El clasicismo del círculo cortesano

Daoiz y Velarde
Época:
Inicio: Año 1800
Fin: Año 1900

Antecedente:
El clasicismo

(C) Wifredo Rincón García



Comentario

Entre los artistas más destacados de la primera generación de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando destaca Juan Adán (Tarazona, 1741-Madrid, 1816) quien, tras recibir desde 1755 las primeras enseñanzas del escultor zaragozano José Ramírez, con el que colaboró en el templo de Nuestra Señora del Pilar, se trasladó a Roma, donde en 1767 obtuvo una pensión tras presentar a la Academia la copia de una escultura de Rusconi. Académico de San Fernando en 1774 y de San Lucas de Roma un año más tarde, regresó a España en 1776, labrando hasta 1782 varios retablos para la catedral de Lérida. Trasladado a Madrid, donde no le fue concedida la plaza de teniente director de escultura que había solicitado, viajó a Granada, trabajando en la catedralicia capilla de Nuestra Señora del Pilar. Regresó a la Corte en 1786 al ser nombrado teniente director de escultura. Escultor honorario de cámara en 1793, fue ratificado en su cargo dos años más tarde, obteniendo a partir de entonces el favor regio y del todopoderoso Godoy. Su ascendente carrera se vio catapultada tras jurar lealtad al intruso rey José I, ascendiendo en 1811 al cargo de director de escultura, del que fue alejado tras la marcha de los franceses. Sin embargo -y al igual que su paisano Francisco de Goya- no sufrió la represión absolutista, siendo repuesto en su cargo en 1814. Fernando VII le nombró primer escultor de cámara en 1815. La obra de Adán presenta plena coherencia, pues arrancando en una época de predominio barroco y academicista, va poco a poco evolucionando hacia el clasicismo que le es dado a conocer en su larga estancia romana, pero sin llegar plenamente al cultivo de la estética neoclásica a la que, sin embargo, se acercan los retratos en busto de los reyes Carlos IV y María Luisa (Palacio Real, Madrid) y el del Duque de Alcudia (Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid), además de las figuras de Hércules y Anteo de esta fuente en Aranjuez.
De formación barroca, el alicantino José Ginés (Polop, 1768-Madrid, 1823), fue un artista dotado de fina sensibilidad clasicista. Formado en la Academia de San Carlos de Valencia, en la que ingresó a los diez años de edad y en la que obtuvo en 1782 premios de pintura y escultura, esta institución le concedió una pensión con la que ampliar sus estudios en la madrileña de San Fernando, en la que tuvo la protección del grabador valenciano Manuel Monfort, recibiendo nuevos premios, colaborando también con el escultor José Esteve y Bonet en la realización de algunos grupos para el llamado Belén del Príncipe, para Carlos IV, del que se conserva un grupo de la Degollación de los Inocentes (Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando), a él atribuido. Escultor honorario de cámara desde 1799, Fernando VII le elevaría al cargo de primer escultor de cámara. Académico de mérito de San Fernando en 1814 por el relieve que representaba el Convite de Dionisio el Tirano a Democles, luego desempeñó los cargos de teniente de escultura y director general. De su obra clasicista destacan Venus y Cupido (Museo de San Telmo, San Sebastián) y los Cuatro Evangelistas (Palacio Real, Madrid), conservando mayor gusto barroco las de San Antonio de Padua (ermita de San Antonio de la Florida, Madrid) y la de San Pascual Bailón (iglesia pontificia de San Miguel, Madrid).
El gran escultor neoclásico español es, sin lugar a dudas, José Álvarez Cubero (Priego, 1768-Madrid, 1827), hijo de un humilde marmolista al que ayudó en sus primeros años, trasladándose a Córdoba, donde iniciará su aprendizaje con Antonio María Monroy, y a Granada. Protegido por el obispo Caballero y Góngora, éste le introduce en el taller del escultor francés Verdiguier y le apoya en su traslado a Madrid e ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que en 1799 le concedió, por los relieves del Traslado de los restos de san Isidoro a León y La irritación de Manasés contra Isaías, una pensión para viajar a París, donde estudió con Claude Dejoux y acudió a las clases de disección del Colegio de Medicina, afianzando tanto su formación que en la Exposición de 1804 fue premiado por su Ganímedes, siendo coronado por el propio Napoleón.
