Última etapa victoriana

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Datos principales

Inicio 
1830DC
Fin 
1901DC
Rango 
1830DC to 1901DC
Periodo 
Inglaterra victorian

Desarrollo

Desde una perspectiva política, las últimas décadas de la época victoriana se caracterizaron en el Reino Unido por la misma estabilidad institucional que las anteriores. No obstante, los principales instituciones experimentaron importantes variaciones en sus funciones y en sus relaciones mutuas. La Corona perdió poder efectivo y ganó poder simbólico. Aunque la Cámara de los Lores siguió reteniendo, y ejerciendo, todas sus atribuciones, el principal protagonismo correspondió, cada vez más, a una Cámara de los Comunes cuya elección se había convertido en el centro de la vida política. El ejecutivo alcanzó una nueva autonomía. En 1867, el comentarista más conocido de la Constitución inglesa, Walter Bagehot escribió: "mientras que el corazón humano sea fuerte y la razón humana débil, la Monarquía será fuerte porque apela a sentimientos difusos y la República débil, porque apela al entendimiento". En las últimas décadas del siglo XIX, la institución monárquica inglesa se hizo más fuerte porque, a pesar de que el monarca perdiera poder efectivo -o, más bien, precisamente por ello- ganó popularidad y simpatía en la opinión pública. Y, en un mundo en cambio acelerado, la Corona se convirtió en el símbolo más poderoso de lo que merecía la pena ser conservado, y también de la unidad nacional. Este cambio tuvo lugar durante el reinado de la reina Victoria, que había subido al trono en 1837 y habría de ocuparlo hasta 1901. Y se produjo a pesar de que los quince años que siguieron a la muerte del príncipe Alberto, en 1861, fueron de muy escasa presencia y prestigio de la Monarquía, debido a los escándalos protagonizados por el príncipe de Gales y, sobre todo, al permanente alejamiento de la vida pública de la reina, hundida física y anímicamente por la pérdida de su marido. "Por causas que no son difíciles de definir escribía Bagehot en 1874- la reina ha hecho casi tanto para dañar la popularidad de la Monarquía, con su prolongado alejamiento de la vida pública como el menos valioso de sus predecesores hizo con su libertinaje y frivolidad". Al final de los años setenta, sin embargo, se produjo el cambio indicado en la apreciación de la reina y de la Monarquía. Como ha escrito David Cannadine, "la longevidad de Victoria, su probidad, sentido del deber, y su posición sin rival como matriarca de Europa y figura maternal del Imperio, llegó a sobrepasar y después a eclipsar, la anterior actitud hostil hacia ella". Esta transformación no fue, sin embargo, algo espontáneo, que se derivara exclusivamente de las cualidades personales de la persona que ocupaba el trono. Tuvo que ver profundamente con lo que hoy llamaríamos "una operación de imagen", con los cambios producidos en el ritual y las ceremonias en las que participaba la realeza. David Cannadine, que ha estudiado magistralmente las variaciones en el contexto y naturaleza del ceremonial real británico, ha señalado cómo, durante los tres primeros cuartos del siglo, "el ceremonial no existía para exaltar a la Corona por encima de la lucha política (..). La influencia política del monarca lo hacía peligroso; el poder real de la nación lo hacía innecesario; y la naturaleza localista de la sociedad, reforzada por la prensa provincial, y combinada con la carencia de un escenario urbano suficientemente espléndido, lo hacía imposible". El cambio del contexto -la pérdida de poder efectivo por parte del monarca, la competencia internacional, el avance de la centralización, el desarrollo de una prensa nacional y la transformación de Londres en una ciudad monumental- permitieron un cambio en el ritual, hasta entonces "inadecuado, privado y de escaso atractivo, que se hizo espléndido, público y popular", con la finalidad, ahora sí, de exaltar el poder simbólico -"dignificado", según Bagehot de la realeza. Las ceremonias de proclamación de la reina como emperatriz de la India, en 1877, y los jubileos de 1887 y 1897, son buenas muestras de todo esto. El cambio estructural más importante que tuvo lugar en el Reino Unido durante este período fue el conjunto de reformas electorales que se llevaron a cabo entre 1883 y 1885 -que reciben el nombre global de "tercera ley de reforma"-, mediante las que se alteraron sustancialmente la composición del electorado y la delimitación de los distritos electorales. Una Ley de Prevención de Prácticas Ilegales, de 1883, estableció límites máximos de gastos electorales, de acuerdo con el volumen del censo del distrito, y mecanismos