El entierro del señor de Orgaz

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Comentario

Para la iglesia de Santo Tomé, El Greco realizó uno de sus lienzos más famosos: El entierro del señor de Orgaz, que aún se conserva en su emplazamiento original. El señor de Orgaz, cuyos descendientes obtuvieron el título condal, recibió sepultura en dicha iglesia en 1323 y, según una leyenda local, en el momento del entierro se produjo la aparición milagrosa de San Esteban y San Agustín, en recompensa a su piadosa vida. El párroco de Santo Tomé encargó en 1586 este cuadro a El Greco.
En la zona inferior, el pintor refleja con realismo el momento solemne del entierro. En contraste con el dorado colorido de los ropajes de los santos y los brillos de la armadura del señor de Orgaz, el negro fondo definido por las vestimentas de los asistentes al acto confiere una patética suntuosidad a la escena. Con técnica precisa e intención analítica, describe calidades y plasma una gran variedad de expresiones, desde la resignación a la esperanza o la curiosidad. Son auténticos retratos, en los que El Greco debió de representar a diversas personalidades toledanas de la época.
Pocos han sido identificados con seguridad, pero el rostro de barba canosa que se encuentra junto al eclesiástico situado de espaldas en primer término es, sin duda, el de su amigo Antonio de Covarrubias. El párroco don Andrés Núñez aparece en el extremo derecho del cuadro con un libro en las manos, y el niño que porta un cirio en primer plano es su hijo Jorge Manuel, cuya fecha de nacimiento, 1578, figura junto a la firma del pintor en el pañuelo que asoma por su bolsillo.
Casi en el centro de la composición un ángel recoge el alma del señor de Orgaz, representada como una forma nebulosa infantil, según la iconografía medieval, y la conduce hacia los cielos, donde es recibida por la Virgen y San Juan Bautista.
En oposición con el sobrio estatismo del funeral terreno, la Gloria es una explosión de color y movimiento en la que el artista, con su peculiar estilo, trata de lograr la visualización de lo sobrenatural. Está presidida por la figura del Salvador, quien aparece rodeado por ángeles, santos y un coro de bienaventurados, en el que se reconoce a Felipe II.
Entre las dos zonas que configuran el lienzo existen numerosos nexos de unión, que hacen que la obra no esté formada por dos partes aisladas entre sí. El primero viene determinado por la luz. En la zona baja encontramos algunos personajes que miran hacia arriba como el párroco, el Protonotario Mayor de Toledo o la figura que se sitúa tras el sacerdote que lee. La Virgen mira hacia abajo esperando recibir el alma de don Gonzalo, que es transportada por el ángel con las alas desplegadas, la figura que se sitúa entre medias de los dos mundos. Incluso la cruz procesional se eleva hasta la zona celestial.
La normalidad en las proporciones y la definición compacta de los volúmenes caracterizan la configuración de los personajes en la zona inferior, contrastando intensamente con la idealización y el tratamiento sumario y estilizado que impera en la concepción de los seres divinos. La disminución progresiva de la visión realista de abajo-arriba responde al deseo del artista de diferenciar la materia del espíritu.

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