África del Norte en la Antigüedad

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Datos principales

Inicio 
3000AC
Fin 
500DC
Rango 
3000AC to 500DC
Periodo 
África
Lugar 
Derechos 

Desarrollo

El progresivo desecamiento que conoce el ámbito sahariano, a partir del III milenio a.C., propicia que todos los países africanos vecinos o limítrofes al Mediterráneo entren en contacto con el Próximo Oriente asiático. Así ocurre con el África Menor, la Isla del Poniente -Jezira el Maghrib- si se hace abstracción de la estrecha franja litoral que lleva desde Tripolitania hasta las Sirtes y que vendrá a constituir la obligada ruta de tránsito para los más diversos aportes de Oriente. Este hecho contribuye muy posiblemente a la fracturación de la que el alemán L. Frobenius denominaría cultura sírtica. Fue quizá la primera cultura africana de fundamentos paleo-mediterráneos, que se intentó configurar en la primera mitad del siglo actual, dado que muy bien podrían justificar su existencia los determinados estratos o vivencias que pudieran expresarse en ciertas prácticas, creencias y adquisiciones que se manifiestan en diversas regiones africanas incluso demasiado alejadas unas de otras, prácticas entre las que quizá podrían recordarse aquí el uso del palo de trillar, o el mismo culto al carnero... Según parece, la vasta región que se extiende de oeste a este entre el cabo Espartel y el cabo Bon, con una extensión de unos 1.550 kilómetros, que se presenta fraccionada en diversos macizos de difícil acceso, se hallaría a la sazón habitada por tres elementos étnicos: protoberéberes de elevada estatura, también denominados íbero-mauritanos, que a mediados del I milenio, tras asentarse en algunas sierras, pudieron llegar voluntariamente o ser forzados -en lo que se refiere a alguna fracción- a su asentamiento en el archipiélago canario, ante la presión de otras gentes llegadas desde el ámbito tripolitano y que vienen siendo conocidas, ya como capsienses, ya como libios. Un tercer elemento étnico se presentaría integrado por gentes de piel atezada, quizá emparentados con los melanodermos del África oriental. Estas últimas gentes gustaban de llevar una existencia itinerante, dedicada a la caza o recolección, lo que no era obstáculo para que practicasen una agricultura elemental con arcaicos métodos de irrigación. No se descarta que sean los mismos a los que los griegos denominaron en un principio etíopes, aludiendo a sus caras quemadas. Asimismo, hacia el III mileno a.C. el clima se presentaba hasta cierto punto semejante al que hoy conoce el África Menor, incluidas lluvias torrenciales de invierno, bonanzas y también un período seco de mayo a septiembre. Es obvio que la misma variabilidad de las precipitaciones, según las regiones, pudo producir grandes estragos en fauna y ganado. Por entonces el suelo se presentaba menos ralo y con más vegetación que hoy, y tierras que actualmente han sido desertizadas por el avance del Sahara llegaron a conocer el regadío. Quizá sea oportuno señalar que independientemente de estas vicisitudes, África Menor habrá de conocer diversos cambios de fauna y flora, a partir del momento en que África del Norte entra en la Historia. Ello explica el que junto a diverso ganado vacuno e incluso a un elefante de talla media que venían conviviendo desde siglos atrás, empezara a expandirse un tipo nuevo de óvido, el llamado carnero de Berbería, llegado desde el Próximo Oriente y que a partir del I milenio terminará por dominar la cabaña indígena. Poco más o menos por la misma época se difunde un tipo caballar que se ha impuesto ya en Egipto y Nubia. Y por lo que se refiere al camello, quizá sea interesante recordar que su llegada al África no se estima mucho más atrás de los primeros años de la Era cristiana... Sustituye hasta cierto punto a los elefantes que habrán de ser utilizados por los cartagineses en diversas labores e incluso en la guerra, hasta conocer su extinción, ya bajo el dominio romano, que es testigo asimismo