El arte dórico en Etruria

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Datos principales

Inicio 
1AC
Fin 
1AC
Rango 
1AC to 1AC
Periodo 
El arcaísmo

Desarrollo

Durante la primera mitad del siglo VI a. C., la zona costera vive una época de neto influjo peloponésico, encauzado a través del comercio de Corinto. En Tarquinia, por ejemplo, son típicas unas placas de piedra, de forma escalonada, que enmarcan en recuadros pequeños figuras de animales, monstruos y minúsculas escenas de carácter mítico; su uso es aún un misterio -últimamente se ha señalado que podrían ser escaleras para subir a lo alto de los túmulos-, pero la decoración muestra los claros avances de la iconografía griega, con sus centauros, victorias, grifos, panteras... El mismo ambiente, en suma, que contemplamos en las fieras afrontadas de la única pintura de importancia en esta época y ciudad: la de la Tumba de las Panteras. Sin embargo, es en Vulci donde se producen por entonces las mejores piezas escultóricas. Son las rígidas figuras de la Tumba de Isis, en particular la hierática dama de yeso natural, con su inexpresiva sonrisa y su aire aún dedálico, y sobre todo los numerosos animales apotropaicos realizados en nenfro (toba local), que debían de recordar, alineados ante los túmulos, los accesos a ciertos templos egipcios. Conservamos, entre otros restos, buena cantidad de leones acostados, con las fauces amenazadoras, y, sobre todo, la primera gran escultura del arte etrusco: el Centauro de Vulci. Este monstruo tiene un carácter monumental. Sólidamente concebido de forma cúbica, como un conjunto de cuatro facetas yuxtapuestas, denota por ello mismo el conocimiento de la plástica del Peloponeso hacia el cambio de siglo. En concreto, las semejanzas con el grupo de Cleobis y Bitón conservado en Delfos resultan obvias: cuerpo fuertemente estructurado, ojos globulares, frente estrecha, peinado de pesadas trenzas, todo nos dirige al mismo modelo. Y, sin embargo, aquí tenemos el primer ejemplo de las libertades que se toma la plástica etrusca: frente a un principio griego tan esencial como es la proporción, el artista etrusco proclama su idea básica de que la cabeza es el elemento principal del cuerpo, y por tanto aumenta su tamaño. Además, frente a la iconografía tradicional griega, que hace del centauro tan sólo un enemigo de los Lapitas o de Heracles, y no lo concibe por tanto en la plástica como figura aislada, sino como parte de un grupo o friso animado, nuestro escultor ha considerado pertinente interpretarlo como un simple animal salvaje -igual que un león, un grifo, una esfinge o un lobo-, susceptible por tanto de defender cualquier tumba de enemigos indeseables. Es posible que debamos atribuir a la casualidad, o a azares bélicos o políticos que desconocemos, la relativa pobreza artística de las grandes ciudades del sur, Caere y Veyes, pero lo cierto es que su papel en este momento parece escaso, sobre todo si lo comparamos con la pequeña, pero importantísima ciudad de Chiusi, verdadero centro rector de toda la Etruria interna. Esta ciudad forma, en efecto, junto a todas las aldeas de su entorno, un núcleo tan rico como interesante por su significado. Lejos de los puertos comerciales y limitado, por tanto, su acceso a la cultura griega, cuanto aquí se realiza es fruto del contraste, a veces insalvable, entre una tradición villanoviana enquistada y cerradamente tradicionalista y unos tímidos influjos helenizantes. Sólo cabe señalar alguna excepción aislada, como los Bronces de Brolio, curiosas estatuillas que acaso sirvieron para decorar un mueble: las formas de los guerreros, con sus cascos y corazas, parecen querer romper la norma de su entorno, pues suponen la irrupción más pura en Etruria del arte griego a principios del siglo VI.


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