Dinastía Aqueménida

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Datos principales

Inicio 
500AC
Fin 
1AC
Rango 
500AC to 1AC
Periodo 
Primera Mitad I Mile

Desarrollo

No podemos precisar el proceso de instalación de los persas en su nuevo entorno geográfico. Seguramente no difirió mucho del de los medos, aunque sus posibilidades de desarrollo estarían mediatizadas por el contacto con el estado elamita. Cabe la posibilidad de que ya a fines del siglo IX algunas comunidades persas hubieran alcanzado una organización de carácter estatal, pero el núcleo del reino se establecerá en el antiguo territorio de Anshán, llamado ahora Parsuash. Un jefe mencionado por Assurbanipal, Kurash (Ciro), le rendiría homenaje en 648. Este gesto se interpreta como la ruptura de los persas con Elam y la inauguración de una política de amistad con Asiria que habría de conducirlos a su independencia del Elam. En cualquier caso, a mediados del siglo VII, parece existir ya una dinastía consolidada, que tiene como referente originario a un tal Hakhamanish (Aquemenes), y que ha logrado vincular a su entorno a la mayor parte del ethnos persa. Los distintos documentos que poseemos para reconstruir el árbol genealógico de los Aqueménidas proporcionan variantes que dificultan la tarea. No obstante, y con todas las reservas pertinentes, podríamos aventurar que hacia el año 700 Aquemenes, jefe tribal del clan pasargada, establecería a su gente en Anshán. Su heredero, Teispes, sería el auténtico fundador del reino, mientras que Ciro representa ya al pequeño autócrata capaz de maniobrar políticamente a su antojo, como se desprende de su alianza con Assurbanipal. Su sucesor, Cambises, acrecienta territorialmente el estado mediante la incorporación de la mayor parte del Elam, debilitado por los ataques neoasirios. Persia es aún un estado vasallo de la potente Media, cuyos conflictos internos obligan quizá al matrimonio dinástico del que nacerá Ciro el Grande, que accede al trono persa en torno al ano 560. En esa fecha probablemente todavía no controlaba la totalidad de las tribus persas, ni tampoco cuando decide atacar a su abuelo Astiages, cuyo ejército se pasa en bloque del lado persa. El proceso de integración de las tribus persas en un estado unitario se ve acelerado por la absorción de los distintos reinos iranios por parte de Ciro. Súbitamente, éste se ha convertido en el monarca de vastísimos territorios que van desde el río Halys hasta el corazón del Irán. Tal es su potencial poderío que los monarcas de Lidia, Babilonia y Egipto intentan una coalición con los lacedemonios, pero Ciro se adelanta, atacando repentinamente al rey Creso de Lidia al que derrota en el ano 547. Su general Harpago recibe el encargo de someter las ciudades griegas del litoral occidental de Anatolia, tarea que culmina en 544. Los persas respetaron relativamente la autonomía de estos pequeños estados, pues se conformaron con la instalación de gobernantes filopersas, tiranos será el término que acuñen las fuentes griegos. Las poleis fueron sometidas a tributo, a excepción de Mileto que recibió un trato privilegiado. La rapidez con que se produce la anexión de las comunidades griegas se atribuye a una oculta connivencia. Sus grupos dominantes, dedicados principalmente a las actividades comerciales, pudieron intuir las ventajas de participar sin trabas en el inmenso mercado que era ya entonces el Imperio Persa, de ahí su vinculación al proyecto de unidad económica que estaba construyendo el Gran Rey persa. Mientras Harpago estaba en Asia Menor, Ciro se dirige a Babilonia, donde Nabónido era rechazado por el clero de Marduk. La proximidad de Ciro fue interpretada como una posibilidad de solución y la ciudad se le entregó en el ano 539. Con la anexión del Imperio Neobabilonio, Ciro adquiere los sistemas administrativos más sofisticados de la época que, unidos a los generales que le había proporcionado Media, lo convierten en el monarca con mayores efectivos y potencialidades de cuantos había conocido el Próximo Oriente. Tras la conquista de Mesopotamia, Ciro se dirige hacia el interior del altiplano, donde anexionó las tribus arias de la región del Oxus y del Yaxartes, a los partos, y después marchó contra Bactria y llegó hasta Samarcanda. En una de aquellas acciones pereció en el año 530, sin lograr ver concluida Pasargada, la capital que estaba construyendo. Lo que poblemos vislumbrar de la política expansionista de Ciro parece indicar el interés del monarca por controlar el rico comercio del litoral oriental del Mediterráneo, destino en definitiva de las rutas caravaneras asiáticas y, por el otro extremo, la actividad militar parece orientada a impedir la penetración de grupos nómadas en el Imperio, al