigrante danés Jacob Riis, Cómo vive la otra mitad (1890), que ponía de manifiesto el horror de las viviendas obreras de ciertos barrios de Nueva York, hizo que ese Estado aprobase en 1901 una ley que establecía las condiciones mínimas de habitabilidad que debían reunir las nuevas viviendas para que su construcción fuese autorizada. Hacia 1910, casi todas las grandes ciudades habían reformado, mejorándola, su legislación al respecto. En 1899, Jane Addams persuadió a las autoridades de Illinois para que creasen un Tribunal de Menores; el ejemplo fue imitado en todo el país. A su esfuerzo se debió también la apertura del primer campamento de verano para niños; y como consecuencia del eco que tuvo su libro El espíritu de la juventud y las calles de la ciudad, numerosísimas ciudades reservaron espacios verdes y parques como áreas de recreo y juego. Distintos Estados procedieron a reformar en profundidad el régimen de prisiones, uno de los ámbitos de acción preferente del movimiento reformista. En varios, fue abolida la pena de muerte; en casi todos, fueron tomándose gradualmente medidas como la creación de reformatorios para niños, el principio de libertad bajo fianza o la aplicación de sistemas de redención de penas por el trabajo. Con el crecimiento de las ventas y consumo de bebidas alcohólicas, resultado del desarrollo de las ciudades y de la población, el "prohibicionismo" cobró nueva actividad, en especial por la acción de la Unión Femenina para la Templanza Cristiana -creada en 1874 por Frances Willard-, de la Liga Anti-bares, fundada en 1895, y de la Iglesia Metodista. En 1915, casi las dos terceras partes de los Estados habían aprobado "leyes secas" y en enero de 1919, la disposición se extendió a todo el país al ser aprobada por el Congreso como la 18.a enmienda de la Constitución. Como ya ha quedado dicho, los movimientos en defensa de la igualdad civil de los negros no lograron sus objetivos. Los movimientos en defensa de la igualdad de derechos de la mujer tuvieron en cambio algún éxito. De hecho, la situación legal, educativa y laboral de la mujer en Estados Unidos era, desde la primera mitad del siglo XIX, por todos los conceptos muy superior a la de la mujer europea. Los movimientos feministas comenzaron muy pronto: la primera declaración de resonancia nacional en demanda de la plena igualdad de derechos, la declaración de Seneca Falls, tuvo lugar en 1848. Las mujeres tuvieron un papel decisivo en la expansión hacia el Oeste y en la colonización de aquellas tierras. Ello se reflejó en la legislación de muchos de los nuevos estados. Wyoming, por ejemplo, aprobó el voto de las mujeres en 1869. Millones de mujeres, luego, en los años de la industrialización y del desarrollo urbano, se incorporaron tanto al trabajo en factorías y plantas industriales como a los nuevos sectores de servicios: la enseñanza primaria y secundaria pública estaba altamente feminizada antes de acabar el siglo. Susan B. Anthony fundó en 1868 The Revolutionist, un periódico de combate que denunció la explotación laboral de las mujeres. Desde la década de 1870, dos organizaciones, la Asociación Nacional por el Sufragio Femenino (que tuvo en Carrie Chapman Catt su líder más conocida) y la Asociación Americana por el Sufragio de la Mujer (dirigida por Lucy Stone), llevaron a cabo continuas campañas en favor del voto femenino. Las mujeres fueron gradualmente obteniendo en una mayoría de estados reformas legales que les eran favorables y medidas de tipo asistencial específicas a su condición: las leyes de divorcio y las ayudas por maternidad fueron los casos más extendidos. Once estados habían introducido el sufragio femenino antes de 1914. En 1917, lo hizo Nueva York. Jeanette Rankin fue elegida para el Congreso en el estado de Montana en 1916. En 1920 -tras 52 años de esfuerzos, 56 plebiscitos estatales y 480 campañas legislativas, como dijo Carrie Ch. Catt- el Congreso extendió el voto femenino a todo el país como la 19a enmienda constitucional. Antes, en 1916, se había abierto en Nueva York, por iniciativa de la enfermera Margaret Sanger, la primera clínica especializada en el control de la natalidad. Esos movimientos de protesta y reforma moral de la sociedad, tan distintos de los ideologizados movimientos políticos europeos, terminaron por impregnar de alguna forma la vida política. Ello pudo apreciarse ya en la presidencia de McKinley, elegido, como vimos, en 1896, reelegido en 1900 y asesinado por un anarquista en septiembre de 1901. Pero fue su sucesor, el vicepresidente Theodore Roosevelt (1858-1919) -presidente en funciones de 1901 a 1904 y por derecho propio, tras ser elegido en 1904 entre este año y 1908- quien asumió la bandera del progresismo y de la reforma. No, por razones ideológicas. Neoyorkino de vitalidad inagotable, gran amante de la naturaleza, culto, educado en Harvard, militarista (fue