del retroceso de fauna no excesivamente agradable, como pueden ser los leones, los perros salvajes, etc. Convertido desde la Edad del Bronce en un medio idóneo de comunicación, el Mediterráneo sirve a partir del III milenio para el establecimiento de un sinfín de relaciones. Desde milenios atrás, sus confines occidentales habían sido testigos de la llegada a la Península Ibérica de corrientes foráneas, como la misma que aportó la cerámica cardial, diversas conquistas agrícolas e incluso hizo posible la llamada cultura del Argar. Es muy posible que en algún momento del II milenio traficantes de marfil y otros productos, llegando desde la Península Ibérica, pudieran introducir el bronce en el Atlas marroquí. Por su parte, y desde el Oriente, las hoy Túnez y Argelia conocerían diversas influencias, llegadas desde Cerdeña, Italia del sur y Sicilia, que han quedado patentes en particulares técnicas y manifestaciones. Así, la adopción de la arquitectura en mampuestos o de técnicas pelásgicas, en las que se quieren ver ciertas influencias egeo-orientales. Estas mismas podrán manifestarse incluso en el uso de las tumbas de fosa rectangular, en concretas expresiones del megalitismo que se avistan en los dólmenes del litoral e incluso en formas decorativas y motivos ornamentales que habrán de perpetuarse prácticamente hasta nuestros días en la producción cerámica de la kabilia. No hay certeza alguna acerca de las expediciones de los fenicios, navegantes que tocaron las costas africanas, tanto más cuando es sabido que su actividad habrá de lograr un particular desarrollo coincidiendo con el ocaso de la talasocracia cretense a partir del I milenio a.C. y las navegaciones que pudieron llevar a cabo los llamados Pueblos del Mar, con los que quizá compitieron en algún momento en la devastación y saqueo de numerosos enclaves mediterráneos. Sin embargo, los fenicios son quizá los primeros que logren establecer un fructuoso comercio de tráfico con diversas poblaciones mediterráneas, no sólo del África Menor, sino incluso de la Península Ibérica, en cuya zona meridional pareció configurarse desde el alba de la historia, una entidad política, Tartessos, que desde el primer momento hizo a los fenicios instrumento de su futuro auge y poderío. Una nebulosa tradición clásica sitúa la fundación de Cartago poco antes de que tuviera lugar la última guerra de Troya (hacia 1200 a.C.), pero también dos generaciones antes de que tuviera lugar la fundación de Roma (hacia 815 a.C.), revistiendo uno u otro hecho con leyendas heroicas. Ambas fechas carecen de todo valor histórico, pues hoy se admite que Cartago -Qart Hadasht, es decir, la Ciudad Nueva- fue fundada hacia el 700 por marinos tirios, casi coetáneamente a otras colonias fenicias como Útica, en el mismo litoral tunecino, Leptis en Tripolitania, es decir, en la actual costa de Libia, Hadrumetum en el Sahel tunecino, etc. Coincidiendo tales fundaciones con la hegemonía fenicia y el paso del que hoy conocemos como estrecho de Gibraltar. Pronto Cartago se realiza como ciudad-Estado fenicia, y potencia mediterránea. Situada estratégicamente en el golfo de Túnez, a unos 200 kilómetros de las costas de Sicilia y a unos 160 de la isla de Malta, logró un rapidísimo auge en virtud de su misma situación y sus relaciones con los etruscos. Ya a inicios del siglo VI, la caída de Tiro ante la Babilonia de Nabuconodosor le permite, aliada con etruscos y tirsenos, alcanzar un esplendor que no había conocido hasta entonces y convertirse en capital comercial de todos los asentamientos fenicios en el Mediterráneo occidental e incluso más allá del Estrecho, imponiéndose en Sicilia occidental y en Cerdeña e incluso aliándose a Gadir, frente a las exigencias de Tartessos. Su dominio alcanza incluso a las islas Baleares y, aliada con Etruria, llega a enfrentarse a Focea, cuyos nautas derrota en Alalía -este de Córcega- poco antes de 535 a.C. No logra, empero, imponerse a los griegos establecidos de tiempo atrás en Marsella, que