tiempo que canalizaba la actividad comercial de esos nómadas a través de los circuitos imperiales, sometidos a control fiscal. Cambises, hijo y sucesor de Ciro, concluye la conquista de todo el Próximo Oriente, con la incorporación de Egipto, tras vencer sin dificultad a Psamético III en el año 525. El sentimiento antipersa de su población se manifestó en insurrecciones brutalmente sofocadas incluso mediante la destrucción de templos. Al mismo tiempo, la intensificación de la presión fiscal repercutía decisivamente en el fortalecimiento de los grupos de oposición, dispuestos a colaborar con cualquier intento de eliminar el opresivo sistema de dominación persa y no sólo en Egipto, sino en la totalidad de los territorios conquistados. El malestar se pone de manifiesto en la abolición por tres años de las levas y de los impuestos decretada por el usurpador Gaumata que se hace con el poder a la muerte de Cambises en 522. Este era un mago, sacerdote de Ahura Mazda, que se hacía pasar por Bardiya, un hermano menor de Cambises que tiempo atrás había sido mandado ejecutar por el propio rey. Las reformas del impostor, que incluían la implantación del mazdeísmo y la destrucción de los viejos templos, despierta pavor en la corte que encuentra, como única solución, el magnicidio. Fueron nobles persas quienes organizaron la conjura, pues Gaumata se había ido mostrando proclive a la aristocracia meda. Al frente de los conspiradores se encontraba Darío, quizá de la familia Aqueménida, que se hace con el poder y justifica su advenimiento en la famosa inscripción de Behistún. Durante dos años estuvo alterado el imperio, con revueltas nacionalistas, levantamientos de jefes locales y conspiraciones en el seno mismo de la corte, acontecimientos inconexos que Darío pudo controlar de forma definitiva ya en 520. Atiende entonces a la reforma del aparato administrativo, para adecuarlo al control efectivo del inmenso Imperio que habían ido construyendo más o menos precipitadamente los Aqueménidas, sin tiempo para darle la coherencia necesaria para su buen gobierno. Probablemente es Darío quien organiza territorialmente el Estado en satrapías, circunscripciones enormes que disponían de amplia autonomía y que participan mediante tributos y contingentes militares en el sustento del Imperio. También crea él mismo un nuevo sistema tributario, consolida o inaugura rutas comerciales y amplía, por el este hasta el Indo y Asia Central, los territorios conquistados. Pero nuestra información es más densa sobre su actividad en la parte occidental del Imperio, gracias a la obra de Heródoto. Desde la conquista de las ciudades griegas de Asia Menor, los sátrapas se habían conformado con ir incorporando paulatinamente otras ciudades independientes a su esfera de influencia, sobre todo siguiendo una hábil política de fomento de las querellas, incluso mediante sobornos, entre las ciudades griegas y ocupando un dudoso lugar de árbitros en unos conflictos que sólo les interesaban para ir debilitando a los griegos. Esta política de injerencia en los asuntos griegos es vista con relativa indiferencia por las ciudades-estado de Grecia Continental, donde el asunto sólo es empleado como instrumento de propaganda política. Tan sólo la presencia de Darío en el Danubio logrará disparar los mecanismos de alarma de los helenos. Por otra parte, en las ciudades griegas de Asia Menor se van fraguando grupos de oposición a los gobiernos filopersas, que fomentan la propaganda política de exaltación de la libertad griega, frente a los sistemas despóticos de los bárbaros. En esta confrontación se halla el fundamento ideológico del relato herodoteo de las Guerras Médicas. La conflagración comienza cuando Aristágoras, el nuevo tirano de Mileto, propone al sátrapa de Sardes, Artafernes, defender a la aristocracia de Naxos enzarzada en una guerra civil. La expedición fracasa y Aristágoras, para evitar las consecuencias, reacciona aboliendo la tiranía y sublevando las ciudades griegas de Asia Menor contra Persia. Comienza así la llamada Revuelta Jonia, cuyo primer capítulo es la desaparición de las tiranías y, en la búsqueda de un nuevo régimen: la recién estrenada democracia en Atenas se convierte en el modelo deseado. Sin embargo, el conflicto político no puede ocultar la dimensión económica de las actitudes, pues el mercado persa no había favorecido tanto como pensaban a los oligarcas griegos que, además, tenían que pagar tributo al Gran Rey; las condiciones para la sublevación eran óptimas. Atenas envía a Aristágoras veinte naves junto a otras cinco de Eretria. En 498, la rebelión alcanza también a Caria, Licia y Chipre, que dos años después cae de nuevo bajo dominio persa. En el año 494, una flota fenicia se dirige