El Portugal de Pedro II

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Datos principales

Inicio 
1660DC
Fin 
1789DC
Rango 
1660DC to 1789DC
Periodo 
Euro-mun 1700

Desarrollo

Otro de los grandes imperios coloniales europeos, Portugal, era gobernado por Pedro II de Braganza desde 1668, primero como regente por la incapacidad de su hermano Alfonso VI, y desde 1683, como rey. Buscó no sólo el reforzamiento del poder de la Corona (las Cortes se reunieron por última vez en Portugal durante el Antiguo Régimen en 1690) sino el aumento del prestigio de la Monarquía tanto en la Península como en las colonias. Porque el imperio ultramarino lusitano había sufrido los ataques de los neerlandeses durante la época en que Portugal formó parte de la Monarquía hispánica y la diplomacia portuguesa de la Restauración (desde 1640 hasta 1661) se había visto obligada a hacer dolorosas concesiones a franceses, ingleses y holandeses a cambio de ayuda en su lucha contra España para obtener la independencia. Y, aunque consiguió recuperar todo el territorio de Brasil en 1654, perdió algunas posesiones importantes, sobre todo en Insulindia, lo que le apartó del importantísimo y lucrativo mercado de las especias. Pero aún disponía de numerosos enclaves privilegiados en África (Mozambique, Angola y Guinea), Asia (Diu, Damao, Goa, Timor y Macao) y América (Brasil), que le permitían traficar con metales preciosos, azúcar, tabaco, algodón, maderas y esclavos, productos todos de altísimo precio. Y, además, el Portugal de Pedro II se encontraba en los albores del siglo XVIII en una fase de expansión (1693-1714) debida a los beneficios que las guerras de la Liga de Augsburgo y de Sucesión a la Corona de España representaron para los comerciantes lusitanos. Por ejemplo, el cierre de los puertos franceses a los barcos ingleses desde 1688 hasta 1697 obligó a buscar nuevos mercados donde comprar vinos; y así, Inglaterra comenzó a consumir caldos portugueses y españoles en sustitución de los franceses. Años más tarde, desde 1703, serán los vinos españoles los desplazados por el vinho. Asimismo, contribuyó mucho a esa recuperación económico-mercantil el reciente hallazgo de las nuevas minas de oro en el interior del Brasil (Minas Gerais, Matto Grosso y Goiás). El primer cargamento arribó a Lisboa en 1699 y estaba constituido por 514 kilos de oro. En 1701 ya eran 2.000 kilos, más de 4.406 en 1703 y en 1712 fueron 14.500 los kilogramos. Y durante medio siglo -coincidiendo con el largo reinado de Juan V (1706-1750)- no cesó la llegada de importantes remesas de este metal que alcanzaron la cifra más alta en 1720, en que sumaron 25 toneladas. Pero en esos mismos años se produce un acontecimiento trascendental en la historia portuguesa: el Tratado de Methuen de diciembre de 1703. Enmarcado en la red de alianzas que se tejieron con motivo del conflicto sucesorio español, ese pacto diplomático logrado por el embajador inglés en Lisboa (John Methuen) significa no sólo la ruptura de la alianza de Portugal con Felipe V y Luis XIV (que se había firmado en Lisboa en junio de 1701 y parecía augurar un sólido eje ibérico-francés con enorme proyección en el mundo colonial), sino el paso de Portugal a la esfera de influencia británica. Por un lado, y a corto plazo, modificó sustancialmente el mapa militar de la Guerra de Sucesión: desde comienzos de 1704 se sitúa en la propia Península una de las bases logísticas de los ejércitos aliados contra los Borbones. Tanto por tierra como por mar, aprovechando los puertos lusitanos, los ejércitos y la flota que apoyan los derechos del pretendiente austriaco al trono de Madrid están en disposición de presionar sobre la España partidaria del Borbón. Y así fue determinante para el desarrollo de las operaciones en los reinos orientales de la Península la llegada de tropas embarcadas en Lisboa, que incluso provocan el alzamiento de los reinos de la Corona de Aragón contra Felipe V, del mismo modo que serán soldados salidos de Portugal los que llegan a ocupar Madrid por primera vez en 1706, permitiendo que Carlos III de Habsburgo ocupe su capital. Y, a más largo plazo, el tratado anglo-portugués de 1703 significó el inicio de un proceso secular que llevó a Portugal a una situación de dependencia económica casi absoluta. Inglaterra vendía productos textiles y manufacturas a cambio de rebajar sustancialmente los derechos arancelarios sobre el vinho que importaba. Los intercambios entre Londres y Lisboa acabaron por tener un signo claramente favorable a los intereses británicos, cuyos comerciantes controlaban la mitad del comercio colonial portugués, acentuándose esta situación tras la firma de los Tratados de Utrecht. Desde entonces Portugal se incorpora al esquema económico y diplomático inglés. Si unimos a ello la ocupación de Menorca y Gibraltar, y los propios tratados anglo-españoles de 1713 (que abrían una brecha en la estructura colonial hispánica), hemos de concluir con un hecho de la mayor trascendencia en la historia mundial. Gran Bretaña ampliaba su esfera de dominio atlántico y se instalaba comercial, militar y diplomáticamente en la Península y en las puertas del Mediterráneo. Para España significaba un radical cambio de estructura en nuestra frontera meridional, condicionante de primer orden de la política exterior de España entre los siglos XVIII y XX (Jover-Hernández Sandoica).


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