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El templo es el monumento capital de la arquitectura griega. En su fachada se crean los llamados órdenes clásicos, entendiendo como orden la sucesión de las diversas partes del soporte y de la techumbre adintelada. Serán tres modos o estilos diferentes denominados dórico, jónico y corintio. El ORDEN DORICO es el más sobrio de formas, con proporciones más robustas y austera decoración. La leyenda nos cuenta que será Doros, el hijo de Hellen y la ninfa Optica, quien al construir el templo de Hera en Argos fije las características de este orden. El fuste de la columna arranca directamente de las gradas o estilobato que elevan el edificio del terreno. Este fuste se recorre longitudinalmente por veinte estrías, unidas horizontalmente por tres líneas rehundidas en la parte superior que forman el astrágalo. El fuste tiene un ligero ensanchamiento o éntasis en su parte central. El tránsito entre la parte superior de la columna y el capitel se establece a través de una moldura cóncava llamada collarino. El capitel consta de equino, una almohadilla de sección parabólica, y el ábaco, paralelepípedo de base cuadradas y planos rectos. La techumbre constituye el entablamento y consta de tres partes: arquitrabe, friso y cornisa. El arquitrabe es liso. El friso está constituido por triglifos y metopas. La cornisa carga en saledizo sobre el friso y consta de un primer cuerpo liso o geisón y una estrecha moldura curva aún más saliente llamada cima. El templo tiene cubierta inclinada a dos aguas y en las fachadas más estrechas forma, sobre la cornisa, un plano triangular o frontón, cuyo fondo se denomina tímpano. Las figuras animales o vegetales que coronan el frontón son las acróteras. El ORDEN JONICO es más esbelto y tiene mayor riqueza decorativa. La tradición griega cuenta que se inventa en el templo de Artemisa en Efeso para dar a la columna la delicadeza del cuerpo femenino, imitando en las volutas los rizos del peinado de la mujer. La columna descansa sobre una basa moldurada compuesta de una losa cuadrada o plinto y tres cuerpos circulares. El fuste carece de éntasis y está recorrido por 24 estrías verticales terminadas en redondo en los extremos. En la parte superior, la columna se enriquece con el contario, formado por un hilo de perlas. El capitel consta de un equino decorado con temas aovados y apuntados que recibe el nombre de cimacio. Sobre éste descansa una almohadilla terminada en las volutas, elemento característico de este orden. El arquitrabe consta de tres fajas en progresivo avance. El friso es liso pero también puede recibir decoración. La cornisa está formada por un cuerpo de dentellones o tacos rectangulares, un segundo cuerpo liso más prominente y la cima, de sección curva. El frontón también tiene tímpano y acróteras. El CORINTIO más que un orden sólo es un capitel ya que el edificio que lo emplea sigue las normas del jónico. El origen legendario alude a una joven de Corinto fallecida. Sus padres depositan sobre su tumba el cesto de sus labores y la diosa Gea hace brotar a su alrededor hojas de acanto y rosas que serán admiradas por el platero Calímaco, copiando el bello modelo que tenía delante en el capitel mencionado. Así, la columna también descansa sobre una basa moldurada. El fuste carece de éntasis y está recorrido por 24 estrías verticales terminadas en redondo en los extremos. El arquitrabe consta de tres fajas en progresivo avance. El friso es liso pero también puede recibir decoración. La cornisa está formada por un cuerpo de dentellones o tacos rectangulares, un segundo cuerpo liso más prominente y la cima, de sección curva. El frontón también tiene tímpano y acróteras.
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Hay una obra de Alberti que, por las múltiples claves que aporta a lo que fue el humanismo en el Quattrocento, merece un comentario especial. Se trata del templo de San Francesco en Rímini, más conocido como templo malatestiano. Fue el encargo a Alberti de uno de esos príncipes humanistas que definen toda la época. Se lo encargó Segismundo Malatesta en 1450, las obras fueron lentas por la dificultad de conseguir los materiales y cesaron cuando murió el duque en 1466. Así pues, es una obra inacabada, pero en ella se puede apreciar la grandeza con que fue concebida. Se trataba de crear un templo que conmemorara la gloria del duque, sirviendo además de panteón tanto para él como para su corte. Por ello, en un primer proyecto, aparecían los sepulcros de Segismundo y su amada esposa Isotta en los arcos laterales de la fachada. Aunque esta idea de los sepulcros en la fachada es medieval, aquí se le daría un nuevo sentido, y los sarcófagos que sí se colocaron -en los muros laterales- fueron los de los hombres ilustres de esa corte de humanistas. El hecho de que fuera a ser un panteón explica el que en el proyecto hubiera una cúpula en la parte de la cabecera, pues era una tipología que se asociaba tradicionalmente al tema funerario y al poder. La imagen que hubiera presentado el edificio si esa cúpula se hubiera llegado a construir la conocemos por la medalla que Matteo de'Pasti hizo en 1450 con ocasión de la fundación de este templo de los Malatesta; en ella apreciamos la centralización espacial que se hubiera conseguido, anulando incluso el efecto longitudinal inevitablemente asociado al eje de la nave de la iglesia. Alberti utilizaba la tradición, la Antigüedad y su