El fenómeno de integración política, característico del área Intermedia en el período tardío es menos claro en Colombia que aparece todavía fragmentada en pequeñas unidades independientes. Pero en torno al 1400 d. C. se encuentran dos excepciones significativas, dos fuertes confederaciones de poblados bajo el control de un cacique poderoso que a menudo combinaba funciones políticas, militares y sacerdotales. Se trata de la confederación Tairona, en la Sierra Nevada de Santa Marta, y la Chibcha o Muisca, en torno a la actual Bogotá. En las faldas de la Sierra Nevada de Santa Marta, los Taironas construyeron sus casas con cimientos circulares de piedra, de carácter unifamiliar, agrupadas en poblados en torno a una o más estructuras ceremoniales. Se encuentran, en los cimientos bien realizados, escalinatas, puertas, calzadas, y también pilares y mesas de piedra o bancos. Cultivaban maíz y otras plantas en campos y terrazas irrigadas. Existió un activo comercio entre los poblados a base de oro y algodón del interior con sal y pescado de la costa, y un comercio a larga distancia para productos especializados, tales como las típicas cuentas de collar de piedras finas. En el siglo XVI estaban organizados en dos confederaciones, no especialmente efectivas ya que subsistía la primitiva organización de jefaturas independientes. La cerámica tairona está muy bien elaborada y existió un gran desarrollo de la de carácter suntuario. Suele ser negra y pulida con una gran variedad formal. Algunas se usaron exclusivamente como recipientes para ofrendas, tanto en enterramientos como en escondrijos bajo las casas donde se colocaba un guijarro por cada miembro de la familia. La decoración es sobre todo modelada siendo dominantes los temas de animales. En cerámica aparece también toda una serie de silbatos-ocarinas, pájaros o complejas figuras de guerreros o sacerdotes complicadamente ataviados. Algunos llevan máscaras de tipo felínico o reptiliano. Los taironas fueron grandes trabajadores de la piedra, tanto para objetos domésticos, como sobre todo por las famosas cuentas de collar, de formas y materiales variados, que se han encontrado en sitios de habitación y escondrijos ceremoniales y que aún hoy son buscadas activamente por los huaqueros y los traficantes de antigüedades. Pero es la orfebrería una de las artes más destacadas, combinando una técnica maestra del fundido con un cuidado exquisito por la fineza de los pequeños elementos decorativos, dando lugar a un estilo perfectamente identificable. Las representaciones parecen referirse a un mundo mítico, con seres que combinan características humanas con las de águila o murciélago y otras muchas figuraciones de animales. Es también frecuente toda una gran variedad de adornos de formas absolutamente propias y originales. El territorio Muisca es la región del mítico El Dorado, el nacimiento de una leyenda que tiene una base real. En la laguna de Guatavita, cerca de Bogotá, los caciques cubrían su cuerpo de polvo de oro y en una balsa cargada de ofrendas se dirigían al centro del lago para realizar sus ofrendas, sumergiéndose ellos mismos en el agua. La realidad parece bastante más prosaica. Los asentamientos muiscas se indican solamente por algunas piedras puestas en círculo; todas las viviendas y palacios se hacían de materiales perecederos. En algunos lugares se han conservado restos de aparentes estructuras ceremoniales, en forma de columnas de piedra toscamente labradas, dispuestas en círculo, que debieron combinarse con madera. Su base económica fue la agricultura y a través del comercio obtenían oro y otros artículos suntuarios a cambio de sal, esmeraldas y algodón. En 1537 se encontraban organizados en dos confederaciones de poblados. Las fuentes españolas nos hablan de sus creencias religiosas, centradas en un culto al sol, con templos y templetes y considerando ciertos lugares geográficos como sagrados. Los ídolos de piedra, madera, algodón u oro, se guardaban en dichos lugares donde se les ofertaban figurillas de cobre u oro (tunjos), esmeraldas y sacrificios humanos. Los enterramientos son variados, con abundante y diverso ajuar. El arte muisca produce siempre una impresión de sobriedad, rigidez y cierta simetría, por contraposición con las formas más exuberantes y movidas de los estilos de otras culturas colombianas. La cerámica es de buena factura, pero poco elaborada. Destacan los vasos antropomorfos, de