El asalto a Alemania

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Datos principales

Inicio 
1939DC
Fin 
1945DC
Rango 
1939DC to 1945DC
Periodo 
II Guerra Mundial

Desarrollo

A la altura de comienzos de 1945, ya las posibilidades de que Alemania resistiera a sus adversarios se habían desvanecido de un modo tan total que sólo el irrealismo de los dirigentes nazis explica que trataran de mantener una resistencia, en estos momentos por completo imposible. El frente interior mantuvo, sin embargo, su solidez; en parte, porque la oposición había sido triturada en el verano de 1944, pero también porque los altos mandos militares dejaron simplemente de prestar atención a las órdenes de Hitler cuando, por ejemplo, decidió la destrucción de cualquier recurso alemán que pudiera caer en manos del adversario. En sus memorias, Eisenhower afirma que al Führer le dominaba una especie de complejo de conquistador, que le impedía abandonar lo que había conquistado. En realidad, esa actitud se explica porque en un momento inicial de la campaña rusa había obtenido buenos rendimientos militares de ella. Ahora, sin embargo, no era más que una muestra de irrealismo que acababa por agravar la situación de sus propias tropas. En una reunión celebrada en Malta en enero-febrero de 1945, que precedió a la que tuvo lugar en Yalta, los anglosajones establecieron sus planes estratégicos respecto a la ofensiva hacia el corazón de Alemania. Siguiendo las preferencias de Eisenhower, decidieron derrotar al adversario junto al Rin, aprovechando su superioridad, en especial de la aviación, que los norteamericanos utilizaban como rodillo de idéntico modo que los soviéticos hacían con la artillería. Pero, como veremos, la ofensiva fue general y no sólo en un frente. El Mediterráneo se había convertido ya en un lago aliado, de modo que los aprovisionamientos a la URSS podían llegar sin problemas a través del Mar Negro. En febrero y marzo de 1945, los anglosajones batieron a sus adversarios en la orilla izquierda del Rin. Durante esa batalla, además, se hizo posible el paso del río en dos puntos. El primero de ellos fue el puente de Remagen, que los alemanes no pudieron destruir, mientras que el segundo punto, más al Sur, fue consecuencia de la decisión y la audacia de Patton. De esta manera, los aliados conseguían una doble penetración en el Ruhr y junto a Maguncia. Gracias a estas dos pinzas, pudieron efectuar un movimiento envolvente, en el que causaron al adversario un número triple de bajas que el que ellos mismos sufrieron. Lo que reveló verdaderamente que se enfrentaban con un ejército virtualmente derrotado fue el número de prisioneros que lograron, soldados deseosos de entregarse a ellos y evitar caer en las manos soviéticas. A fines de marzo, los anglosajones habían cruzado todo el Rin y se lanzaban hacia el centro de Alemania, concentrando el mayor peso de su ofensiva en su zona Norte. Se manifestó entonces, por parte de Churchill, un deseo de avanzar cuanto más al Este fuera posible porque ya preveía un próximo enfrentamiento con los soviéticos. Lo cierto es, sin embargo, que Roosevelt siempre mantuvo la promesa del reparto en áreas de ocupación que había hecho a los soviéticos y las tropas norteamericanas se retiraron de las dos quintas partes del territorio alemán que ya habían ocupado. Por otro lado, Roosevelt mismo murió cuando faltaban tres semanas para que concluyera la guerra en Europa. Truman, su sucesor, era un político provinciano cuyo buen sentido no le hacía persona con real capacidad para enfrentarse con las relaciones internacionales. Churchill, que se sintió muy afectado por la desaparición del presidente norteamericano, también se vería desplazado en la fase final del conflicto del centro mismo de las decisiones. En esos días finales de la guerra en Europa, menudearon los incidentes entre los aliados occidentales. Por ejemplo, los franceses fueron obligados por los norteamericanos a retirarse de Stuttgart, porque no les correspondía a ellos llevar a cabo la ocupación de esta ciudad. Por otra parte, la inmediata supresión de la legislación de "préstamo y arriendo" por parte de los norteamericanos empezó a revelar las dificultades económicas que los británicos habrían de sufrir durante la posguerra. Paradójicamente, en ese mismo mes de abril, Churchill, por fin, vio cómo se convertía en realidad ese triunfo en Italia que había esperado largamente y que le había sido negado hasta el momento. Las tropas aliadas, como en todos los frentes, tenían una amplia ventaja (doblaban al adversario y aun lo triplicaban en blindados). A esta superioridad en tierra era necesario sumar la abrumadora que se manifestaba en el aire y, junto a ella, la actividad de los guerrilleros de la resistencia. Las órdenes alemanas de no retroceder no provocaron otra cosa que el desbordamiento por parte de los aliados. El Ejército alemán en Italia había perdido su mando más brillante, Kesselring, quien había hecho posible una