propio ingenio y capacidad creadora para proyectar sus obras. En el caso del templo Malatestiano, y por lo que se refiere al primer punto, la tradición le vino impuesta una vez más, pues de nuevo se trató de actuar para cambiar la imagen de un edificio ya construido. De hecho, lo que Alberti proyectó fue una especie de camisa, de vestido, que envolviera all'antico al edificio gótico sin tener que adaptarse a los vanos y ritmos que ya existían, por lo cual se puede decir que es una envoltura separada de los muros anteriores. La conjunción de iglesia cristiana y templo pagano resulta armónica, pues si la idea de templo antiguo está presente en el exterior, el interior gótico expresa, con su luz diferente, un universo en el que símbolos de complejo significado glorifican al duque. En la decoración de las capillas interiores, obra de Matteo de'Pasti, Agostino di Duccio y otros, aparecen signos del zodíaco, de la religión semítica, de la teología egipcia y griega... hasta culminar, en un programa perfectamente trabado, en la capilla de Segismundo con el sol, símbolo de la luz del cristianismo, y las estatuas de las virtudes. En este interior, y tal como se decía en el tratado, la parte del altar era la menos iluminada. El templo a la antigua, sobre un basamento, que vemos en el exterior, recupera, para conmemorar la gloria del príncipe, una imagen de la Antigüedad basada en el conocimiento de los restos, pero también en la originalidad de Alberti para trabajar con ese vocabulario clásico, tal como podemos comprobar al constatar la existencia de un capitel que mezcla los de los distintos órdenes. Alberti redactó su tratado "De re aedificatoria" entre 1443 y 1452. A partir de entonces circuló en copias manuscritas y fue publicado por primera vez en 1485, en Florencia y con un prefacio de Poliziano. Se convirtió en un texto básico para los arquitectos y volveremos a tratar de él al estudiar el tema de la ciudad. Ha sido ya señalado por los historiadores cómo la libertad con que afrontó Alberti el tema de la Antigüedad le convirtió casi en el primer desmitificador de un clasicismo que, sin embargo, él contribuyó a crear. Dividido en diez libros, al igual que la obra de Vitruvio, trató temas como el de los materiales, los edificios públicos y privados, la arquitectura religiosa, los ornamentos..., estableciendo así una serie de reglas para la nueva arquitectura que la imprenta se encargó de difundir. Sus investigaciones, su capacidad científica y la extraordinaria consideración social de que gozó por parte de sus contemporáneos, nos sitúan ante un nuevo tipo de artista. El mismo Alberti, muy por encima de los arquitectos de su tiempo, escribía a quién llamaría él "arquitecto: al que supiera, con seguro y maravilloso raciocinio y orden, tanto mental como imaginativo, proyectar, llevar a buen fin con su obra todas aquellas cosas que mediante cálculo de pesos, combinaciones y distribución de masas, se pueden con gran dignidad adaptar perfectamente al uso de los hombres". Como vemos, Alberti no hace, como sí hacía Vitruvio, una enumeración de los conocimientos que debe tener el arquitecto, sino que parte ya de la base de que el arquitecto es un científico capaz de calcular, combinar, distribuir... utilizando la razón y la imaginación para proyectar unas obras destinadas a ser usadas por los hombres. Esta idea de Alberti de que la arquitectura tiene una función social contribuye a explicar la aceptación e incluso la fascinación de príncipes y poderosos por el nuevo sistema arquitectónico surgido en el Quattrocento, pues resultado de esa arquitectura sería una ciudad ideal capaz de corresponderse a un sistema político ideal.
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Según cuenta su propia historia, los Mexicas provienen de un lugar indeterminado en el norte llamado Aztlán, del que salieron en el año "uno pedernal". Luego de una larga peregrinación, hallaron un águila sobre un nopal devorando a una serpiente, lo que interpretaron como una señal de la divinidad para asentarse allí definitivamente y fundar, en 1325, la ciudad de México-Tenochtitlan. El centro espiritual y político de la capital del Imperio mexica era el recinto del Templo Mayor, constituido por una gran plaza de cerca de 500 metros de lado, a la que llegaban cuatro calzadas orientadas según los rumbos del nivel terrestre, representados por cuatro adscripciones de la divinidad. El Templo Mayor, ombligo del mundo, era también la escalera de acceso a los 13 niveles celestes o de bajada a los 9 del inframundo. El Templo era una plataforma de cuatro o cinco niveles escalonados, orientada hacia el oeste, con dos escaleras que ascendían al nivel más alto. En la cumbre de la edificación se situaban dos adoratorios, dedicados a los dioses Tlaloc, divinidad de la lluvia, el agua y la fertilidad, y Huitzilopochtli, señor de la guerra y del sol. La construcción del Templo Mayor fue hecha en varias etapas. A partir de la primera edificación, en piedra, madera y paja, los distintos soberanos mexica fueron realizando ampliaciones conforme incrementaban el poder de su imperio. Destruido por los españoles, las recientes excavaciones han permitido hallar construcciones de gran belleza, como el Chac Mool que se encontraba frente al adoratorio de Tlaloc, la serpiente ondulante que guardaba el frente del conjunto, o el tzompantli, representación escultórica de los sacrificios humanos que allí se llevaban a cabo.