los que algunos representan guerreros con sus lanza-dardos o mazas, y adornados con tocados característicos y ristras de cuentas en bandolera. La metalurgia fue menos avanzada tecnológicamente que la de la mayoría de las tierras bajas, pero tiene un carácter muy personal y aparecen objetos únicos en la orfebrería colombiana, como los tunjos, o figurillas votivas. Su factura es un tanto tosca y pobre, su carácter es siempre votivo, un regalo a los dioses como agradecimiento por los servicios prestados o anticipación de futuros favores. Se encuentran usualmente enterrados en jarrones o en los lagos, y muy raramente en tumbas o en sitios de habitación. Son simples placas a las que se añaden los detalles definitorios por medio de alambre fundido a la cera. El modelado es plano y unidimensional, pero aparecen multitud de detalles con los que se ilustra la vida cotidiana de los muisca. La representación fue más importante que la cualidad del trabajo, pero dentro de su enorme estilización, es patente un afán de expresividad, componiendo incluso escenas. Y hay también representaciones de criaturas fantásticas, mezcla de aves y serpientes, y animales de aspecto draconiano que tal vez tengan que ver con la mitología muisca. Aunque la apariencia de la metalurgia muisca, entre la que también se encuentra joyería para los vivos, es poco sofisticada, se emplean en ella todas las técnicas conocidas más alguna de invención propia, como el uso de matrices de piedra. Parece que entre ellos, a diferencia de otras culturas colombianas, era más importante el significado de lo representado que la manera de llevarlo a cabo. Dentro del arte de la orfebrería, uno de los más característicos de Colombia, hay que mencionar también, en esta época tardía, los estilos Sinú y Tolima, correspondientes a un contexto cultural todavía impreciso y difícil de determinar. En la orfebrería Sinú destacan las pequeñas figuras de animales, batracios, reptiles, aves, peces, realizadas a la cera perdida con un oro muy puro. Y son característicos también unos remates de bastón, tal vez insignias de mando, que representan hombres y sobre todo aves de largo pico, tal vez un tucán. La decoración se realiza con la técnica de la falsa filigrana que también se utiliza para narigueras y pendientes, muy distintivos, en forma semicircular, que revelan el preciosismo y la maestría de los artistas orfebres sinú. El estilo Tolima, de amplia dispersión, utiliza también un oro muy puro y predominan en él las formas recortadas y concebidas en plano. Trabajados a base de fundición y martillado, los objetos más típicos son una especie de pectorales que representan seres estilizados, de cabezas cuadradas, proyecciones a modo de alas y rematados en forma de creciente.
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A finales del período Formativo, asimismo en un contexto andino, pero en otro país, Colombia, y en otra área cultural, la Intermedia, aparecerán también manifestaciones artísticas monumentales en piedra, pero con un carácter muy diferente. San Agustín, en el sur de los andes colombianos, es actualmente un parque arqueológico rodeado de montañas y atravesado por el río Magdalena, en el que entre la espectacularidad del paisaje destacan más de trescientas estatuas que parecen representar seres mitológicos, de aspecto vagamente humano. En Colombia la agricultura experimenta en este momento un poderoso avance en parte favorecido porque las condiciones peculiares del país favorecen la existencia de una gran variedad de microclimas ideales para la experimentación agrícola. Los flancos de las zonas montañosas, ocupados antes por grupos cazadores y recolectores, son ahora colonizados con la introducción del cultivo del maíz. Esta vida en cuencas intermontanas llevará aparejada una acusada regionalización impuesta en parte por el medio, lo que redundará en una marcada diversidad cultural. La población se asienta en poblados donde han aparecido huellas de habitaciones circulares o semicirculares formadas por hileras de piedras y las prácticas religiosas parecen centrarse en torno a un complejo de sacerdote/templo/ídolo, y aparecen también montículos artificiales y grandes cementerios, así como indicios de sacrificios humanos y de la práctica de la cabeza-trofeo. Una de las artes colombianas más renombrada es sin duda la de la orfebrería, que comienza en este período su espectacular andadura.
