El lento atardecer del Rey Sol

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Datos principales

Inicio 
1660DC
Fin 
1789DC
Rango 
1660DC to 1789DC
Periodo 
Euro-mun 1700

Desarrollo

En el Viejo Continente destacaba Francia, aunque el momento culminante de gloria del Rey Sol se produjo en torno a 1684-1685 y los últimos años de su reinado significaron para los franceses una dura prueba. Si bien poseía enormes recursos económicos y demográficos -en 1700 de los 105/115 millones de europeos una quinta parte, 21.000.000, eran súbditos de Luis XIV-, Francia está agotada por los continuos esfuerzos bélicos a que le ha llevado la política expansionista del Borbón. Y en 1693 y 1694 una nueva carga fiscal, la capitación, que recaía sobre todos los franceses -incluidos los privilegiados- se sumó a las ya existentes, que no bastaban para hacer frente a los onerosos gastos de la política exterior y de Versalles y sus 6.000 cortesanos. Por otro lado, aunque uno de cada tres nobles y uno de cada doce plebeyos fueron soldados en la militarizada Monarquía de Luis XIV, las frecuentes campañas hicieron perentorio reponer las bajas de las unidades militares profesionales y Luis XIV se vio obligado a recurrir a las milicias locales, que combatirían codo con codo con las tropas de primera línea, con lo que se esbozaba lo que pasado el tiempo sería el servicio militar obligatorio. Era otra de las numerosas innovaciones llevadas a efecto, o esbozadas, por los hombres de gobierno de Luis XIV en los ejércitos reales, al fin y a la postre el gran instrumento de su política. También se crean o perfeccionan cuerpos nuevos, como la Artillería, la Intendencia, los Ingenieros, las instituciones dedicadas a la atención de los heridos o el asilo de los veteranos, se imponen los uniformes, se adoptan armas nuevas y se levantan almacenes, plazas fuertes y cuarteles. Preocupados por la disciplina, se regulariza la percepción de los haberes y son creadas compañías de cadetes y se organizan los escalafones. Y aparece una nomenclatura para cada uno de los nuevos empleos, unidades y armas: mariscales, tenientes generales, regimientos, escuadrones, bayonetas, etc. Todo ello acabaría por configurar el modelo del nuevo ejército moderno, pronto imitado por el resto de los países continentales y entre ellos España, e hizo posible que los ejércitos franceses llegaran a contar con más de 300.000 soldados en los años iniciales del siglo XVIII. Pero para lograr todo eso se precisaba que un eficaz funcionariado se encargase de llevar al plano de la realidad lo que una voluntad política, la del rey, quería. Fundamentalmente era necesario disponer de un complejo sistema de recaudación. Y durante la segunda mitad del siglo XVII Francia llegó a contar con un competente y bien coordinado régimen administrativo, aunque hoy se tiende a matizar el alcance real, los logros, del absolutismo centralista de Luis XIV, que tuvo imperfecciones y lagunas. Pese a ello, ningún Estado de la época llegó a alcanzar la eficacia del francés, por lo que suscitó la fascinación, y el recelo, de Europa. Aunque estaba cansada, efectivamente, Francia dominaba en el Continente e imponía su cultura. Se había creado enemigos en todas partes, desde los católicos a los protestantes, desde las potencias marítimas a las continentales, pero la mayoría de esos mismos enemigos la admiraban. Si Richelieu y Mazarino habían destruido, con su política militar y económica, la fuerza y el programa español en Europa, Luis XIV, obsesionado por superar la grandeza española, había heredado el proyecto de unidad europea. Y, como señaló Vicens Vives: "Intentó, como Felipe II, superar el fraccionamiento europeo, pero chocó con la oposición de las fuerzas nacionales y fracasó en su empresa. Pero si no pudo organizar en Europa una jerarquía política internacional dirigida por Francia, en cambio legó al Continente la cultura, los