El dilema de los socialistas

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Datos principales

Inicio 
1870DC
Fin 
1914DC
Rango 
1870DC to 1914DC
Periodo 
Desafío al liberalis

Desarrollo

El problema de los partidos socialistas europeos fue otro: optar o por la participación electoral dentro de los sistemas parlamentarios o por una política abiertamente revolucionaria. Las posibilidades de la vía revolucionaria, de la insurrección popular, eran muy dudosas (si no, nulas), como habían probado, primero, el fracaso de la Comuna parisina de marzo de 1871 y luego, en 1874 y 1877, el desastre de los intentos insurreccionales de los anarquistas italianos en Bolonia y Benevento. La vía terrorista, "la propaganda por el hecho",-que los anarquistas intentaron en las décadas de 1880 y 1890 con atentados como los "magnicidios" de Sadi-Carnot, al jefe del gobierno español Cánovas del Castillo, a la emperatriz austríaca Isabel, al rey de Italia Humberto I o McKinley o como los que se produjeron en Chicago (1886), en la Bolsa de París (1886), en la Cámara de Diputados francesa (1893), en la estación de Saint-Lazare de París (1894), en el teatro Liceo de Barcelona (1893), en la procesión del Corpus Christi de esta última ciudad (1896)- sólo trajo, además de muertes inútiles, una durísima represión y nuevos fracasos. Los socialistas optaron por la participación electoral y el gradualismo reformista, y por el abandono de posiciones estrictamente revolucionarias. La contradicción estuvo en que la mayoría de los partidos siguió manteniendo en sus programas y manifiestos oficiales términos, conceptos y objetivos radicales y maximalistas. El Partido Obrero de Francia, de Jules Guesde, por ejemplo, se aferró a una rígida interpretación del marxismo, que subrayaba la acción política independiente de los trabajadores como vía hacia la conquista del poder político y rechazaba en la práctica toda posible colaboración con otros partidos de la izquierda. El SPD alemán incorporó a su programa oficial -aprobado en el congreso de Erfurt de 1891 y no modificado en muchísimos años- como objetivos esenciales la "dictadura del proletariado y la socialización de los medios de producción". La doctrina fundacional del Partido Socialista Italiano, inspirada por el filósofo napolitano Antonio Labriola, buen conocedor del pensamiento de Hegel y Marx y admirador del SPD, era también ortodoxamente marxista. La excepción evidente fue, como enseguida veremos, el laborismo británico. Pero incluso en el continente, en la práctica, las cosas fueron distintas. En Francia, la intransigencia doctrinal de Guesde hizo del POF un partido minoritario y sectario, centralizado y muy disciplinado, pero encerrado en su pequeño bastión de las regiones textiles del Norte. En 1881 ya se produjo una escisión "posibilista" dentro del partido -liderada por Paul Brousse que creó la Federación de Trabajadores Sociales- de la que, a su vez, se escindiría en 1890 un ala sindicalista, dirigida por Jean Allemane, que crearía el Partido Socialista Obrero Revolucionario, más proclive a primar la acción sindical y la lucha económica que la vía electoral y política. La insistencia de Guesde en subordinar la política sindical a la acción política, tan contraria a la vieja tradición proudhoniana francesa de apoliticismo y localismo -que, en cambio, entendieron muy bien Pelloutier o Allemane-, hizo que los guesdistas tuvieran muy escasa fuerza en las "bourses du travail" y en la CGT. Al margen del POF, aparecieron, además, otras corrientes socialistas. Los blanquistas, continuadores del patriotismo popular revolucionario y del asambleísmo socialista y democrático de Louis Auguste Blanqui (1805-1881) -protagonista de todas las revoluciones francesas desde 1839 a 1871- crearon en 1898 el Partido Revolucionario Francés, dirigido por Edouard Vaillant (1840-1915), con relativa fuerza en París y en la región del Cher. Algunos intelectuales de izquierdas como Lucien Herr, el bibliotecario de la Escuela Normal parisina, o como Benoit Malon, un obrero autodidacta y masón, evolucionaron al socialismo y, desde las numerosas revistas y periódicos que se autodefinían