Barroco sevillano



Comentario

Sevilla es, literalmente, la puerta de América. Con un importante puerto comercial, todos los bienes trasatlánticos que entran en España lo hacen por Sevilla y todo el que quiere exportar sus mercancías al Nuevo Mundo ha de hacerlo por la capital andaluza. Desde esta ciudad se rige además el imperio colonial, con lo que existe una fuerte presencia administrativa de los virreinatos. Del mismo modo, desde Sevilla se controlan las redes de misiones eclesiásticas, por lo que todas las Órdenes presentes en América tienen sede en Sevilla. Comercio, florecimiento económico y fervor religioso son factores que contribuyeron a convertir esta ciudad en foco cultural de importancia mayúscula. También por su puerto se introdujeron influencias estilísticas que conforman un Barroco rico y pleno. El substrato de la pintura sevillana es doble: por un lado, flamenco, con una estética tradicional tendente al "feísmo"; sus rasgos se encuentran en una pintura de rasgos nerviosos, muy lineal frente al color, y con rostros poco agraciados, especialmente en los personajes malvados. Y por otro lado, el substrato italiano, que se acentúa esos años con pinturas venecianas de estilo suave, algodonoso y con predominio de los dorados (es éste el estilo de Murillo); y con el influjo caravaggesco que se importa con la obra del Españoleto, Ribera, afincado en Nápoles hasta su muerte. Esta influencia provoca que se realicen cuadros de aspecto tétrico, con fondos muy oscuros en los que apenas se percibe nada, y figuras fuertemente iluminadas, que dan gran dramatismo a las escenas de mártires o santos. En Sevilla la producción es abundante, preparada para ser exportada en masa a las misiones americanas: pinturas de devoción caídas en la blandura más desenfrenada. También son muy habituales los retratos a lo divino, con personajes reales que encargan sus retratos con los ropajes y atributos de sus santos favoritos. Otro género muy desarrollado y de gran calidad fue el bodegón, al que a veces se aplica el recurso del trampantojo. Éste consiste en una naturaleza muerta que con frecuencia reproduce un rincón del taller del artista, pintado con tal verosimilitud que engaña al ojo humano simulando ser la realidad. Es el equivalente del francés trompe l'oeil. Pero una de las facetas más atractivas de Barroco sevillano son los enormes lienzos religiosos encargados a los grandes maestros: Francisco Pacheco, maestro y suegro de Velázquez; el propio Velázquez en su juventud; Zurbarán, que tuvo problemas para asentarse en Sevilla ante la hostilidad del gremio y que será desplazado por el novedoso Murillo; Alonso Cano, dividido entre la escultura y la pintura; y Ribera, presente a través de su obra, que no de su persona, son las estrellas del firmamento sevillano, con las que no puede competir ni siquiera el poderoso emporio madrileño.

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