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Tenochtitlan, la capital del Imperio azteca, fue fundada en un islote hacia 1325. Ciudad bulliciosa, atravesada por innumerables canales, produjo el asombró de los conquistadores, quienes la compararon con Venecia. Pero lo que más les admiró fue el recinto ceremonial del Templo Mayor. Con una planta casi cuadrada, de 500 m de lado, integraba al menos setenta y ocho edificios. La conquista de la ciudad por Hernán Cortés en 1521 supuso su destrucción definitiva. El recinto albergaba construcciones fabulosas, con edificios rituales, administrativos y juegos de pelota. El templo de Tezcatlipoca, situado en el ángulo sureste, tenía una escalinata con 80 peldaños. En el ángulo contrario, el Templo del Sol era otra de las grandes pirámides del recinto, En el centro se ubicaba el templo dedicado al dios del viento Ehecatl-Quetzalcoatl. Estaba formado por una parte rectangular al frente y otra circular adosada detrás, con un templo circular en su parte superior. Muy cerca estaba el tzompantli o altar de calaveras, donde se depositaban los cráneos de los sacrificados. Pero, sin duda, el Templo Mayor era la construcción más impresionante.. Finalizado en 1487, estaba formado por cuatro o cinco pisos que alcanzaban los 30 m de altura. El Templo había sido construido en varias fases, en las que los sucesivos soberanos aztecas le habían ido haciendo cada vez más grande y complejo. En tiempos de Moctezuma, una empinadísima escalinata conducía a una plataforma superior. Allí se alzaban los santuarios dedicados a Tláloc y Huitzilopochtli. En este lugar se realizaba el terrible sacrificio de prisioneros para alimentar a los dioses, lo que aseguraba al pueblo azteca renovar su favor en cada festividad.
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Como todo el mundo, Seti I, en compañía de su hijo Ramsés, hizo su peregrinaje a Abydos y dejó en ella, en lugar de la estela de los devotos normales, un conjunto monumental que él impulsó y Ramsés II llevó a término, y que se puede considerar como la realización más notable del reinado del primero en el campo de la arquitectura. Pese a su carácter fundamentalmente funerario, en el cenotafio de Seti I no asoma por ningún lado la visión sobrecogedora del otro mundo que se apodera del visitante tras pasar el umbral del descenso a los infiernos que es la tumba del mismo rey en el Valle de los Reyes tebano, la más grande en su género, la más pavorosa de todas las existentes: las tinieblas, los siniestros destellos, los malignos y fosforescentes monstruos, las espeluznantes apariciones, todo lo que la fantasía egipcia, especialmente dotada para internarse y urgar por los recovecos del otro mundo era capaz de urdir, se despliega allí sin escatimar espacio ni detalle. Aquí era distinto. La vía dolorosa del descenso al reino de la muerte había quedado atrás y el rey Seti se hallaba en un mundo luminoso, fundido con Osiris, prestándole los rasgos de su semblante, y en compañía de los demás espíritus celestes, seis en primer lugar, y siete con él una vez que el rey muerto se había sumado a ellos: Osiris, Isis, Horus, Amón-Re (en el centro), Harmakhis, Ptah y Seti I divinizado. Conforme a ese mágico número siete, siete eran las puertas del templo, siete las naves y siete las capillas de las respectivas imágenes, alineadas al fondo de la segunda de las salas hipóstilas, dos en vez de una, un caso excepcional en la arquitectura egipcia hasta aquel momento. Adosado al templo y como complemento del mismo, por el suroeste se encuentra un anejo con múltiples dependencias: descansaderos para las barcas procesionales; matadero de víctimas, sobre todo grandes toros, previamente lidiados por el rey en una tauromaquia ritual (representada en los relieves murales); un corredor justamente famoso por la serie de cartelas con los nombres de los faraones distinguidos por su piedad desde Menes a Seti I y que entonces se computaban en 76 (las conocidas como Tabletas de Abydos), etc. Este conjunto de dependencias da lugar a una planta del templo en forma de L invertida, única en su género. Gracias a esta anomalía, la cabecera del cuerpo principal, formada por las siete cellas de los dioses, quedaba muy cerca del cogollo del santo lugar: la tumba de Osiris. Antes de pasar a ésta, observemos que los magníficos relieves de esta zona de cabecera, en particular los de la segunda sala hipóstila -obra de Seti I-, rayan a una altura digna de aquel arte llevado a su perfección por los artistas de Amenofis III y mantenido incólume hasta el final de la dinastía XVIII. Ya era mucho, pero aún Seti I pudo beneficiarse de él. No así su hijo Ramsés II, que pese al celo y la piedad filial de que alardea en las inscripciones de estos muros, no logró en la primera sala hipóstila rayar a la altura de la obra de su progenitor. Rutina, cansancio, falta de inspiración aquejan a las nuevas promociones de escultores. Relieves comparables a los de la Tumba de Ramose nunca más se volverán a realizar. El Osireion de Seti I está casi en contacto físico con el templo de éste, a sólo 3,5 metros de su cabecera y en la prolongación del eje de su cuerpo principal. El edificio tenía mucho de teatral, de escenario de un drama. Se entraba a él por un larguísimo corredor en rampa, inspirado en las calzadas cubiertas de acceso a las pirámides clásicas, con la diferencia de que éste tenía dos recodos en ángulo recto en su recorrido. Las guías imprescindibles al visitante del otro mundo -el "Libro de las Puertas" y el "Libro de lo que hay en el Más Allá"- están enteramente grabadas en los muros. Al final, un vestíbulo o cripta con escenas sacadas del Libro de los Muertos. El núcleo del santo lugar es una isla rectangular rodeada de un canal y éste de una serie de celdas inacabadas. Tanto la isla como las celdas presentan un reborde estrecho como remate de sus áreas respectivas. Diez enormes pilares cuadrados, de granito rojo de Assuán, con sus correspondientes arquitrabes, se elevan a lo largo de los lados mayores de la isla, siete de ellos monolíticos. En los extremos de cada hilera se alza al otro lado del canal una pilastra que prolonga la línea de soportes hasta los muros del recinto. Sobre éstos y los arquitrabes una cubierta de losas de 10 metros de largo techaba el espacio comprendido entre la isla y las celdas. Haciendo juego con la cripta de entrada y cubierta también con un techo a dos vertientes, se encuentra una cámara de caliza y arenisca, cerrada por completo, como un monumental sarcófago, de 20 metros de largo, como lo que realmente pretendía ser. Este fantástico edificio, cuyas formas se inspiraban en el Templo del Valle, de Kefrén, era el trasunto de la isla primeval, alzada sobre las aguas en el momento de la creación. Allí tenía Osiris su tumba. Este templo funerario de Ramsés II, enorme de dimensiones, empequeñecía al mucho más modesto de Seti I, situado a su derecha, aun respetándolo en su integridad. Sus complementos eran un palacete con el cual el templo compartía su primer patio, y unos almacenes tan vastos, que se dirían capaces de albergar la producción agrícola de toda la Tebaida. Ningún ejemplo mejor para percatarse de la importancia de los templos como centros económicos.
