Mística y espiritualidad en la E. Moderna

Tumba del cardenal Mazarino
Época: Cristianismo
Inicio: Año 1600
Fin: Año 1800


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Comentario

A partir de la reforma Luterana se produjo una confrontación de opiniones acerca del misticismo cristiano. Mientras que para los católicos continuó siendo un camino de acceso a Dios, los protestantes descargaron sobre él toda su crítica negativa. No obstante, algunos de ellos, como Jakob Böhme (1575-1624) describieron sus propias experiencias de unión con Dios.
La Iglesia católica conoció, desde los inicios del siglo XVII, un intenso florecimiento místico y espiritual. A los místicos españoles del siglo XVI sucedió en el siglo XVII lo que se ha denominado escuela francesa de espiritualidad, cuyos representantes más destacados fueron Pierre de Bérulle y san Francisco de Sales.
Para hacer accesible la perfección cristiana a los cristianos sencillos, a quienes les sugiere que no es necesario abandonar el mundo para salvarse, Francisco de Sales escribió su "Introducción a la vida devota" (1608), que tuvo un extraordinario éxito de lectores, pues se hicieron 40 ediciones desde 1608 hasta 1622. En esa obra y en su "Tratado del amor de Dios" (1616) Sales desarrolló una concepción de la mística cristiana muy equilibrada, centrada en torno al amor del prójimo, muy cercana a la corriente optimista de las posibilidades naturales del ser humano que constituye el humanismo cristiano. Por su parte, Pierre de Bérulle plasmó su pensamiento en "Discours de l'état et des grandeurs de Jésus" (1623), donde desarrolla la idea agustiniana de la nada del hombre frente a la infinita grandeza de Dios. La piedad por la que apuesta Bérulle es cristocéntrica, austera y exigente.
Esta espiritualidad vinculada a la mística no impidió el desarrollo de un Cristianismo activo, militante y eficaz. En el terreno de la caridad cristiana, san Vicente de Paúl se convirtió en un ejemplo a imitar. Desde 1618 dedicó su atención a los condenados a galeras, a los pobres y a los mendigos. En 1621 fundó en Macon una Hermandad de la Caridad para socorrer a los pobres, que fue imitada en otros lugares de Francia y en la que participaban muchos miembros de la alta sociedad, estimulados por su ejemplo. De ese núcleo nació la congregación de las Hijas de la Caridad (1633), gracias a Louise de Marillac, colaboradora de Vicente de Paúl. Niños expósitos, soldados indigentes y heridos en la guerra de los Treinta Años, fueron el objeto especial de su cuidado, sin desatender a los demás pobres.
En todas estas obras de misericordia Vicente de Paúl recibió con frecuencia el apoyo de una sociedad secreta de piedad y de caridad denominada la "Compagnie du Sant-Sacrement", fundada en 1630 por Henri de Lévis, duque de Ventadour, con el apoyo expreso de Luis XIII, a la que se agregaron muy pronto místicos, escritores y aristócratas franceses. La "Compagnie" puso un empeño en destacar su carácter laico y autónomo con respecto a la jerarquía eclesial o política y por ello aceptó en su seno a muy pocos eclesiásticos. La "Compagnie" se extendió por toda Francia y dispuso de una red de relaciones, al mismo tiempo que contaba con abundantes recursos financieros, debido a la preeminente posición social y económica de sus componentes, de tal manera que, por igual razón, ejerció una poderosa influencia política y social, lo que despertó algunos recelos en ciertos sectores del poder. Concretamente, la actividad de la "Compagnie" suscitó reservas en Mazarino, ante quien aquélla se mostró por ello hostil hasta el punto de presionar ante la reina con el fin de conseguir su dimisión. Las acusaciones esgrimidas por sus opositores para descalificar a la "Compagnie" se referían a su intromisión en labores de control de actos religiosos ajenos a las normas de la Iglesia o a su ambición de cargos públicos para cristianos rectos. La "Compagnie" llevó a cabo, además, un combate permanente y persecutorio contra los protestantes y contra los jansenistas. Ante el peligro de persecución por parte de Mazarino, la "Compagnie" se autodisolvió en 1660.
Las instituciones católicas francesas se consagraron a la enseñanza como la mejor y más eficaz forma de apostolado. La Compañía de Jesús ya poseía una larga tradición en esa labor. Sus colegios, muy frecuentados por la aristocracia y favorecidos por la Monarquía, tenían un prestigio indiscutible. Bérulle también fundó colegios, uno de los cuales se llamó "Académie royale", aunque tenían menos alumnos que los jesuitas. Su pedagogía, en cambio, era más liberal y sus alumnos pertenecían también a la alta sociedad.
Este conjunto de esfuerzos y el apostolado desde los colegios produjo resultados inmediatos en la práctica religiosa, en la piedad y en la vida cristiana de la sociedad francesa. Con la renovación del clero, las parroquias se convirtieron en auténticos focos de espiritualidad. Desde ellas se restauró la práctica de la enseñanza religiosa en catequesis y de la predicación regular, para lo cual los curas disponían de catecismos editados por sus diocesanos y de sermonarios escritos por predicadores conocidos, que servían tanto de modelos como de libros de piedad. Esta revitalización de la vida cristiana hizo posible la propagación de la literatura edificante o piadosa, cuya producción destinada tanto a un público formado como a lectores sencillos gozó de un gran éxito. La mayoría de los autores eran jesuitas, oratorianos o miembros de Port-Royal y los temas preferidos eran las obras de meditación, los tratados morales sobre las obligaciones de la vida cotidiana y las vidas de santos, canonizados o no.
Los ejercicios de piedad se revitalizaron también durante el siglo XVII, propagados por teólogos de prestigio o por devotos y religiosos cultos. La devoción que ocupa la mayoría de las preferencias es la de la Virgen María, a quien Luis XIII consagró solemne y oficialmente su reinado en 1638. El culto al Niño Jesús y a su infancia ocupan un lugar destacado gracias a los esfuerzos del grupo de Bérulle, el Oratorio y los carmelitas, e idéntico impulso recibió la devoción al Corazón de Jesús. Una evolución paralela sufrió el arte religioso y devocional. Hasta mediados del siglo XVII se caracterizó, sobre todo en pintura, por una gran sobriedad en las formas como consecuencia de la profunda interioridad que adoptó la vida cristiana, pero posteriormente evolucionó hacia fórmulas más decorativas. La religiosidad del siglo se prueba igualmente en la edificación de iglesias: más de 30 se levantaron en París en la primera mitad del siglo. Sin embargo, la motivación se modificó en los años sesenta, durante los cuales la arquitectura religiosa está, sobre todo, al servicio de la gloria de la Monarquía y del rey.

Imágenes

Catedral de Notre-Dame (París)