como socialistas (como La Revue Socialiste, de Malon), fueron incorporando a la vida intelectual francesa las ideas, debates y planteamientos del pensamiento socialista europeo, y desarrollando, así, un cuerpo doctrinal más abierto e integrador que el socialismo de Guesde. Más aún, algunos políticos republicanos, como Alexandre Millerand o como René Viviani, que en 1893 creó la Federación Republicano-Socialista del Sena, o como Jean Jaurès, se proclamaron igualmente socialistas, por lo que fue apareciendo un socialismo que era, sencillamente, una ampliación del republicanismo y de la democracia, un ideal republicano de reformas sociales. El socialismo francés era, como vemos, un rompecabezas de grupúsculos, partidos y tendencias que sólo tenían en común haber optado por la vida electoral y parlamentaria. El affaire Dreyfus les planteó, además, la cuestión de su posible participación en un gobierno de coalición de la izquierda, cuando al formarse en junio de 1899 un gobierno de defensa de la República -tras la amenaza de un golpe de Estado de la derecha-, el jefe del Gobierno, René Waldeck-Rousseau, ofreció a Millerand la cartera de Comercio e Industria. Aunque a corto plazo la mayoría de los socialistas desautorizaron el "ministerialismo" -en el congreso que, para dilucidar la cuestión, reunieron en París en octubre de 1899- hubieron ya de admitir que cabría aceptar la participación socialista en el poder en circunstancias excepcionales. Era el primer paso para superar aquella contradicción entre teoría y práctica en que se movían todos los partidos socialistas en toda Europa, y de forma más flagrante, los más radicalmente obreristas. Y primer paso, también, hacia lo que era la conclusión lógica de la opción electoral del socialismo: su transformación en un movimiento democrático de reformas sociales. En Francia, se requirió primero la unificación de los socialistas, proceso difícil y complicado que dejaría fuera a personalidades significativas (como Millerand, Viviani y Aristide Briand). En 1901, blanquistas y guesdistas se fusionaron en el Partido Socialista de Francia. En 1902, independientes, allemanistas y posibilistas crearon el Partido Socialista Francés, dirigido por Jaurès. Ambos partidos se fusionaron en abril de 1905, como ya quedó dicho, en la SFIO que, como también se indicó, bajo la influencia de Jaurès, se transformó en los años posteriores en un verdadero partido socialista de masas de ámbito nacional, y se configuró como una auténtica opción gubernamental de izquierda. Jaurès se significó ante todo por su oposición radical al nacionalismo francés y por su voluntad de asegurar la paz en Europa mediante la aproximación entre los obreros franceses y alemanes: por eso fue asesinado el 31 de julio de 1914 por un patriota francés en un café de París. Pero antes de esa fecha, el liderazgo de Jaurès había transformado la SFIO. Nacido en Castres en 1859, de familia de clase media, profesor, primero de enseñanza media y luego de universidad (en Toulouse); historiador de la Revolución francesa; republicano convertido al socialismo por influencia de Lucien Herr y "dreyfusard" apasionado, parlamentario excepcional, Jaurès concebía el socialismo como un humanismo radical y democrático, como un proyecto de justicia social y libertad individual, como un ideal de fraternidad y de defensa de los derechos del individuo, es decir, como la materialización de los ideales democráticos de la Revolución francesa. Y en eso se transformó la SFIO, que fue, así, mucho más que un partido de la clase obrera francesa (aunque Jaurès entendió muy bien las razones del obrerismo francés, incluso apoyó la teoría sindicalista de la huelga general y propició una clara aproximación entre su partido y la CGT que daría sus frutos desde 1910). Con Jaurès, por tanto, el socialismo francés se hizo liberal y democrático. Parecida resultó la labor que en el socialismo italiano vino a desempeñar Filippo Turati (1857-1932), el intelectual milanés fundador en 1891 de la Liga Socialista de Milán y de la revista Critica Sociale, núcleos de los que saldría en 1892 el Partido Socialista Italiano. Porque Turati, procedente