Personaje Otros
Al sur de Córdoba en Jauja, aldea de Lucena, a la orilla del Genil, nació un veintiuno de junio de 1805 José María Pelagio Hinojosa Cobacho. Hijo del jornalero Juan Hinojosa de 25 años, y de María Cobacho, de 20. Más conocido popularmente por José María, El Tempranillo. Malos tiempos corrían para las pobres familias jornaleras en aquellos inicios del siglo XIX: una guerra por delante contra el invasor francés, una continua inestabilidad política y hambre e incultura por todas partes. Durante una romería en la ermita de San Miguel, cerca de Jauja, el joven José María -del que no se sabe su edad exacta, aunque fue entre los trece y los veinte años-, mató a un hombre por causas no esclarecidas; unos dijeron que por vengar a su padre, que había muerto asesinado años antes, otros que por vengar a su madre, que había sido deshonrada por el asesinado, otros que fue por una novia. Sea como fuere, lo cierto es que huye de la justicia y se echa al monte, empezando el bandolerismo. Su tempranera edad hace que se le conozca como El Tempranillo. Pronto encabeza su propia partida y sus correrías se hacen célebres, tomando fama de "Robin Hood" que roba a los ricos para ayudar a los pobres. Viajar por Andalucía era, según Theóphile Gautier, muy peligroso: "A cada paso se arriesga la vida, y los menores inconvenientes con los que se tropieza son las privaciones de todo género, la falta de las cosas más indispensables para la vida, el peligro de los caminos, verdaderamente impracticables para quienes no sean arrieros andaluces; un calor infernal, un sol capaz de derretir el cráneo; además hay que enfrentarse con los facciosos, los ladrones y los posaderos, gente bribona, cuya honradez se acomoda al número de carabinas que lleva uno consigo. El peligro os rodea, os sigue, os precede; sólo oís cuchichear historias terribles y misteriosas". Aquel muchacho de Jauja, de una inteligencia natural infinitamente más grande que su estatura, formó una partida de bandoleros que se dedicaron al asalto de galeras y diligencias y a la imposición de un tributo al viajero. Los robos se hacían siempre a la luz del día, eludiendo la violencia: "Quita una sortija -escribe Merimée- de la mano de una mujer: -Ah, señora, una mano tan bella no necesita adornos. Y mientras desliza la sortija fuera del dedo, besa la mano de un modo capaz de hacer creer, según la expresión de una dama española, que el beso tenía para él más valor que la sortija". Su fama de ladrón que roba a los ricos para entregarlo a los pobres se va extendiendo por toda Andalucía: "Líbrese usted de creer que el capitán amasara tesoros. Lo que recibía o tomaba, sus manos lo distribuían inmediatamente". Así se expresaba Valérie Gasparín, una viajera francesa enamorada de España que recorrió Andalucía a mediados del XIX. También nos dieron jugosas noticias de él varios escritores extranjeros como Richard Ford, Prosper Mérimée, Theophile Gautier, Reinhart Dozy, Astolphe Custine, etc. El primero de ellos nos dice que José María era bajo de estatura pero de vigorosa constitución, capaz de sobrellevar el sufrimiento. Sus ojos eran de una extraordinaria viveza y sus labios finos y apretados. "La mano izquierda tenía destrozada por habérsele descargado una pistola accidentalmente y haber tenido que curarse a sí mismo durante veinticinco días, pasados siempre a caballo". El Capitán General de Andalucía, D. Vicente Quesada, se desespera y ofrece una fuerte recompensa: "se abonarán seis mil reales de vellón a la partida del Ejército, de Voluntarios Realistas o cualquier persona que entregue vivo o muerto al referido José María, alias El Tempranillo, y tres mil por cada uno de los que acompaña a este malhechor". Se casa con María Jerónima Francés en Torre Alháquime (Cádiz), de donde ella era natural, y de este matrimonio nacería un hijo, de nombre José María, el 6 de enero de 1832, en un cortijo cercano a Grazalema, muriendo su madre en el parto. Esta desgraciada circunstancia ocurre porque El Tempranillo acudió en solitario junto a su esposa para acompañarla en el parto, siendo delatado, ya que los Voluntarios del Rey, llamados popularmente Migueletes, lo cercan en el cortijo. El alboroto y tiroteo provocan a su mujer tal impresión que el parto se adelanta con el desenlace citado. José María El Tempranillo, lejos de rendirse, monta el cadáver de su esposa sobre el caballo, se ata el bebé a su faja y sale a galope del cortijo entre los disparos de los migueletes, saliendo ileso del trance y entregando su hijo a la familia