teniente coronel del regimiento de caballería que había luchado en Cuba en 1898), nacionalista apasionado, Roosevelt era un republicano conservador y pragmático, que incluso detestaba a los reformistas y en especial, a Bryan y a los periodistas radicales a los que llamó despectivamente "muck-rakers", escarbadores. Pero su ambición, su sensibilidad para entender a la opinión y su capacidad para percibir que el país exigía un liderazgo fuerte, le llevaron a transformar el papel de la Presidencia en lo que desde Lincoln no era: la institución rectora del país al servicio de los intereses generales de la nación. Ya en 1902 medió a favor de los trabajadores en la gran huelga de la minería del carbón antes mencionada. En 1903, creó el Ministerio de Comercio y Trabajo para dar a los trabajadores lo que definió como "un trato justo" (a square deal), esto es, para impulsar la legislación laboral. Creó también ese año una Secretaría de Estado de Corporaciones, encargada de investigar las actividades de los grandes consorcios monopolistas del país. En 1903, se aprobó la Ley Elkins, ampliada en 1906 por la Ley Hepburn, por las que en adelante sería el Gobierno Federal, y no las compañías, quien fijase las tarifas ferroviarias, así como los precios de coches-camas, terminales de almacenaje, "ferrys" y otros medios de transporte. La afirmación del poder presidencial se reforzó cuando Roosevelt autorizó al ministerio-fiscal que interviniera en el caso de la lucha financiera entre los magnates ferroviarios Edward H. Harriman y James J. Jill por el control de la compañía Northern Pacific: la sentencia del Tribunal Supremo (14 de marzo de 1904) anulando la adquisición del ferrocarril por el grupo Harriman como una violación de la ley de monopolios fue considerada como una gran victoria popular. Más aún, en 1906, Roosevelt, impresionado por la novela ya citada de Upton Sinclair, logró, como se indicó, que el Congreso aprobara una ley que establecía el control e inspección de alimentos y medicinas. Apasionado de los grandes paisajes, de la caza y del Oeste -del que había escrito una gran historia-, reunió en la Casa Blanca, el 13 de mayo de 1908 una gran conferencia nacional sobre la conservación de los recursos naturales del país, tras añadir 150 millones de acres a la reserva nacional forestal ya existente y crear otra de 85 millones en Alaska. Como resultado de la conferencia, Roosevelt creó en junio de 1908 una Comisión Nacional de Conservación, bajo la dirección de Gifford Pinchot: de ella nació un ambicioso programa de creación de parques nacionales, reservas de caza y refugio de aves vinculado, además, a la construcción de pantanos y sistemas de irrigación, que iría realizándose de forma sistemática y continuada. Bajo su sucesor, el también republicano William H. Taft, pareció que el impulso reformista continuaba. Por ejemplo, la nueva administración inició más de 90 procesos por violación de las leyes antimonopolistas, número superior a los promovidos por Roosevelt. La ley Mann-Elkins de junio de 1910 dio al gobierno federal el poder de fijar las tarifas telefónicas y telegráficas. Pero por un lado, la falta de dinamismo personal de Taft y por otro, la interpretación conservadora que se dio a lo que en apariencia era una sentencia sensacional del Tribunal Supremo -nada menos que la disolución de la Standard Oil y de la American Tobacco ordenadas el 1 de mayo de 1911-, interpretación que decía que el gobierno no suprimiría "todas" las iniciativas monopolistas sino sólo las que pusieran límites "razonables" a la libertad de comercio, hicieron que gradualmente la opinión pública creyera que la administración Taft había dado por terminada la era progresista. Ello provocó la rebelión del sector más reformista del partido republicano, encabezada por el gobernador de Wisconsin, Robert La Follete, que en 1911 creó una Liga Nacional Republicano-progresista. Cuando, en junio, Taft anunció que se presentaría a la reelección, los progresistas se separaron del partido y nombraron al propio Roosevelt candidato a la presidencia. El resultado de las elecciones fue revelador: el candidato demócrata, Woodrow Wilson, logró 6.296.547 votos; Roosevelt, 4.118.571 y Taft, 3.486.720 (hasta Eugene V. Debs, el candidato del Partido Socialista, un partido obrero con alguna base en Nueva York creado en 1899, logró un gran resultado: casi 900.000 votos, el 6 por 100 del total). La opinión pública manifestó, por lo tanto, su apoyo a la línea reformista iniciada por Roosevelt. Así lo había entendido el candidato demócrata Woodrow Wilson (1856-1924), un hombre del sur, graduado en Princeton, presbiteriano, profesor de Historia y Ciencia Política en distintas universidades -entre ellas, la propia Princeton, de la que fue elegido Presidente en 1902-, gobernador de New Jersey desde 1910 y un político impregnado de un fuerte sentido