José I

Suerte de varas en una corrida de toros, grabado inglés
Nacionalidad: Portugal

Rey



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Comentario

Tercer hijo de Juan V y María Ana de Austria, recibió una educación esmerada. Desde su acceso al trono tuvo muy claro el tipo de colaboradores que habrían de acompañarle: los cargos palatinos para la nobleza antigua y los altos puestos administrativos para funcionarios de reconocida experiencia y probada fidelidad a la Corona como Diego de Mendoça Corte Real, como secretario de Estado, y Sebastián José Carvalho e Melo, posterior marqués de Pombal, como secretario de Exteriores y Guerra.
Las primeras medidas adoptadas en estos años se relacionan con la seguridad y erradicación de la delincuencia y con la operatividad de la Administración de justicia. El 1 de noviembre de 1755 se desató un enorme terremoto en el país que afectó fundamentalmente a la capital. En plena reconstrucción de la ciudad, el rey sufrió un atentado en 1758 en el que se implicó a los jesuitas y a los que también se reprochaba no respetar las cláusulas del Tratado de Límites de 1750 y originar problemas con los indios de Brasil y Paraguay. Estas implicaciones sirvieron de base para su expulsión del país y de las colonias ultramarinas.
La atención de José I se dedicó fundamentalmente a la reorganización de la estructura del Estado para lograr dos fines: centralización del poder y eficiencia en los servicios públicos. Como complemento, Pombal desarrolló una política económica tendente al desarrollo productivo, para lo cual favoreció la formación de una estructura empresarial y capitalista. La expulsión de los jesuitas planteó de manera urgente la reforma de la enseñanza, puesto que todas las escuelas que ellos regentaban desaparecieron. En este sentido hay que citar el pensamiento ilustrado de Pombal y su interés por la renovación pedagógica así como por la difusión de la educación a todos los grupos sociales.
Con la Iglesia, en todo momento se pretendió reafirmar la primacía del poder temporal sobre el espiritual, sometiendo a los prelados al poder del Estado y propiciando la reforma interna de la Iglesia, sobre todo de las órdenes religiosas cuya decadencia y corrupción eran manifiestas. En cuanto a la política exterior, Portugal permaneció un tanto aislada de los conflictos internacionales aunque participó en la Guerra de los Siete Años (1756-1763).

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