concretos para que los gastos pudieran ser fiscalizados y los excesos castigados. Por otra ley de 1884, los derechos electorales de los distritos urbanos ("boroughs") -fundamentalmente el derecho derivado de la ocupación o propiedad de una casa ("household suffrage")- fueron extendidos a los distritos rurales ("counties"). Como consecuencia de esto, el censo electoral del Reino Unido pasó de 3.150.000 electores a 5.708.000, entre el 63 y el 66 por 100 de la población adulta masculina. Se podía obtener el derecho al voto por siete criterios diferentes, pero el 84,3 por 100 de los electores lo debían al "household suffrage". El grupo más importante de los que todavía quedaban excluidos eran los hijos que vivían con sus padres, o los empleados domésticos que vivían en casa de sus señores. Por último, una ley de 1885 llevó a cabo una radical transformación de la geografía electoral, estableciendo distritos uninominales por cada 50.000 habitantes, que elegían su representante por mayoría simple. Las grandes ciudades y las regiones de Lancashire y Yorkshire, anteriormente infrarrepresentadas, obtuvieron en conjunto 67 escaños más. Irlanda adquirió una representación exagerada en relación con Gran Bretaña: sus 103 diputados representaban un término medio de 6.700 electores, por los 13.000 que correspondían a cada diputado inglés. Liberales y conservadores estuvieron de acuerdo en la ley de 1883, que beneficiaba a ambos partidos porque dificultaba el triunfo de candidatos independientes, que estuviesen dispuestos a gastar cuanto fuera necesario para conseguir el escaño. En la tramitación de la ley de 1884, sin embargo, se produjo un importante enfrentamiento entre los dos partidos, no por el principio básico de la ley la extensión a los distritos rurales del sufragio por hogar - en el que ambos estaban de acuerdo-, sino porque los liberales querían que una vez aprobada esta ley, se celebraran elecciones y el nuevo Parlamento llevara a cabo la redistribución de los distritos. Los conservadores se oponían porque temían que si las próximas elecciones se celebraban con el sufragio ampliado, pero con la geografía electoral vigente, se produjera una amplia victoria liberal y que, con un Parlamento absolutamente controlado, éstos harían una redistribución demasiado favorable a sus intereses, lo que podría alejarlos indefinidamente del poder. Los liberales, dada su mayoría en los Comunes, lograron la aprobación del proyecto de ley, pero fueron derrotados en los Lores. Finalmente, conservadores y liberales acordaron unir los dos temas y la ampliación del derecho electoral fue aprobada. La propuesta de redistribución que finalmente se adoptó, sorprendentemente, fue iniciativa de los conservadores. Éstos pensaban que así aseguraban sus feudos -los distritos rurales y las pequeñas ciudades inglesas- aunque fuera a costa de abandonar los grandes distritos urbanos a los liberales. Para los contemporáneos, con esta reforma, los liberales ganaron y los conservadores perdieron; pero de acuerdo con los resultados posteriores, esto no está tan claro, aunque hay que tener en cuenta la ruptura del partido liberal a raíz del "Home Rule". Con anterioridad se había efectuado otro importante cambio relativo a la legislación electoral: la aprobación del voto secreto que, en 1872, vino a sustituir a la anterior práctica de manifestar en voz alta la preferencia del elector. Esta innovación, que formaba parte de las peticiones reclamadas treinta años antes por los cartistas, no tuvo como causa inmediata la presión popular, sino los acuerdos y ajustes dentro del partido liberal; concretamente fue la condición impuesta por el radical John Bright para formar parte del gobierno de Gladstone, en 1868, a la que éste accedió -a pesar de haberse manifestado siempre contrario al voto secreto- para así equilibrar el tono marcadamente whig, aristocrático, de su primer gobierno. Conservadores y liberales continuaron obteniendo alternativamente el apoyo del electorado y turnándose, por consiguiente, en el poder ejecutivo. Esta alternancia, sin embargo, no fue regular ni equilibrada, como no lo había sido nunca en la moderna historia constitucional británica, ni lo sería posteriormente. También en este período se pueden distinguir épocas de un claro predominio de uno sólo de los dos grandes partidos. Concretamente, en las tres últimas décadas del siglo XIX, cabe hablar de un predominio liberal hasta 1885 -continuación del ejercido por este partido desde la escisión conservadora de 1846- y de una época de predominio conservador a partir de 1886, como consecuencia de la división de los liberales a causa del "Home Rule" irlandés. En