Ciudades europeas

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Datos principales

Inicio 
1300DC
Fin 
1500DC
Rango 
1300DC to 1500DC
Periodo 
CrisisBajaEdadMedia

Desarrollo

Las ciudades, que habían constituido la gran novedad en la época de la plenitud medieval, es decir, en el periodo comprendido entre los siglos XI y XIII, continuaron su desarrollo en las dos últimas centurias de la Edad Media. En contraste con lo que aconteció en el medio rural, en donde se multiplicaron los despoblados, en el ámbito urbano continuó el proceso expansivo que venia de siglos anteriores, si bien el mismo se desarrolló a un ritmo mucho más suave. Ciertamente, el auge de los núcleos urbanos del periodo 1000-1300 era prácticamente inalcanzable. Pero hay que tener en cuenta que aquél casi partía de cero, lo que explica que se hable sin más de renacimiento de la vida urbana pare referirse al proceso que conoció Europa después del año 1000. Por de pronto encontramos en la época que nos ocupa la creación de nuevas ciudades, aun admitiendo que esta práctica no fue muy frecuente. En ocasiones se trataba simplemente del paso de una antigua aglomeración de carácter rural a otra de indudable porte urbano, en función de factores específicos. Así sucedió, por ejemplo, con la localidad alemana de Buxtehude, próxima a Hamburgo, que prosperó debido a su excepcional localización, pues se encontraba en la ruta mercantil que unía dos gigantes de la economía europea bajomedieval, Brujas y Lübeck. En otros casos se fundaban nuevos núcleos urbanos por razones de índole militar, como aconteció en la región francesa de Gascuña, en función de la guerra sostenida contra los ingleses. Pero también pudo ser el punto de partida de la fundación de nuevas villas, simplemente la puesta en práctica de una reordenación del poblamiento. Es lo que ocurrió en las tierras hispanas del País Vasco, testigo en el siglo XIV de la fundación de diversas villas, entre ellas la de Bilbao, creada en el año 1300 por iniciativa del señor de Vizcaya. De todos modos fueron muy pocas las nuevas ciudades que surgieron en el final de la Edad Media. Más significativo fue, por el contrario, el desarrollo urbano de las viejas ciudades. El mejor testimonio de ese crecimiento lo constituye, sin duda, el hecho de que, en pleno siglo XIV, es decir, en una época de crisis, se erigieran nuevas murallas en numerosas ciudades europeas, tanto de Francia, como de Italia o del Imperio germánico. Mencionemos algunos de los casos más destacados: Hamburgo y Orleans, en 1300; Ratisbona, en 1320; Metz, en 1324; París, en 1360; Augsburgo, en 1380. También data del siglo XIV la tercera muralla que se levantó en Florencia. Asimismo, el crecimiento urbano en la décimo cuarta centuria está atestiguado en ciudades como Colonia, Génova o Milán. El núcleo urbano de París, por descender a un caso concreto, había pasado de unas 275 hectáreas, con las que contaba al finalizar el siglo XII, a las casi 450 que tenía en la segunda mitad de la decimocuarta centuria, en tiempos del rey Carlos V, monarca que ordenó construir una nueva cerca. Es cierto que a veces se levantaba una muralla pensando en una posible expansión futura, que a lo mejor no llegaba, caso de la ciudad de Gante a fines del siglo XIV. Pero esto era excepcional. Lo habitual era que la construcción de nuevas cercas fuera la consecuencia de una expansión del tejido urbano, cuando no el puro y simple deseo de amparar, física y jurídicamente, a los arrabales que habían crecido fuera del antiguo muro. El desarrollo urbano de los siglos XIV y XV está estrechamente ligado con el crecimiento de la población de las ciudades. Sin duda las pestes causaron graves daños en los núcleos urbanos. Pero ello no impidió que las ciudades fueran, por lo general, lugares de acogida de gentes del campo, que, tras huir despavoridas de los terrores de la época, pensaban encontrar un refugio, físico y sobre todo psicológico, detrás de los muros urbanos. Por lo demás, la crisis que afectó al medio rural en el siglo XIV alentó la emigración desde el campo hacia la ciudad. Numerosos labriegos abandonaban el terruño, pues estaban convencidos de que iban a encontrar mejores oportunidades de trabajo en las urbes. Un dato suficientemente revelador, a este respecto, nos lo proporciona Génova: el 90 por 100 de todos los que trabajaban en dicha ciudad en la industria de la seda, a finales de la decimocuarta centuria, eran originarios de los campos colindantes. Pero los ejemplos podrían multiplicarse por doquier. A. Rucquoi ha demostrado cómo Valladolid fue, en el transcurso de los siglos XIV y XV, un centro de acogida de emigrantes que procedían, en su mayor parte, de las zonas rurales del entorno. Claro que, junto a los movimientos migratorios masivos, por supuesto los más frecuentes, hubo también migraciones selectivas. Tales fueron los casos de los hombres de negocios genoveses que se asentaron en ciudades de la Andalucía Bética, de los artesanos flamencos que acudieron a Inglaterra para enseñar las sutilezas de su oficio o de los mercaderes de diversos países que establecieron colonias en Brujas. Quizá la diferencia más sustantiva entre las ciudades y el campo se hallaba en las funciones que aquellas desempeñaban. La ciudad era, por encima de todo, un centro de localización de las actividades artesanales y del comercio. Núcleos como Brujas o Venecia, Hamburgo o Génova, Lübeck o Florencia, ejemplifican, en su grado máximo, el significado de la ciudad