de la madre. El día 10 de enero bautiza a su hijo en la iglesia parroquial de Grazalema (Cádiz), acudiendo tranquilamente a la ceremonia ante la pasividad de las autoridades locales, que no se atreven a arrestarlo. Dispone en esta época de unos cincuenta hombres a caballo bien disciplinados, que son el temor de las fuerzas de seguridad, que prefieren evitarlos. La situación se hace insostenible y las presiones de los ricos hacendados andaluces hacia las autoridades locales provocan la intervención del propio rey Fernando VII. Así se produce el indulto, extensivo a todos los miembros de su partida, a excepción de Veneno. De entre ellos, unos cincuenta hombres, destacaban Juan Caballero El Lero, de Estepa; José Ruiz Germán, alias Venitas, de Badolatosa; y Francisco Salas, alias El de la Torre, cuñado de José María. En la Ermita de la Virgen de la Fuensanta y Guía, en Corcoya, aldea de Badolatosa, se produjo -según Juan Caballero El Lero- el acto del indulto: "todos nos juntamos en la Fuensanta como estaba acordado, todos muy contentos con las mejores ropas que cada uno tenía, con los caballos y las armas... dirigiéndonos los tres comandantes delante y los compañeros y familiares detrás... y pusimos todas nuestras armas en una mesa y entregamos también nuestros caballos y cada uno siguió ya hacia su casa". Abandonada la peligrosa vida del bandidaje ya pueden vivir tranquilos, sin sufrir las inclemencias del tiempo, sin tener que pasar la noche en vigilia, sin jugarse la vida a cada paso. José María y varios de sus hombres forman la Partida de a caballo de Andalucía, a las órdenes del Capitán General, el marqués de las Amarillas, con la finalidad de perseguir a delincuentes y ponerlos a disposición de la Justicia: "Cuando ya indultado, se hallaba ocupado en la persecución de malhechores, un día llegó a Sevilla a recibir órdenes del Capitán General, que era el Excmo. Sr. Marqués de la Amarillas, este caballero lo presentó a su hijo, el actual Duque de Ahumada, que por aquel tiempo estaba en Andalucía mandando un cuerpo de Infantería. Aquí tienes un valiente -dijo el Capitán General de Sevilla a su hijo mostrándole a José María-. Un valiente no, señorito, sino un hombre que nunca se aturde; contestó el antiguo bandolero, dando en esta respuesta breve y concisa una idea exacta de la cualidad más esencial del verdadero valor: la serenidad en el peligro. Muy pocos meses va a durar esta nueva misión, puesto que en septiembre de 1833 José María, El Tempranillo, halló la muerte mientras perseguía a otro José María, El Barberillo, bandido de Estepa. Ocurrió en el cortijo de Buenavista, en las inmediaciones de la sierra de Camorra. El Barberillo, oculto tras una ventana, disparó su arma a traición. Los hombres de la partida conducen a su comandante herido gravemente hasta el Parador de San Antonio, en la calle Granada de la cercana población de Alameda. Presiente su cercana muerte, por ello recibe los auxilios espirituales del párroco Navarrete y se dispone, también, a dictar su última voluntad, ante el notario Jerónimo Orellana, único escribano de aquel pueblo. Un día más tarde de caer herido, el 23 de septiembre de 1833, José María, El Tempranillo moría rodeado de sus hombres, cuando sólo contaba veintiocho años de edad: "En el lugar de la Alameda Vicaría General de la Villa de Estepa, a veinte y cuatro días del mes de septiembre de mil ochocientos treinta y tres, se dio sepultura eclesiástica con entierro llano y misa de cuerpo presente al cadáver de José María Hinojosa natural de la población de Jauja, jurisdicción de Lucena, marido que era de M? Jerónima Francés, natural de la Torre de la Aquime. Recibió los santos Sacramentos y testó el día veinte y dos del corriente ante Don Jerónimo Orellana, Escribano público y del número de este pueblo". Su testamento demuestra que en su larga carrera delictiva nunca amasó fortuna para su lucro personal: dos casas, dos caballos, algunos reales prestados que nunca llegaría a cobrar, y un hijo huérfano que no contaba aún dos años de edad, fue todo el patrimonio que legó el Rey de Sierra Morena. Seis días más tarde, un veintinueve de septiembre, moría en Madrid el rey de España, Fernando VII. En un triángulo de reducidas dimensiones, con vértice en Jauja, Corcoya y Alameda, se encierra en resumen la vida y la muerte de José María. Las provincias de Córdoba, Sevilla y Málaga, unidas por un mito del pueblo andaluz. Con El Tempranillo desaparece el prototipo del bandido generoso. Después de él nadie supo ni pudo imitar su estilo.