defensa tenaz aunque más destinada al retraso que a una posible victoria. En abril, se produjo una generalizada sublevación partisana en la zona Norte de Italia. Fueron los guerrilleros quienes detuvieron a Mussolini que huía hacia Suiza con un pasaporte español y lo ejecutaron sumariamente, junto a su amante, Clara Petacci, exponiendo los cadáveres de ambos en una gasolinera de Milán. El Duce que, en la fase final de su régimen había radicalizado sus contenidos y su acción política hasta el extremo de ordenar la ejecución de su yerno y antiguo ministro de Exteriores, el conde Ciano, durante los últimos meses de su existencia no fue más que una caricatura de sí mismo. Los alemanes de guarnición en Italia, por su parte, no tuvieron el menor inconveniente en negociar su rendición a los norteamericanos en Suiza, desoyendo cualquier indicación de Hitler en este sentido. La ofensiva del Ejército Rojo en el frente del Este se inició en el mes de enero y estuvo decidida por su aplastante superioridad, en especial en artillería; su potencia de fuego era diez veces mayor que la alemana. En esta última fase, los soviéticos demostraron una capacidad militar muy superior a la que sus mismos aliados occidentales les atribuían. El avance desde el Vístula al Oder, donde ya se encontraban cuando se celebró la reunión de Yalta, fue rápido y testimoniaba una capacidad de penetración en forma de cuña semejante a la que habían exhibido los alemanes en 1940. El avance fue acompañado de una barbarie abrumadora en el tratamiento de la población civil, con violaciones y ejecuciones sumarias que parecían devolver a los que huían el mal que ellos mismos o sus jefes habían hecho. En su avance, las tropas soviéticas descubrieron los campos de concentración y de exterminio alemanes; en el de Auschwitz, por ejemplo, encontraron almacenadas siete toneladas de cabello de mujer listas para su reutilización. No puede extrañar que la población alemana huyera en masas de millones de personas, eligiendo la senda inversa a la colonización germana iniciada ochocientos años atrás. Se comprende también que algunas ciudades alemanas, como Breslau, resistieran a ultranza hasta el final. Por su parte, los aliados siguieron con los bombardeos, en algún caso tan injustificados como los de Dresde, a mediados de febrero de 1945, cuando ya las líneas alemanas carecían de capacidad de resistencia. Una resistencia que también se había derrumbado en el frente húngaro. La Batalla de Berlín se inició a mediados de abril, con un número de atacantes que decuplicaba al de defensores, carentes de preparación y de armas. Pronto, la ciudad estuvo rodeada y el 25 de abril las tropas soviéticas se hallaban ya a unos centenares de metros del búnker donde se había refugiado Hitler. Lo que sucedió allí es bien expresivo de lo que era la dictadura alemana y de aquello en lo que se convirtió en su fase final. Hitler lo había mandado construir y durante los tres últimos meses de su vida permaneció en su interior, saliendo a la superficie en tan sólo dos ocasiones. Allí vivió una existencia irreal, pretendiendo que acudieran en su ayuda ejércitos que ya no existían o confortado por la lectura de la biografía de Federico el Grande, que había sufrido severas derrotas pero que finalmente había podido superarlas. Cuando tuvo noticia de la muerte de Roosevelt, Hitler lo interpretó como una señal de esperanza. A veces se dejaba guiar por los horóscopos, y otras elaboraba fantásticos planes, como construir un auditorio para 35.000 personas cuando consiguiera la victoria. Enfermo y tratado por curanderos, con frecuencia se sumía en una apática pasividad, pero también dedicó los últimos días de su vida a destituir a alguno de sus mejores generales, como Guderian, o a ordenar la ejecución del jefe del servicio secreto, Canaris. Los últimos días del Reich resultaron simplemente propios de un manicomio. Los generales y ministros desobedecían las órdenes y uno de estos, Speer, no sólo se negó a destruir sistemáticamente todo lo que pudiera caer en las manos de los aliados, sino que trató de envenenar a los habitantes del búnker con gases tóxicos. Algunos de los dirigentes nazis, como Goering y Himmler, que habían tomado parte en las más abominables empresas del régimen, tuvieron esperanzas, carentes de cualquier justificación, de que podrían pactar con los aliados. Hitler reaccionó contra ellos antes de suicidarse, el 30 de abril. Después de casarse con Eva Braun, que seguiría su mismo destino, dictó un testamento por el que nombraba como sucesor al almirante Donitz, que había dirigido la Marina con fidelidad bovina y como jefe de Gobierno a Goebbels; en el nuevo Gabinete no figurarían ni Speer ni el ministro de Exteriores, Ribbentrop. Goebbels, sin embargo, se suicidó también con toda su familia. Sus cuerpos fueron quemados. El 2 de mayo se dejó de combatir y, una semana después, se produjo la capitulación definitiva.


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