mesiánico acerca de su destino y del de su nación. Wilson concebía la Presidencia como un liderazgo moral e idealizante del país. Su programa electoral había prometido una "nueva libertad" y, en efecto, una vez en la presidencia, desarrolló una amplia labor legislativa orientada a reforzar los fundamentos democráticos de la tradición política norteamericana. El 31 de mayo de 1913 entró en vigor una enmienda constitucional que establecía la elección directa de los senadores, hasta entonces, designados por los estados. El 3 de Octubre, Wilson impuso una drástica reducción arancelaria. En diciembre, creó el Banco de la Reserva Federal -el banco central-, dentro de una reforma de todo el sistema bancario que tendía a garantizar su estabilidad y a reforzar los resortes del gobierno federal en la política monetaria. Una ley de 26 de septiembre de 1914, reforzó la legislación de control para regular las prácticas comerciales de monopolios y grandes corporaciones. Por la ley Clayton contra los "trusts" (15 de Octubre de 1914) se reconoció el derecho de los sindicatos a la negociación colectiva y a la huelga. En julio de 1916, Wilson logró la creación de bancos de crédito rural, la vieja reivindicación del populismo agrario de fines del XIX. El 1 de septiembre, el Congreso prohibió el trabajo de los niños. Dos días después, por la ley Adamson, se estableció la jornada de 8 horas en los ferrocarriles interestatales. Pero es que, además, el movimiento progresista había sido aún más eficaz en el ámbito de las administraciones locales y estatales. Entre 1900 y 1920, se contabilizaron un total cercano a las 900 enmiendas y reformas de las constituciones de los distintos Estados, que supusieron que los más de ellos introdujeron innovaciones tan significativas como el sistema de elecciones primarias directas -ideadas en 1903 por La Follete, el gobernador de Wisconsin, principal exponente del progresismo político norteamericano-, la adopción del referéndum y del voto secreto y de procedimientos para el procesamiento de cargos públicos (y aún de los jueces) en caso de fraude o ilegalidad en el ejercicio de sus funciones. Muchos alcaldes combatieron la corrupción, sanearon la administración municipal y mejoraron sensiblemente los servicios. Un grupo de gobernadores -como La Follete en Wisconsin, Charles E. Hughes en Nueva York, Hiram Johnson en California, Woodrow Wilson en New Jersey y otros- llevó a sus Estados legislación sobre control de empresas, servicios públicos, hospitales, contaminación industrial, reservas naturales y escuelas aún más progresiva y democrática que la implantada por el Gobierno federal. La era progresista no puso fin a los problemas de la sociedad americana. Que la primera gran película de la historia del cine -y primera e indiscutible obra maestra del nuevo arte- El nacimiento de una nación (1915), de D. W. Griffith, fuera explícitamente racista, revelaba el grado de cristalización que el racismo blanco tenía en el país, y no sólo entre la elite sureña, sino también y sobre todo, entre los agricultores de los estados del Oeste medio y entre los trabajadores inmigrantes y autóctonos del Norte. Ya quedó dicho que el Ku Klux Klan reapareció hacia 1915 y que tuvo una actividad particularmente intensa en la década de 1920. El "prohibicionismo" tuvo consecuencias muy negativas. La venta clandestina de licor se convirtió, a lo largo de esa década, en el gran negocio del "gansterismo" y del crimen organizado. La lucha contra esa forma de criminalidad -que llevada a la literatura por novelistas como Dashiell Hammett, Ellery Queen, S. S. Van Dine y Raymond Chandler y luego al cine, constituyó la segunda gran épica del país- reveló la extensión que la corrupción (policial y municipal, principalmente) aún tenía. El fraude político no había desaparecido. El control de elecciones por métodos ilegales continuó. Thomas J. Pendergast (Kansas City), Edward H. Crump (Memphis), James Michael Curley (Boston) y Frank Hague (Jersey City), por citar sólo cuatro nombres, fueron grandes "bosses" políticos de los años veinte y treinta y, como los de los años anteriores, controlaban las elecciones de sus ciudades o estados por lo general mediante grandes redes clientelares de sobornos y corrupción. Pero, con todo, la política y la vida colectiva habían cambiado sustancialmente en unos pocos años. Roosevelt y Wilson devolvieron a la Presidencia aquella dimensión verdaderamente nacional que había tenido con Washington, Jefferson, Hamilton, Jackson y Lincoln. Con ello, la democracia había avanzado considerablemente. Se había recuperado al menos la que era probablemente una de las piezas angulares del sistema norteamericano: la idea de que la Presidencia, abierta a cualquier individuo por ser elegida por el pueblo, era la encarnación de la voluntad general.


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