Casado con Isabel Bouquel en 1805, en este mismo año se trasladó a Roma, donde conoció a Canova y trabajó sin desmayo, ejecutando importantes obras como Venus, Diana, Adonis, el grupo de Los Numantinos o Aquiles en el momento de recibir la flecha, que le dieron gran popularidad. Encarcelado en el castillo de Sant'Angelo por no aceptar a Napoleón, Canova obtuvo su libertad, viéndose entonces obligado a realizar para el dormitorio del emperador, en el palacio del Quirinal, cuatro relieves que llamó Ensueños de la Antigüedad, donde recreaba la figura del emperador partiendo de temas clásicos. Acabada la contienda, ejecutó su obra más célebre y famosa, conocida como La Defensa de Zaragoza (Casón del Buen Retiro, Madrid), que fue admirada en el estudio del artista por el emperador de Austria y el príncipe Metternich. Escultor celebrado, fue elegido académico de la de San Lucas de Roma, de Nápoles, de Carrara, del Instituto de Francia, de la Real de San Luis de Zaragoza y de la Real de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, en la que ingresó el día 28 de noviembre de 1819, alcanzando en ella el grado de teniente director en 1826. El rey Fernando VII le nombró primer escultor de cámara en 1823, sustituyendo a Ginés, y le concedió la Cruz de Prisionero Civil.
Alvarez se convirtió así en el paradigma de la escultura neoclásica española y en el panorama internacional su obra debe colocarse tras las de Canova y Thorwaldsen, encontrando Gaya Nuño entre el italiano y el español numerosos puntos de contacto pues, como afirma este autor, "ni uno ni otro conocieron apenas más que copias romanas de esculturas griegas y, naturalmente, ignoraron el Partenón. De ahí que se entregaron los dos a un quehacer muy pulido y purista, mucho más del que había sido labor de los verdaderos y más selectos escultores griegos". Álvarez supo plasmar el aliento clásico en sus numerosos retratos tanto de busto como sedente, destacando aquí los de María Luisa de Parma (Museo del Prado), Marquesa de Ariza, Duque Carlos Miguel y Rossini (Palacio de Liria, Madrid), Carlos IV, Fernando VII, Infante don Carlos, Juan Agustín Ceán Bermúdez, Esteban de Agreda (Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando), etc. Por lo que respecta a sus retratos sedentes destaca el de la reina María Isabel de Braganza (Museo del Prado), que se ha considerado igual o superior en belleza al que Canova realizara de Leticia Bonaparte, o el de María Luisa de Parma (Casón del Buen Retiro). En sus temas mitológicos tomados de la antigüedad clásica parece llegar a sus más geniales creaciones, destacando la delicada y elegante concepción de su Apolino (Museo del Prado), Hércules luchando contra el león (Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando), la fuente de Hércules y Anteo (Aranjuez) y el Joven con cisne, Venus con amorcillo que le saca una espina del pie y el Amor dormido (Museo del Prado).
Otros escultores cortesanos participan también de esta corriente clasicista, aunque sin la genialidad de Álvarez, destacando el riojano Esteban de Agreda (Logroño, 1759-Madrid, 1842), discípulo de Michel en la Academia de San Fernando y su ayudante en el Gabinete de Piedras Duras del Buen Retiro. Llegó a ser director general de San Fernando en 1831, imponiendo en esta institución sus esquemas clasicistas. Ejecutó distintas obras para la corte, tras ser nombrado por Carlos IV escultor honorario de cámara, realizando así para Aranjuez un notable número de obras entre las que destacan las esculturas de las fuentes de Apolo, Narciso y Ceres. También ejecutó el diseño de las esculturas del Obelisco del 2 de mayo, que luego realizaron José Tomás, Francisco Pérez del Valle, Sabino de Medina y Francisco Elías. Singular es su imaginería religiosa, en la que supo adaptar las formas tradicionales a una nueva exigencia estética clasicista.