lugar
Localidad granadina situada a unos 30 km de Granada y situada a unos 850 m. de altitud. Su población es de 1080 habitantes aproximadamente. Colomera es un pequeño pueblo de calles angostas y empinadas, ubicado sobre la ladera de un cerro coronado por los restos de una fortaleza y una iglesia renacentista. Se han encontrado restos de época romana, cuando recibía el nombre de Columbaria, topónimo adaptado posteriormente en al-Andalus como Qulumbayra. La primera referencia escrita sobre el lugar la hallamos en el siglo X. El cronista Ibn Hayyan menciona el lugar como fortaleza levantada por el ejército cordobés para protegerse de los sublevados de Ibn Hafsun. Además de la fortaleza debió existir allí una alquería, lo que aparece refrendado por los escritos de Ibn al-Jatib, quien, en 1347, cita al lugar entre las alquerías de la vega granadina. Durante la última etapa medieval fue población de frontera, inmersa en los avatares de la presión castellana sobre el reino nazarí de Granada. Según las crónicas, de su castillo partieron las tropas que marcharon a Granada en ayuda de Boabdil, quien estaba cercado en el Albaicín por su tío El Zagal. Colomera fue finalmente conquistada por los Reyes Católicos en 1486 y entregada a Fernán Álvarez de Toledo, quién mandó reconstruir el castillo y levantar la iglesia. Hasta la toma definitiva de Granada albergó una fuerte guarnición cristiana. La importancia de Colomera se incrementó en las décadas siguientes, llegando a contar con Tribunal de Vicario e incluso un hospital, levantado en 1541. Sin embargo, un corrimiento de tierras sufrido en el siglo XVII obligó a modificar su estructura urbana. Mucho más recientemente, entre 1982 y 1992, fue construido un gran embalse, utilizado tanto para reserva de agua como para la práctica de deportes fluviales. Como dato curioso, mencionar que la tradición dice que fue un pastor de Colomera, Juan Alonso de Rivas, quien realizó el milagroso hallazgo de la imagen de la Virgen de la Cabeza en 1227, lo que hizo que quedara curado de su brazo derecho, del que era manco.
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En época romana, la población recibió el nombre de Columbaria, topónimo adaptado posteriormente durante la etapa andalusí. Calles estrechas y empinadas dibujan el paisaje urbano de Colomera, situada en la ladera de un cerro coronado por la iglesia renacentista de la Encarnación. La iglesia y el castillo centran nuestro paseo, que depara magníficas vistas. Cerca del pueblo abundan los parajes de interés, como el Molino de las Niñas o la era del Chopo, donde se conservan las huellas de la presencia romana en estas tierras.
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Bartolomé Colón fue el comisionado enviado por su hermano Cristóbal a Inglaterra para exponer el proyecto colombino en la corte de Enrique VIII. El propio Bartolomé realizó un mapa gracias a sus conocimientos de cartografía para explicar el proyecto. La exposición acabó en fracaso por lo que Bartolomé se trasladó a Francia con idéntico resultado. Regresó a Castilla y recibió la noticia de que Cristóbal había partido hacia su segundo viaje. El mayor de los Colón recibió de los Reyes Católicos la dirección de una escuadra de socorro que partió hacia la Española, arribando a la isla en junio de 1494. En La Española recibió el cargo de lugarteniente, adelantado, gobernador civil y militar de la provincia. Al regreso de Cristóbal en 1497 a la península quedo a cargo del gobierno, extendiendo el dominio por la isla donde se levantaron varios fuertes. En estos momentos tuvo que sofocar la revuelta de Francisco Roldán -pretendía ocupar Concepción- y de los indios en La Vega. En 1500 se trasladó a Santo Domingo donde será apresado por Francisco de Bobadilla, siendo enviado a España. En la península fue liberado por la autoridad real y participó en el tercer viaje de su hermano, obteniendo el gobierno y la propiedad de la isleta de Mona por parte de don Fernando.