contra Mileto y las defecciones de ciudades griegas no se hacen esperar. La victoria naval fenicia resuelve la situación: Mileto cae y una parte de su población es deportada a Babilonia, mientras el famoso templo de Apolo en Dídima es incendiado. En 493 continuaron las operaciones tanto terrestres como marítimas para sofocar la insurrección, que entonces estaba ya virtualmente dominada. No contento con ello, en 492 Darío envía a su ejército contra el Quersoneso Tracio, y aunque los persas pierden la mayor parte de su flota en la circunnavegación del Athos, las ciudades griegas de la región fueron sometidas y Macedonia reconoció la autoridad formal del Gran Rey. La represalia contra Atenas y Eretria comenzó en 490. La flota imperial ocupó las Cícladas, Naxos fue destruida, Eretria devastada por las llamas y sus ciudadanos deportados cerca de Susa. Después se produjo el desembarco para atacar Atenas. Unos veinte mil soldados persas se enfrentaron en la llanura de Maratón a los seis o siete mil hoplitas atenienses encargados de preservar la libertad de su ciudad. Sólo ciento noventa y dos de aquellos no pudieron celebrar la victoria. Atenas se jugaba allí su propia existencia y esa es precisamente la clave de su triunfo. Entre tanto, el aumento de las cargas militares, unido a la ambición de dinastas que agitaban a la población del Delta del Nilo, había provocado el recrudecimiento del nacionalismo egipcio en un grado similar al que se había conocido en los inicios del reinado de Darío. Pero el Gran Rey muere sin llegar a actuar. Será su hijo y heredero Jerjes (486-465) quien aplaste la insurrección egipcia en 485-484. Pero las insurrecciones se generalizan por el resto del Imperio hasta el 482. La pacificación le permite organizar la campaña contra Grecia que no había podido culminar su padre. En Grecia, los pilares de la defensa estaban constituidos por el ejército hoplítico espartano y la flota ateniense. En 480, pues, da comienzo la Segunda Guerra Médica, cuyo primer acto será el enfrentamiento en el famoso paso de las Termópilas, cuya única función fue la de retrasar el avance persa. No obstante, Atenas fue tomada y la Acrópolis incendiada (480). La confrontación marítima se produjo en Salamina, donde los atenienses lograron la victoria. Jerjes se retiró a Asia; no obstante, en 479 su ejército se enfrenta a los aliados griegos en Platea, pero fue nuevamente derrotado. Los asuntos de Grecia pasaron a segundo término entre los intereses de Jerjes. Sin embargo, el triunfo griego había animado la rebelión de los jonios, que consiguen con veinte años de retraso los objetivos propuestos por Aristágoras. El reinado de Jerjes se reduce entonces a cuestiones de política interior, sumamente deteriorada por las intrigas palaciegas, como pone de manifiesto el libro bíblico de Esther, una judía casada con el monarca persa. Tales intrigas no concluirán siquiera con el propio asesinato del monarca en el año 465. Mes y medio más tarde caía asesinado su heredero, Darío, a manos de quienes habían provocado la muerte del padre. Entonces ocupó el trono otro de los hijos, Artajerjes I, quien tras pacificar el país tuvo que hacer frente a la revuelta egipcia de Inaro, que, secundada por Atenas, durará de 460 a 454. La tensión entre Atenas y Persia concluye en el año 449 por la firma de la llamada Paz de Calias. En ella Atenas se compromete a abandonar cualquier pretensión sobre Chipre y la ayuda a los rebeldes del Delta; por su parte, el Gran Rey acepta la autonomía de las ciudades griegas de Asia Menor. Artajerjes muere en 425 dejando unas satrapías casi independizadas, con dinastías propias, y una corte sumamente dividida por los apoyos de cada uno de los dieciocho hijos del difunto monarca que aspiran al poder imperial. Las intrigas familiares no se hacen esperar y rápidamente se suceden Jerjes II, que reina un mes y medio; Sogdiano, seis meses, tras haber envenenado al anterior y que perece, a su vez, por las intrigas de Darío II. Este último se impone definitivamente tras eliminar al resto de sus hermanos. Durante su reinado, se produce la victoria espartana en la Guerra del Peloponeso, que había contado con el apoyo de Persia, lo que justifica su activa presencia en el futuro político de Grecia. En el mismo año 405, se produce en Egipto la revuelta de Amirteo, que da fin a la dinastía de faraones persas. Su éxito se debe, en gran medida, a los múltiples focos de conflictividad, entre los que destaca la sedición de Media, síntoma fehaciente de las tendencias centrifugas que culminarán con la desarticulación del propio imperio. La muerte de Darío II, en 404, provoca una nueva guerra civil entre los partidarios de su primogénito Artajerjes II y los de su hermano menor, el