del radicalismo republicano, marxista ecléctico y positivista, era ante todo un realista que, si bien siempre creyó que la emancipación de los trabajadores requería la creación de un partido político obrero, concebía que el paso a una sociedad socialista sería resultado de una evolución lenta (y no, el fruto de una revolución violenta). Por eso que, tras una primera etapa (1892-94) de gran intransigencia doctrinal e intensas polémicas con otras fuerzas de la izquierda -con el objetivo de definir el espacio político e ideológico del PSI-, Turati y sus colaboradores más cercanos (Anna Kulischov, Leonida Bissolati, Claudio Treves y otros) abrieron el PSI a la colaboración con otras fuerzas liberales y democráticas. La ocasión la propició la durísima represión que, primero, en 1894 y luego, en 1898 desencadenaron los gobiernos -Crispi, en el primer caso; Di Rudini y Pelloux, en el segundo- como respuesta respectivamente a los fasci sicilianos (una amplia revuelta agraria que se extendió por Sicilia en 1894) y a los hechos de Milán de mayo de 1898 (por los que el mismo Turati fue condenado a 12 años de cárcel). Pero la verdadera razón era la concepción gradualista y democrática que Turati y quienes luego formarían con él el sector reformista del PSI tenían del socialismo. Turati valoró por ello muy positivamente la apertura democrática que en la política italiana se inició con la llegada al poder en febrero de 1901 del gobierno Zanardelli-Giolitti y que se prolongó durante toda la edad giolittiana (1901-1914). Y en efecto, el PSI vino a ser un partido democrático y parlamentario, basado en fuertes sindicatos moderados -la CGIL estuvo dirigida por el reformista Rigola y se opuso a la estrategia sindicalista de la huelga general- y favorable a apoyar en el Parlamento la política reformista de Giolitti (aunque la dirección socialista rechazó las ofertas ministeriales que éste hizo al partido en más de una ocasión). El problema fue que los reformistas no tuvieron nunca el pleno control del partido. En 1904-06, perdieron la mayoría en la ejecutiva en favor de los sectores maximalistas entonces encabezados por Enrico Ferri. En 1907, se escindió, como ya se dijo, el ala sindicalista del partido (y de la CGIL). El mismo núcleo reformista no era homogéneo. Desde la izquierda, el historiador Gaetano Salvemini (1873-1957) criticó el abandono por el PSI del problema meridional -lo que era cierto: Turati siempre desconfió del Sur-, y reclamó el sufragio universal como primer paso hacia la conquista de los ayuntamientos por los socialistas, pieza clave, en su opinión, para la transformación social de Italia (Turati, en cambio, temía que la extensión del sufragio favoreciese al voto conservador). Desde la derecha, Bissolati y Bonomi -partidarios de transformar el PSI en un partido laborista- querían una más intensa colaboración con Giolitti. En 1909, expresaron su deseo de votar a favor del aumento de los gastos militares propuesto por el Gobierno; en diciembre de 1911, cuando el Ejército italiano desembarcó en Libia, Bissolati y Bonomi y otros socialistas apoyaron públicamente la empresa (como también lo hicieron los nacionalistas, algunos sindicalistas revolucionarios y buena parte del mundo católico y de la opinión pública general; Turati, que siempre fue internacionalista y pacifista, se opuso; la CGIL declaró la huelga general pero, salvo excepciones locales, sin éxito). Más todavía, la guerra de Libia y la radicalización obrera de los años 1911-14 erosionaron irreversiblemente la hegemonía turatiana. La corriente revolucionaria, encabezada por Costantino Lazzari y Benito Mussolini, uno de los dirigentes de la provincia de Romagna, se hizo con la dirección del PSI en el congreso del partido de julio de 1912. Los bissolitianos fueron expulsados, Mussolini se encargó de la dirección de Avanti, el órgano del partido, y el PSI, pese a la oposición de Turati y los reformistas, pasó a encabezar con sindicalistas revolucionarios y otros grupos radicales la agitación social y antigubernamental de aquellos años, que culminó, como vimos, en la settimana rossa de junio de 1914. Había, pues, dos almas en el