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Aunque su origen ha sido objeto de las más diversas especulaciones, parece existir un mayor acuerdo en considerar que nació en Génova en una fecha indeterminada entre el 25 de agosto y el 31 de octubre de 1451, hijo de Domeneghino Colombo y Susanna Fontanarossa. Es posible también que no fuera el primogénito, falleciendo sus hermanos mayores. Tenía además dos hermanos pequeños, Bartolomé, uno o dos años más joven, y Diego. Su familia, sin ser rica, poseía cierto acomodo, debido al negocio de telares que el padre ostentaba y a los ingresos complementarios que procuraba un pequeño comercio de quesos. La infancia de Colón, como su fecha y lugar de nacimiento, también aparece envuelta en nebulosa. El mismo Almirante señala que desde muy joven aprendió el oficio de la mar, sin duda alentado por el carácter marinero de la ciudad de Génova y la ebullición del comercio mediterráneo que inundaba la ciudad. Parece ser que a los dieciocho años estuvo al servicio del corsario francés Guillaume de Casenove, quien asediaba las naves venecianas que comerciaban con Flandes por el Atlántico, hacia 1470. Un episodio mejor documentado refiere que Colón formó parte de la tropa que, al mando de Renato de Anjou, nombrado heredero de la reina Juana de Nápoles, se enfrentó a Alfonso V de Aragón y posteriormente a Juan II. Una tercera referencia, algo más dudosa, aparece en un documento que habla de un corsario que en 1473 asoló las costas valencianas y catalanas. Por último, se sabe que Colón participó en una flota genovesa que hacia 1474-75 salió en defensa de la isla de Quíos, asediada por los turcos, en donde los genoveses adquirían la goma. Un año más tarde Colón aparece formando parte de una flota genovesa que se dirige a vender la goma de Quíos en los puertos de Inglaterra, Portugal y Francia. Siendo atacada por el corsario Casenove, el barco en el que Colón viaja naufraga y éste puede alcanzar a nado la costa de Portugal, asentándose en Lisboa, donde existe una amplia colonia genovesa. Es en Lisboa donde Colón conocerá a su mujer, Felipa Moniz de Perestrello, de familia noble y afamada. Durante estos años, Cristóbal Colón se dedicó al comercio y hubo de tratar con gentes marineras, que a buen seguro contarían historias sobre la existencia de tierras más allá del mar, sobre extraños objetos o troncos encontrados flotando y sobre naufragios en costas alejadas y desconocidas hasta entonces. En esta misma época (1481), Colón viaja a la costa oeste africana como miembro de la expedición de Diego d´Azambuja y a Inglaterra, portando productos desde Génova. El mismo Almirante declara, aunque algunos autores lo ponen en duda, que pudo haber tocado las costas de Islandia. No cabe duda de que todos estos viajes otorgarán a Colón una acreditada experiencia en las artes de navegación, así como un vasto conocimiento de la geografía de la época. En la mentalidad de científicos y navegantes de finales del siglo XV existen ya diversas ideas y concepciones que dan pie a la creencia de Colón en una ruta occidental hacia las Indias de la especiería -el oriente asiático- más corta y ajena al peligro que suponen la piratería y los turcos. El Mediterráneo es por aquel entonces un mar demasiado estrecho y peligroso, donde naciones enemigas y piratas de toda clase dificultan o impiden la ruta que lleva hacia los ricos países orientales productores de especias y productos exóticos. Unos siglos antes, Marco Polo, entre otros, abrió el camino de la larga travesía hacia Catay, demostrando además el beneficio económico que, no obstante el largo y peligroso viaje, puede deparar una carga de mercaderías traída desde Oriente. La ruta occidental por mar, más segura que la travesía terrestre y más rápida que la marítima bordeando el sur de África, ya explotada por los portugueses, se convierte a mediados del siglo XV en un foco de especulaciones, configurándose paulatinamente en una creencia cierta sobre la que cada vez se acumulan más datos. Toscanelli, en cuyas afirmaciones creerá Colón, no sólo piensa que debe existir una ruta occidental que libre del peligro de los turcos, sino además fija la distancia de la ignota isla Antilla del Atlántico con la isla de Cipango (Japón) en 2500 millas. El mismo científico transmite a Colón por carta sus impresiones. El viaje de Colón a los nuevos territorios no debe explicarse como un hecho aislado o fruto de la mera casualidad. Desde algunos siglos antes se vienen produciendo diversos