Campo de concentración

Un camión cargado de cadáveres de prisioneros del campo de Buchenwald
Nacionalidad: Alemania


Comentario

La concentración en un lugar determinado de una masa de personas sospechosas o juzgadas peligrosas para la seguridad del Estado fue aplicada por los británicos tras la guerra de los Boers, siendo ampliamente utilizada durante la I Guerra Mundial, en la que los beligerantes multiplicaron los campos de internamiento para la reclusión de la población civil de los países enemigos. Con ello se buscaba obtener un fácil control de un grupo numeroso mediante unos pocos efectivos de vigilancia. A pesar de ello, los internados gozaban de un cierto nivel de protección jurídica, lo que no sucedió en los casos de los campos de concentración nazis, japoneses y soviéticos durante la II Guerra Mundial.
Así, Stalin se sirvió de los "campos de re-educación mediante el trabajo" para asentar y extender su control sobre el aparato del Estado, eliminando a los elementos disidentes. Los japoneses recluyeron a los civiles europeos y americanos, tanto mujeres como niños, que habitaban en los territorios ocupados, sometiéndoles a todo tipo de privaciones y vejaciones, con el fin de humillar a los "prisioneros blancos". Sin embargo, fueron los nazis quienes llevaron al límite del horror sistemático y programado la inhumanidad de los campos de concentración.
El 28 de febrero de 1933 Hitler obtuvo del presidente del Reich, Hindenburg, la firma de un decreto de urgencia "para la protección del pueblo y del Estado", suprimiendo las garantías constitucionales. Pronto las SS, tomando el lugar antes ocupado por las SA, se encargaron de la organización y vigilancia de los campos. El 21 de marzo de 1933 Himmler hizo construir, a título experimental, el primer Konzentrationslager (KL, siglas oficiales; KZ, siglas utilizadas por los detenidos y los guardias) en Dachau, que servirá de modelo para los ulteriores de Sachsenhausen (sep. 36), Buchenwald (jul. 37), Flossenburg (mayo 38), donde se llevaron a cabo terribles experimentos de vivisección sobre niños gitanos durante la guerra, y Mauthausen (1938). El campo de Ravensbrück (1934) quedará reservado para las mujeres.
En teoría pensados para lograr la reeducación de elementos subversivos mediante el trabajo ("Arbet macht frei", el trabajo os hará libres, rezaba en la puerta de entrada), la dirección de Himmler refinó y depuró su uso político para hacerlos un instrumento al servicio del poder totalitario y dictatorial, por medio de la imposición del terror. Así, entre 1933 y 1944 más de un millón de alemanes pasaron por los campos de concentración, juzgados como enemigos del régimen nazi, muchos de ellos enfermos mentales.
A lo largo de la II Guerra Mundial, fueron enviados a los antiguos campos grandes contingentes de población de los países ocupados. Al mismo tiempo, se abren nuevos campos como los de Theresiendstadt, Majdanek, Auschwitz, Stutthof, Natweiler-Struthof, Kaunas, Neungamme, Gross-Rosen, Bergen-Belsen y Dora. La geografía del infierno concentratorio abarca, para 1942, entre sucursales y Kommandos exteriores, más de un millar de lugares de detención o exterminio.
Cuando en el verano de 1941 Hitler decidió eliminar a los judíos, los campos de Auschwitz y Majdanek fueron destinados para éste fin, siendo asesinados cuatro y un millón de víctimas, respectivamente. Además, cuatro nuevos campos fueron abiertos para este fin: Chelmno, donde hubo 340.000 asesinados, Belzec, capacitado para exterminar a 15.000 personas diarias, Sobibor (20.000 cada día) y Treblinka (25.000 cada día).
Fríamente calculado, el exterminio obedecía a un plan preconcebido. Tras bajar del tren que los llevaba a las puertas del campo, las víctimas eran desvestidas y desposeídas de sus objetos de valor, sus cabellos eran rapados (con ellos se confeccionaba parte de la vestimenta del personal de los U-Boote) y eran conducidos directamente a la cámara de gas, creyendo que iban a ser desinfectados. Los dientes de oro eran arrancados a los cadáveres; anos y vaginas eran explorados en busca de objetos de valor escondido. Los cuerpos eran rápidamente quemados en hornos; de ellos se aprovechaba también para hacer jabón, engrasantes y otros sub-productos.