tras la derrota que le infligen en Cumas, no lejos de la bahía de Nápoles, les obligarían a dejarles libre el mar Tirreno. A esta derrota sigue la que conoce en Himera, ante Gerón, tirano griego de Siracusa, que hará replegarse a los cartagineses a sus bases africanas, por lo que a partir del 480 el tráfico estañífero pasa a manos de los massaliotas del delta del Ródano y de los etruscos en la región del Po. Al configurarse como potencia africana y a partir del siglo V, Cartago se había obligado a pagar a los pueblos libios, sobre cuyos territorios se había asentado, una especie de canon o tributo. Se nos presenta así Cartago como una ciudad-Estado sin raíces africanas, ante cuyas murallas tenían que detenerse los libios. Sin embargo, en el transcurso del siglo V, Cartago se convierte en una realidad africana, al extender su hegemonía a las Syrtes, cuyo centro se localizaba en la isla de Djerba, manteniendo una población mixta de libio-fenicios y al establecer ciertas factorías portuarias al norte de Túnez y de Constantina -las llamadas factorías metagonitas- así como en concretos lugares del litoral argelino (Oranesado) y del actual Marruecos. El Periplo que se atribuye al griego Scylax de Carianda señala que hacia el 350 a.C. Cartago llegó a llevar su hegemonía desde Cirenaica a Mogador, en el Atlántico, donde se localiza la vieja Cerné, cuya realidad arqueológica fue objeto de un temprano estudio por parte de Joaquín Costa. Ya Cartago puede alimentar a su población en crecimiento merced al trigo de la Medjerda media -los grandes campos- así como Byzacium, al norte del Sahel tunecino. Por entonces ya numerosos libios y etíopes de los confines saharianos se han alistado como mercenarios en sus ejércitos, y el tradicional régimen aristocrático púnico va tendiendo a democratizarse, ampliándose así los componentes de la Asamblea, y Cartago va asumiendo con sus edificaciones públicas el aspecto de una ciudad helénica de aire asiático. Abierta inicialmente a todo tipo de estímulos mediterráneos, Cartago terminará por conocer a partir del siglo III un destino puramente africano, tras entrar en la órbita del ambicioso soberano Massinissa. Sin embargo, es indudable que dejará una profunda huella, en el mundo Líbico, tras llevar al mismo su experiencia religiosa y su lengua. Así, el culto a su diosa Tanit, asimilada a su vez a Juno Celeste, quedando ambos como las grandes deidades púnicas del África mediterránea. Con Cartago se impondrá también la práctica del sacrificio humano y en especial de niños, ofrenda cruenta que con el paso del tiempo se sustituirá por la del cordero en todo el África Menor. Por lo que respecta al lenguaje, el púnico se convertirá en la lengua oficial bajo Massinissa y seguirá hablándose cuatro siglos después por los mismos sacerdotes de la diócesis de Hippona -Bona- en sus prédicas. Asimismo cabe señalar que aunque a veces se ha exagerado el legado de Cartago al mundo agrícola, éste es evidente en aportaciones tan definitivas como un modelo de arado de reja triangular, forjado en hierro, mucho más eficaz que el milenario arado beréber -una simple punta aguzada de madera que abría un mal surco- o la misma aportación que supone el cultivo del olivo, que habrán de adoptar los propios romanos. Tras la derrota de Cartago será cuando Roma empiece a interesarse realmente por África y sus recursos demográficos y económicos. Esto supone su ignorancia en torno a los reinos libios anteriores a la II Guerra Púnica y las lagunas hoy persistentes, tanto más cuanto las lenguas entonces dominantes conocían formas hoy evolucionadas y que han terminado por nutrir algunos de los dialectos actuales beréberes del África Menor y de Sahara. Conservándose, no obstante, curiosos monumentos epigráficos quizá emparentados con la actual escritura tifinagh utilizada por los tuaregs, pudiendo remontarse quizá a fechas tardías incluso posteriores a las Guerras Púnicas. Tras imponerse Roma a Cartago empezamos a saber de diversos reinos indígenas