Arquitectura en la Península Ibérica

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Datos principales

Inicio 
1800DC
Fin 
1850DC
Rango 
1800DC to 1850DC
Periodo 
Cd1018

Desarrollo

La Lisboa pombalina constituye una de las muestras más sobresalientes de renovación urbana clasicista de fines del siglo XVIII. Se trata de una remodelación integral del tejido urbano, iniciada por Eugenio dos Santos (1711-60), que se hizo necesaria después del terremoto de 1755, proseguida tras la muerte del marqués de Pombal (1782). Estuvo supervisada, entre otros, por José da Costa e Silva (1747-1819), y algunas de las construcciones más sobresalientes, como el Palacio de Ajuda (1802) corresponden ya al siglo XIX. En este período las estructuras del clasicismo romántico preservarán su vigor y valor representativo, como lo demuestra, por ejemplo, la construcción del Teatro de Doña María II en los años cuarenta, obra de F. Lodi. En España el único proceso coetáneo comparable a las reformas lisboetas de Pombal sería la urbanización y ornamentación del Prado de San Jerónimo en Madrid, cuyas obras se iniciaron en 1767.Como es sabido, lo mismo en Portugal que en España el clasicismo barroco italiano fue adoptado en la primera mitad del siglo XVIII en el ámbito de la arquitectura áulica. La tarea de los arquitectos y tratadistas españoles, como Ventura Rodríguez (1716-83), José de Hermosilla (?-1776) y Diego de Villanueva (1715-74), a mediados de siglo fue el reelaborar el lenguaje barroco clasicista y el abolir el barroco castizo. Este fue un proceso simultáneo al del establecimiento de las Academias en nuestro país. Pero la incorporación de la arquitectura racionalista no fue tan temprana. La generación de arquitectos mencionada se esforzó fundamentalmente en la recuperación del credo vitrubiano y la tratadística renacentista que de éste se deriva, el estudio y medición de edificios antiguos y en la revisión histórica de la obra de Juan de Herrera. Herrera era el máximo exponente del clasicismo nacional y nunca se asoció al decadentismo de los Austrias, objeto de aversión éste sobre el que tuvo por entonces exclusiva licencia de encarnación el churriguerismo. Pero este enfrentamiento directo al barroco castizo no es tan relevante en generaciones posteriores.La actualización del código clasicista con una llamada al orden, a la valoración del espacio, a la disposición, a la economía de las fábricas y a la corrección arquitectónica propia de los rigoristas, especialmente de Algarotti y Laugier, se inició con Diego de Villanueva, aunque la ruptura plena con el clasicismo fundamentado en los criterios de la cómoda elegancia y corrección de los repertorios decorativos se generaliza realmente después. Tuvo, a este respecto, gran importancia la obra de Pedro Arnal (1735-1805) y la recepción del tratado de M. J. Peyre "Disertación de arquitectura sobre la distribución de los antiguos comparada con los modernos", cuya traducción apareció en Madrid en 1789. La instancia de Peyre, como asegura Carlos Sambricio, no es ya la de interpretar, sino de crear una forma clásica y la de conformar tipologías arquitectónicas que sirvan a un modelo moral de sociedad.En la década de los noventa queda abierta la discusión propiamente racionalista orientada a la recuperación de la arquitectura antigua por la crítica tipológica y el tesón de estudios históricos. En el fin de siglo y a principios del XIX nos encontramos con un aggiornamento de nuestra arquitectura, al tiempo que con una interesantísima reelaboración del código herreriano, que se traduce en un clasicismo purista entre cuyos exponentes se encuentran obras tan valiosas e independientes como las de Juan de Villanueva (1739-1811).A la generación de Villanueva y Arnal pertenecen Ignacio Haan (1750-1810) y el catalán Juan Soler (1731-1794), autores, respectivamente, de los proyectos de la Universidad de Toledo y de la Lonja de Barcelona. Pero la obra de estos autores no se interna en el siglo XIX. Durante la ocupación francesa la actividad de Villanueva fue muy escasa, no ya sólo en razón de su vejez, sino también por la nula simpatía que le despertaba el régimen de José Bonaparte. Villanueva había visto, además, cómo su mayor obra, el Gabinete de Ciencias y futuro Museo del Prado, cuya fábrica estaba casi concluida a la llegada de los galos, lejos de conseguir respeto, sufría todo tipo de destrozos y raterías con la invasión napoleónica y el estallido de la guerra.Durante los años de la anexión al Imperio napoleónico fueron muy limitadas las obras arquitectónicas que se