Barahona de Soto, Luis

Pastor veleidoso
Nacionalidad: España
Lucena 1548 - Archidona 1595
Escritor



Galería de obras


Comentario

El escritor lucentino Luis Barahona de Soto pertenece por su edad a la misma generación histórica de Miguel de Cervantes. Su corta vida se desarrolla en la segunda mitad del siglo XVI, en el reinado de Felipe II. Barahona une al ejercicio de su profesión médica el cultivo de las letras, plasmado en géneros literarios muy diversos, que le granjearon el reconocimiento público y la amistad de los grandes ingenios de entonces. Entre ellos se cuenta Miguel de Cervantes, que siempre profesó una gran estimación por el lucentino, reflejada en obras tan diversas como La Galatea, el Viaje del Parnaso o el Quijote. En este último libro lo califica como "uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España".
Se inicia su aportación literaria en los años de juventud mediante el cultivo de la poesía. Suele adscribírsele al grupo de poetas antequerano-granadinos que, siguiendo la tendencia de Fernando de Herrera, enriquecen considerablemente el lenguaje poético, lenguaje que otro escritor cordobés, don Luis de Góngora, llevará a su más alta expresión artística. Barahona, por lo tanto, se puede definir como un eslabón importante en la evolución del lenguaje literario garcilasiano hasta llegar a la dificultad gongorina.
De su producción poética se han conservado sólo una parte; entre lo más destacado se encuentran cinco églogas, que siguen en diversas ocasiones los esquemas y recursos fijados por Garcilaso en sus composiciones. Las más conocidas y estudiadas son la primera y la segunda en la ordenación y edición de Rodríguez Marín y, sin duda, las que ofrecen mayor interés y calidad literaria. En la primera, la que se suele titularse "Égloga de las hamadríades", encontramos los rasgos esenciales de su lírica.
En cuanto al tema de la égloga, nos encontramos ante un mundo idílico, pastoril, en el que ha irrumpido la muerte arrebatando a Tirsa, la enamorada del pastor Pilas. Las hamadríades, divinidades arbóreas, que tienen en alguna ocasión determinados rasgos pastoriles, celebran las exequias de la ninfa con las fórmulas paganas de rigor, ofreciendo sacrificios al alma de la muerta. A los cantos, recuerdos y ofrendas funerales de estas divinidades, se unen los lamentos de Pilas. Aunque el texto puede seguirse sin especial dificultad, indicamos algunos de los aspectos fundamentales de su contenido para guiar al lector poco habituado a la poesía manierista.
El poema se inicia con la presencia de la hamadríades cerca del río Dauro, o Darro, al pie de Sierra Nevada; las ninfas, en un día triste que luego sería famoso, cubren el cadáver de la fallecida con hierbas silvestres, al mismo tiempo que entonan canciones y recitan versos; los ganados escuchan entretanto. Luego forman canastillas con varas de diversos árboles aromáticos, de tal manera que el ambiente se llena de perfumes. Son tres ninfas las que van cantar su dolor ante la muerte de Tirsa, Silveria, Silvana y Fenisa, y van ataviadas con guirnaldas, con el pelo suelto por las espaldas.
Silveria expresa su deseo de que toda la naturaleza y los animales dejen de cumplir su habitual función, si no se realizan sacrificios por el alma de la ninfa muerta. Las selvas y los pájaros serán testigos de la expresión de su dolor. Silvana se refiere en su intervención al momento en que van a tener lugar los ritos, a la caída de la tarde, cuando el sol pierde fuerza y empieza en la montaña el frío temporal; entonces ya Tirsa está helada y yerta, y hay que manifestar el dolor por el hecho luctuoso, no sólo en este día, sino también en sucesivas celebraciones. Anualmente, propone, honrarán su tumba con sacrificios de animales y ofrendas florales, y tal conmemoración se extenderá del norte al sur, por toda la extensión de la tierra. Fenisa proyecta una competición para nueve días después, ofreciendo de su propio rebaño diversos premios: al ganador de la carrera una novilla, al mejor