que bien o mal compartían su territorio con aquella. Así, Syphax, que dominaba el Oranesado y Argelia, y que se alió a Cartago. Por su parte, Massinissa, soberano de Constantina, aliado de Roma, posibilitó la derrota púnica en Zaina, haciéndose acreedor a la gratitud romana, lo que le permitió extender sus dominios por todo el Túnez occidental y el Oranesado. En realidad, Massinissa llegó a soñar con crear una monarquía de corte helenístico. La historia le reconoce el mérito de sedentarizar a los libios en las llanuras, donde cultivan trigo que su soberano llevará hasta el mercado de Delos, el gran emporio comercial del Egeo. Llegaría a embellecer con monumentos de estilo helenístico a Cipta, la capital de su reino -Constantina-, que sólo conocemos por la historiografía clásica. Contrastando con Massinissa, aliado de Roma, está la figura del régulo indígena Yugurta, que reinó en todo Túnez occidental y Argelia -el llamado reino de Numidia-. Sólo tras siete años de encarnizada lucha -del 112 al 105 a.C.- la que los romanos llevaron la peor parte, bajo Mario y su futuro rival, Sila, Roma podrá doblegar al rey númida, utilizando la traición del Bocchus, soberano del Marruecos septentrional -Mauritania. Cabría recordar otros reyes libios que para bien o para mal tomaron parte en las querellas políticas que conocía Roma. De resultas de ello, César hubo de imponerse a la vez que sobre sus adversarios políticos sobre Juba I de Numidia (46 a.C.). Por su parte, Bocchus II, soberano de la Mauritania oriental -Argelia y Oranesado- contribuyó a la victoria de Octavio, por lo que fue quizá el único rey africano que conoció una relativa independencia política hasta el 33 a.C. El llamado Juba II, hijo de Juba I, será colocado por Octavio Augusto en el trono de Cherchell, al oeste de Argel, haciendo del mismo un príncipe de exquisita educación y amante de las letras, que acabará casándose con una hija de Antonio y Cleopatra... El reino de Juba II, que aporta a Roma mercenarios y plata, se extenderá desde el norte de la región de Constantina hasta Mogador. Con el tiempo conocerá una serie de levantamientos que son sofocados con la ayuda de Roma. El hijo de Juba II, Ptolomeo, fue al parecer asesinado durante un viaje a Lyon por orden del emperador Calígula, y sus Estados incorporados al Imperio romano. Cabría señalar también que los reinos libios sólo dominaron aquellas zonas costeras del África Menor en que se impuso la sedentarización. Sin embargo, en las altiplanicies -habitadas por gétulos nómadas- se siguió conservando la independencia. Este hecho, a la vez que la influencia muy relativa de Cartago en su cultura, les permitiría conservar en gran parte sus creencias basadas particularmente en el animismo y en los démones ctónicos, lo que no fue óbice para que fuera adoptado el culto helénico a Deméter y Koré, deidades de las cosechas. Finalmente, cabe señalar que agrupados en torno al cabeza de familia, al que terminará sucediendo el menor de los hijos, los libios, posiblemente con anterioridad a las Guerras Púnicas, habían logrado organizarse en ciudades-Estado, a menudo fortificadas, dependientes de una organización tribal. No obstante, tribus y federaciones de tribus vendrán a constituir conjuntos fluidos, en los que los reyes pueden llegar a entenderse... Tales estructuras tribales llegaron a persistir, pese a sus particulares diferencias, con una sorprendente continuidad, sobreponiéndose a veces a la romanización, particularmente en las regiones montañosas y al sur del país, en organizaciones que tienen quizá su eco en las actuales kasbahs del sur de Marruecos. El África romana, limitada en un principio al modesto territorio que Roma pudo sustraer a Massinissa al noroeste de Túnez, incrementa su base territorial al incorporarse la Numidia de Juba I -Constantina y Túnez occidental- a raíz de la victoria de César en Thapso (46 a.C.) y, poco después, con la anexión de las entonces llamadas Mauritanias (Argelia, Oranesado y Marruecos septentrional), tras el asesinato de Ptolomeo, hijo de Juba II, hacia el 40 d.C. Durante los Severos, el África romana alcanzará una mayor expansión hacia el sur -entre finales del siglo II y principios del III d.C.