llevaron a cabo en nuestro país. Las actuaciones urbanas en el Madrid de José I, aunque se proponían continuar con el embellecimiento iniciado por Carlos III, fueron muy exiguas de hecho. Tanto en Madrid como en Sevilla se intervino en el interior de la ciudad, derribando manzanas de viviendas e inmuebles eclesiásticos para abrir las plazas que hicieron medianamente célebre a José Bonaparte. La reforma más ambiciosa y mejor concebida de Madrid fue el trazado de un gran eje que había de enlazar el Palacio Real con la iglesia de San Francisco el Grande, ésta convertida en sede de las Cortes. La comunicación entre ambos edificios venía dada por la concatenación de tres plazas monumentales o foros y un viaducto que salvaba la pendiente de la calle Segovia.El autor de este proyecto no realizado es Silvestre Pérez (1767-1825), el arquitecto más activo en el Madrid napoleónico y el más insigne de los que en España asimilan, junto a la propia tradición neoclásica, la arquitectura revolucionaria francesa. La arquitectura visionaria y el historicismo antiquizante que conecta con la nueva lectura de Blondel que se estaba dando en Francia tuvo su momento de apogeo en los últimos años del siglo XVIII y en la primera década del XIX, en un círculo reducido de autores ligados a la Academia. Dejando a un lado las discusiones y los proyectos, las realizaciones prácticas fueron contadas, pero con Silvestre Pérez y sus discípulos de entonces, estas ideas dejarán su impronta en el desarrollo de la arquitectura de la siguiente década, curiosamente bajo el absolutismo fernandino.Un plan de ordenación urbana que sobresale en los años del dominio napoleónico es el proyectado por Isidro González Velázquez (1765-1840) en Palma de Mallorca, donde se refugió este discípulo de Juan de Villanueva en 1810. Velázquez, además de haber diseñado muy distintos edificios en la isla, es autor del planeamiento urbano del Borne de Palma y del cerramiento del Jardín de la Lonja, proyectos que enlazan con los prospectos clasicistas del tenor del configurado en el Paseo del Prado de Madrid. Fuera de Mallorca, la actividad edilicia en el breve período del dominio francés carece de exponentes notables. Pero, aunque algunas veces la historiografía ha querido ver un lenguaje propio en la arquitectura del período fernandino, todo indica que no hubo en el ámbito de la construcción una ruptura específica con lo iniciado en las primeras décadas de siglo, salvo en lo que afecta a los contenidos ideológicos, a la propaganda política de los edificios conmemorativos.Silvestre Pérez, tras un breve exilio en Francia, se reincorporó a sus actividades de arquitecto en 1815, esta vez en el País Vasco, donde ya había trabajado. No era ésta una región periférica, sino uno de los espacios más interesantes en el desarrollo de la arquitectura ochocentista. Mantuvo su gusto por edificios robustos y desornamentados, y éste fue ratificado por sus seguidores. El proyecto más destacado de cuantos se idearon en el País Vasco es la reconstrucción de San Sebastián. Silvestre Pérez asesoró aquí a Manuel Ugartemendía, quien había diseñado 1813 un nuevo trazado urbano ortogonal, con una gran plaza central porticada y un concepto estandarizado de las construcciones, que no se llevó a la práctica. La rehabilitación llevada a cabo en la ciudad afectó poco al antiguo trazado, pero sí al carácter y aspecto de los edificios. En San Sebastián se abrió la Plaza Nueva (1817) siguiendo el tipo tradicional de plaza mayor española, recuperada por Villanueva, como el propio Silvestre Pérez hizo en Bilbao en 1821 Justo Antonio de Olaguíbel (1752-1818 )había llevado a cabo en Vitoria a fines del XVIII.Isidro González Velázquez actuó como Arquitecto de Obras Reales para Fernando VII con importantes intervenciones en El Pardo, Aranjuez y Madrid. Es autor del muy vilanovino Salón de Sesiones del Senado (1820), la pieza más antigua del complejo edificio actual. Retomó el proyecto de remodelación del entorno palaciego madrileño de Silvestre Pérez, pero la intervención se centró en el trazado de una plaza circular ante la fachada oriental: la Plaza de Oriente (1817-), que nunca llegó a configurarse en la forma propuesta por Velázquez. En el extremo opuesto al palacio, el planeamiento incluía la erección del Teatro Real, cuyas obras se iniciaron en 1818. Este edificio de extraño sino, con planta en forma de ataúd, como ha observado P. Navascués, fue concebido por otro discípulo de Villanueva, Antonio López Aguado (1764-1831), arquitecto municipal, pero también autor del planeamiento