luchador dos novillas, un toro al mejor lanzador y un buey al mejor cantante. Al que hiciese los mejores versos, lo que éste quisiera escoger de su manada, junto con la fama inmortal. Con motivo de tal celebración asistirá el dios de los pastores, profusamente adornado, y también llegarán pastores y zagales para las competiciones, en tanto que los versos fúnebres, igualmente resultado del concurso, adornarán las faldas del túmulo consagrado a la ninfa muerta. En su honor quemará las entrañas de una res, y lo repetirá anualmente, después de regar la víctima con leche reciente. Además derramará en la tierra, con igual sentido de ofrenda fúnebre, el mejor vino que se coseche en Lucena.
De nuevo toma la palabra Silveria y, suponiendo que el espíritu de Tirsa se encuentra merodeando por alguno de los lugares que frecuentó en vida, o acaso esté ya en los campos elíseos, le pide que preste oído a sus palabras. El alma de la ninfa quizás andará todavía frecuentando las selvas y Silveria acusa al cielo injusto de su muerte. A partir de ahora se producirá un gran desorden en la naturaleza y en el mundo pastoril; no habrá flores, ni frutos, se secarán las fuentes, los zagales no publicarán sus amores, los ojos estarán siempre en llanto, el ganado no pacerá. Dirigiéndose a Tirsa le pregunta que, si los está escuchando, por qué no responde con alguna manifestación, puesto que ella alegraba en vida la noche y, en cambio, ahora sólo les queda la memoria triste del suceso.
Silvana recuerda que Tirsa solía poner fin a los litigios que tenían lugar entre los pastores y que, en alguna ocasión, solía salir de las aguas cantando los versos del pastor Silvano, en tanto que otros pastores se arrojaban al agua por tocarla, pero era en vano debido a la rapidez que ella tenía para ocultarse. Añade que al amanecer de este día vio llorar al pastor Pilas, con la mano apoyada en la mejilla, haciendo con ello que las flores se secasen, se desgajasen ramas de los robles y se rompiesen las piedras, efectos que suelen producir los vientos Boreas y cierzo. Entonces el pastor cantó unos versos que se incluyen a continuación.
Pilas vuelve a insistir en el caos que se ha producido en la naturaleza con la muerte de Tirsa; la tierra no hace germinar nada de lo que se siembra y el pastor está en perpetua pena, hasta que muera también él y pueda gozar de la eterna compañía de la amada. El enamorado ha realizado sacrificios en su honor y siempre seguirá honrando con ofrendas su sepultura, e, incluso, ha apartado los toros y novillos de sus becerras, para manifestar aún más el dolor por la pérdida. Después pide el descanso para su cuerpo, junto con las ofrendas y alabanzas de Apolo, de las estrellas, de los faunos y del río Dauro, cuyas aguas serán leche y miel en el sepulcro de Tirsa. También las ninfas ofrecerán delicadísimos presentes florales a su sepulcro, en el que los genios dejarán inmóviles sus huesos durante mil años.
Por último, tras el lamento de Pilas, se indica que el sol está ocultándose ya, llenando las nubes del ocaso de variados colores. Las ninfas dejan de cantar, vuelven al campo, donde el morisco suele ocultar tesoros, y se introducen en los troncos huecos de las encinas.
Como podrá apreciarse, es una bellísima égloga, eminentemente fúnebre, con ritos y ofrendas paganas, propios del mundo pastoril y mitológico en el que tiene lugar la acción, aunque también se percibe claramente la idea de la supervivencia del alma de la ninfa y el recuerdo que ha dejado en el universo que la conoció viva.
Siguen luego en nuestra selección algunos poemas breves y un hermoso fragmento del canto III de Las lágrimas de Angélica, un poema épico italianizante, del que se editó sólo la primera parte (Granada, 1586). También escribió los llamados Diálogos de la montería, un importante tratado de caza mayor y menor. A su muerte se perdieron los manuscritos que contenían sus poesías líricas y la segunda parte de Las lágrimas de Angélica.

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