La escultura simbolista

Memento Homo
Época:
Inicio: Año 1900
Fin: Año 1925

Antecedente:
El simbolismo en las artes plásticas

(C) Mireia Freixa



Comentario

El movimiento simbolista tiene una incidencia decisiva en el ámbito de la escultura española, pues fue un elemento clave para romper el círculo vicioso que dominaba la escultura hasta fines del siglo XIX, basculando entre el monumentalismo y el anecdotismo. Gracias a la influencia de los movimientos simbolistas, la escultura deja de ser un monumento conmemorativo o una simple anécdota derivada del realismo, para dar paso, como en el ámbito de la pintura, a un planteamiento distinto; la obra no reproduce la realidad, sino que se convierte en soporte de ideas o símbolos. A nivel iconográfico se basa en la utilización de unos temas relativamente limitados pero muy elaborados, el desnudo femenino, el más apropiado para representar símbolos, eliminando cualquier elemento que pueda hacer referencia a una realidad concreta, como el vestuario, el peinado o unas características físicas concretas. Túnicas, largas cabelleras al vuelo, cuellos largos y estilizados, una serie de recursos iconográficos que habían definido los prerrafaelitas británicos y que son más tarde popularizados por toda la escultura simbolista europea.
Las primeras obras claramente simbolistas serían la Modestia de Josep Llimona (18641943), Els primers freds (1892) de Miquel Blay (1866-1936), seguidas por la Eva de Enric Clarasó (1857-1941). Josep Llimona fue uno de los miembros más representativos del Cercle Artístic de Sant Lluc y su profunda religiosidad inspira una parte importante de su producción escultórica, La primera comunió (1897, Museo de Arte Moderno, Barcelona) o los yesos que proyectó para la fábrica de imágenes "El arte cristiano" de Olot. Destacaremos también entre visiones más secularizadas de la escultura modernista sus desnudos femeninos, como el Desconsol (1907, Museo de Arte Moderno, Barcelona) o Joventut (1913, mismo museo) y las esculturas masculinas, más en una línea realista, del monumento al doctor Robert (1903, Plaza de Tetuán, Barcelona). Es evidente que detrás del desvelamiento de la escultura en España está la enorme personalidad de Rodin, cuya influencia había sido decisiva en la evolución de artistas españoles de la talla de Miquel Blay, quien, en 1903, realiza una pieza de marcado carácter simbolista, Perseguint la illusió, que recuerda muy directamente el Fugit amor de Rodin.
La influencia de Rodin se aprecia también en los escultores vascos Quintín de Torre y Berástegui (1877-1966) y Nemesio Mogrobejo (1875-1910); este último es un escultor relativamente poco conocido porque murió joven y permaneció largas temporadas fuera de España, pero cuya obra está determinada por una clara voluntad renovadora. Su producción se mueve entre el camino abierto por Rodin y una serie de bajorrelieves, fundidos en bronce o plata, de figuras femeninas estilizadas que enlazan perfectamente con las formas decorativas del modernismo y se relacionan con la obra del gran escultor Francisco Durrio. Otro importante escultor español del momento es el cordobés Mateo Inurria (1886-24), al que debería considerarse, empero, miembro de la siguiente generación, pues elabora su producción realmente renovadora a partir de 1912.
El simbolismo, por otro lado, determina un cambio decisivo en los tipos y modelos de la escultura funeraria que modificará substancialmente su iconografía: los temas de exaltación del difunto, que habían dominado la estatuaria anterior, ceden el paso a sencillas esculturas que simbolizan un femenino ángel de la muerte, al margen de toda alegoría. Todos los escultores del momento siembran los cementerios españoles de este nuevo planteamiento en el arte funerario.
Y la escultura simbolista nos ofrece también una versión más decorativista que se vincula a los gustos Art Nouveau. Artistas como el cordobés Manuel Garnelo y Alda (1878-?), y en especial Eusebi Arnau (1863-1933), que realizan amplios conjuntos para ser aplicados a edificios públicos o viviendas, recordaremos su intervención en las casas Lleó Morera de Barcelona y Solá Morales de Olot, ambas proyecto de Lluís Doménech i Montaner. Asimismo se forman dentro de la estilización y decorativismo modernistas, artistas que desarrollarían más tarde una importante producción escultórica, como Josep Clará (1878-1958), que acabaría integrándose en el grupo de artistas del noucentisme catalán, o el aragonés Pablo Gargallo (1881-1934), quien se definiría en París como uno de los protagonistas de la vanguardia. A un nivel mucho más trivial, podemos reseñar las pequeñas esculturas en bronce que decoran todos
los salones burgueses, y también la terracota y la cerámica decorativa producidas por las empresas de La Roqueta en Baleares o la creada por Lambert Escaler (1874-1957) en Cataluña.

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