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De la derrota militar de Legnano sacaron Federico y sus consejeros las pertinentes lecciones. Los obispos de Maguncia, Worms y Magdeburgro fueron los encargados de contactar con Alejandro III en su residencia de Anagni a fin de preparar una magna conferencia de paz. Esta se celebro en Venecia entre julio y agosto de 1177. Supuso una solemne ratificación de acuerdos provisionales suscritos en Anagni: reconocimiento de Alejandro III como papa legítimo y consiguiente absolución del emperador; trato honorable para aquellos dignatarios eclesiásticos que hubieran seguido el partido de los sucesivos antipapas; reconocimiento de Beatriz de Borgoña como emperatriz y de su hijo Enrique como rey de romanos; y, en el terreno estrictamente político, establecimiento de la paz entre el emperador y las ciudades lombardas y el emperador y el rey de Sicilia Guillermo II. Alejandro III aparacía como el gran triunfador en esta coyuntura y así lo demostró en su triunfal retorno a Roma. Tal y como se había estipulado en los acuerdos de Anagni y Venecia, la liquidación del cisma tenía que ir sucedida de la celebración de un magno concilio que el Papa abrió en San Juan de Letrán (III Concilio Ecuménico de este nombre) el 5 de marzo de 1179. Junto a los embajadores de todos los príncipes de la Cristiandad se reunieron -según testimonio de Guillermo de Tiro- hasta trescientos obispos, a más de abades y clérigos en general. Aunque la presencia era mayoritariamente italiana, todos los Estados del Occidente estaban abundantemente representados. También el Oriente latino (Acre, Trípoli, Belén, Tiro...) dejó oír su voz. La iglesia bizantina -el emperador Manuel Comneno pasaba por simpatizante de los occidentales- se hizo representar por un observador. Los 27 cánones del concilio cubrieron un amplio campo. Así, junto a la reprobación de los antipapas imperiales, se procedió a la rutinaria condena de simonía y nicolaísmo. Algunas disposiciones tomadas siguen estando vigentes: se exigía la edad mínima de veinticinco años para acceder a funciones pastorales y de treinta para alcanzar el episcopado. A fin de evitar situaciones como la que condujo al ultimo cisma, se estipuló que en la elección de Papa serian necesarios dos tercios de los votos del colegio cardenalicio. A judíos y moros se les prohibía tuvieran esclavos cristianos. Otros cánones afectan al mantenimiento de la paz y tregua de Dios, reprueban los torneos y tratan de proteger a las iglesias de la rapacidad de los laicos, especialmente de las bandas de mercenarios. Por ultimo, Letrán III manifestó una especial preocupación por las corrientes heréticas que causaban graves estragos especialmente en el Mediodía de Francia. Los cátaros y sus protectores sufrieron una especial reprobación. Los valdenses fueron objeto de una seria investigación y se les prohibió el ejercicio de la predicación, salvo que fueran solicitados para ello por los obispos. El concilio solicitó el apoyo de los poderes laicos para luchar frente al error y extendía la indulgencia de la Cruzada a quienes tomasen las armas para combatir a la herejía. Letrán III se presentó, en definitiva, como un gran triunfo de la perseverancia de Alejandro III. Pese a que las decisiones de más calado eran las simplemente disciplinares, el prestigio alcanzado por la institución conciliar tutelada por los Papas era incuestionable.
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El grueso de la sociedad española del siglo XVII lo constituían los campesinos. A diferencia de los grupos privilegiados, estaban sujetos a impuestos directos y tenían que satisfacer el diezmo a la Iglesia y rentas señoriales en los lugares de señorío, todo lo cual representaba por término medio la mitad del producto de las cosechas y de los ganados, según fueran o no propietarios de sus tierras. En general se pueden establecer tres tipos de campesinos en función de su riqueza. En la cúspide estaban los acaudalados o principales, propietarios de tierras y ganados -a menudo arrendaban sus fincas a otros campesinos-, de los aperos de labranza, de los lagares, molinos, mesones y tabernas, con una fortuna media superior a los mil ducados, pudiendo llegar hasta los seis mil ducados, que contrataban jornaleros y que compaginaban la explotación de sus propiedades con la administración de los bienes de la nobleza y del clero, e incluso con un oficio concejil. En un segundo nivel, y localizados preferentemente en Galicia, País Vasco, Navarra, Cataluña, cornisa cantábrica y meseta norte, encontramos labradores propietarios de medianas y pequeñas parcelas de cultivo, así como de bestias de labor que alquilaban a veces para completar sus ingresos, cuando no arrendaban tierras ajenas, y ganaderos dueños de rebaños de ganado menor, casi siempre estantes, cuya fortuna puede oscilar entre mil y treinta ducados, cantidad esta última lindando con la pobreza. Por último, la mayor parte de los campesinos, sobre todo los que vivían en la meseta sur, Andalucía y Aragón, eran jornaleros -su número aumentó de forma considerable en el siglo XVII-, sin animales ni tierras o con pedazos de tan reducida extensión que no les permitían vivir de la labranza, y que por su trabajo, a veces fuera del lugar de residencia, recibían de salario dos reales o dos reales y medio al día, aparte de la comida que se les proporcionaba. En las villas y pueblos de cierta importancia, es decir, con una población de trescientos o más vecinos, muchos individuos para poder subsistir compaginaban las labores agrícolas con el ejercicio de algún oficio, como albañil, carpintero, herrero, zapatero, tejedor, cardador, alfarero y