Los olvidados: Africa y Oceanía

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Comentario

Africa y Oceanía, tan alejados físicamente, tienen mucho en común. Ambos mundos han sido los últimos rincones que se han abierto a los ojos europeos. Su lejanía y lo agreste de su paisaje ha contribuido a su aislamiento, incluso a su olvido. Pero sus pueblos, sus gentes, han sabido protagonizar una larga evolución de miles de años, cuyo resultado es la eclosión de una gran variedad de formas culturales.
El continente africano es inmenso. El Atlas, en el norte, y los montes Drakensberg, en el sur, son las dos grandes cadenas montañosas. El macizo de Abisinia, o formaciones volcánicas, como el Hoggar, el Tibesti o el macizo del Kilimanjaro, rompen la uniformidad del resto. El gran río Nilo, los imponentes Senegal, Níger, Congo y Orange, que desembocan en el Atlántico, o el Limpopo y el Zambeze, que vierten sus aguas en el Indico, son las mayores fuentes de agua. Desiertos como el Sahara, en el norte, y el Kalahari, en el sur, contrastan con la exuberancia del bosque tropical que ocupa el centro del continente.
Los grandes contrastes de Africa la hacen prácticamente inabarcable e imposible de definir. Durante cientos de años, la imaginación de los europeos ha estado poblada de historias fabulosas acerca del continente negro. El país del Punt, los reinos del Preste Juan, las fuentes del Nilo... los marinos portugueses que bordearon las costas africanas estuvieron muy lejos de responder estas preguntas. Por eso los cartógrafos representaban el interior africano lleno de hombres y bestias monstruosos.
Pero a medida que el interior del continente iba siendo desvelado, la curiosidad inicial rápidamente se tornaba en interés por explotar a sus gentes. La trata de esclavos supuso una sangría para sus poblaciones. Las poblaciones del interior fueron asoladas por traficantes musulmanes y negreros europeos y americanos, una actividad que ya había comenzado en la Antigüedad clásica. La ignorancia y el desprecio hacia estos pueblos continuaron con la implantación de regímenes coloniales, más interesados en explotar sus recursos que en fomentar su desarrollo. La consecuencia es una larga lucha por salir del subdesarrollo.
Pero Africa, la gran olvidada, guarda un pasado de millones de años, íntimamente relacionado con la historia de la Humanidad. Los más antiguos restos fósiles humanos del mundo se han encontrado en yacimientos del Africa oriental y austral, por lo que puede afirmarse que Africa es la cuna de la Humanidad.
A lo largo de toda su evolución, las poblaciones africanas se han caracterizado por su capacidad para adaptarse a diferentes medios y géneros de vida. En Africa surgió uno de los primeros ejemplos de civilización, que dio vida al sorprendente florecimiento del arte y la ciencia en el Egipto del III milenio antes de Cristo. En el otro extremo de la experiencia cultural humana, los cazadores del Kalahari siguen llevando la precaria existencia de sus antepasados de la Edad de Piedra. La gran variedad de formas y pautas culturales surgidas de la evolución cultural africana queda reflejada mejor que en ningún otro aspecto en la diversidad de viviendas tradicionales. Continente de contrastes, en el siglo XIX, el rey zulú Chaka organizó una de los ejércitos más eficientes del mundo, mientras que la serena belleza de las cabezas de bronce de Benín revela una dimensión espiritual de índole totalmente opuesta.
Muy lejos físicamente de Africa, la historia de las culturas del Pacífico guarda muchas similitudes con la de los pueblos africanos. Esta inmensa región comprende desde la enorme isla-continente australiana hasta las masas de tierra de Nueva Guinea y Nueva Zelanda. Los muchos miles de islas del Pacífico sur se dividen a su vez en Melanesia, Micronesia y Polinesia.
El Pacífico fue la última zona del mundo que entró en contacto con los europeos. La llegada de éstos, hace menos de 500 años, iba a tener profundas y a menudo catastróficas consecuencias para los pueblos indígenas. Desde el lado europeo, los pueblos del Pacífico han sido imaginados, por una parte, como el eslabón perdido entre monos y hombres, y, por otra, como los felices e inocentes habitantes del Jardín del Edén original.
Pero los pueblos del Pacífico son difíciles de definir bajo una etiqueta. Sus sociedades han constituido culturas muy diferentes, con desarrollos heterogéneos. Sin embargo, algunos rasgos son comunes, como la destreza en la navegación, el culto a los antepasados o el esquematismo de sus manifestaciones artísticas. La figura humana es la representación de fuerzas sobrenaturales, y ello se consigue mediante la acentuación de determinados rasgos, como la cabeza o los ojos. Los colosales moai de la isla de Pascua eran un elemento clave de los complejos ceremoniales de los isleños, y aún hoy sorprenden por su descomunal tamaño y su enigmático significado.
Africa y Oceanía, las últimas fronteras, tienen en su interior a los países más jóvenes. Ambas guardan un inmenso potencial, pero es sólo integrando sabiamente tradición y modernidad como podrán afrontar los inmensos retos que les depara el siglo XXI.

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