El Japón del Sol Naciente

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Comentario

La cultura japonesa tiene una antigüedad de miles de años. La historia y la geografía han cincelado el presente del Japón y lo seguirán haciendo en el futuro. La ubicación del Japón en el extremo más occidental del Pacífico ha hecho de éste un país relativamente remoto y aislado. El archipiélago nipón consta de cuatro grandes islas -Hokkaido, Honshu, Kyushu y Shikoku- y más de 1.000 menores.
Como todos los pueblos, también los japoneses han sido moldeados por la tierra y el clima en los que viven. A lo largo de los siglos, los japoneses se han servido de los recursos y la ubicación geográfica del país para dar forma a una civilización muy particular. Sus estaciones, su paisaje, su flora y su fauna se encuentran reflejados en el rico acervo literario, artístico y mitológico de la nación.
Con todo, el Japón nunca ha estado aislado por completo. Durante muchos siglos, ha sido el discípulo más ardiente de la gran civilización china. Los primeros contactos con China se realizaron a través de Corea, desde donde pasaron al Japón elementos culturales como el confucianismo, la escritura china y el budismo. Característico de la influencia de la gran cultura china es el periodo del arte japonés conocido con el nombre de Nara, entre los años 646 y 794. En este momento, se desarrollaron con profusión las estatuas de Buda y la cerámica adquirió gran importancia gracias a las nuevas técnicas importadas.
También China sirvió de modelo para los templos budistas del Japón, consistentes en un complejo de edificios alrededor de una pagoda de cinco pisos. El budismo se instaló en el Japón coexistiendo con un culto autóctono: el sintoismo. Ambas creencias han cohabitado de forma simultánea en los últimos mil quinientos años, influyéndose recíprocamente. El sintoismo se fundaba en un sentido de respetuosa veneración por la belleza de la naturaleza, erigiéndose sus santuarios en cascadas o montañas. Budismo y sintoismo han creado una geografía japonesa de lo sagrado. Son muchos los lugares de culto existentes, como los montes sagrados Fuji y Koya, o sitios como Izumo, Miyajima, Nara o Ise.
La religión tuvo un papel fundamental en la conformación de determinados aspectos de la cultura japonesa. El más importante es la subordinación del individuo al grupo, resumida en la expresión: "el clavo que sobresalga por encima de los demás, será hundido con el martillo". Todo debe estar perfectamente ordenado, existiendo un lugar para cada cosa. El rígido orden social medieval, dominado por los señores o daimyo, queda reflejado perfectamente en los suntuosos castillos medievales en los que habitaban.
Arte, sociedad y religión tienen en Japón otro aspecto en común: el aprovechamiento de cualquier material útil, debido a la escasez de recursos naturales. En la ceremonia del té, en los jardines de piedras, arena y minúsculos bonsai, en el arte de disponer las flores llamado ikebana... se reflejan en miniatura las aspiraciones a un espacio y una paz ilimitados.
El fin de la era feudal, en 1868, permitió a Japón entrar en el campo del progreso, liderado por el joven emperador Mutsu-Hito. El triunfo de una concepción militarista de la sociedad lanzó al país a una política de conquistas. Entre 1870 y 1941, en sucesivas etapas, el Japón consiguió dominar buena parte del Asia oriental.
Las consecuencias fueron desastrosas, abocando al país hacia una cruenta guerra de destrucción masiva. Miles de vidas fueron segadas en los violentos combates de la II Guerra Mundial. Las ciudades fueron bombardeadas. Pero la derrota y la ocupación norteamericana de 1945 no impidieron que la historia del moderno Japón fuera la de una espectacular recuperación y una prosperidad sin parangón. El milagro japonés, sin embargo, sólo pudo hacerse de una forma: utilizando los ricos valores tradicionales para adaptarse a las exigencias del mundo moderno. Sólo así, con una sabia mezcla de tradición y modernidad, consiguió el país del Sol Naciente convertirse en una nación proyectada hacia el futuro, quizás más que ninguna otra.

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