barbero. Las malas cosechas, el aumento de la fiscalidad -más gravosa allí donde el repartimiento no se ajustaba al vecindario por mantenerse las cuotas y haber disminuido el número de pecheros-, la roturación de baldíos y bienes concejiles, la tasa del trigo, las alteraciones monetarias, las levas de soldados, todo contribuyó a que la situación económica del campesinado empeorase en el siglo XVII. Muchos pequeños propietarios de Castilla tuvieron que hipotecar sus haciendas con préstamos (censos al quitar) para salir de la crisis y fueron numerosos quienes las perdieron al no poder devolver el capital y los intereses, pasando a manos de eclesiásticos y nobles. Pero además, la venta de jurisdicciones en Castilla -y su rescate en numerosos casos por los pueblos enajenados- y el aumento de la presión señorial a causa del descenso de las rentas, más lesiva en Valencia después de la expulsión de los moriscos, incidieron negativamente en los recursos de los campesinos, llegando éstos a protagonizar alborotos antiseñoriales en distintos lugares de la península, como en Andalucía, Cataluña y Valencia, cuando no se integraban en una partida de bandoleros -el bandolerismo catalán, muy activo hasta 1634, cede paso al que se desarrolla en Valencia y Murcia en la segunda mitad de la centuria-, aunque la opción más frecuentemente adoptada fue la de emigrar a las ciudades y grandes villas donde podían trabajar como criados y artesanos o dedicarse al latrocinio y la mendicidad. En los núcleos urbanos, aparte del patriciado que los gobernaba y que afianza su poder e influencia a expensas del campo, con la adquisición de propiedades y la gestión de los impuestos, especialmente del servicio de millones, la mayoría de la población estaba agremiada, aunque había oficios que permanecían al margen de esta organización. Los gremios, cuyo número variaba de una localidad a otra, estaban regulados por unas Ordenanzas aprobadas por el monarca, actuaban como agentes fiscales y participaban en todos los actos públicos importantes de la ciudad (fiestas religiosas y profanas). Sus miembros formaban parte de una de las siguientes categorías: maestros, oficiales y aprendices, debiendo realizar los oficiales y aprendices un examen para ascender al puesto superior. El acceso a un gremio, fuese mayor o menor, en correspondencia normalmente con la riqueza de sus componentes, no era fácil, pues en unos casos se exigía a los candidatos pruebas de limpieza de sangre, lo que limitaba la entrada a individuos de origen judío -así se observa en los gremios mayores de Madrid, en el gremio de mercaderes de vara de Valencia y Cuenca, en el gremio de mercaderes de la calle Ancha de Toledo y en los tratantes de pañería y joyería de Burgos-, y en otros no haber desempeñado un oficio vil, cuando no se exigían ambos requisitos. Mercaderes y artesanos eran quienes constituían esta sociedad gremial, fuertemente jerarquizada. Los mercaderes de lonja eran quienes vendían al por mayor y constituían una élite dentro del grupo, dándose el caso de encontrarse en sus filas algunos nobles, sobre todo desde que en 1622 se les empezó a admitir en las Ordenes Militares siempre que no hubieran ejercido el pequeño comercio en tiendas, requisito suprimido en 1637. Junto a este tipo de mercader, que forma compañías mercantiles, que maneja grandes sumas de dinero, que adquiere tierras, se ennoblece y funda mayorazgos, convive el mercader de tienda o al por menor -botiguer en Cataluña o mercader de vara en Castilla, pero referido a los mercaderes de telas-, cuya máxima aspiración es alcanzar la categoría de mercader de lonja para, desde esta posición, elevarse socialmente. Por último, hay que mencionar a los buhoneros, en su mayoría oriundos de Portugal o de Francia, que van vendiendo géneros por las calles de las ciudades y por los pueblos hasta que consiguen acumular el dinero necesario para instalar una pequeña tienda o regresar a sus lugares de origen. Los artesanos, a diferencia de los mercaderes, formaban un sector más complejo, en el que se inscriben todos los oficios que facilitan la vida cotidiana de una población, desde el albañil hasta el músico. Por supuesto, la consideración social de unos y otros no era la misma. En Barcelona, por ejemplo, se intentó, sin éxito, que los taberneros, carniceros y músicos no pudieran formar parte entre los elegibles para el Consejo de Ciento. Durante el siglo XVII el número de corporaciones artesanales experimentó un notable crecimiento, pero esto no es un signo de fortaleza del sistema, sino de debilidad, el reflejo de la incapacidad de los artesanos para competir con los oficios libres, para ofrecer al mercado un producto barato y de calidad. Además de los anteriores grupos sociales encontramos en las ciudades un amplio abanico de profesiones, como médicos, abogados, notarios y personal administrativo al servicio de la Corona, de los concejos o de los señores (contadores, secretarios, alguaciles). No todas las personas que ocupaban estos empleos pertenecían al tercer estado, pero tampoco eran minoría, ya que representaban una vía de progreso social para los hijos de los campesinos acaudalados, de los mercaderes y de los artesanos de los gremios más ricos, como los plateros, por ejemplo. Finalmente, la ciudad era un hervidero de criados, no siempre al servicio de un noble, procedentes del campo, y de marginados sociales, no en razón de su raza o de su religión -los conversos de origen judío o musulmán desarrollaban las mismas actividades económicas que los cristianos viejos-, sino por su condición jurídica (esclavos y gitanos) o por su forma de vivir: mendigos, prostitutas, delincuentes y matones a sueldo, en