favorito de Parisátida, Ciro. El entresijo de este enfrentamiento lo encontramos minuciosamente descrito por un testigo presencial de los acontecimientos, Jenofonte, quien en su "Anábasis" nos proporciona un apasionante relato autobiográfico. La batalla decisiva entre los dos hermanos tuvo lugar en el año 401 en Cunaxa, donde perece el pretendiente. Las disputas cortesanas propician la sublevación de las ciudades griegas de Asia Menor, mientras que Egipto, aliada con Esparta y Chipre, aprovecha para imponer su autoridad en Palestina. Esta situación poco favorable para todas las partes propicia la denominada paz de Antálcidas, o paz del Rey, del 386, mediante la cual Persia mantenía el control de las ciudades de Asia Menor y Chipre; incluso, tras un ataque contra Egipto, logra recuperar Fenicia y Palestina. Pero la mayor preocupación del Gran Rey será la pacificación de las satrapías occidentales, de las que sólo Lidia se mantiene fiel. La falta de cohesión entre los sublevados, interesarlos sólo en obtener la independencia, está entre las causas de su fracaso. En 358, dos años después de acabar con la rebelión muere, octogenario, el monarca. Su hijo Artajerjes III (358-338) necesitó quince años para restablecer la integridad territorial del Imperio. En 351 decide enviar una campaña contra el faraón Nectanebo II. El éxito inicial del faraón no impidió que, tras haber equipado el más formidable ejército de su época, Artajerjes recuperara el control de Egipto gracias a la batalla de Pelusio en 343. La represión fue de una extraordinaria crudeza. Aún pretendía el rey participar en la política griega favoreciendo las facciones antimacedónicas de las ciudades, pero en 338 es asesinado por el eunuco Bagoas, uno de los cortesanos más influyentes. El magnicida, que controla todos los resortes del poder, decide poner al frente del Estado a un personaje de escasa relevancia, Oarses, que ocupa el trono durante dos años. Es entonces sustituido por Darío III (336-330), el único miembro con vida de la familia Aqueménida. Pronto se cansó Bagoas del nuevo soberano y decidió eliminarlo, pero el monarca actuó con mayor celeridad y se deshizo de su antiguo protector. Darío III llevó a cabo una expedición contra Egipto nuevamente sublevado. Después regresó a Persépolis y desarrolló una importante actividad constructiva; pero lo más destacable de su reinado fue la invasión del Imperio por parte de Alejandro de Macedonia. La debilidad estructural del Imperio, maltrecho por los continuos conflictos internos y la ausencia de un programa común, son razones profundas que justifican la brillante progresión del ejército del joven macedonio. A orillas del Gránico, en 334, se produce la primera derrota de los persas. Es el primer aviso y Darío en persona se enfrenta a las falanges macedónicas en 333 en Iso. El nuevo triunfo abre a Alejandro el corredor sirio-palestino que da acceso a Egipto. Habiendo tomado posesión de todos esos territorios, Alejandro se dirige contra el corazón del Imperio. En 331, en Gaugamela de Asiria, tiene lugar el enfrentamiento definitivo. Tras una encarnizada batalla, Darío III huye hacia Bactria, donde es asesinado por el sátrapa Beso. Paradójicamente, el vengador del último de los Aqueménidas será el propio Alejandro, cuyo éxito se debe tanto a las transformaciones operadas en el ámbito helénico, como al deterioro estructural del estado aqueménida, en el que las fuerzas disgregadoras se aprecian no sólo en las disputas cortesanas, sino también en la conducta insurreccional de los territorios sometidos. Las tendencias centrífugas no son resultado de un vacuo nacionalismo, sino consecuencia de una crisis provocada por el expolio sistemático, necesario para mantener un onerosísimo estado, cuya cohesión había desaparecido y en el que el Gran Rey había dejado de ser el administrador eficaz o el poderoso jefe militar. El descontento social hacía prácticamente ingobernable el Imperio, que sólo necesitaba un estímulo externo para quedar quebrantado. Y el ejército de Alejandro lo proporcionó. La forma en que es recibido por las naciones sometidas al poder persa exhibe el talante antipersa imperante. Si Alejandro aparece por lo general como el libertador, es por oposición al opresor precedente y ello es así aunque hagamos cuantas salvedades sean necesarias para mitigar el énfasis que la literatura filoalejandrina pone en el héroe como defensor de la libertad, verdadero estereotipo de la propaganda política griega. En cualquier caso, con Alejandro se inaugura una nueva época que modifica considerablemente las estructuras que habían caracterizado la historia del Próximo Oriente durante los tres milenios precedentes.


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