antecedentes que preparan el camino para la gran navegación transatlántica. Un antecedente claro sitúa a los vikingos tocando la costa americana hacia el año 1000. En el mundo ibérico, las navegaciones exploratorias cada vez son más frecuentes, contribuyendo a crear un corpus de información geográfica y astronómica e incorporando nuevos territorios a los ya conocidos. Las innovaciones y mejoras técnicas o las incorporaciones de adelantos procedentes de otras culturas, como el astrolabio, facultan a las naves de los reinos ibéricos para realizar grandes travesías. Desde el siglo XIII la acumulación de conocimientos, además del empuje demográfico y el dinamismo económico, parecen actuar a favor del descubrimiento de nuevas tierras. En 1415 Enrique el Navegante fundó en Sagres un centro de estudios cartográficos y náuticos, que recogía las noticias y hallazgos procedentes de las exploraciones del litoral africano. Unos años más tarde, Juan II de Portugal instauró la Junta dos Matemáticos, encargada de elaborar tablas de navegación basadas en los conocimientos mallorquines y catalanes sobre el Mediterráneo. El convencimiento de Colón en la posibilidad de establecer una ruta oceánica occidental pudo basarse, también, en las conversaciones que supuestamente mantendría con marineros tanto en el Puerto de Santa María como en Murcia, que asegurarían haber conocido costas lejanas tras ser arrastrados por el temporal. El dinamismo portugués en cuanto a sus exploraciones por África, fomentadas desde la corona, es una cuestión conocida en la época. En 1484 Diego Cao es premiado por el rey Juan II por sus exploraciones africanas, lo que sin dudad anima a Colón a presentar su proyecto a la corte portuguesa. Solicita al rey la equipación de tres carabelas con vituallas y mercaderías para comerciar, ser armado caballero y Almirante y Gobernador de los territorios descubiertos y adjudicarse un diez por ciento del beneficio económico que se obtenga de las nuevas tierras y participar con un octavo en cada barco que comerciase con los países hallados. La negativa del monarca a secundar la operación parece provocada por estar inmerso en las exploraciones africanas, convencido de estar ya en la mejor ruta hacia oriente -la africana-, y comprometidas las arcas reales en la empresa. Posiblemente, una vez rechazado el proyecto, pudo enviar una carabela que, tras seguir las indicaciones dadas por Colón, debió de volver de vacío. En los inicios de 1485 Colón pierde a su esposa y abandona Portugal, quién sabe si por deudas o acusado de conspirar contra el rey. Lo cierto es que su hermano Bartolomé ofrece el proyecto a Enrique VIII de Inglaterra, quien también lo rechaza. Parte entonces Cristóbal Colón hacia Palos, para ofrecer su plan a los reyes de Castilla y Aragón. El desembarco en Palos hubo de hacerse a causa de las noticias que circulaban en la localidad, conocidas de Colón, acerca de un viaje del piloto Alonso Sánchez de Huelva hacia el occidente atlántico. Se supone que el prior de La Rábida, fray Juan Pérez, y el cosmógrafo fray Antonio de Marchena pudieron entregar el diario y una carta de ruta del piloto, que pudo usar Colón en su primer viaje. A través de diversos personajes interpuestos tienen noticia los Reyes Católicos del proyecto de Colón, siendo recibido por estos en Alcalá de Henares el 20 de enero de 1486. Aparte de las ganancias económicas, la idea de Colón reunía en sí misma grandes aspiraciones del mundo cristiano de la época, como el comercio directo con Oriente, el contacto con los misteriosos reinos cristianos del Preste Juan y el remate al ideal de Cruzada con la toma definitiva de Jerusalén. Valedores de Colón fueron fray Juan Pérez y el contador mayor, Alonso de Quintanilla, quines consiguieron que una junta consultiva se reuniese en Córdoba para examinar sus ideas. Posiblemente fue el confesor de la reina Isabel, Hernando de Talavera, quien, contrario al proyecto, fomentó la negativa de la junta. Parece, además, que otras razones incidieron en el rechazo a apoyarlo, fundamentalmente la guerra establecida con el reino nazarí de Granada y las desmesuradas peticiones de Colón, ciertamente inéditas en la época. Entre tanto se delibera en la corte de Isabel y Fernando, Bartolomé Colón ha pasado a Francia, donde ofrece el plan de su hermano a Ana de Beaujeu, regente durante la minoría de edad de Carlos VIII. En Francia tampoco se prestará demasiado crédito al proyecto. Las deliberaciones en la corte castellana duraron varios años, durante