Los grandes palacios

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Comentario

A lo largo de la historia, nobleza y monarquía han rivalizado entre sí a la hora de realizar construcciones suntuosas para su uso particular. Gracias a estos edificios, hemos podido comprobar la evolución de un estilo arquitectónico propio, el palatino, que tiene en la Península Ibérica un amplio catálogo de excelentes ejemplos.
Durante la Edad Media son escasas las muestras que nos han quedado. Nobles y reyes desean protegerse de los ataques enemigos, lo que les lleva a construir poderosos castillos, que asoman por todas las tierras peninsulares. Aún así, en algunas villas importantes encontramos varios modelos dignos de mención. Es el caso del Palacio Real de Estella, obra de finales del siglo XIII, excelente muestra del Románico civil.
También merece ser resaltado el Palacio del obispo Gelmírez, en Santiago de Compostela, con un excepcional salón en su planta baja.
La austeridad de estos palacios contrasta con la riqueza decorativa de las construcciones palaciegas andalusíes. Mocárabes, azulejos, lazos, arcos polilobulados, configuran una estética que aún hoy cautiva a los que la contemplan.
A lo largo del siglo XV la nobleza adquiere un mayor peso en la historia de los diversos reinos peninsulares. Este protagonismo tiene un claro reflejo en la construcción de un amplio número de palacios urbanos. La mayoría de estas edificaciones presentan importantes novedades arquitectónicas, procedentes de Italia: pérdida del aspecto defensivo, patio interior con dos plantas, prolífica decoración, ... La Casa de las Conchas en Salamanca, la Casa del Cordón en Burgos o la Casa de los Picos en Segovia pueden ser excelentes ejemplos de este tipo de construcción palatina tardogótica.
El paradigma de ciudad palaciega puede ser Cáceres. Encerrada en su recinto amurallado, Cáceres concentra en un reducido espacio cerca de treinta palacios y casas fuertes, configurando un magnífico aspecto de villa renacentista que recuerda, inevitablemente, a las ciudades italianas. Sus palacios de piedra luminosa y dorada y sus omnipresentes cigüeñas forman parte de la imagen de esta bella ciudad.
Será durante el Renacimiento cuando se produzca una auténtica explosión palaciega. El primer impulso viene de manos de la Monarquía. Al no existir una capital fija se tiende a construir palacios en las principales villas, para recibir la visita de los monarcas. Carlos V manda adecentar los viejos alcázares (Toledo, Madrid) y ordena a Pedro Machuca la construcción del Palacio de Granada. Se trata de una obra innovadora en España, al presentar una planta cuadrada y un patio circular, tomando como referencia algunos palacios italianos.
El propio monarca será también el promotor de otro palacio, éste más modesto, en el que pasar sus últimas horas. El lugar elegido será Yuste y el modelo tomado, la propia casa natal del Emperador en Gante.
Algunas familias nobles sienten verdaderos deseos de distinguirse tanto de las otras clases urbanas como de la corona. Por esta razón se produce una fiebre constructiva que lleva a cada familia nobiliaria a levantar un palacio. Italia es el espejo en el que buscan las referencias los arquitectos. Los palacios pasan a cumplir una función representativa de capital importancia en las ciudades españolas del siglo XVI.
Felipe II elige Madrid como capital de sus reinos en el año 1581. La residencia elegida es el Alcázar de los Trastámaras, un edificio que sufrió importantes modificaciones. Fuera de la capital, el rey llevó a cabo un intenso programa constructivo cuya piedra angular sería el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Dentro del complejo monástico, Felipe II mandó construir a Juan de Herrera el Palacio del Rey, comunicado con los aposentos privados del monarca, que se sitúan en el entorno del presbiterio de la basílica. El palacio real se articula en torno a un gran patio.
El primer Barroco palaciego tiene en Lerma uno de sus mejores exponentes. El valido de Felipe III, el duque de Lerma, eligió esta villa burgalesa como corte privada y ordenó a los principales arquitectos del momento construir uno de los conjuntos artísticos más interesantes de su época.
Otro valido, el conde-duque de Olivares, puso todo su empeño en construir un nuevo palacio para el rey Felipe IV: el del Buen Retiro. La pobreza de los materiales empleados en su construcción será sin embargo compensada con la riqueza de las obras de arte que lo decoraban.
La llegada al trono español de los Borbones en el siglo XVIII supondrá la recuperación del programa constructivo palatino. El incendio del Alcázar de Madrid en la Nochebuena de 1734 motivará la construcción de un nuevo Palacio Real en el mismo lugar. Filippo Juvarra y Juan Bautista Sachetti fueron los autores de las trazas, configurando un edificio de planta rectangular, con 4 volúmenes proyectados en las esquinas y seis puertas principales.
Felipe V quiso emular el Versalles de su abuelo Luis XIV y ordenó construir el Palacio de la Granja de San Ildefonso. Teodoro Ardemans será el autor de las primeras trazas, realizándose diversas ampliaciones en los años siguientes. Pero lo más atractivo de este lugar son los jardines y las fuentes. Le Nôtre planificó un jardín a la francesa, que está inspirado más en el palacio de Marly que en los jardines de Versalles.
El viejo Palacio Real de Aranjuez también fue remodelado a lo largo del siglo XVIII. Bonavia y Sabatini fueron los encargados de las reformas, tomando como modelo los palacios romanos.
En el siglo XIX, la nueva aristocracia y la burguesía adinerada competirán por construir una amplia suerte de palacios en la corte madrileña. Los nuevos ejes urbanos se pueblan de palacetes con suntuosas decoraciones que, en la actualidad, están siendo adquiridos por entidades financieras o instituciones oficiales para convertirlos en sus sedes.
Finalizamos nuestro recorrido por la arquitectura palaciega. De esta manera, hemos podido disfrutar de estos espacios y remontarnos a los tiempos en los que sus primitivos propietarios los disfrutaban.

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