-, llegando al Uad y Djyed y más allá de Hodna hasta Castellium Dimmidi -Messasa- en la región de Laghouat, puesto militar avanzado ocupado durante más de medio siglo al igual que Cydamus (Ghadames) en el Fezzan. En el actual Marruecos la dominación romana no llegó mucho más allá de Salé -Chellah-, cerca de Rabat. Sin subestimar el expansionismo que tiene lugar durante el Bajo Imperio a partir del siglo III, parece evidente que éste se detendría con la arribada al África Menor de la emigración vándala desde Hispania, en el 429 d.C. Es entonces cuando parte de Marruecos, ya abandonado bajo Diocleciano, conoce la decadencia de Roma, que afecta particularmente a la ciudad de Volubilis, que habrá de conservar el uso del latín hasta ser cristianizada. Pese a todo, parece evidente que el África romana pudo mantenerse, según regiones, entre cuatro y seis siglos, es decir, durante un tiempo más prolongado de ocupación que el que conoció la Dacia, hoy Rumania. De los seis millones de habitantes que, en su mejor época, sumaron las provincias africanas de Roma, sólo cabe estimar como romano el elemento itálico, reducido a dos decenas de miles de personas, en su mayoría grandes propietarios y latifundistas, armadores, mercaderes, etc., que concurren con los orientales. En su mayor parte fueron enviados por el partido popular a África, junto a ex-legionarios que allí se establecieron. No obstante, en el siglo II d.C., parece detenerse la inmigración, por lo que no cabe considerar al África romana como una auténtica meta de poblamiento. El tercio de este total, uno o dos millones, habitó en medio millar de poblaciones, en su mayoría de escasa importancia aunque algunas dotadas de cierta infraestructura a manera de pequeñas Romas, con su capitolio -centro del culto imperial-, su curia -que albergaba al consejo municipal-, basílica -que hacía ya de Bolsa ya de palacio de Justicia- y lugares de esparcimiento en torno a un foro, gran plaza pública en la que se instalaba el mercado cuando no se disponía de una instalación ad hoc. En ocasiones poseían asimismo termas y palestras o gimnasios en que ejercitar el cuerpo, a la vez que teatros, anfiteatros y circos, accesibles a toda la población... Estos logros urbanos, que irán surgiendo tras la conquista romana, planificados en damero, se enfrentan a los trazados urbanos beréberes con sus calles tortuosas y levantados a menudo en la ladera de las montañas. En estas ciudades de creación romana se intenta una integración de las poblaciones. Primero en el terreno lingüístico, al imponerse el latín frente al púnico y el griego hablados en la zona costera. Después, en el terreno religioso, propugnando un cierto sincretismo, dado que los dioses púnicos aceptados por los libios -como Baal, Melkart o Tanit, asimilados respectivamente al viejo dios ligur Saturno, a Hércules y a Juno Celeste- se impusieron como las más importantes divinidades. Los templos se alzarán en la periferia de las ciudades, a cargo de una clerecía especializada, relegándose los camposantos púnicos con sus características estelas votivas -tophets-. La religión imperial fue adoptada por moros y númidas que terminaron rindiendo culto a sus propios príncipes. Tiene lugar asimismo y paulatinamente una integración étnica en cierto modo pareja a la que habrán de conocer en nuestro siglo XVI Mesoamérica y el ámbito andino tras la conquista hispana. Sin que se den, al igual que en aquélla, litigios por discriminación. Los criollos afro-romanos, medio númidas, medio gétulos, se muestran celosos de sus derechos, por lo que no es raro que gran número de ítalo-libios accedan a puestos de la administración romana de la misma forma que hace pocos años accedían los corsos a la administración ultramarina francesa. La integración étnica trajo, no obstante, la desaparición progresiva de nombres de familia líbicos, en favor del nombre latino del abuelo materno. En realidad, a partir del Alto Imperio no se buscarán orígenes étnicos, dándose una mayor importancia al nombre de familia, aunque para algunos sea de buen tono presumir de orígenes indígenas, como hacía Apuleyo, que se jactaba de ser medio númida y medio gétulo. A principios del siglo III se incrementa más, si cabe, la integración bajo el imperio de Septimio Severo -193-211 d.C.