Arquitectura funeraria

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Datos principales

Inicio 
550AC
Fin 
334AC
Rango 
550AC to 334AC
Periodo 
Irán

Desarrollo

La arquitectura funeraria aqueménida conocida es también un empeño real, con excepción de las tumbas rupestres de Media que, si como quiere H. von Gall, corresponden a una época tardía, habrían sido abiertas por los jefes medos de la región a imitación de las reales, según vimos. El monumento funerario más antiguo es la tumba de Ciro, situada más de un kilómetro al sur de Pasargada. Estrabón cuenta que Aristóbulo encontró dentro de la cámara un lecho de oro, una mesa con copas y un féretro de oro. Una inscripción decía así: "Hombre, yo soy Ciro, el que fundó el imperio de los persas y fue rey de Asia. No me envidies por este monumento". Dice D. Stronach que, pese a su severidad -una especie de capilla con techo a dos aguas, levantada sobre un podio de seis gradas, sin mayor adorno-, la tumba impresiona. Tiene dos partes bien señaladas: un podio escalonado de seis gradas de piedra, con 13,35 x 12,30 m en la base y 5,5 m de altura; sobre esta especie de plinto se levantó la cámara, construida con el mismo material, con un acceso directo por el NO y 3,17 x 2,11 m. Casi todos los autores están de acuerdo en notar influencias jonias en el conjunto y en el detalle, aunque otros recuerden las raíces iranias, urartias y mesopotámicas incluso. Menos la que debió haber sido destinada a Cambises -una plataforma de piedra cerca de Persépolis-, el resto de las tumbas reales aqueménidas difieren por completo de la de Ciro. Desde Darío I los monarcas decidieron construir sus tumbas a cierta altura, cavadas en la roca según módulos que mantendrían y siguiendo el precedente urartio ahora embellecido y mejorado. Naqs-i Rustam, a unos cinco kilómetros de Persépolis, era un valle recoleto y cerrado por farallones casi verticales. Los elamitas lo habían señalado ya como un lugar sagrado, y Darío lo escogió para construir su tumba. A una altura conveniente, los arquitectos trazaron una especie de marco en forma de cruz, con 22,50 m de altura. En el tramo superior, Ahura Mazda en lo alto y el rey con un arco en la izquierda, invocando a su dios sobre un estrado que mantienen dos filas con las 28 naciones citadas en la inscripción. A los lados -aunque no suelen ser visibles en las fotografías-, personajes del séquito real en tres filas. Por debajo de la decoración escultórica, cuatro columnas lisas adosadas, con capiteles de protornos, semejantes a los de Persépolis. En el interior se talló un techo en doble vertiente como evocando la tumba de Ciro, según R. Ghirshman, además de varios sarcófagos. En líneas generales, el resto de las tumbas de Naqs-i Rustam, abiertas por Jerjes, Artajerjes I y Darío II repiten el esquema, lo mismo que las excavadas por Artajerjes II, Artajerjes III y Darío III detrás de Persépolis. Es bien conocida la observación de Heródoto de que los persas no tenían templos en el sentido estricto. Y con independencia de ciertas intervenciones, en líneas generales -como afirma R. Ghirshman- ello era cierto. Las funciones de templo eran cumplidas por plataformas de piedras, más o menos grandes, sobre las que se levantaban altares de fuego, como en Pasargada o en Naqs-i Rustam. En ambos sitios se levantaron también una especie de torres, no lejos de las tumbas con las que parecen tener relación. La mejor conservada, la de Naqs-i Rustam, se dedicó justo frente a la tumba de Darío. Construida en piedra caliza blanca, con 11,60 m de altura y 7,30 de lado, cada fachada presenta un finísimo trabajo de cantería, con decoración de alvéolos rectangulares y 3 filas de ventanas, en piedra negra, coronado todo por un friso de dentículos. Una escalinata llevaba a una cámara de 5,30 x 3,75 m. Este curioso edificio ha sido interpretado de muy diversas formas: templo del fuego eterno (R. Ghirshman), tumba provisional de los soberanos y luego, santuario donde se guardaban los estandartes (A. Godard), templo de Anahita (S. Wikander) y algunas más. Pero como decía E. Porada, su verdadera significación sigue siendo problemática. A efectos artísticos al menos, y como ya sugirió R. O. Barnett tiempo atrás, la torre de Naqs-i Rustam denota un cierto influjo de la arquitectura religiosa urartia.


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