de la ciudad-balneario La Isabela (Guadalajara), construida de nueva planta entre 1817 y 1826. El innovador proyecto inicial del teatro fue alterado paulatinamente, sobre todo en las distribuciones internas. Muerto López, continuó a cargo de las obras Custodio Teodoro Moreno (1780-1854), otro arquitecto formado en la preguerra.Dejando a un lado obras excepcionales, lejos de encontrar conceptos arquitectónicos distintivos en el período fernandino, es la normalización del clasicismo, en forma de rutina académica, lo que marca esta larga época conservadora, caracterizada, eso sí, por una depreciación de los criterios idealistas y las aspiraciones ilustradas. Tampoco puede hablarse de un estilo oficial, sino de la adopción universal de las gramáticas clasicistas históricas sin alternativas críticas y sin nuevo proyecto de sociedad. La normalización del academicismo es más notoria si advertimos que la descentralización que se deriva de la derogación durante el Absolutismo de la Real Cédula de 1777, que reservaba los estudios de arquitectura y las titulaciones a la Real Academia de San Fernando, sólo produjo un reflejo mimético de las pautas del clasicismo restauracionista en obras municipales, como las de Zaragoza, Valencia o Cádiz. El caso de Barcelona no fue una excepción. Antonio Celles (1755-1835) fue el organizador de los estudios de arquitectura en la Lonja. Se había formado con Benito Bails, Arnal y Silvestre Pérez, conocía de primera mano el racionalismo de Durand, lo mismo que la lectura rigorista de la arquitectura clásica y la atención arqueológica, y, sin embargo, tanto él como sus seguidores se esmeraron en definitiva por respetar el precepto academizado de la conveniencia del diseño arquitectónico sin ningún tipo de fisuras. La doctrina de Durand tuvo en esta época una lectura estrictamente antiinnovadora, aunque vino a dictaminar el imperativo de que la función de las construcciones se manifestara en el aspecto externo de éstas.En el período isabelino la actividad arquitectónica catalana es más interesante, producto en buena medida de la formación impartida en la Lonja. Muestra de ello en Barcelona son las Casas Xifré de José Buxareu, un gran bloque de viviendas porticado que se levantó entre 1836 y 1840. La articulación sencilla y clara de los espacios y el moderado ornamento clasicista consiguen un digno equilibrio entre las necesidades funcionales y la representatividad urbana para una arquitectura doméstica de dimensiones sólo comparables hasta entonces con las de las plazas mayores. La Plaza Real, obra de Fco. D. Molina (1815-1867) iniciada en 1848, supuso una de las intervenciones urbanas más felices de la época y denota una libertad de interpretación de los esquemas tradicionales de las plazas mayores hispanas muy bien aprovechada.Si bajo el absolutismo fernandino puede decirse que primó la construcción de casas consistoriales, la etapa de la Regencia y el reinado de Isabel II no fue sino la época de los teatros. Se construyeron teatros en numerosos municipios bajo un efecto de mimetismo similar al que existe en la España de hoy con los proyectos de museos de arte contemporáneo. Valencia, La Coruña, Alicante y otras tantas ciudades españolas levantaron sus odeones como las construcciones más mimadas y anheladas de esta esperada época de tolerancia. Los códigos clasicistas se mantuvieron, pero se diversificaron aún más las referencias históricas del lenguaje arquitectónico empleado.Si antes eran las referencias antiguas, herrerianas y del clasicismo barroco las que primaban, en este momento comienzan a tener notoriedad en España los modelos del renacimiento italiano. Ahora bien, no sólo encontramos una notable variedad tipológica, sino que también la libertad romántica en la interpretación de los estilos históricos -siempre clasicistas en la España de la primera mitad del XIX- hizo su aparición propiciando soluciones originales y casi siempre sincretistas, que dejan atrás las preocupaciones por el rigor académico. A este respecto hemos de recordar las realizaciones de Martín López Aguado (1796-1866) y Narciso Pascual y Colomer (1808-1870) en Madrid y sus alrededores. La creación de la Escuela Especial de Arquitectura (1848), una institución de enseñanza independizada de la Academia y de sus fines y que contaría con mayor libertad y especificidad en el programa de estudios, es síntoma del cambio paulatino que se verificó en España a mediados de siglo en todo lo que afecta a las ideas sobre la tarea de la arquitectura.


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