Expansión de Castilla y Aragón

Fecha: Fecha: 1350 - 1492



Comentario

A comienzos del siglo XV los reinos cristianos de la Península Ibérica han conseguido no sólo afianzarse, sino empujar a los musulmanes hacia un territorio cada vez más reducido. Con todo, son conscientes de que la etapa final de la Reconquista abre ante ellos un nuevo panorama, en el cual los musulmanes, ahora reducidos al reino nazarí de Granada, dejan de ser una competencia importante, al tiempo que el enemigo para su expansión serán a partir de este momento los demás reinos cristianos.

La situación de la Península en el siglo XV es compleja. A comienzos de la centuria, son varios los reinos que coexisten y rivalizan entre sí. El mayor de todos es Castilla, beneficiado por un largo proceso de reconquista en el que ha ido añadiendo nuevos territorios. Le sigue en importancia el reino de Aragón, que podía contar con cerca de 1.000.000 de habitantes. Entre Castilla y Aragón, el reino de Navarra lucha por mantener su independencia, orientando su política hacia las alianzas con la vecina Francia. El último reino cristiano peninsular es el de Portugal, cuya población rondaría 1.250.000 habitantes. Caso aparte es el reino nazarí de Granada. Presionado por Castilla, a la que debe pagar parias o impuestos, cuenta con cerca de 750.000 habitantes, establecidos fundamentalmente en su capital, la ciudad de Granada.

La lucha contra el enemigo musulmán ya no es prioritaria. En cualquier caso, los dos reinos hegemónicos, Castilla y Aragón, acuerdan que la conquista de Granada, cuando haya de producirse, será asunto privativo del primero de ellos. Aparcado el problema musulmán, el objetivo de los monarcas y sus reinos será ahora expandir su poder. Castilla mira al Atlántico como ámbito de expansión, en competencia con Portugal, interesadas ambas en el lucrativo comercio con Oriente. Aragón se expande por el Mediterráneo, una ruta directa hacia los caros productos orientales, favoreciendo la creación de consulados mercantiles y consejos de mercaderes.

Las monarquías peninsulares se hallan envueltas en frecuentes disputas dinásticas, que a veces derivan en auténticas guerras civiles, como la que enfrentó en Castilla a los partidarios de Pedro I el Cruel y a los de su hermanastro, Enrique II. Tampoco escapa a las intrigas y a las luchas por el poder el reino de Granada. Los muros de la bellísima Alhambra ven cómo, entre 1238 y 1492, se suceden 26 sultanes, seis de ellos depuestos, otros tantos asesinados y uno proclamado hasta en tres ocasiones.

En épocas de paz, cuando los monarcas se sienten seguros en su trono, gustan de rodearse de lujos y riquezas, promoviendo la construcción de suntuosas residencias reales, como el palacio-castillo Real de Olite, uno de los monumentos más emblemáticos y hermosos de Navarra. Para su edificación, el rey llamó a su corte a numerosos maestros y artesanos peninsulares y europeos. Estos aportaron un tipo de arquitectura muy del gusto francés, que se puede ver en los miradores, la proliferación de torres y las chimeneas con tejados de plomo, conformando un conjunto de gran belleza.

La expansión económica, fundamentalmente la mercantil, promueve el surgimiento de un nuevo y pujante grupo social, la burguesía, llamado a jugar un papel importante en el futuro. Burgueses, junto con el artesanado urbano y una amplia capa de desfavorecidos, forman el paisaje humano de las ciudades medievales. Éstas siguen un trazado urbano sinuoso e irregular, existiendo a veces zonas despobladas. Las calles son estrechas y tortuosas, siempre ocupadas por una intensa actividad. El desarrollo económico de algunas urbes, especialmente las dedicadas al comercio, hizo que se construyeran nuevas áreas. En éstas, las viviendas podían alcanzar dos o tres plantas.

Frente a la ciudad, el campo congrega a la mayor parte de la población medieval, habitando en granjas o pequeñas aldeas. Muchas de éstas pertenecen a la Iglesia, pues los monasterios son los grandes propietarios de tierra del momento y también los responsables de la roturación de muchos territorios baldíos. En sus posesiones trabajan campesinos dependientes, que deben pagar un alquiler por labrar el terreno, trabajando desde la salida del sol hasta su puesta. Sólo las obligadas pausas y fiestas religiosas rompían el ritmo del trabajo constante, necesario para la supervivencia.

La economía, fundamentalmente agraria y ganadera, en la que la Mesta castellana vive un proceso de expansión, no es ajena, sin embargo, a las crisis periódicas. Provocadas por las malas cosechas o las guerras, las hambrunas sacuden con especial dureza a los más desfavorecidos, afectados también por sucesivas epidemias de peste, que tiene su punto álgido en el año 1348.

El descontento de la población se traduce en revueltas y en la búsqueda de culpables, recayendo la mayoría de las miradas en el grupo judío, uno de los más ricos y dedicados tradicionalmente a la recaudación de los impuestos. Alimentado el antisemitismo por la Corona y la Iglesia, son frecuentes las persecuciones, asaltos a las juderías y asesinatos, alcanzando su punto máximo en el año 1391. El clima de persecución no cesará, y sólo finalizará un siglo más tarde, con el decreto de expulsión de los judíos, firmado por los Reyes Católicos en 1492.

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