El andaluz Pedro Hermoso (Granada, 1763-Madrid, 1830) manifiesta en su obra la alternancia y el enfrentamiento entre la tradición barroca dieciochesca y las nuevas preferencias estéticas del neoclasicismo. Protegido por el obispo de Jaén, Rubín de Ceballos, éste le pensionó para trasladarse a Madrid a estudiar en la Academia de San Fernando, donde fue discípulo de Michel, concediéndosele numerosos premios. Ayudante de este escultor en la real cámara y escultor después, fue nombrado primer escultor de cámara a la muerte de Álvarez Cubero. En la Academia llegó a ser director general. Su obra se caracteriza por su notable producción de imaginería religiosa, de fuerte tradición granadina, destacando la versión que realizó del San Bruno de Pereira, para la Cartuja de Granada. También otras imágenes para los templos madrileños de Santo Tomás, San Ginés y San Juan de Dios. Entre sus obras menores destacan los barros taurinos de la colección del duque del Infantado. Su escultura de carácter clasicista parece haberse perdido en su totalidad al no llevarse a materia definitiva, habiendo dejado inconcluso el grupo de Apolo coronando las Artes, que comenzó a ejecutar para rematar la fachada del Prado.
Ramón Barba (Moratalla, 1767-Madrid, 1831) inició su formación artística como tallista en las clases de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Murcia, trasladándose luego a Madrid, donde alternó las clases de la Academia de San Fernando con su trabajo de talla y ebanistería. Viajó a Italia en 1807, sin ninguna ayuda, siendo encarcelado al no colaborar con los invasores franceses. Restablecida la paz se incorporó a la pequeña corte que los destronados reyes españoles habían establecido en Roma, a los que retrató -el retrato del rey se encuentra en el Palacio Real de Madrid- obteniendo una pensión de los monarcas y recibiendo de su hijo el rey Fernando VII el título de escultor de cámara en 1816. Su estancia romana, que se prolongará por más de quince años, marcará una importante evolución en su carrera, influyéndole poderosamente la obra de Canova, ejecutando en estos años entre otras esculturas el Mercurio (Casón del Buen Retiro) y varios retratos, debiendo mencionar el de Carlos IV sentado, como emperador romano, al que encontramos un claro precedente en el Tiberio del Museo Vaticano. A su vuelta a España fue nombrado académico de mérito y director de escultura de la Real de San Fernando y sustituyó a Hermoso en el cargo de primer escultor de cámara. De su actividad madrileña destacaremos la realización del grupo que remata la Puerta de Toledo, en colaboración con Salvatierra, ejecutándose un proyecto de Ginés, aunque modificado ligeramente. En él se llega a una patente exaltación clasicista con trofeos militares alusivos al triunfo sobre los franceses y la grandeza de Fernando VII. En la fachada del Museo del Prado dejó el bajorrelieve que la centra, además de realizar para este mismo lugar, con colaboradores, los medallones con retratos de artistas.
Mayor interés presenta la obra de Valeriano Salvatierra (Toledo, 1789?-Madrid, 1836), hijo de un escultor de la catedral toledana que tras iniciarse en el taller paterno se trasladó en 1807 a Madrid, ingresando en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y marchando con posterioridad a Roma, ciudad en la que conoció a Canova y Thorwaldsen. Su obra Aquiles extrayéndose la flecha fue premiada por la Academia de San Lucas en 1813. Ya en España, fue nombrado escultor de la catedral de Toledo y en Madrid, académico de mérito de la de San Fernando en 1817, con su relieve Héctor y Andrómaca (Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando), siendo elegido en 1819 teniente director de escultura.
