El retrato en el Barroco

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Comentario

A comienzos del s. XVII el arte europeo emprendió un nuevo rumbo. La ciudad de Roma recuperó su prestigio en todo el Occidente y se inició un nuevo periodo de esplendor, el Barroco. Las dos principales opciones estéticas del momento fueron el clasicismo de los Carracci y el naturalismo de Caravaggio quien realizó algunas aportaciones destacadas al género del retrato que merecen ser comentadas. Por ejemplo, es uno de los primeros artistas en autorretratarse en su miseria, sobre todo en los cuadros de juventud, donde la enfermedad y el hambre amenazaron con cortar su prodigiosa carrera antes de tiempo. Su idea general de la naturaleza y objetivos de la pintura se centra en la idea de mímesis, de reproducción casi exacta de los elementos de la realidad, lo que va a conseguir mediante recursos como los fuertes contrastes de luz y sombra, el naturalismo en la captación de los rostros o la aplicación veraz de los colores de cada materia: la piel, las sedas, etc.
Partiendo de Roma como centro de las novedades artísticas, los diversos países europeos iniciaron su Barroco, eso sí, cada uno aportando sus características propias.
Así, en el caso de España el género del retrato fue, precisamente, fundamental para el desarrollo de toda la pintura del periodo. Dos líneas se pueden establecer en los orígenes del género en la península: por una parte, los "retratos de corte" o "de aparato" que tanto Carlos V como su hijo Felipe II promovieron a través de artistas como Antonio Moro o Alonso Sánchez Coello; por otra, la interpretación mucho más expresiva y personal - lejos de la cierta frialdad que destilan los retratistas antes mencionados - que fue capaz de ofrecer Doménikos Theotokopuli, El Greco (1541-1614) a partir de su llegada a España, primero en Madrid y más tarde en Toledo.
Se puede afirmar que el Greco inventó un tipo de retrato, que tenía como modelos a miembros de las élites culturales y económicas toledanas, y que atendía a un similar programa estéticos: importancia del color y la luz, que relegan a un segundo término al dibujo; captación psicológica del retratado; composiciones muy variadas, desde el enorme retrato en grupo del Entierro del señor de Orgaz hasta los numerosos retratos individuales, plenos de una atmósfera íntima, que realizó hasta su muerte.
El Greco apenas dejó discípulos, pero sí suministró un modelo de creatividad personal que pronto continuaría Diego Velázquez (1599-1660), sin duda uno de los pintores más destacados de todo el s. XVII en Europa. Velázquez se formó en Sevilla, por entonces una de las ciudades más prósperas del continente en razón de su intenso comercio con las posesiones españoles en América. Entre sus maestros indirectos cabe mencionar a Caravaggio, de quien contempló algunos grabados de sus obras, difundidos por Europa a cientos.
Su dominio de la técnica tuvo una oportunidad única, que el artista no desaprovechó por supuesto. En 1622 fue llamado a la Corte de Felipe IV para que trabajase como pintor áulico, y de sus pinceles surgieron algunas de las obras maestras del retrato moderno, como la serie de efigies ecuestres dedicadas a la Familia Real española (Felipe III y consorte, Felipe IV y consorte, Baltasar Carlos) y al Conde Duque de Olivares.
También aportó algunos de los primeros matices de realismo de la pintura occidental, describiendo con minuciosidad los rasgos menos favorecidos de los bufones de la Corte. Tras décadas de perfeccionamiento en este género, la realización de una obra maestra como La familia de Felipe IV (también conocida como Las meninas) le encumbró definitivamente en las alturas del arte occidental.
Junto a Caravaggio, Velázquez se había beneficiado sobre todo de las aportaciones que estaba realizando la pintura flamenca barroca al campo del retrato. Cabe hacer una primera, pero necesaria, distinción entre arte flamenco y arte holandés, distintos por cuestiones religiosas, políticas y económicas, produciendo como resultado dos artes muy personales.