la victoria conservadora de 1874, influyeron factores generales o nacionales como la apelación al imperio y a la reforma social, realizada por Disraeli, y el temor, por parte de las clases medias urbanas, al excesivo espíritu reformista de los liberales, así como el rechazo a determinadas medidas llevadas a cabo por el gobierno de Gladstone en los años precedentes; en especial, las leyes relativas a educación, a la relación de los establecimientos donde se consumían bebidas alcohólicas, y en contra de los piquetes pacíficos en las huelgas. Pero, en conjunto, la respuesta dada por los partidos a los problemas locales -gobierno e impuestos municipales, escuelas, obras de beneficencia- y las influencias sociales y personales continuaron desempeñando el papel fundamental. Para algunos historiadores, el factor determinante fue la influencia derivada del contrato de trabajo; entre los obreros industriales se difundió una forma de vida política básicamente tradicional: los patronos ejercieron en los ámbitos urbanos -sobre todo en aquellos que eran controlados por pocas empresas- el mismo papel que en los distritos rurales habían desempeñado hasta entonces los grandes propietarios. Sin negar este tipo de influencias, aunque matizando sus efectos, otros historiadores consideran que en la determinación del voto fueron más importantes la religión u otros factores sociales como la pertenencia a un barrio determinado, a un club, o la simple frecuentación de una taberna. A partir de las elecciones de 1880, las grandes cuestiones nacionales pasaron a desempeñar el papel predominante: en aquel año concretamente, los efectos de la "gran depresión" -que afectó tanto a la agricultura como a la industria- y la política exterior de Disraeli. En 1881 murió Disraeli. La política de masas -y menos en la fase incipiente en que se encontraba en Gran Bretaña- no excluye el protagonismo de los líderes. La mayor parte de la vida política de Disraeli había transcurrido durante el período intermedio del reinado de Victoria: sus dos actuaciones fundamentales fueron la oposición a Peel en 1846, y la ley de reforma electoral de 1867. Sin embargo, en los años setenta, Disraeli, además de impulsar la orientación hacia el Imperio, fue el líder indiscutido de un nuevo partido conservador, que él había contribuido decisivamente a formar: un partido nacional y popular, defensor de la Iglesia de Inglaterra, y basado socialmente en una nueva alianza de la aristocracia y el pueblo. Un partido al que condujo a su primera gran victoria electoral en más de treinta años. Ni por su origen -un "judío aventurero", le llamó el tercer marqués de Salisbury, en 1868, perteneciente a una familia cuya riqueza no procedía de la propiedad de la tierra-, ni por su temprana dedicación a la literatura, ni por sus ideas -dominadas por la ironía y un fuerte espíritu crítico hacia las instituciones parlamentarias- parecía Disraeli llamado a convertirse en uno de los líderes más característicos de la derecha británica contemporánea. Todo ello le hace un personaje multifacético y paradójico que sigue siendo objeto de atención y estudio. En el último discurso de su vida, en 1906, Joseph Chamberlain declaró que la conversión del partido liberal al "Home Rule", en 1886, había sido "el gran acontecimiento de nuestra generación", porque había "alterado por completo el curso de nuestra historia política, revolucionado nuestras relaciones políticas, (y) destrozado el partido liberal". Desde la Unión de 1800, Irlanda no había dejado de plantear problemas a los políticos ingleses. En 1867, la Hermandad Republicana Irlandesa -cuyos miembros eran conocidos popularmente como los "fenians"- llamó a una sublevación, porque los derechos y libertades del pueblo estaban siendo pisoteados por una aristocracia extranjera, que había confiscado la tierra y estaba absorbiendo la riqueza del país. El levantamiento no obtuvo un gran respaldo popular y fue fácilmente reprimido por el Ejército. Desde entonces, sin embargo, el problema irlandés estuvo en el primer plano de la política británica. En los años 1880, el problema de la tierra reemplazó a las cuestiones religiosas como el principal motivo de agravio de los irlandeses. Buena parte de la tierra estaba en manos de aristócratas ingleses, absentistas, que las explotaban de acuerdo con normas que si siempre habían levantado protestas, en los años de la "gran depresión", se manifestaron absolutamente inaplicables: la rentabilidad de las explotaciones no era suficiente para que los arrendatarios pagaran las rentas fijadas por los propietarios. Un número creciente de miles de familias fueron obligadas a