socialismo italiano, como se vería en los años 1919-22. El alma maximalista se había traducido en el charlatanismo revolucionario de Ferri en 1904 y en el voluntarismo populista de Mussolini en 1912-14, y se manifestaría en el aislamiento e impotencia revolucionarios en que el PSI naufragaría en la postguerra bajo la dirección de Giacinto Menotti Serrati. El alma reformista -Turati, sobre todo- le dio en cambio su definición y estrategia más coherentes: vía parlamentaria, programa gradualista de reformas democráticas, apoyo a los sectores liberales y progresivos de la sociedad y de la política italianas. El dilema era el mismo en todo el socialismo europeo, y se materializó políticamente en torno al caso Millerand, e intelectualmente, tras la publicación en 1898 de unos artículos del dirigente social-demócrata alemán Eduard Bernstein (1850-1932), recogidos como libro bajo el título de Las premisas del socialismo en 1899, que provocaron la crisis del revisionismo, la mayor tormenta intelectual que el socialismo europeo iba a conocer antes de 1914 (y decisiva para toda su historia). Y es que Bernstein no era simplemente un reformista como pudieron serlo Turati, Jaurès o tantos otros socialistas europeos, sino que sus tesis proponían una revisión crítica en profundidad del marxismo como teoría revolucionaria (además de que Bernstein, hombre de origen modestísimo, miembro de una familia obrera judía de quince hermanos, era, por su honestidad personal, falta de ambiciones políticas, limpieza intelectual y hasta por su amistad con Engels, una de las personas más respetadas y estimadas en el SPD). En efecto, Bernstein revisaba en sus artículos algunos de los principales argumentos del marxismo: Contra lo que la ortodoxia doctrinal socialista había venido manteniendo, afirmaba que ni el campesinado se hundía, ni la clase media se proletarizaba, ni las crisis del capitalismo eran cada vez mayores, ni el empobrecimiento social iba en aumento. Lo que en su opinión cabía deducir de la evolución económica y social de los últimos años era todo lo contrario: que la vida colectiva había mejorado sensiblemente, que el capitalismo se había desarrollado espectacularmente y mostraba una gran capacidad para resolver sus crisis, y que aumentaba el volumen e influencia de las clases medias en la sociedad. Las conclusiones políticas que Bernstein pensaba había que deducir de sus análisis eran obvias: el socialismo debía ser un ideal moral, no el fruto de un análisis científico de la vida económica; y debía entenderse como un proceso gradualista y reformista que, a partir del propio capitalismo, transformase la sociedad por vía democrática. El SPD, y el socialismo europeo, renunciando a lenguajes y procedimientos apocalípticos, debían transformarse en partidos democráticos y reformistas. El debate en torno al revisionismo teórico fue muy intenso y se saldó con un resultado paradójico: porque, al tiempo que las ideas revisionistas eran refutadas por los principales ideólogos del SPD -Bebel, Kautsky, la joven polaca Rosa Luxemburgo- y condenadas en los congresos del partido de Hanover (1899), Lübeck (1901) y Dresde (1903), en la práctica, el SPD y sobre todo los grandes sindicatos socialistas actuaban de hecho como partido y sindicatos gradualistas, moderados y reformistas. Por una primera razón: porque el movimiento socialista y sindical alemán se había convertido en una formidable organización -380.000 afiliados al partido y 1.690.000 a los sindicatos en 1906, unos 4.000 funcionarios, 94 periódicos (en 1914), 81 diputados (en 1903), centenares de concejales y diputados regionales, y un formidable entramado financiero, cultural, patrimonial y asistencial-; y porque, en consecuencia, los aparatos burocráticos de partido y sindicatos tenían ya mucho que perder en caso de una confrontación con el Estado y la sociedad alemanas (y así, los sindicatos alemanes repudiaron desde 1905-06 la tesis de la huelga general, y sobre todo, la huelga general política, explícitamente rechazada en el congreso de Magdeburgo de 1910). Pero, sobre todo, porque la mayoría de la clase obrera, lejos de ser revolucionaria asumía muchos de