Fernando VII, monarca al que Salvatierra había sido fiel durante la francesada, le nombró escultor de cámara y en 1831 primer escultor de cámara, a la muerte de Barba. En el Museo del Prado fue director de la galería de escultura. La devastación que sufrieron las iglesias madrileñas durante la ocupación napoleónica generó muchos encargos de imaginería religiosa, ejecutando Salvatierra varias obras en madera, de correcta factura, para las iglesias de San Ginés, San Nicolás y San José. Sin embargo, estas esculturas estaban lejos de sus preferencias estéticas. Con Barba llevó a cabo el coronamiento de la Puerta de Toledo y para el Museo del Prado doce estatuas de Matronas para la fachada. Gran retratista, de entre su producción de más de una veintena de obras destacamos los de Isidoro Máiquez (Museo de la Real Academia de San Fernando) y del pintor José Aparicio, pero será en la escultura funeraria en la que más sobresaldrá, con los sepulcros del cardenal don Luis de Borbón (catedral de Toledo) y de la condesa de Chinchón (palacio de Boadilla del Monte, Madrid). En el primero de ellos, que ejecutó en Roma en 1824, es patente la influencia de los sepulcros del cardenal Pimentel, de Bernini, en la iglesia romana de Santa María sopra Minerva, y del papa Clemente XIII, ejecutado por Canova para San Pedro del Vaticano.
Discreta es la producción de José Tomás (Córdoba, 1795-Madrid, 1848), también discípulo de San Fernando, institución en la que llegó al cargo de director general. Carlos IV le nombró segundo escultor de cámara y también lo fue del Concejo madrileño, trabajando con el arquitecto municipal Francisco Javier Mariátegui en las fuentes de los Galápagos y de la Castellana (actualmente en el parque del Retiro y en la plaza de Manuel Becerra). Para el Obelisco del 2 de mayo ejecutó la escultura del Valor y son suyos los bajorrelieves de las madrileñas fachadas del Colegio de San Carlos y del Oratorio del Caballero de Gracia, además de la escultura alegórica del Manzanares en el monumento de Felipe IV, de la plaza de Oriente. Hábil retratista, destacaremos entre sus obras el busto de la condesa-duquesa de Benavente, para la alameda de Osuna, en bronce, y el de Cervantes (Museo del Ejército, Madrid). Fundó en Madrid el Liceo Artístico y Literario Español.
El último escultor significativo de este círculo clasicista madrileño fue el riojano Francisco Elías Vallejo (Soto de Cameros, 1782-Madrid, 1858), en cuya obra pueden ya advertirse algunos atisbos románticos. Discípulo de Adán en San Fernando, fue nombrado director general en 1840 y 1850 y primer escultor de cámara sucediendo a Salvatierra. Su clasicismo se manifiesta en su grupo El reto de don Rodrigo Téllez Girón al moro Albayaldos delante de sus padrinos (Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando) y particularmente en sus retratos, como los de Isabel II con la princesa de Asturias en los brazos, María Josefa Amalia de Sajonia, Daoiz y Velarde (Museo del Ejército, Madrid), Argüelles, Jovellanos, etc. En el Obelisco del 2 de mayo ejecutó la alegoría del Valor y también el relieve de Don Felipe IV imponiendo el hábito de Santiago a Velázquez en el monumento madrileño a este monarca. Restaurador de las fuentes de Hércules y Anteo, Apolo, del Cisne y Ceres, de los jardines de Aranjuez, tiene mayor interés por su escultura efímera, destacando aquí los grupos del catafalco de la reina María Amalia de Sajonia y la estatua de Hernán Cortés para la entrada de la reina doña María Cristina de Borbón en la corte en 1829.
Mencionaremos por último otros dos escultores de menor interés. Manuel de Agreda (1773-1843), hermano de Esteban, académico de mérito de San Fernando en 1827 por un bajorrelieve con El abandono de las hijas del Cid, que destacó por su facilidad por el dibujo y la escenografía, y José Alvarez Bouquel (París, 1805-Madrid, 1830), hijo de Álvarez Cubero, que practicó la escultura y la pintura, muriendo muy joven, truncándose así lo que parecía ser una gran promesa artística.

Imágenes

Museo del Prado (Madrid). Frontón de la puerta de Velázquez Monumento a Cervantes (Madrid)