-, nacido en Leptis, Tripolitania. Es entonces cuando la burocracia libia copa la administración colonial romana al hacer suyas las llamadas procuratelas equestres. Por entonces, ya más de 100 senadores eran africanos y algunos se veían en posesión de grandes riquezas, como el mismo Didius Julianus, cuya fortuna se basó en la producción y comercio de aceite del Sahel tunecino. Por entonces también los tres grandes ejércitos con que contaba Roma en Britania, Panonia y Siria tenían a libios al frente. Así, si el ejército de Panonia había estado al mando del propio Septimio Severo, que se expresaba familiarmente en púnico, el de Britania estaba mandado por un antiguo colono de Sussa, Clodius Albinus... Bajo los imperios de Domiciano y de Trajano, un moro marroquí, Lussius Quietus, conoció el triunfo en Roma tras su campaña en Dacia, Rumania, y tras gobernar en su provincia natal, Mauritania, mandaría a las legiones en su lucha contra los partos en Mesopotamia, haciéndose casi legendario por su brutalidad. Partidario de la guerra imperialista, terminará siendo destituido y ajusticiado secretamente por orden de Adriano, más proclive a la política conciliadora. Cabe recordar, independientemente de estas gentes que han pasado a la Historia del África romana, el auge logrado por diversas escuelas jurídicas como las que florecen en Cirta (Constantina), Thebesta (Tebessa), Hadrumete (Sussa), Cea (Trípoli) y particularmente Cartago -provincia de leguleyos-, que darán fama a retóricos, oradores y gramáticos que se significan durante el gobierno de los Antoninos (siglo II), poniendo de moda la africanidad compitiendo con la helenidad. Ahí están Frontón, vástago de libios nómadas, conservador y arcaizante, el preceptor que Adriano eligió para el futuro Marco Aurelio, encabezando una serie de notables africanos que triunfan en Roma. Junto a estos favoritos imperiales, junto a los altos funcionarios, militares y hombres de letras libios, se va imponiendo en Mauritania una burguesía que asume su particular papel en los municipios, con independencia de un dramático proletariado urbano integrado por parados y parásitos que vivían de las distribuciones periódicas de subsistencias, habitando en sórdidos suburbios o arrabales, como los mapalla de Cartago. En realidad, gran parte de las ciudades presentaban una población de extracción rural y los mismos notables eran propietarios de fundos que durante largo tiempo constituyeron islotes de romanización. Esta, sin embargo, se expresaría un tanto desigualmente en el medio rural. En un primer momento Roma impuso a sus dominios africanos el monocultivo de trigo, exigiendo a título de tributo anual los dos tercios del consumo de la plebe romana, en detrimento de la población libia, que hubo de resignarse siguiendo en su mayoría con frugales dietas que ya habían conocido en la Prehistoria, como caracoles, ortópteros, sabandijas y raíces... En el siglo II el cultivo del olivo y la protección que le otorga Septimio Severo mejoran la vida campesina tras lograr la sedentarización de diversas poblaciones gétulas, mientras que grandes terratenientes consiguen enriquecerse. No obstante, el medio rural va cambiando de situación, sobre todo cuando el campesino, tras probar su condición de hambre libre, puede acceder en virtud del edicto de Caracalla (2I2 d.C.) a la condición de ciudadano romano. Pese a todo siguió existiendo una tercera categoría un tanto marginada de gentes, en su mayoría montañeses y nómadas o trashumantes estacionales, que darían lugar a diversas acciones de contención con la creación de los llamados Limitanci -fuerzas campesinas de los confines-, un sistema de defensa local, en cierto modo parejo al adoptado en su momento junto a otras estrategias por el rey Hassan II de Marruecos ante las ofensivas saharauis. Por entonces, se habían dado ya incursiones moras -hacia 170 d.C.