El fracaso

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Datos principales

Inicio 
1942DC
Fin 
1945DC
Rango 
1942DC to 1945DC
Periodo 
Hiroshima L3

Desarrollo

Pero la reacción comenzó. Provino del Cuartel General del Ejército del Este (la región de Tokio), cuyo jefe de Estado Mayor, general Taksuhiko Takashima, comenzó a inquietarse ante la abundancia de órdenes "raras" que circulaban -tendentes todas ellas a aislar el palacio- y alertó a la Kempeitai (la gendarmería militar japonesa) así como a su jefe directo, el general Shizuichi Tanaka. Por vías indirectas, Takashima logró establecer un contacto con el coronel Haga, el jefe de las unidades de guardia en palacio. Haga pudo conocer así la muerte violenta del general Mori, jefe de su División, y saber que todo lo que estaba haciendo era en obediencia a órdenes ilegales de uno de los asesinos de Mori, el comandante rebelde Hatanaka. El mecanismo engañoso de la sublevación comenzaba así a ser desmontado. El propio Tanaka, que se suicidaría después, intervino poco más tarde personalmente ante los soldados de la I División de la Guardia para explicarles la situación, y en todas partes, entre él y Haga, restablecieron la disciplina natural. Tanaka en persona detuvo a uno de los rebeldes, el comandante Sadakichi Ishihara, de la Guardia, que trataba de imponer a todos el cumplimiento de la falsa orden "número 584". Los soldados regresaron a sus acuartelamientos y los prisioneros del palacio fueron liberados. Eran apenas las siete de la mañana del 15. Hatanaka, Koga, y el coronel Yiro Shiizaki lograron escapar a la acción del general Tanaka y de la Kempeitai en palacio y se dirigieron a la radio, pero los técnicos lograron escabullirse e impedirles que lanzaran proclama alguna a las ondas, alegando motivos técnicos e incluso desconectando la antena principal. Se anunció entonces la llegada inminente a la NHK de tropas leales. Deprimidos, pero tratando de acercarse como último recurso a la gente de la calle, Shiizaki a caballo y Hatanaka en la motocicleta de Koga, distribuyeron octavillas en los barrios de Tokio próximos al palacio imperial. Al principio ganaron una cierta audiencia, pero luego, al darse cuenta los transeúntes de la proximidad de unidades de la Kempeitai que estrechaban su acoso a los dos rebeldes, pasaban junto a ellos sin detenerse. Hatanaka empuñó entonces su pistola y se disparó un tiro en el entrecejo. Como no muriera en el acto, su amigo Shiizaki le atravesó con su sable, se abrió el vientre, y empleó sus últimas fuerzas en dispararse a su vez un balazo en la cabeza. Koga, que huyendo de sus perseguidores se había refugiado en la cámara ardiente del general Mori, se abrió allí mismo el vientre con dos cortes en forma de cruz. En ese momento había ya expirado el general Anami, leal y rebelde al mismo tiempo. Su agonía había coincidido en el tiempo con el desmoronamiento de la acción desesperadas de sus oficiales. En la madrugada, Anami, que se había vendado el vientre para evitar toda salida o proyección de los intestinos, se sentó en el suelo y se desgarró el vientre de izquierda a derecha con un puñal de ceremonia. Había vestido una camisa que le regalara el Emperador y a su lado, en el suelo, estaba su guerrera de uniforme, con todas sus condecoraciones. Después, tomó en la mano derecha una fotografía de uno de sus hijos, muerto en 1943 en la guerra, y con el puñal en la otra mano, sin fuerzas ya, se serró literalmente la carótida del lado derecho balanceando atrás y adelante la cabeza. La agonía duró horas, y su cuñado Takeshita la abrevió hundiéndole una daga en la garganta, a decir de unos, o con un golpe seco de sable en las vértebras cervicales, según otros testimonios. Anami, Hatanaka y Shiizaki fueron incinerados en una misma pira en el propio ministerio de la Guerra, en Ichigaya. En el bolsillo de Shiizaki se encontró un papel arrugado y ensangrentado en el que decía: "Tanto en la vida como en la muerte estamos unidos a Dios". En otro semejante encontrado en las ropas de Hatanaka estaba escrito: "No me arrepiento de nada puesto que nada amenaza ya el reino de mi Emperador". El Emperador Hiro Hito podía ahora hablar pero, tras su sangriento último cuarto de hora, el Imperio japonés había terminado, y con él la Segunda Guerra Mundial.


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