los valores, creencias y prejuicios dominantes en la sociedad alemana y participaba del espíritu de orgullo y autosatisfacción nacionales que la unidad, primero, y la industrialización y la expansión colonial, luego, habían generado. Ello se manifestó en el interior del SPD en las discusiones suscitadas por la cuestión nacional y el militarismo, y ante la hipótesis de una posible guerra europea. De hecho, sólo una minoría de extrema izquierda -cuyos portavoces eran Karl Liebknecht, G. Ledebour, Rosa Luxemburgo, Kurt Eisner, Hugo Haase, Franz Mehring y otros- era radicalmente antimilitarista y anticolonialista. En escritos como Huelga de masas, partido y sindicatos (1906) y Acumulación de capital (1912), Rosa Luxemburgo había defendido las huelgas espontáneas de masas como forma de acción revolucionaria, y denunciado el imperialismo y la guerra como consecuencias lógicas de la evolución del capitalismo. Pero la mayoría del SPD pensaba de otra forma. Todavía en 1907, en su folleto Patriotismo y socialdemocracia, Karl Kautsky, el campeón del centrismo ortodoxo del partido, insistía en que el patriotismo era un valor de la burguesía ajeno por completo a las preocupaciones del proletariado, y, bajo su influencia y la de Bebel, el SPD pareció reafirmarse en el prudente antimilitarismo e internacionalismo tradicionales en el partido, ratificados, por ejemplo, en el congreso de 1912. Pero desde 1907, la derechización de un sector del partido fue evidente. Incluso, fue tomando cuerpo una corriente socialista-imperialista, partidaria de la política internacional alemana y hasta de apoyar el esfuerzo militar si el país se veía finalmente provocado -como se temía- a la guerra por Francia y su aliado, Rusia. Los acuerdos pacifistas del congreso de 1912 fueron en parte engañosos. En efecto, en el congreso siguiente, celebrado en Jena en septiembre de 1913, los delegados aprobaron por mayoría la actuación de los parlamentarios que, meses antes, habían votado los créditos militares solicitados en el Reichstag por el gobierno (so pretexto de que se financiarían a través de una reforma fiscal progresiva). El dilema que dividió al socialismo continental no existió para el laborismo británico. Éste nació como un movimiento reformista, pragmático y parlamentario, y careció por ello de grandes preocupaciones teóricas e intelectuales. Ya fue revelador que la razón que llevó a los sindicatos británicos, al TUC, a crear un partido político propio fuera, no la influencia de teorías socialistas, sino la aspiración a repeler en el Parlamento ciertas medidas legales antihuelguísticas aprobadas en 1896 y 1901, que limitaban la acción de los piquetes y preveían multas a los sindicatos en caso de huelgas ilegales. También lo fue que el socialismo de Keir Hardie, el líder del Partido Laborista Independiente y alma del laborismo, se derivara más de su estricto puritanismo evangélico que del marxismo o de algún otro corpus ideológico elaborado y coherente (Hardie era un trabajador escocés de origen modestísimo y sin estudios). De hecho, el Partido Laborista no tuvo un verdadero programa político hasta 1918. Antes de esa fecha, bajo el liderazgo del propio Hardie, de Ramsay MacDonald (1866-1937), secretario del partido y su portavoz parlamentario, Philip Snowden y Arthur Henderson, el laborismo fue, en términos ideológicos, simplemente un amplio ideal socializante, basado en una ética igualitaria, que reclamaba un activo papel del Estado en la regulación de la sociedad. MacDonald, escocés como Hardie y de origen también humilde y oscuro, era, por ejemplo, hostil a toda concepción materialista de la historia y a toda visión utópica del socialismo. Como escribió en folletos como Socialismo y sociedad (1905) y El movimiento socialista (1911), concebía la sociedad como un organismo en evolución gradual hacia formas cada vez más democráticas e igualitarias de funcionamiento; y entendía que el camino hacia el socialismo era el parlamento, la municipalización y nacionalización de servicios, y la igualdad de oportunidades a través de la extensión y reforma de la educación.


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