gustos y la moda de Francia, los cuales lo avasallaron todo en el siglo XVIII". El traje, la etiqueta, las costumbres se afrancesan. Apenas hay lugar en Europa que no se vea fascinado por la moda y las formas de vida francesas. Y el francés se convierte, desde entonces hasta el siglo XX, en la lengua culta por excelencia. Sustituye al latín en la documentación diplomática y es hablada por todo aquel europeo que se considere bien educado. Los franceses elevan a su rey a la categoría de representante de Dios en la Tierra. Y Luis XIV adquiere un carisma religioso tal que le permite "hacer milagros y curaciones: Los enfermos, escrofulosos o lamparosos, están colocados en dos filas. Luis XIV pone las manos sobre la cabeza de cada uno de ellos, diciendo "Que Dios lo cure". Después lo besa. Había centenares de desgraciarlos -se contaron hasta ochocientos en un día.- que padecían estas enfermedades de la Piel" (Funck-Brentano). Y si Luis XIV es llamado el Grande, sus súbditos, orgullosos de sí mismos, de su poder, su cultura, su arte, su geografía, sus victorias, pensaban que "Francia era en relación al Universo como el Sol en relación a los planetas en el sistema de Copérnico. La Francia Sol era digna del Rey Sol" (Mousnier). Pero son precisamente sus grandes triunfos, simbolizados en la Tregua de Ratisbona de 1684 por la que obtiene Luxemburgo, Estrasburgo y el Hainaut, los que preparan el comienzo de su declive al movilizar en su contra al resto de los europeos atemorizados por el ingente poderío que estaba alcanzando el soberano de Versalles. Más aún, su galicanismo le enfrenta al Papa. Muchos católicos europeos, además, le critican su negativa a apoyar al emperador Leopoldo en su trascendental enfrentamiento con los turcos que amenazan Viena (1683). Precisamente las victorias de Leopoldo en el este de Europa orientan un interés hegemónico de Viena. Tal vez para congraciarse con los católicos, firma Luis XIV el Edicto de Fontainebleau (octubre de 1685) por el que se revocaba el Edicto de Nantes; pero el resultado de esta medida contra los hugonotes le convierte en un ser odiado en la Europa protestante. A esa hostilidad contra el rey de Francia contribuyen los más de 150.000 hugonotes exiliados en Holanda, Suiza, Inglaterra y Brandenburgo. (Muchas de estas comunidades calvinistas francesas que huyeron de Francia al prohibírseles la práctica de su religión contribuyeron decisivamente al despegue económico-industrial de aquellos lugares de exilio que les recibieron con los brazos abiertos. Es el caso de Prusia zonas de Berlín y Brandenburgo- que asiste desde estos años finales del siglo XVII a un brillante crecimiento industrial.) Se piensa en todo el Continente que los soldados de Luis XIV van a actuar en toda Europa tan violentamente como lo habían hecho las tropas de dragones del rey contra los protestantes del sur y el oeste francés. Y en las islas británicas temen que Luis XIV las envíe a apoyar al rey Jacobo II en su política de recatolización de Inglaterra. Por eso, a partir de que el Estatúder de las Provincias Unidas de Holanda y rey de Inglaterra desde el triunfo de la Revolución de 1688-89, Guillermo de Orange, se sume a la Liga de Augsburgo (firmada en 1686 por el emperador, algunos príncipes alemanes, el rey de España y el rey de Suecia) y se convierta en el líder de una gran coalición antiborbónica, las cosas comienzan a ir mal a los franceses. Tienen ya a toda Europa en contra. Y ellos, además, están agotados. Por otra parte, muchos de los grandes ministros y colaboradores de la primera mitad del reinado del longevo rey no han podido seguirle en su larga experiencia vital y han ido muriendo. Y una nueva generación de políticos y altos funcionarios ocupa los puestos que décadas atrás habían estado en manos de Colbert y Louvois (muertos en 1683 y en 1691, respectivamente).


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