los cuales Colón no obstante fue mantenido por indicación de la Corona. Son años en los que Colón va ganando adeptos en la corte, como fray Diego de Deza, o Medinaceli, en cuya casa se alojó por dos años. Una nueva negativa de la corte le empujó a marchar de España, pasando antes por La Rábida. Desde aquí fray Juan Pérez hace un último intento, escribiendo una carta a la reina Isabel, como resultado de la cual Colón es llamado a Santa Fe (Granada) para empezar a negociar. En este punto la intervención de Luis de Santángel, escribano de ración de la corona de Aragón, resulta crucial, pues persuade a la reina de la viabilidad y conveniencia del proyecto. La negociación finaliza el 17 de abril de 1492, dando lugar a las Capitulaciones de Santa Fe. En ellas se determina que Colón y sus herederos ostentarán el cargo de Almirante en todos los territorios que pudiera descubrir, cobrando el quinto de las mercancías; se le nombra también virrey y gobernador de las tierras descubiertas, con poder para nombrar funcionarios; recibirá la décima parte de los tesoros conquistados o adquiridos y ejercerá de juez en cuantas cuestiones comerciales se pudieran suscitar; podrá participar con un octavo en cualquier expedición comercial que se emprendiese, obteniendo así un octavo de los beneficios. Se equipara así a Colón en rango con el Almirante de Castilla, con los mismos privilegios y mercedes, y su hijo Diego es nombrado paje del príncipe don Juan. Las pretensiones de Colón son inusitadas para la época, pues aparte de exigir un alto porcentaje sobre los beneficios de la empresa, sus aspiraciones políticas le convertirían de hecho en el segundo dignatario de Castilla tras la reina. Sus pretensiones son más desmesuradas aun considerando que se trata de un advenedizo, un extranjero apenas llegado que presenta un plan supuestamente inconcebible. El acuerdo con los reyes de Castilla y Aragón indica, por tanto, que en la mentalidad y conocimientos de la época ya estaba la posibilidad de realizar un viaje así. Además, juega a favor de Colón el hecho de que la toma de Granada ha acabado, lo que permite a los Reyes distraer su atención hacia otros asuntos y dedicar recursos al nuevo proyecto. El 30 de abril de 1492 los reyes envían una misiva a Palos en la que ordenan la construcción de dos carabelas que pondrán al servicio de Colón, como pago o castigo contraído con anterioridad. El mismo Colón se desplaza a la localidad para formar la tripulación, encontrando reticencias hasta que interviene fray Juan Pérez y se enrola el afamado marino Martín Alonso Pinzón, ofreciendo una carabela propia. Con él se enrolan también sus hermanos Francisco Martínez y Vicente Yáñez Pinzón y el piloto Juan de la Cosa. Armadas las carabelas Pinta, Niña y la nao Santamaría, salen del puerto la madrugada del 3 de agosto de 1492, dirigiéndose a Canarias, donde arribarán más tarde. Aquí repostan y hacen las oportunas reparaciones, tras lo que parten en dirección oeste. La duración de la travesía comienza a impacientar a la tripulación, surgiendo amagos de sublevación que son atajados por Colón mintiendo sobre la distancia recorrida y prometiendo regalos. La situación comienza a ser desesperada cuando Rodrigo de Triana avistó tierra el 12 de octubre, habiendo llegado a la isla Guanahaní (San Salvador, Watling). Durante este viaje realizó además exploraciones durante tres meses por otras islas cercanas, a las que bautizó como Juana (Cuba) y La Española (Haití). En ésta parece ser que tuvo el primer contacto con un jefe nativo, Guacanagari, quien le regaló objetos de oro. En la Nochebuena de 1492 la Santa María embarrancó, lo que persuadió a Colón de aprovechar sus restos para construir un fuerte ("Navidad") donde quedarían algunos miembros de la expedición, para amistarse con los indios y establecer una colonia. Separada la Pinta tras la insubordinación de Martín Alonso Pinzón, quien se había ido a explorar la mítica isla de Babeque, Colón parte con la Niña hacia España el 2 de enero de 1493, llevándole las corrientes a Lisboa. En esta ciudad, Juan II alega que las nuevas tierras son suyas, en función del tratado de Alcaçobas, lo que generará una polémica que no quedará saldada hasta la intervención del papa Alejandro VI y el acuerdo establecido por el Tratado de Tordesillas. Vuelto a España, los reyes le reciben en Barcelona. Colón les trae presentes y lleva consigo a seis indios. Son los primeros indígenas bautizados, encargando los reyes a Colón emprender un nuevo viaje