desalojar las tierras. Como respuesta a los desahucios se produjeron numerosos incendios, mutilaciones de ganado y atentados personales. La "guerra de la tierra" fue dirigida por nacionalistas como Charles S. Parnell y Michael Davitt, al frente de la "Liga de la Tierra de Irlanda". Como de costumbre, desde Londres se hicieron concesiones a la vez que se utilizaba la fuerza. Al comienzo de su segundo gobierno, Gladstone, a quien terminaría obsesionando la cuestión irlandesa, impulsó una labor legislativa para suprimir los abusos de los propietarios; mediante una Ley de la Tierra, de 1881-conocida como de las "tres efes: fair rent, fixity of tenure y free sale", renta justa, arrendamiento por tiempo fijo y venta libre- y otra Ley de Deudas, de 1882, satisfizo las demandas de los arrendatarios. Al mismo tiempo, aplicó medidas represivas: Parnell fue encarcelado y la Liga proscrita. Después del asesinato del delegado para Irlanda, en 1882, estas medidas se hicieron más duras y se terminó restaurando el orden. En 1886, Gladstone quiso ir más lejos y propuso el "Home Rule", la concesión de la autonomía política que los irlandeses, al menos, reclamaban: la constitución de un Parlamento irlandés para tratar de sus propios asuntos, bajo el control último del Parlamento de Londres. Como en Gladstone era habitual, presentó el tema en términos morales, como una cuestión de justicia. Pero el partido liberal no le siguió, separándose de él gran parte de sus dos alas extremas, de derecha e izquierda: el grupo "whig", dirigido por Hartington -lo que era previsible, dados los ataques de Gladstone a los privilegios aristocráticos-, y los radicales de Joseph Chamberlain -de forma más sorprendente, parece que por miedo al papel que los católicos podían llegar a desempeñar-. Ambos grupos constituirían el partido liberal unionista, que se uniría al partido conservador, opuesto también al "Home Rule". A pesar del apoyo de Parnell al frente de los nacionalistas irlandeses -que desde 1884, y gracias a la aplicación a Irlanda de la nueva ley electoral en las mismas condiciones que a Gran Bretaña, por primera vez en su historia, contaban con más de 80 diputados en Westminster- el proyecto fue derrotado en los Comunes. Los liberales tuvieron que dejar el gobierno a la coalición de conservadores y unionistas. En las elecciones de 1892, los liberales obtuvieron los suficientes escaños para, con ayuda de los nacionalistas irlandeses, formar gobierno -nuevamente, y por última vez, con Gladstone como primer ministro-. Otra vez fue presentado el proyecto de "Home Rule" que, en esta ocasión, sí fue aprobado por los Comunes. Pero los Lores, donde el partido liberal había perdido toda posibilidad de imponerse, desde la separación de los "whig", rechazó abrumadoramente el proyecto, en septiembre de 1893. Gladstone se planteó seguir combatiendo por el tema, pero fue disuadido por el partido. El conflicto entre los Lores y el pueblo quedó aplazado y la autonomía irlandesa aparcada. ¿Cuáles fueron las consecuencias de la frustración de esta reforma? En Irlanda, básicamente, la persistencia de un nacionalismo antibritánico. Es decir, el fracaso por parte inglesa en hacer aceptable la unión a los irlandeses. En el Parlamento de Londres se prestó mayor atención a Irlanda que a cualquier otro problema del país. Muchos de los agravios existentes, sobre todo la marginación que sufrían los católicos, tanto en la administración como en la vida económica, fueron en gran medida solucionados. Especial atención se dedicó al problema de la tierra: hacia 1905, casi toda la tierra agrícola estaba sometida a rentas controladas o había pasado a poder de los anteriores arrendatarios. Pero todo ello no fue suficiente para anular el deseo de lograr la autonomía política por parte irlandesa; la subordinación se veía como la causa principal de todos los problemas, también el de la pobreza, que seguía empujando a millones de irlandeses a la emigración. El proceso político se vio afectado en Gran Bretaña por la división y el consiguiente debilitamiento del partido liberal, que no su decadencia definitiva; ésta habría de llegar en la tercera década del siglo XX, después de conocer nuevos días de gloria. Lo que sí supuso la escisión del Home Rule fue el final del conglomerado en que consistía el partido liberal desde su formación en 1859, bajo la dirección de Gladstone, y la formación de uno nuevo, cuyas señas de identidad siguen siendo ampliamente discutidas, parece que más dependiente del voto de la clase obrera y, desde luego, comprometido de una nueva forma con la política social.


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