Holanda era entonces una república de comerciantes en la que dominaba la burguesía media y alta, que demandaba un arte muy concreto: escasas alusiones a la religión, multitud de escenas de interior y de naturalezas muertas pero, en especial, obsesión por el retrato. No resulta difícil de entender si pensamos que esos burgueses deseaban dejar una imagen triunfal de sí mismos para las generaciones posteriores, de manera que los pintores que ganaron más consideración y dinero fueron los maestros del retrato. Por encima de todos ellos hay que mencionar a dos, Frans Hals y Rembrandt.
Frans Hals dio forma a una verdadera convulsión en el género del retrato al aportar una nueva tipología: el retrato de grupo de agrupaciones cívicas. Existe mucha diferencia social entre los retratos oficiales, sobre todo de familias regias, donde cada uno desempeñaba su papel, y estos nuevos retratos, donde es un colectivo uniforme el que protagoniza el cuadro. Hals supo solventar los numerosos problemas que planteaba tal empresa, desde cuestiones compositivas hasta el respeto hacia la cantidad de dinero que cada uno de los miembros de ese grupo había pagado al artista.
Hals es casi un estricto contemporáneo de otro de los genios del arte barroco, Rembrandt. Prodigioso en todos los géneros a los que se dedica, es en el retrato donde más brilla. En primer lugar, porque desde su primera juventud decide autorretratarse con notable frecuencia, captando los cambios de edad, posición social y situación emocional que el artista va a conocer en el tiempo.
Así, en sus primeros autorretratos se nos muestra arrogante, confiado, mientras que en el periodo más grave de su vida, cuando fallece su esposa y su popularidad decrece enormemente, nos ofrece una imagen lastimosa de sí mismo, de un artista que tras conocer el éxito se debe enfrentar a la soledad.
Mientras tanto, en la otra mitad de los Países Bajos, Flandes, la situación política y religiosa está definida por la aristocracia vinculada a la monarquía española y por el ferviente catolicismo. Era una sociedad que también demanda retratos para las clases privilegiadas, y en la que de inmediato destacará Pedro Pablo Rubens.
Artista muy prolífico, contó con un importante taller que le ayudó a responder a una clientela que no dejaba de crecer. Además, su labor artística tuvo que ser alternada con diversas misiones diplomáticas por toda Europa, que le pusieron en contacto con las Cortes más notables del momento. Como su contemporáneo holandés Rembrandt, Rubens gustó de autorretratarse en numerosas ocasiones, siempre con la intención de dejar constancia visual, gráfica, de la brillante posición social que había alcanzado.
Otros dos artistas flamencos, Van Dyck y Jordaens, se sentirían muy atraídos por la figura y el arte de Rubens, y su estilo en gran medida contribuyó a difundir aún más la maestría en el retrato de la que hicieron gala los pintores flamencos del Barroco.
En Francia, el progresivo protagonismo de la monarquía se vio culminado durante el reinado de Luis XIV, también llamado el "Rey Sol", que impuso su hegemonía sobre Europa y que sentó las bases de un régimen político conocido como "absolutismo monárquico".
Un capítulo aparte merece, por su originalidad a la hora de realizar retratos, Philippe de Champaigne, célebre por dos composiciones inquietantes como el triple retrato del cardenal Richelieu o el Ex-voto.
En el s. XVIII se abrió paso una Escuela de pintura que hasta ese momento apenas había desempeñado ningún papel en la historia, la inglesa. Partiendo de influencias flamencas (Van Dyck había trabajado durante décadas en las Islas Británicas) pronto los ingleses se revelaron como maestros en el retrato, al que dieron en general una enorme elegancia en las posturas de los personajes y, por supuesto, también en la forma de plasmarlos sobre el lienzo.
Los mejores exponentes de este periodo que ya anuncia el principio de la Edad Contemporánea son Gainsborough, Lawrence o Sir Joshua Reynolds, quien desde la dirección de la Academia contribuyó a difundir el género del retrato.

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