en el que llevará consigo a fray Bernardo Boyl y otros religiosos para convertir a la población. El segundo viaje cuenta ya con un ingente despliegue de medios, lo que indica un interés colonizador. Se preparan mil quinientos hombres y diecisiete barcos cargados con vituallas y provisiones tanto para mantenerse como para fundar establecimientos permanentes. Entre los viajeros figuran el hermano de Colón, Diego, Ponce de León, fray Antonio de Marchena, Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa, Pedro Margarit, etc. El regreso al fuerte Navidad es desolador, encontrando sólo restos que indican un ataque indígena y disensiones de los españoles, algunos de los cuales habrían partido a la región del cacique Caonabo con la esperanza de encontrar oro. El 6 de enero de 1494 se fundó la primera ciudad, La Isabela, en un lugar malsano que provocó que fuera abandonada dos años más tarde, fundando Santo Domingo a instancias de Bartolomé Colón. Entre tanto, continuó Colón realizando exploraciones, convencido de estar ante las puertas de los reinos del Gran Khan. Así, reconoce por completo La Española y explora Cuba, Jamaica y algunas islas menores. Tras dejar a Francisco Roldán como Alcalde Mayor de la Isabela, emprendió el viaje de regreso a España. Surgió entonces el conflicto entre Roldán y Diego Colón, que provocará la primera sublevación. Los desórdenes producidos llegan a oídos de la corona, quien envía un visitador para investigar. Como resultado, se presentan acusaciones contra Colón, que son ignoradas por los Reyes. El 30 de mayo de 1498 parte Colón por tercera vez, con una flota de seis barcos y seiscientos hombres. Durante esta expedición realizó nuevas exploraciones, como las de la isla Trinidad, el golfo de Paria, en el continente americano, Asunción (Tobago) y Concepción (Granada), Margarita y Cubagua. A su regreso a La Española siguen los problemas generados por Roldán y otros españoles, contestadas por Colón con actuaciones soberbias y despóticas. Como resultado, la corona envió a un nuevo investigador, Francisco de Bobadilla, cuya autoridad negó Colón, por lo que fue encadenado y enviado preso a la Península. La protección real, aunque con algunas reservas, le procuró ser absuelto y que se nombrara un nuevo investigador en sustitución de Bobadilla, esta vez Nicolás de Ovando. Para evitar conflictos, los Reyes prohibieron a Colón tocar La Española en su cuarto viaje, emprendido el 11 de mayo de 1502 junto con su hermano Bartolomé y su hijo Hernando, tocando las islas Caribes, Santa Lucía o Martinica, Santa Cruz, Puerto Rico, Honduras. El viaje resultó descorazonador, pues el paso hacia las Indias, en el que Colón aun creía firmemente, no aparecía por ninguna parte. Parece ser que las penalidades y el carácter altivo de Colón empujaron a la tripulación a rebelarse, a lo que se sumó una fuerte tormenta y el mal estado de las naves. De vuelta a España, Colón ha de ocuparse de hacer valer sus derechos, pleiteando con la Corona. A pesar de habérsele reconocido algunas mercedes, la situación interna de los reinos ha cambiado profundamente, tras fallecer la reina Isabel. Las reclamaciones al rey Fernando no son atendidas como quisiera, encontrándose éste en una difícil coyuntura política por la posible llegada al trono de Felipe el Hermoso. No obstante, Colón aun conserva algunas amistades entre los personajes influyentes de la corte, como Diego Hurtado de Mendoza o Cisneros. Entristecido y melancólico, Colón ve próxima su muerte, dictando testamento a favor de sus hijos, hermanos y de Beatriz Enríquez de Harana, mujer con la que compartió parte de su vida y madre de su hijo Hernando. El 20 de mayo de 1506 muere aquejado de gota y otras enfermedades en la ciudad de Valladolid, sin conocer que en su exploración había dado con un continente desconocido hasta entonces por los europeos de su época y al que se dará el nombre de América, fruto de un equívoco al asignar su descubrimiento a Américo Vespuccio.
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Genovés, procedencia que también se discute en el caso de sus hermanos Cristóbal y Bartolomé, fue gobernador de La Española, La Isabela y Santo Domingo. Junto a sus hermanos, fue apresado y encadenado durante el tercer viaje colombino, acusados los tres de ser la causa de los graves disturbios que se estaban produciendo entre la incipiente colonia española en América. En octubre de 1500 regresó, preso, a la Península, aunque los cargos fueron posteriormente levantados.