bajomedieval como foco de actividad económica ligada a la transformación de materias primas y al intercambio. Pero también participaban de esa misma sustancia las modestas villas que funcionaban como centros del comercio regional de su entorno. Ahora bien, un rasgo sobresaliente de las ciudades medievales de fines del Medievo fue la asunción creciente de otras funciones. En primer lugar nos encontramos con el papel de la ciudad como centro de la vida política y administrativa, fenómeno que corre parejo con la gestación de los Estados modernos. En ese capitulo cabria incluir, como ejemplos de indudable relieve, a París, Londres, Roma, Nápoles, Barcelona o Valladolid, todos ellos en cierto modo capitales de sus respectivos núcleos político-territoriales, sin olvidar a Aviñón, que durante algo más de un siglo fue la sede del Pontificado. En otro orden de cosas se situarían los núcleos urbanos que prosperaron gracias a la presencia de una universidad, lo que permitiría hablar, si la expresión no resultara demasiado forzada, de una función intelectual. Es lo que sucedió, en tierras hispanas, con Salamanca, o con Oxford y Cambridge en Inglaterra. Por eso se puede afirmar que la ciudad europea bajomedieval tenía, como rasgo más sobresaliente, la polifuncionalidad. Si fijamos nuestra atención en la estructura social de las ciudades de los siglos XIV y XV observaremos, dentro de la diversidad de situaciones existentes, una tendencia común: la polarización en torno a dos grupos fundamentales, por lo demás ubicados en posiciones no solo alejadas entre si sino incluso antagónicas. J. Heers habló, para referirse a los mencionados grupos, de aristocracia y proletariado. La aristocracia tenía el poder económico y político, el proletariado simplemente suministraba la fuerza de trabajo. La aristocracia urbana equivalía a lo que en muchos lugares se denominaba patriciado. Es cierto que también se utiliza con frecuencia en el ámbito historiográfico la expresión oligarquía urbana, pero este término tiene que ver, ante todo, con la forma concreta de ejercer el gobierno. La expresión proletariado, por otra parte, no nos parece tampoco muy adecuada para referirnos a los siglos XIV y XV. Quizá sea mejor hablar del común, la gente menuda, la plebe o simplemente el pueblo. En cualquier caso la contraposición entre ambos grupos era palmaria. La dicotomía "popolo grosso-popolo minuto", característica de las ciudades italianas en la época que nos ocupa, expresa a las mil maravillas la estructura social de las ciudades bajomedievales. Por otra parte, en textos castellanos del siglo XV encontramos con frecuencia alusiones a la pugna entre caballeros y pueblo o entre principales y pueblo. Se nos dirá, no obstante, que también hay textos de fines de la Edad Media que señalan, a propósito de las sociedades urbanas, la existencia de una estructura tripartita, integrada por grandes, medianos y pequeños. ¿No fueron esas, por ejemplo, las categorías utilizadas por el franciscano F. Eiximenis en su conocido estudio sobre la ciudad de Valencia a finales de la decimocuarta centuria? De todos modos, y al margen de la diversidad de categorías de análisis que puedan aplicarse para analizar las sociedades urbanas de finales de la Edad Media, todo indica que la distancia que separaba al patriciado del común, lejos de remitir, se ensanchó considerablemente en el transcurso de los siglos XIV y XV. Ciertamente, el poder de la aristocracia tenía sus fundamentos en el control de la actividad económica de sus respectivas ciudades. El patriciado lo integraban, ante todo, grandes hombres de negocios, es decir, gentes dedicadas básicamente al comercio de larga distancia pero también personas relacionadas con el mundo de las finanzas, en particular de la banca. Asimismo podían pertenecer al patriciado los maestros de las principales corporaciones de oficios. Los Médicis florentinos o el francés Jacques Coeur pueden ponerse como ejemplos paradigmáticos del patriciado europeo bajomedieval. Pero junto al poder económico la aristocracia urbana controlaba también el poder político. El proceso de monopolización, o si se quiere oligarquizáción, del poder municipal por la aristocracia urbana venía de atrás. En cualquier caso puede decirse que estaba consumado en los albores del siglo XIV. A través de sistemas de cooptación las grandes familias lograron acaparar el gobierno de sus ciudades. Sin duda hay significativos matices de unos países a otros. En la Corona de Castilla, en donde desempeñaron un papel muy importante los linajes, se produjo una fusión entre la nobleza local, en principio grupo dominante, y los hombres de negocios, habitualmente por la vía de los enlaces matrimoniales, dando lugar a lo que C. Carlé ha denominado, muy expresivamente, caballeros-patricios. En el otro extremo del abanico social se hallaba el común. Sin duda no era éste un grupo homogéneo, pero, aun admitiendo la estratificación que se observaba en su seno, no dejaba de poseer también algunos rasgos que lo singularizaban. Recordemos los más significativos: en el plano económico, su dependencia de los patricios; en el terreno político, la práctica imposibilidad de la gente menuda de acceder al gobierno municipal. Por lo demás, también separaban al común de la aristocracia el estilo de vida de unos y otros, la ropa que utilizaban, el tipo de alimentación, los hábitos de comportamiento e incluso el lenguaje que utilizaban.


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