La política de exterminio, no obstante, se tradujo en algunos conflictos en el seno de la SS. La facción económica era partidaria de aprovechar al máximo la mano de obra esclava, mientras que los servicios de seguridad preferían destruir rápidamente a los que consideraban enemigos raciales del régimen: gitanos, judío, polacos y otros pueblos eslavos. El curso de la guerra jugó a favor de los primeros, pues los iniciales reveses de la Wehrmacht en Rusia hicieron que fuera necesario emplear una gran cantidad de mano de obra para la producción bélica. Así, en marzo de 1942 la gestión de los campos fue transferida a la dirección de "Economía y Administración" de la SS. Sin embargo, el jefe de esta sección, Pohl, partidario del "exterminio por el trabajo", no consiguió que Himmler frenara la labor tecnocrática y calculada que Eichmann venía desempeñando en la aplicación de la "solución final" a la mayor cantidad de individuos posible.
Las condiciones de vida en los campos de trabajo llegaban hasta el límite de la degradación, tanto física como psicológica. Torturas, golpes, asesinatos en la más absoluta arbitrariedad, inseguridad permanente, carencia de alimentos, hacinamiento, suciedad, etc. provocaban una mortandad tan alta que en diciembre de 1942 Himmler dio órdenes para frenarla, pues disminuía la capacidad productiva de los campos. Los individuos juzgados irrecuperables por los médicos eran desatendidos hasta morir, asesinados mediante una inyección de fenol o trasladados a los campos de exterminio, Vernichtungslager.
La vigilancia de los campos estaba confiada a efectivos de la SS, desde 1936 llamados Totenkopfverbände. Por debajo, un sistema jerárquico diferenciaba a los prisioneros entre jefes de campo, jefes de bloque y kapos, que se distinguían del resto por su obediencia a los guardianes y por los beneficios que de obtenían de su labor servil. El resto de prisioneros (objetores de conciencia, presos comunes, homosexuales, asociales, disidentes o judíos) malvivían en medio del temor y las torturas. Algunos de ellos, sobre todo presos comunes o detenidos políticos alemanes, desempeñaron labores administrativas y sanitarias. Otros pocos, llamados Proeminenten, eran algo mejor tratados, debido a su calidad de rehenes, como Mafalda de Saboya, hija de Víctor Manuel III, Eduard Daladier o Leon Blum.
Prohibida toda comunicación con el exterior -lo que no impidió a los prisioneros de Auschwitz entablar contactos con la resistencia polaca-, ni siquiera la Cruz Roja Internacional tenía acceso a los campos, pues los presos no eran considerados por los nazis como prisioneros de guerra, sino como un "asunto interno", y por tanto no gozaban de la protección de la Convención de Ginebra.
Durante la última fase de la guerra, cuando Alemania se bate en retirada tanto por el Este como por el Oeste, las condiciones de vida en los campos empeoran aun más si cabe. Los campos son abandonados y los prisioneros obligados a marchar a pié o en vagones abiertos, en pleno invierno. Los incapacitados fueron directamente eliminados en aquéllos campos en los que a los guardianes les dio tiempo para hacerlo. Por los caminos, quedaban multitud de cadáveres con un tiro en la nuca.
La liberación de los campos obligó a los soldados aliados a observar un espectáculo dantesco: montones de cadáveres, supervivientes desnutridos y enfermos. En Bergen-Belsen, liberado el 13 de abril de 1945, los británicos encontraron 10.000 cadáveres y 38.500 seres agonizantes, de los que un tercio acabó muriendo.
Mayores crueldades recibieron las víctimas de los experimentos realizados por los médicos de la SS, especialmente mujeres y niños.
Destruida la documentación en muchos de los campos antes de la huida de sus guardianes, resulta difícil estimar con rigor la cifra total de asesinados, situándose entre 7 y 11 millones de personas.

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