Educada y educadora: la instrucción familiar

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Datos principales

Inicio 
1AC
Fin 
1AC
Rango 
1AC to 1AC

Desarrollo

La educación de las niñas y doncellas, criollas, indígenas o españolas, se regía por el ideal femenino difundido en obras como La perfecta casada de Fray Luis de León o La formación de la mujer cristiana de Luis Vives. Ese ideal era desarrollado en el hogar o en el claustro. A las mujeres de ascendencia española estaba encomendada la conservación de las tradiciones castellanas, el fomento de la religiosidad doméstica y la consolidación del modelo de vida familiar. Es cierto que no existió un sistema orgánico de instrucción para ellas, ni siquiera instituciones de enseñanza media o superior, pero esto no significaba que la educación femenina estuviera abandonada. Los padres de familia, los directores espirituales y las autoridades civiles y religiosas manifestaban su interés por la formación de las jóvenes. Dentro del hogar recibían también el entrenamiento para la vida doméstica que se consideraba necesario y el hábito de las prácticas religiosas que sustituía al conocimiento de la religión. La educación, sobre todo la de las hijas, debía estar bajo la responsabilidad de la madre, quien debía ser el ejemplo de las virtudes femeninas y el modelo a seguir. Sin embargo, esta formación debía tener como centro el hogar, por lo que se fomentaba la educación en la casa en contra de la que se daba en los conventos. En cualquier caso, también el padre intervenía de alguna manera en la educación familiar. Incluso, en el caso de las familias de comerciantes, estimulaban a sus esposas e hijas a que aprendieran a leer y escribir, pues eran conscientes de que tal vez en algún momento tendrían que hacer frente en los negocios familiares. De hecho, en Buenos Aires, a comienzos del siglo XVIII, casi el 90% de las esposas de los comerciantes podían por lo menos firmar o hacer algunas anotaciones con su infantil caligrafía. La costumbre de leer en familia facilitaba también la formación cultural. El padre o uno de los hijos leía en voz alta mientras que las mujeres cosían o hilaban. Había una gran diferencia entre la educación rural y urbana, acentuada por el hecho de que los indígenas tendieron a permanecer en el campo, mientras que en la ciudad vivían los españoles y mestizos. Las escuelas particulares y centros educativos para niñas se establecieron en las ciudades, por lo que casi todas las niñas españolas o criollas, pobres o ricas tuvieron algún acceso a la instrucción, mientras que las pertenecientes a las castas quedaron en general al margen de cualquier tipo de educación. Las niñas de familias más acomodadas recibían una instrucción más completa en sus casas con profesores particulares. En las ciudades, muchas niñas acudían a las escuelas de amiga, en las que aprendían de memoria el catecismo, se habituaban a la disciplina escolar y se ejercitaban en labores manuales. Estas escuelas se establecieron en América muy pronto, en cuanto se fueron instalando las primeras familias españolas en el continente. Era el nombre que recibían las señoras que educaban niñas y los establecimientos donde lo hacían. Sus funciones, intermedias entre el hogar y la escuela, consistían en aliviar a las madres de la tarea de enseñanza de sus hijas, a las que mantenían entretenidas por unas horas con labores de costura y sometidas a la quietud y el silencio que se consideraban características de una buena educación. Su actividad no estaba reglamentada en las ordenanzas de maestros y nadie pretendía exigirles preparación profesional porque tampoco su labor se consideraba una profesión. En muchos casos las licencias para establecer escuelas de amigas se consideraban una obra benéfica, pues se facilitaba a mujeres desvalidas algún medio de supervivencia. La mayor parte de las amigas limitaban sus enseñanzas al recitado de algunas oraciones y preguntas del catecismo y a las labores de costura, consideradas imprescindibles para que fueran competentes amas de casa. En la práctica de las virtudes se valoraba la obediencia, la laboriosidad y el sosiego. Sin embargo, esta enseñanza estaba un tanto desprestigiada y algunas voces expresaban sus quejas ante la escasa preparación que se daba a las mujeres. Sor Juana Inés de la Cruz lamentaba que las maestras fuesen ignorantes y que las jóvenes más capacitadas para el estudio careciesen de personas que las alentaran. La lectura, la escritura y las cuentas eran conocimientos que rara vez se enseñaban en las escuelas de amiga y, sin embargo, se iban imponiendo poco a poco en la sociedad colonial. En cualquier caso, esta ignorancia no era obstáculo para que muchas mujeres desempeñasen ocupaciones que podían exigir, al menos aparentemente, conocimientos especializados, como la administración de obrajes, estancias y tiendas. Gráfico El interés por la educación femenina fue creciendo en la segunda mitad del siglo XVIII. Fue en ese período cuando empezaron a establecerse en las ciudades las primeras amigas públicas y gratuitas que generalizaron la enseñanza de la lectura, como un conocimiento también muy útil para las mujeres. Hasta la segunda mitad del siglo XVIII como fruto del impulso ilustrado no prosperó la idea de instituciones públicas y privadas dedicadas a la educación de la mujer. En 1755 se inauguró la primera amiga pública y gratuita en México, en el colegio de monjas de la Enseñanza o colegio del Pilar (la Compañía de María). A este le siguió el colegio de Indias y antes de acabar el siglo, el de las Vizcaínas. El ayuntamiento contribuyó a la tarea al abrir y sostener de sus rentas una amiga municipal que se mantuvo hasta el final de la época colonial. Algunos colegios fundados en esta época como el de los Ángeles o el de San Diego en Guadalajara daban clases de música, lectura y escritura. Igual que éstos, otros como el de San Luis de Potosí o San Juan del Río se abrieron bajo la influencia de nuevas ideas e incluían en sus ordenanzas disposiciones relacionadas con la instrucción de las colegialas. El de San Diego en México consideraba el estudio como parte fundamental de las actividades de las colegialas. En el de Santa Rosa en Michoacán era famosa la instrucción musical que recibían las alumnas y se impartían conocimientos de lectura, escritura, aritmética, moral y música. Durante el último tercio del siglo XVIII hubo alumnas especializadas en piano, violín, arpa y órgano. En el fondo era la madre la educadora nata de los hijos. Eran ellas las que se ocupaban de la educación según su capacidad y preparación cultural. Las criollas enseñaban catecismo, a leer, escribir y hacer cuentas. Les enseñaban las costumbres religiosas como la asistencia a Misa, rezar el rosario o bendecir la mesa. Iban así formando a sus hijos en los valores cristianos de una forma paulatina. En esa formación en valores las madres tuvieron una gran influencia. Enseñaban a valorar más el dar que el tener, dejar los lujos, servir a los demás. Siempre es la madre la que educa más directamente a sus hijos hasta en los más ínfimos niveles de la escala económica social. Desempeñaron un importante papel cultural en el ámbito doméstico ya que enseñaban la lengua castellana a las indígenas mientras cosían o cocinaban, trasplantaron el modo de guisar de la Península, y también la manera de vestir, al inculcar, por ejemplo, el uso de la ropa interior.


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