- a la Bética, posiblemente a la región de Málaga, que fueron rechazadas por Marco Aurelio y por Comodo. Mayores problemas tuvo para la romanización su penetración entre ciertas tribus moras, como por ejemplo la de los zegrenses y algunas recordadas por el geógrafo Ptolomeo, a localizar en la Mauritania tingitana, como los llamados Baquates. Son estos los años en que el cristianismo ha penetrado ya en el África del Norte, particularmente desde los puertos de Túnez y Constantina, siendo su doctrina recibida y aceptada por ciertos grupos libio-púnicos, en un principio quizá por afán de notoriedad personal. Tal es el caso de Tertuliano, que se significaría como objetor de conciencia ante el servicio militar, o Cipriano, uno de los primeros ideólogos cristianos del África romana. Obispo de Cartago, se significa en la reivindicación social, llegando hasta el martirio en 258. Posteriormente, Cartago conocerá, al igual que otros lugares del Imperio, la persecución de Diocleciano -304-305-, que traerá particulares sinsabores que cesan tras el favor de Constantino. No obstante, el cristianismo africano conocerá el cisma de donatismo, surgido de la intransigencia del obispo Donato de Cartago, promotor de una iglesia cismática que habrá de enfrentarse a Roma tras una larga lucha de años hasta su solemne condena en el 411, medio siglo después de la sublevación de los régulos de la Kabilia, Firmus y Gildon. En la condena de los donatistas por Roma tuvo influencia decisiva San Agustín -350-430-, beréber romanizado, nacido en Tagaste -Suk Ahars-, obispo de Hipona -Bona-, gran doctor de la Iglesia y uno de los que fijó el dogma católico. Irrumpiendo en el África romana desde el sur de la Península Ibérica, los vándalos, uno de los grupos bárbaros que junto con los visigodos, los suevos y los alanos se instalaron en la misma tras la desintegración del Imperio romano, llegarían al África Menor hacia el 429 mandados por su caudillo Genserico, en dos o tres irrupciones, totalizando una población de unas 80.000 almas, de las que 15.000 eran aptas para empuñar las armas. Se funda así un efímero reino que comprendería el actual Túnez y gran parte del Oranesado y Argel incluyendo el Aurés, conservando la infraestructura romana aun cuando expoliaran a los grandes propietarios que junto a ciertos estamentos habían venido a constituir los últimos bastiones de la romanidad africana. Al morir Genserico -477- el reino vándalo se enfrentó con dificultades, tras las naturales disputas sucesorias. Los conquistadores, ganados por una vida muelle, perdieron gran parte de sus prístinos valores. Al profesar el arrianismo -lo que suponía la negación de la divinidad de Cristo- se ganaron la enemistad de los católicos, sometidos a una persecución religiosa, mientras aumentaba la oposición beréber. No tardaron los montañeses del Aurés en saquear Tebessa, Timgad y Lambaesis, que conocerían su paulatina destrucción, en tanto que al sur los nómadas camelleros, llegados desde la Tripolitania, hicieron retroceder a la hasta entonces invencible caballería vándala. El poderío vándalo recibiría su golpe definitivo tras el desembarco de los bizantinos en el 533, a unos 100 kilómetros al sur de Sussa, mandados por Belisario, un general de Justiniano -titular del Imperio romano de Oriente con capital en Constantinopla-; se mostraron deseosos de librar a los católicos del África Menor del yugo vándalo. Pronto la autoridad de Belisario se impuso sobre todo Túnez, gran parte de Constantina y, más al oeste, los puertos de Dellys, Tipasa, Cherchell, Ceuta y Tánger fueron ocupados.


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