número cada vez mayor. Los testimonios contemporáneos, literarios o de otra índole, son un buen termómetro de sus andanzas y de su destino, la cárcel o la galera, cuando no la muerte en riñas callejeras o en la horca. El ascenso de los miembros del tercer estado al estamento nobiliario dependía sobre todo de la actividad desarrollada y de la riqueza obtenida. Los plateros, sin duda, pertenecían a la élite artesanal, lo mismo que, dentro del comercio, los especieros y los mercaderes de lienzos, paños, sedas y joyas, muchos de los cuales participaron en el arrendamiento de rentas reales y en el comercio al por mayor con América y Europa. Unos y otros podían llegar a ocupar cargos municipales y adquirir tierras y señoríos, convirtiéndose en acaudalados e influyentes personajes que instituían mayorazgos y que gracias a su fortuna personal lograban emparentar con miembros de la nobleza, al igual que los labradores ricos, mientras que los préstamos a la Corona les facilitaban la concesión de un hábito o de un título nobiliario. Ignoramos cuántas familias lograron por esta vía ascender socialmente, pero no fueron muchas. Otra alternativa de promoción social, de ennoblecimiento, que estaba al alcance del tercer estado, aunque no en la medida deseada, era la de servir en el ejército, en particular para quienes disponían del dinero suficiente con el que costearse un caballo, pues las proezas realizadas les conferían honores y ascensos, en tanto que el saqueo de las ciudades conquistadas les deparaban riquezas para invertir en tierras. Con todo, el Capítulo de las Ordenes celebrado en 1652 reconoce que la milicia ni era estimada ni premiada como debiera hacerse, por lo que recomienda la concesión de hábitos militares a caballeros de linaje ilustre y a soldados, porque estos últimos "con sus servicios y acciones valerosas esclarecen la sangre y les es debido esta honra por militar, que es el fundamento con que se establecieron". Aun así, es seguro que por este portón, y sobre todo por el de la administración -los letrados alcanzaron una consideración social que antes no tenían-, ingresaron muchos individuos de baja cuna en el estamento noble. Una buena prueba de ello son las dispensas por falta de nobleza o por oficios manuales concedidas por Felipe III y Felipe IV, más numerosas en este reinado, para la obtención y disfrute de un hábito militar. Quizás esto explique que en 1692 un Real Decreto reserve los hábitos de la Orden de Santiago a individuos que hayan sobresalido en la marina o en el ejército, destinándose los de Alcántara y Calatrava a sujetos de progenie o que hubieran servido con fidelidad al rey en el gobierno de la Monarquía.
contexto
Más que un estilo inspirado por artistas fue una moda impuesta por la casa imperial y adoptada fuera de la Urbs por círculos muy adictos a la corte como eran los financieros de Pompeya. Hace su aparición en Roma, en la cuadrilla de decoradores que hacia el año 20 a. C. emprende el arreglo de una villa del Trastévere cuyos restos, admirablemente conservados, se recuperaron bajo el palacio de La Farnesina (hoy en el Museo de las Termas). Pudo haber sido aquella la casa de dos recién casados, Agripa y la hija de Augusto, Julia, que habían de dar al emperador sus cinco nietos. Allí se impuso el cambio de la apertura de los horizontes y panoramas arquitectónicos del segundo estilo, a una pared cerrada, a excepción de un cuadro central en su parte media, enmarcado en un dosel liviano, y acompañado de cuadritos que parecen colgados de la pared, a su lado o en el tercio superior, cerrando la apertura que solía haber en el segundo estilo. Las cornisas se pueblan de objetos de arte industrial, estatuillas, vasos reales o de formas caprichosas, trébedes, etc. Las novedades culminan en el oecus negro de esta casa, una pared que parece de laca, con paisajes miniaturísticos de elementos que se recortan en el fondo sin pretender dar una impresión de unidad ni de espacialidad. Las figuras de los cuadros pictóricos tienen, como los dibujos que alternan con ellos, sus perfiles recortados y claros. Lo lineal priva sobre lo pictórico. La hermosa ejecución de los contornos es un factor de peso para satisfacer al espectador. Las figuras resaltan como estampadas sobre el fondo plano, simple soporte para ellas. La luz y la sombra están al servicio del modelado de las figuras, sin desempeñar función alguna por sí mismas. Es manifiesto en todas partes el esfuerzo de representar las cosas objetivamente, como ellas son en la realidad, no como el ojo las percibe. La profundidad del cuadro está estratificada, aunque una pared a cada lado retroceda oblicuamente. Las figuras se encuentran en un plano, la pared del fondo en otro. Entre aquél y éste, un altar, una columna, una pared blanquecina en perspectiva. Las figuras están claramente yuxtapuestas sin que algunas superposiciones alteren el efecto. Uno de los maestros principales de La Farnesina se trasladó más tarde al golfo de Nápoles para hacerle a Agripa Póstumo, en la ladera del Vesubio, la decoración de la villa de Boscotrecase. Allí llevó lo inventado en Roma a sus consecuencias últimas, tratando a la pared como superficie cerrada en la que sólo el cuadro central sobrevive, aunque no como en un nicho o en una transparencia. La arquitectura queda reducida a columnitas y tirantes decorativos, sin otra función que la de parcelar delicadamente los paneles monócromos de brillante escarlata o de reluciente negro. Las guirnaldas y figurillas se achican y adelgazan hasta extremos inverosímiles. Una esfinge u otro motivo egipcio forma parte de la decoración en boga sin que justifique su introducción desde fuera de Italia misma.